¿Una Alemania “lista para la guerra”?
Le Monde Diplomatique, 9 de septiembre de 2026

GERHARD SILBER. — Die Verkündigung I (‘La Anunciación I’), 2015
De la hegemonía alemana, los pueblos europeos —los griegos en particular— conservan el amargo recuerdo de la década de 2010. Sin embargo, por aquel entonces aún prevalecía el acuerdo alcanzado en 1990 con motivo de la reunificación: motor económico del Viejo Continente y estrechamente encajada en las redes de la integración europea, Alemania dejaba que Francia reivindicara la supremacía militar y diplomática. Ese compromiso ha quedado atrás.
Desde la intensificación de la guerra entre Rusia y Ucrania (con la OTAN), Berlín reestructura su economía, militariza su industria (“Del tren al pánzer, una amarga reconversión” y “Un arsenal para rearmar la industria alemana”) y mima a Rheinmetall, su mercader nacional de cañones (“Rheinmetall, a rienda suelta”). Este gran rearme margina a París y trata con miramientos a Washington. Porque, pese a los desaires infligidos por Donald Trump, Alemania confía en que Estados Unidos le subcontrate la dirección europea de la Alianza Atlántica (“El retorno de lo reprimido”).
El retorno de lo reprimido
por Pierre Rimbert, 9 de septiembre de 2026

GERHARD SILBER. — Bomb Watchers III(‘Observadores de bombas III’), 2014
Esta vez sí: Alemania es una potencia occidental como las demás. Y su clase dirigente, desembarazada de los escrúpulos históricos que le impedían afirmar su dominio sobre Europa salvo por medio de la austeridad presupuestaria y el excedente comercial, se siente de nuevo dotada de una ambición netamente nacional: crear “el ejército convencional más poderoso de Europa”. Una prioridad pregonada por Friedrich Merz en su primer discurso como canciller ante el Bundestag (14 de mayo de 2025). Esta Bundeswehr “lista para la guerra”, como reza la fórmula predilecta del ministro de Defensa Boris Pistorius, cumplirá un triple objetivo económico, militar y estratégico: reactivar un aparato industrial tambaleante, garantizar la protección frente a Rusia de las áreas septentrionales y orientales de Europa y lograr que, de acuerdo con Washington, se confíe a Alemania la dirección europea de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN).
“No estamos en guerra, pero tampoco estamos ya en paz” (1), resume Merz. De muestra, valga un botón: en 2025, sus 114.000 millones de euros destinados a defensa colocaban a Alemania en el cuarto puesto mundial en materia de gasto militar tras Estados Unidos (954.000 millones), China (336.000 millones) y Rusia (190.000 millones). Con el apoyo de unos recursos financieros sin parangón en el continente, Berlín gastará más en armamento de aquí al final de la década que Londres y París juntos. Esta combinación de supremacía económica y militar convencional desestabiliza la arquitectura de seguridad europea levantada al final de la Guerra Fría y revela un desequilibrio que ni el parapeto de la integración europea ni el cuento de la “pareja franco-alemana” logran ya enmascarar. Es cierto que, condicionada por sus compromisos internacionales, Alemania sigue dependiendo para su disuasión estratégica de las capacidades nucleares de Estados Unidos y, si prospera la cooperación impulsada por Emmanuel Macron, también de las francesas. Pero se está cerrando la etapa de una república federal limitada al papel de “potencia civil”, sin autonomía militar.
Recesión, Rusia y repliegue estadounidense: el Gobierno alemán apuesta por conjurar estas tres amenazas con una única solución, el gran rearme
“En una era en la que de nuevo domina la política de las grandes potencias —explicó el jefe de Gobierno—, Alemania debe seguir su propio camino” (2). La pasada primavera, la historiadora Liana Fix irritó a la Cancillería al detallar “los peligros del poder alemán”: el regreso de las rivalidades y divisiones continentales (en especial con Francia y Polonia) o el peligro de que la extrema derecha, que encabeza los sondeos, gobierne un país en lo sucesivo armado hasta los dientes (3). Desde ya mismo, el desacomplejado nacionalismo industrial en el sector de la defensa (véase el artículo de Thomas Schnee en la página 15), los acuerdos europeos de libre comercio con Mercosur y la India dictados por los intereses alemanes o la capitulación arancelaria, en julio de 2025, de Ursula von der Leyen frente a Estados Unidos —de conformidad con los deseos de Berlín— exasperan al vecino francés… que, no obstante, se pliega a todo ello.
