Gaceta Crítica

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La economía de Thomas Sankara

Ferdinand Ouedraogo (TRICONTINENTAL), 4 de Septiembre de 2026

El pensamiento económico de Thomas Sankara no puede comprenderse únicamente a través de las categorías convencionales utilizadas para analizar las políticas públicas. El crecimiento, los presupuestos, la inflación, los ingresos fiscales y los saldos monetarios son importantes, pero no bastan para explicar la coherencia de la visión que desarrolló e intentó implementar en Burkina Faso entre 1983 y 1987.

Para Sankara, la economía era ante todo un proyecto político, moral y anticolonial: un medio para que un pueblo pudiera forjar su propio destino. En este sentido, se inscribe en la tradición revolucionaria panafricana de la crítica al neocolonialismo de Kwame Nkrumah, la teoría de la liberación nacional de Amílcar Cabral y los experimentos de Julius Nyerere en materia de desarrollo autosuficiente. Su proyecto se fundamentaba en la búsqueda de la soberanía, la dignidad, la justicia social y la responsabilidad colectiva, y en la clara comprensión de que la subordinación económica de África no era una condición natural, sino una construcción histórica que podía y debía ser revertida.

Un país empobrecido por la historia.

Cuando Sankara llegó al poder, Burkina Faso figuraba entre las naciones más pobres del mundo. Los datos del Banco Mundial de 1983 muestran la magnitud de la crisis. El PIB per cápita rondaba los 212 dólares estadounidenses, menos de la mitad del promedio del África subsahariana. La economía seguía siendo predominantemente rural, con aproximadamente nueve décimas partes de la población dedicadas a la agricultura de subsistencia o a la ganadería. La esperanza de vida al nacer era de 48 años; la mortalidad infantil se situaba en 116 muertes por cada 1000 nacidos vivos, lo que significa que más de uno de cada nueve niños nacidos vivos no sobrevivía a su primer año. Menos de uno de cada diez adultos sabía leer. La dependencia de la ayuda exterior era considerable, con una asistencia oficial para el desarrollo neta que superó los 181 millones de dólares estadounidenses solo en 1983. En una economía de esta magnitud, esto representaba una proporción estructuralmente significativa de los recursos públicos.

Muchos observadores concluyeron, a partir de estos hechos, que el desarrollo de Burkina Faso solo podría lograrse mediante un apoyo externo masivo. Sankara adoptó una postura diferente. No negaba la importancia de la cooperación internacional, pero rechazaba la idea de que la dependencia pudiera ser el fundamento de la liberación. Comprendía que la pobreza de su país se había originado por la explotación colonial, unas condiciones comerciales deliberadamente desfavorables y un orden económico internacional que transfería valor de la periferia al centro. Por lo tanto, convertir la dependencia externa en la base del desarrollo nacional equivaldría a reproducir las mismas relaciones que habían generado el subdesarrollo.

Olga Yaméogo (Burkina Faso), El sol está en tus pies, 2023.

Olga Yaméogo (Burkina Faso), El sol está en tus pies, 2023.

Autosuficiencia y desarrollo endógeno

Para Sankara, el desarrollo sostenible no podía importarse. Debía surgir principalmente de las capacidades del propio pueblo. Tenía que basarse en los recursos humanos, la tierra, el conocimiento local, las tradiciones de solidaridad y las energías disponibles dentro del país. Esta convicción constituía el núcleo de lo que puede denominarse una economía de soberanía. Un pueblo es verdaderamente libre solo cuando posee la capacidad suficiente para producir lo que necesita para vivir con dignidad.

Sankara dijo: «Produzcamos lo que consumimos y consumamos lo que producimos». Detrás de esta frase se esconde una profunda reflexión sobre la dependencia económica y una ruptura consciente con las estructuras de dependencia que el colonialismo construyó y que el neocolonialismo sigue reproduciendo. Cuando un país importa la mayor parte de sus alimentos, bienes de consumo o equipos básicos, se vuelve vulnerable a decisiones tomadas en otros lugares. Su desarrollo depende entonces de factores que escapan a su control: precios de las materias primas fijados en mercados distantes, condiciones crediticias determinadas por instituciones financieras del Norte y cadenas de suministro diseñadas para servir a los intereses metropolitanos. Por el contrario, una nación capaz de satisfacer una parte significativa de sus necesidades esenciales fortalece su libertad de acción y comienza a recuperar la soberanía económica que el dominio colonial le negó.