Para abrir este nuevo capítulo del soberanismo alemán ha sido preciso que ocupara el poder un canciller procedente del mundo de la banca de inversión y menos dado que sus predecesores a esa contención contrita propia de la cultura diplomática de posguerra. Y que se enfrentara a una situación que se sale de lo común. De hecho, el “cambio de era” anunciado por el entonces canciller Olaf Scholz tras la invasión rusa en Ucrania solo tomó cuerpo tres años después, a principios de 2025, en presencia de tres dificultades convergentes. En primer lugar, la amenaza de recesión industrial producto de la competencia china, sumada al aumento del precio de la energía y los aranceles decretados por el presidente estadounidense Donald Trump. En segundo lugar, el fantasma de una escalada frente a Rusia, habida cuenta del creciente compromiso de Berlín con Ucrania. Al igual que en Francia y en el Reino Unido, el apoyo financiero y militar a Kiev se ha vuelto una especie de religión secular para las élites. El Servicio Federal de Inteligencia (BND), dirigido por el exembajador alemán en Ucrania, se ocupa de sembrar el miedo entre una población profundamente caracterizada por su pacifismo, sobre todo en el este del país: “La frontera entre la paz y la guerra se desdibuja” y la situación “puede degenerar en cualquier momento en una confrontación violenta” (4). Por último, está la angustia ante un posible abandono estadounidense. El 14 de febrero de 2025, en la 61.ª Conferencia de Seguridad de Múnich, esta perspectiva dejó estupefactos a los círculos dirigentes alemanes, que escucharon cómo el vicepresidente estadounidense James David (“J. D.”) Vance vilipendiaba el “modelo” europeo de tal modo que hasta al organizador del evento se le saltaron las lágrimas. Los caóticos comienzos del segundo mandato de Trump han llevado a las élites renanas a la convicción de que, en el futuro, convendrá depender algo menos de los cambios de humor de la Casa Blanca y dotarse de medios propios para apoyar a Ucrania sin dejar por ello de ser, cueste lo que cueste, el interlocutor privilegiado de Washington en Europa. Una autonomización del vasallaje, en resumidas cuentas, simbolizada por la creación de una Bundeswehr a la vez poderosa y garante de los intereses estadounidenses en el Viejo Continente.
Recesión, Rusia y repliegue estadounidense: el Gobierno alemán apuesta por conjurar estas tres amenazas con una única solución, el gran rearme.
La epifanía marcial de Berlín viene acompañada de otro descalabro: el alejamiento cada vez más asumido del derecho internacional, cuyo respeto absoluto debía condicionar la política exterior alemana. Un año después del discurso de Vance en Múnich, Boris Pistorius, Johann Wadephul y Markus Söder —respectivamente, ministro de Defensa, ministro de Asuntos Exteriores y ministro presidente de Baviera— encabezaron la atronadora ovación dedicada al secretario de Estado estadounidense Marco Rubio, invitado a la nueva edición de la Conferencia: una ovación contra las instituciones internacionales, ya que Rubio acababa de calumniar a la Organización de las Naciones Unidas (ONU), glorificar la “Junta de Paz” inventada (y presidida) por Trump y aprobar la transformación de Gaza en una colonia de dicha Junta. Merz, al ser recibido en la Casa Blanca tres días después de la agresión de Estados Unidos e Israel contra Irán (de la que no había sido informado), dio su visto bueno a esta violación de la Carta de la ONU. Wadephul, su ministro de Exteriores, precisó a su vez, a propósito de Teherán, que “mal puede un régimen así acogerse al derecho internacional” (5).
¿Berlín, árbitro mundial de la virtud? Los dirigentes del país juzgan haberse hecho acreedores de este peculiar estatus moral en virtud de su largo “trabajo de memoria”, como si la singularidad del crimen cometido volviera excepcional al pueblo que ha superado su culpabilidad (6). Setenta años después de la Noche de los Cristales Rotos (noviembre de 1938), la entonces canciller Angela Merkel decretó de improviso que “la seguridad de Israel forma parte de la razón de Estado de Alemania” e institucionalizó el respaldo incondicional ofrecido a uno de los países del mundo que más a menudo ha infringido las resoluciones de la ONU. Desde el 7 de octubre de 2023, Berlín ha proporcionado las armas para los crímenes contra la humanidad perpetrados por Tel Aviv, ha rechazado los fallos del Tribunal Internacional de Justicia, ha cortado las ayudas al desarrollo proporcionadas a los países que apoyan a Palestina e incluso ha justificado el bombardeo de escuelas y hospitales gazatíes por boca de la entonces ministra de Asuntos Exteriores, la ecologista Annalena Baerbock.
Ironías de la historia: esta infracción de los principios de la Ley Fundamental alemana se justifica en nombre de una identidad nacional reconstruida en la década de 1990 en torno al recuerdo del genocidio. En aquel momento dominaba una certeza, expresada por el canciller Helmut Kohl en su discurso a los gobiernos del mundo pronunciado el 3 de octubre de 1990, día de la reunificación de las dos Alemanias: “En lo sucesivo, solo la paz emanará del suelo alemán”. La primera ministra británica Margaret Thatcher se oponía a la reunificación; François Mitterrand la consideraba en 1979 “ni deseable ni posible”. A ojos de ambos, la reaparición de una potencia económica, política y demográfica de tal calibre en el corazón de Europa no podría sino alterar los equilibrios estratégicos. Una vez consumada la reunificación, el exasesor estadounidense de seguridad nacional Zbigniew Brzezinski consideró que “Alemania es ahora capaz de imponer su propia visión sobre el futuro de Europa” (7): la de una ampliación —inspirada por Washington— de la Comunidad Europea y la OTAN a los países del antiguo bloque del Este, en su mayoría atlantistas.
Convertido en el nuevo centro de gravedad europeo, Berlín ha ido relegando poco a poco a París a una posición marginal
Alemania no tardó en reconciliarse con Polonia y abogar por el ingreso en la Unión Europea de los países de la Mitteleuropa, a los que transformaba en bases de subcontratación para Volkswagen y DaimlerChrysler. Desde mediados de la década de 1990, la esfera de intereses e influencia alemanes se extiende de los Estados bálticos a Croacia y de Francia a Ucrania. Convertido en el nuevo centro de gravedad europeo, Berlín ha ido dejando poco a poco a París en una posición marginal. “El interés de Estados Unidos consiste en explotar la posición dominante de Alemania en la Europa atlantista”, sostenía por entonces Brzezinski. Este proyecto, diametralmente opuesto al de París de una mayor autonomía europea frente a Estados Unidos, está triunfando treinta años después…
Tan pronto como se reconstruya la Bundeswehr, Alemania —que ya alberga el cuartel general de las fuerzas estadounidenses en Europa— estará lista para tomar el relevo de su tutor en la tarea de contener a Rusia e incluso luchar contra ella. Esta guerra por venir constituye la columna vertebral de la estrategia de seguridad nacional publicada en junio de 2023. El general Carsten Breuer, jefe del Estado Mayor del Ejército alemán (su predecesor fue destituido en 2023 por haber dudado de la victoria de Ucrania), considera que es competencia de Alemania proporcionar el “vínculo estratégico” entre los Estados bálticos, los de Europa central y oriental y los del oeste y el sur (8): lo que equivale nada menos que a asumir el papel de eje militar del Viejo Continente. La Bundeswehr lleva desde el año pasado alojando a su Panzerbrigade 45 en Lituania; y, en junio, Berlín y Varsovia firmaron un nuevo acuerdo bilateral de defensa.