Agricultura, soberanía alimentaria y autoajuste

Esta visión situó, naturalmente, la agricultura en el centro de la estrategia económica. Para Sankara, la soberanía alimentaria representaba el primer pilar de la independencia nacional. Ningún proyecto de desarrollo podía ser sostenible si la población dependía de fuentes externas para su alimentación. Por lo tanto, la agricultura dejó de ser vista como un sector secundario preocupado únicamente por la supervivencia rural. Se convirtió en una actividad estratégica de la que dependía la estabilidad económica, social y política.

Los esfuerzos emprendidos para incrementar la producción agrícola siguieron esta lógica. La producción de cereales aumentó de aproximadamente 1,1 millones a 1,6 millones de toneladas métricas entre 1983 y 1987, elevando la cobertura alimentaria del 81 % a un máximo del 129 % sin importaciones. Por primera vez, Burkina Faso producía más alimentos de los que necesitaba. Los proyectos de irrigación, en particular la ampliación del sistema del valle de Sourou a partir de 1984, la movilización de los agricultores, la mejora de las técnicas agrícolas y la búsqueda sistemática de la autosuficiencia alimentaria tenían como objetivo reducir la vulnerabilidad nacional. Alimentar a la población se convirtió tanto en un acto de soberanía como en un objetivo económico.

Abdoul Karim Nana (Burkina Faso), Pensador agrícola, 2014.

Abdoul Karim Nana (Burkina Faso), Pensador agrícola, 2014.

La reflexión de Sankara trascendió el ámbito agrícola. Surgió en un contexto internacional marcado por el auge de los Programas de Ajuste Estructural del FMI, promovidos en toda África. Presentados como soluciones técnicas para el desequilibrio fiscal, estos programas buscaban, en general, reducir los déficits públicos, limitar el gasto estatal, liberalizar sectores de la economía y restablecer el equilibrio macroeconómico. Sankara reconoció la existencia de desequilibrios económicos. No negó la necesidad de reformas ni de disciplina fiscal. Sin embargo, cuestionó el origen de las soluciones propuestas y sus consecuencias sociales.

Con este espíritu desarrolló una forma de autoajuste económico. La idea era simple pero ambiciosa: si eran necesarios sacrificios, estos debían definirse soberanamente y orientarse a fortalecer las capacidades nacionales. Los esfuerzos exigidos a la población debían financiar la educación, la sanidad, la producción agrícola, la infraestructura y las habilidades locales. No debían limitarse a satisfacer las exigencias contables de los acreedores.

El Estado ejemplar: disciplina y ética política

Sankara también reflexionó sobre el papel del Estado. Era imposible exigir sacrificios a la población sin antes reformar las instituciones públicas. El Estado debía predicar con el ejemplo. Esta exigencia de conducta ejemplar se convirtió en una de las características más visibles de su gobierno.

Reducir el gasto público no fue simplemente una medida presupuestaria. Fue un acto político diseñado para restablecer la coherencia entre las palabras y los hechos. Los líderes debían compartir las cargas impuestas a la nación. No podían exigir disciplina a la población mientras conservaban costosos privilegios para sí mismos. Sankara rechazó el salario presidencial de 2000 dólares estadounidenses al mes, y en su lugar percibió el sueldo de un oficial del ejército, de 450 dólares estadounidenses. Se prohibieron los viajes en primera clase y los chóferes oficiales para todos los ministros. La decisión de reemplazar los prestigiosos vehículos oficiales, incluidos los Mercedes utilizados por los funcionarios públicos, por vehículos más modestos como el Renault 5 se convirtió en un poderoso símbolo de esta filosofía.

El objetivo no era simplemente ahorrar dinero. Era afirmar que el desarrollo sostenible es imposible cuando las élites viven en condiciones totalmente ajenas a las de la mayoría. En muchos países, los coches oficiales simbolizan estatus y privilegio. Sankara los transformó en símbolos de austeridad, responsabilidad y ética política.

Esta política de reducción de privilegios se extendió a otros ámbitos y buscaba reorientar los recursos públicos hacia las necesidades colectivas. Cada gasto innecesario representaba recursos que podrían haberse destinado a escuelas, centros de salud, represas, proyectos agrícolas o infraestructura pública. El Programa Popular de Desarrollo, lanzado en octubre de 1984, formalizó esta lógica. La financiación provino en parte del Esfuerzo Popular de Inversión, que deducía entre el cinco y el doce por ciento de los salarios mensuales de los funcionarios públicos para el desarrollo nacional. La gestión de las finanzas públicas se convirtió así en un ejercicio de responsabilidad nacional.