Pero la bisagra alemana estará firmemente encastrada en un marco transatlántico: el general Breuer, en su condición de candidato a la presidencia del Comité Militar de la OTAN, puede que se ponga en septiembre a la cabeza de la más alta instancia militar de la Alianza (9). Hace setenta y dos años, Francia se opuso a la creación de la Comunidad Europea de Defensa, el proyecto de un ejército continental tutelado por Estados Unidos y destinado a camuflar un modesto rearme alemán menos de diez años después de la caída del IIIReich. La pesadilla del general De Gaulle ha vuelto a ponerse en marcha, esta vez conducida por Berlín.
(1) “Merz: ‘Wir sind nicht mehr im Frieden’”, 29 de septiembre de 2025, www.zeit.de
(2) Friedrich Merz, “How to avert the tragedy of great-power politics”, página web de Foreign Affairs, 13 de febrero de 2026, www.foreignaffairs.com
(3) Liana Fix, “Europe’s next hegemon: The perils of German power”, Foreign Affairs, vol. 105, n.º 2, marzo-abril de 2026.
(4) Comparecencia pública de Martin Jäger ante el Comité de Control Parlamentario (PKGr) del Bundestag, 13 de octubre de 2025, www.bundestag.de
(5) Entrevista a Johann Wadephul en el programa Bericht aus Berlin de la ARD, 15 de marzo de 2026.
(6) Jan Werner Müller, Another Country. German Intellectuals, Unification and National Identity, Yale University Press, New Haven, 2000.
(7) Zbigniew Brzezinski, El gran tablero mundial: la supremacía estadounidense y sus imperativos geoestratégicos, Paidós, Barcelona, 2008.
(8) The Wall Street Journal, Nueva York, 11 de agosto de 2026.
(9) Véase “Comment ça marche? Les structures de fonctionnement de l’OTAN” (infografía de Cécile Marin), Manière de voir, n.º 183, junio-julio de 2022.
(10) “Merz: ‘Wir sind nicht mehr im Frieden’”, 29 de septiembre de 2025, www.zeit.de
(11) Friedrich Merz, “How to avert the tragedy of great-power politics”, página web de Foreign Affairs, 13 de febrero de 2026, www.foreignaffairs.com
(12) Liana Fix, “Europe’s next hegemon: The perils of German power”, Foreign Affairs, vol. 105, n.º 2, marzo-abril de 2026.
(13) Comparecencia pública de Martin Jäger ante el Comité de Control Parlamentario (PKGr) del Bundestag, 13 de octubre de 2025, www.bundestag.de
(14) Entrevista a Johann Wadephul en el programa Bericht aus Berlin de la ARD, 15 de marzo de 2026.
(15) Jan Werner Müller, Another Country. German Intellectuals, Unification and National Identity, Yale University Press, New Haven, 2000.
(16) Zbigniew Brzezinski, El gran tablero mundial: la supremacía estadounidense y sus imperativos geoestratégicos, Paidós, Barcelona, 2008.
(17) The Wall Street Journal, Nueva York, 11 de agosto de 2026.
(18) Véase “Comment ça marche? Les structures de fonctionnement de l’OTAN” (infografía de Cécile Marin), Manière de voir, n.º 183, junio-julio de 2022.
Pierre Rimbert
Un arsenal para rearmar la industria alemana
Con fama de ser más tacaño que Harpagón, el Gobierno alemán inunda su tambaleante economía con cientos de miles de millones de euros. ¿La beneficiaria de tan extraordinario estímulo? La defensa. Pero esta reactivación mediante las armas podría erosionar las condiciones geopolíticas que favorecieron los éxitos industriales renanos.
septiembre de 2026

GERHARD SILBER. — Finanz Karussell (‘Carrusel de las finanzas’), 2025
El pasado 10 de junio, al inaugurar el Salón Internacional de la Aeronáutica y el Espacio de Berlín (ILA), el canciller alemán Friedrich Merz tuvo un pequeño despiste: “La Lufthansa…”, empezó a decir antes de corregirse: “Perdón, la Luftwaffe —la Bundeswehr— está a los mandos del Eurofighter que nos sobrevolará en unos minutos” (1). El lapsus revelaba una realidad: con su nueva estrategia para la aviación, presentada ese mismo día, Berlín pretende aumentar las “sinergias entre la investigación aeronáutica civil y militar”, apostando por tecnologías “de doble uso” y “economías de escala” (2).
Dos días después del desmoronamiento del proyecto francoalemán del “sistema de combate aéreo del futuro” (FCAS) —una colaboración de 100.000 millones de euros víctima de desacuerdos industriales—, la ILA brindaba a Berlín la oportunidad de mostrar su determinación inalterada de acelerar la militarización de su industria. Además de las negociaciones entre Diehl Defence y el fabricante ucraniano Fire Point con vistas a la fabricación conjunta de misiles de largo alcance, el salón ha propiciado una avalancha de acuerdos en los que participan tanto los länder como el Gobierno federal, la división de defensa de Airbus, Rheinmetall o Israel Aerospace Industries. Mercedes-Benz, por su parte, ha firmado una asociación con la empresa de nueva creación muniquesa Tytan Technologies para desarrollar drones interceptores: una nueva ilustración de cómo los 750.000 millones de euros que Berlín promete invertir en el sector militar hasta 2030 animan a los fabricantes de automóviles en dificultades a reorientar su producción hacia la defensa.
Cuatro años después de que, en febrero de 2022, el canciller Olaf Scholz anunciara la zeitenwende (“cambio de era”), la “gran coalición” liderada por su sucesor Friedrich Merz ha ratificado la creación de un fondo especial de 500.000 millones de euros para renovar las infraestructuras nacionales, al tiempo que eximía a buena parte del gasto militar del freno constitucional de la deuda. Este giro militar-industrial también tiene causas económicas que se remontan a antes de la guerra de Ucrania y el aumento de los precios de la energía que siguió a la destrucción de los gasoductos Nord Stream en septiembre de 2022. En efecto, el “modelo renano” —emblemático de la República Federal de Alemania (RFA), así como de la Alemania reunificada tras 1990— se encuentra bajo presión desde la crisis del euro de la década de 2010.
Históricamente, las exportaciones —principalmente de automóviles, máquinas herramienta y bienes de equipo— impulsaban el crecimiento alemán, mientras que la demanda interna solo desempeñaba un papel secundario. Para mantener la competitividad del país frente a la intensificación de la competencia mundial, sucesivos gobiernos apostaron por la contención salarial y por una política activa del mercado laboral. Tras la crisis financiera mundial de 2007-2008, debido a la recesión sufrida por los países de la periferia, la moneda común europea se mantuvo mucho más débil de lo que probablemente habría estado el marco alemán, lo que preservó el atractivo en el mercado internacional de las exportaciones alemanas. Gracias a la fuerte demanda de bienes industriales alemanes, propiciada por el rápido desarrollo de China, y a los bajos tipos de interés mantenidos por el Banco Central Europeo (BCE), que permitían endeudarse en condiciones muy ventajosas, Berlín consiguió durante la década siguiente conjugar el equilibrio presupuestario con un crecimiento continuo impulsado por las exportaciones.
Sin embargo, en la década de 2010 este modelo empezó a dar señales de fragilidad. En 2013, precisamente cuando Alemania presentaba resultados económicos mejores que los del resto de la zona euro, su tasa de inversión cayó por debajo del nivel de 1999. El país también iba a la zaga de sus vecinos europeos en materia de salarios reales y de consumo de los hogares. Paralelamente, Pekín se había puesto a producir localmente lo que hasta entonces importaba de Alemania, por lo que la demanda china retrocedió. En 2025, Berlín registró por primera vez una balanza comercial negativa con China en el sector de los bienes de equipo. En el primer semestre de 2025, las exportaciones alemanas con destino al gigante asiático cayeron más de un 14% con relación al primer semestre de 2024, y el descenso llegó a ser del 36% en el sector automovilístico y del 11% en el de la maquinaria. Las importaciones procedentes de China, por el contrario, no dejan de aumentar.