En este contexto, la economía nunca pudo separarse de la moral pública. La lucha contra el despilfarro, la corrupción y los privilegios contribuyó directamente a la eficacia económica. Una administración disciplinada y creíble era más capaz de movilizar a la ciudadanía en torno a un proyecto colectivo. La confianza misma se convirtió en un recurso económico tan importante como el capital financiero.

Christophe Sawadogo (Burkina Faso), El filósofo, la gallina y su huevo, 2024.

Christophe Sawadogo (Burkina Faso), El filósofo, la gallina y su huevo, 2024.

El pueblo como principal riqueza de la nación

Esta filosofía se fundamentaba en una convicción esencial: la principal riqueza de una nación no es el dinero, sino su gente. Una población organizada, educada, movilizada y consciente de sus responsabilidades posee un extraordinario poder transformador. Por el contrario, incluso los recursos financieros abundantes pueden desperdiciarse si no van acompañados de una visión clara y una movilización colectiva.

Para Sankara, el desarrollo no era, por lo tanto, una mera cuestión de inversión o tecnología. Era, sobre todo, un proceso de emancipación. Requería que los ciudadanos participaran activamente en la construcción de su propio futuro, en lugar de ser receptores pasivos de políticas diseñadas desde fuera. La participación popular se convirtió en uno de los pilares de su proyecto económico, institucionalizada a través de los Comités de Defensa de la Revolución (CDR), los comités vecinales y de empresa que abarcaban desde los centros urbanos hasta las aldeas rurales. El cambio de nombre del país en agosto de 1984, de Alto Volta a Burkina Faso, que significa «Tierra de Gente Honesta», incorporó esta convicción directamente a la identidad nacional.

De este modo surgió una concepción del desarrollo profundamente distinta de los enfoques que reducen la economía a indicadores estadísticos. El objetivo no era simplemente aumentar la riqueza nacional, sino construir una sociedad capaz de decidir libremente su futuro, satisfacer sus necesidades esenciales y preservar su dignidad en un mundo marcado por relaciones de poder desiguales. Desde esta perspectiva, la soberanía económica no era un fin en sí misma, sino el medio a través del cual un pueblo podía ejercer plenamente su libertad.

Neb Noma Desiré Ouedraogo (Burkina Faso), Educación familiar, 2014.

Neb Noma Desiré Ouedraogo (Burkina Faso), Educación familiar, 2014.

Mujeres, trabajo y desarrollo nacional

Entre las dimensiones más destacadas del pensamiento económico de Sankara se encontraba su análisis del papel de la mujer en la sociedad. Creía que ningún país podía alcanzar un desarrollo duradero excluyendo a la mitad de su población de la plena participación en la vida económica, social y política. Las mujeres ya desempeñaban un papel fundamental en la agricultura, el comercio, el bienestar familiar y los sistemas económicos locales. Tanto en las zonas rurales como urbanas, contribuían significativamente a la producción y a la vida comunitaria. Sin embargo, sus contribuciones a menudo eran infravaloradas, y con frecuencia carecían de igualdad de acceso a la educación, los recursos, los puestos de toma de decisiones y las oportunidades económicas.

Para Sankara, esto era injusto e irracional desde el punto de vista económico. Una nación que limita el potencial de las mujeres debilita sus propias perspectivas de desarrollo. La discriminación no solo perjudica a quienes la sufren directamente, sino que también reduce la productividad, la creatividad y el poder colectivo de la sociedad en su conjunto. Por lo tanto, la emancipación de la mujer no era una cuestión social secundaria, ajena a la economía, sino un componente central de la estrategia nacional de desarrollo.

Seydou Cisse (Burkina Faso), Libertad de la mujer, 2014.

Seydou Cisse (Burkina Faso), Libertad de la mujer, 2014.

Su gobierno actuó conforme a esta convicción. Un nuevo código de familia abolió la dote y estableció el derecho de las viudas a heredar, desafiando los mecanismos legales que excluían a las mujeres de la propiedad y la vida económica. El 22 de septiembre de 1984, Sankara proclamó el Día de la Solidaridad con las Amas de Casa, en el que los hombres debían ir al mercado, trabajar la parcela familiar y preparar las comidas. Al visibilizar el trabajo doméstico no remunerado en la vida pública, la revolución insistió en que el hogar no estaba al margen de la economía. Era uno de los espacios donde se organizaban la reproducción social, el trabajo y el poder.