En la actualidad, Alemania pasa por un periodo de estancamiento económico, con un crecimiento prácticamente plano desde el primer trimestre de 2022. Como consecuencia del brusco aumento de los precios de la energía, la producción de las industrias más energívoras ha caído más de un 15%, frente a un descenso del 9,5% de la producción industrial en su conjunto. En cuanto al número de empresas en situación de suspensión de pagos, en el segundo trimestre de 2026 llegó a su nivel más elevado en veinte años.
El impulso militar-industrial dado en respuesta a esta situación supone una ruptura para un país poco acostumbrado a las políticas de estímulo de la demanda. A finales de la década de 1960, la globalsteuerung(gestión de la demanda global) del poderoso ministro de Economía socialdemócrata Karl Schiller entrañaba, en efecto, medidas presupuestarias contracíclicas, pero sin poner en tela de juicio el sacrosanto principio ordoliberal de la estabilidad monetaria ni el del imperio de los mercados. Se trataba de intervenciones limitadas, presentadas como una prolongación del orden económico de posguerra.
El “cambio de era” se distingue de pasadas experiencias en dos aspectos. Para empezar, el propio estímulo tiene repercusiones geopolíticas, ya que el incremento del presupuesto de defensa redefine la posición de Alemania dentro de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), estrechando los vínculos de su industria con la arquitectura de seguridad atlántica y exacerbando las tensiones con Rusia. Y, en segundo lugar, el gasto público compensa directamente la ralentización de las exportaciones. Rearmamento, inversiones en infraestructuras y coordinación militar-industrial ofrecen redes de seguridad a una economía estancada. En junio de 2026, el Bundesbank, el Banco Federal Alemán, reconoció que solo una “política fiscal expansionista” podría evitar una caída del producto interior bruto (PIB) alemán durante los próximos meses (3). En tiempos de Karl Schiller, por el contrario, fue el aumento de las exportaciones lo que permitió que Alemania dejara atrás la recesión de 1966-1967.
En el plano estratégico, el rearme arrastra a Berlín a un campo de confrontación estadounidense-atlántico cada vez más extenso, desde el mar Báltico hasta el Pacífico, pasando por el Mediterráneo oriental, el mar Negro y el golfo Pérsico. En Rostock, el Commander Task Force (CTF) Baltic, el nuevo centro de mando naval de la OTAN —descrito por la Bundeswehr como una “expresión visible del ‘cambio de era’”—, agrupa efectivos procedentes de una docena de países de la Alianza Atlántica, en flagrante violación del Tratado de Moscú de septiembre de 1990, que prohibía el despliegue de tropas extranjeras en los nuevos länder (4).
De momento, Ucrania es el mayor beneficiario de la ayuda militar alemana —y el país más directamente relacionado con este nuevo régimen militar-financiero—, con más de 55.000 millones de euros entregados o asignados entre el comienzo de la guerra y principios de 2026 (5). El apoyo a Tel Aviv es de una naturaleza distinta. De dar crédito a las respuestas que el Gobierno ha ofrecido a las preguntas de los diputados, las exportaciones de armas a Israel aumentaron drásticamente en 2023, hasta llegar a un total de al menos 652 millones de euros entre octubre de 2023 y marzo de 2026 (6). Las exportaciones siguieron adelante durante toda la guerra de aniquilación emprendida por Israel en Gaza, sus invasiones del Líbano y el ataque estadounidense e israelí contra Irán del pasado febrero. Por otra parte, los submarinos de clase Dolphin fabricados por las empresas alemanas HDW y ThyssenKrupp forman desde hace mucho tiempo parte de la capacidad nuclear israelí de segundo ataque.
Son precisamente estas consecuencias geopolíticas las que hacen tan contradictorio este intento de revitalización económica por medio del rearme. Vista como un modo de sacar al país del estancamiento, la militarización supone, de hecho, la prolongación —y acaso la intensificación— de las guerras que ya han puesto en dificultades a la industria alemana. Cierto es que la adjudicación de contratos públicos crea una demanda suplementaria, pero la ruptura con Moscú, la dependencia del gas natural licuado estadounidense y el cierre prolongado del estrecho de Ormuz debilitan la economía al provocar un aumento de los precios de la energía y otros insumos. Si bien el gasto militar puede frenar temporalmente la caída, no logrará recrear las condiciones que hicieron posibles los anteriores éxitos industriales de la República Federal. Al contrario, las socavan.
Una segunda dificultad atañe al penoso estado en el que se encuentra la Bundeswehr: falta de efectivos, lentitud de los suministros, envejecimiento del equipamiento, deficiente preparación para el combate… “El ejército convencional más poderoso de Europa”, al que aspira de forma declarada el canciller Merz, dista mucho de estar a punto. De ahí que el “cambio de era” no solo implique un aumento de los gastos, sino también una reestructuración del conjunto de las Fuerzas Armadas. Esto ya se ha traducido en el regreso del servicio militar bajo una modalidad voluntaria, mientras se estudia un posible restablecimiento del servicio militar obligatorio, muy impopular en el país. Estos objetivos podrían entrar en conflicto con las prioridades de la economía civil, por más que el Gobierno mantenga voluntariamente la confusión entre ambas esferas.
Las implicaciones para Europa no son menos imprevisibles. Durante ochenta años, los vecinos de Alemania aceptaron su dominio económico en parte porque el país seguía sujeto a restricciones militares. Berlín, al tratar abiertamente de asumir el liderazgo europeo en este ámbito —aunque solo sea como suplente de Washington una vez que Estados Unidos concentre sus fuerzas en Asia oriental—, pone en entredicho este acuerdo tácito.
Por último, está por ver si esta nueva economía de la seguridad será capaz de igualar en términos de escala aquella a la que sustituye: ¿podrá el todavía modesto sector de las tecnologías de defensa generar niveles de empleo y producción comparables a los de la industria automovilística, la química, la de máquinas-herramienta y la industria pesada? A la vista de los datos actuales, solo cabe estar seguro de una cosa: el nuevo orden social alemán será más desapacible, más militarizado y más represivo que el de la antigua república de las exportaciones.
(1) “‘Germany will lead the next era of aviation and space technology’, Merz declares at ILA 2026”, DRM News, 10 de junio de 2026 (el lapsus se encuentra en el minuto 6:25).
(2) “Luftfahrtstrategie der Bundesregierung”, Ministerio de Defensa, Berlín, junio de 2026.
(3) “Forecast for Germany: Energy price shock fuels inflation and slows the economic recovery”, Deutsche Bundesbank, informe mensual, Fráncfort del Meno, junio de 2026.
(4) Cfr. Florian Warweg, “‘Nato-Hauptquartier’ Rostock: Bricht CTF Baltic den Zwei-plus-Vier-Vertrag?”, Ostdeutsche Allgemeine, Dresde, 31 de mayo de 2026; “Commander Task Force Baltic Established”, Bundeswehr, 21 de octubre de 2024, www.bundeswehr.de
(5) Canciller federal de Alemania, “So unterstützt Deutschland die Ukraine”, 24 de abril de 2026.
(6) Drucksache 21/284 y Drucksache 21/5906, Bundestag, https://dserver.bundestag.de
(7) “‘Germany will lead the next era of aviation and space technology’, Merz declares at ILA 2026”, DRM News, 10 de junio de 2026 (el lapsus se encuentra en el minuto 6:25).
(8) “Luftfahrtstrategie der Bundesregierung”, Ministerio de Defensa, Berlín, junio de 2026.
(9) “Forecast for Germany: Energy price shock fuels inflation and slows the economic recovery”, Deutsche Bundesbank, informe mensual, Fráncfort del Meno, junio de 2026.
(10) Cfr. Florian Warweg, “‘Nato-Hauptquartier’ Rostock: Bricht CTF Baltic den Zwei-plus-Vier-Vertrag?”, Ostdeutsche Allgemeine, Dresde, 31 de mayo de 2026; “Commander Task Force Baltic Established”, Bundeswehr, 21 de octubre de 2024, www.bundeswehr.de
(11) Canciller federal de Alemania, “So unterstützt Deutschland die Ukraine”, 24 de abril de 2026.
(12) Drucksache 21/284 y Drucksache 21/5906, Bundestag, https://dserver.bundestag.de
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