Esta perspectiva resulta sorprendentemente moderna hoy en día. La investigación económica contemporánea demuestra de forma consistente que la educación de las niñas, la ampliación del acceso de las mujeres al empleo y el aumento de su participación en la toma de decisiones contribuyen significativamente al crecimiento económico, la reducción de la pobreza, la mejora de la salud pública y la estabilidad social. Sankara no lo entendió como una idea tecnocrática, sino como un principio revolucionario: el desarrollo no puede construirse con la mitad de un pueblo.

La deuda y el orden económico internacional

La crítica de Sankara al endeudamiento formaba parte de un análisis mucho más amplio de las relaciones económicas internacionales y la posición de África en la economía global. En su discurso en la cumbre de la Organización para la Unidad Africana en Addis Abeba en julio de 1987, pocos meses antes de su asesinato, lanzó una de las acusaciones más contundentes contra el sistema de deuda jamás formuladas por un jefe de Estado africano: «La deuda es una reconquista de África hábilmente orquestada, destinada a subyugar su crecimiento y desarrollo mediante normas extranjeras. Así, cada uno de nosotros se convierte en un esclavo financiero, es decir, en un verdadero esclavo, de aquellos que fueron lo suficientemente traicioneros como para poner dinero en nuestras manos sabiendo que no podríamos usarlo con sensatez».

Hizo un llamamiento a un frente unido de deudores africanos. Ningún país podía resistir por sí solo lo que requería una acción colectiva continental. Para Sankara, la deuda no podía considerarse simplemente un mecanismo financiero mediante el cual un Estado obtiene recursos adicionales para financiar el desarrollo. Era también una relación de poder. Cuando un país se vuelve fuertemente dependiente de los acreedores, su capacidad para definir sus propias prioridades económicas y sociales disminuye gradualmente. Las decisiones nacionales se ven cada vez más condicionadas por limitaciones externas que no se corresponden con las necesidades de la población.

Abdoul Karim Ouedraogo (Akowilson) (Burkina Faso), Movimiento, 2014.

Abdoul Karim Ouedraogo (Akowilson) (Burkina Faso), Movimiento, 2014.

Esta reflexión surgió de las transformaciones que afectaron a muchos países africanos durante las décadas de 1970 y 1980. El deterioro estructural de la relación real de intercambio de África, una característica arraigada del orden económico mundial que transfería valor de los exportadores de materias primas a los importadores industriales, dificultó cada vez más la diversificación y la inversión nacional. Ante la caída de los precios de las materias primas, el aumento de los déficits y el endurecimiento de las restricciones externas, muchos Estados recurrieron al endeudamiento. Estos préstamos a menudo financiaban infraestructura, importaciones y proyectos de desarrollo, pero también generaban obligaciones que se volvían más onerosas a medida que empeoraban las condiciones económicas. Los países quedaron atrapados en un ciclo en el que se requería nuevo endeudamiento simplemente para pagar la deuda existente.

Sankara temía que la riqueza generada por los pueblos africanos se destinara principalmente a pagar a los acreedores en lugar de mejorar las condiciones de vida. Un país que dedica una proporción cada vez mayor de sus recursos al pago de la deuda reduce su capacidad para invertir en educación, sanidad, agricultura, infraestructuras y actividades productivas. La deuda deja entonces de ser una herramienta de desarrollo y se convierte en un obstáculo para el mismo.

Su análisis también estaba vinculado a la responsabilidad histórica. Las dificultades económicas que afrontan muchas naciones africanas no pueden entenderse al margen de la historia colonial, las relaciones comerciales desiguales y las estructuras económicas heredadas de décadas de dominación extranjera. Los pueblos africanos no deben ser considerados los únicos responsables de las circunstancias generadas por siglos de explotación.

Flore Kaboré (Burkina Faso), Educación, 2014.

Flore Kaboré (Burkina Faso), Educación, 2014.

Reforma interna: trabajo, salud y condiciones de desarrollo

Sin embargo, el pensamiento de Sankara nunca se limitó a criticar la desigualdad internacional. Se fundamentaba igualmente en una firme exigencia de responsabilidad interna. La soberanía económica requería una gestión disciplinada de los recursos nacionales. No bastaba con denunciar la dominación externa; los países también debían combatir la ineficiencia, el despilfarro, la corrupción y las prácticas que debilitaban su potencial de desarrollo.

Este doble requisito explica su determinación de promover una cultura de responsabilidad económica. Se esperaba que ciudadanos, agricultores, trabajadores, funcionarios públicos, empresarios y líderes políticos contribuyeran al esfuerzo colectivo. El desarrollo no se concebía como una ayuda a poblaciones pasivas, sino como un esfuerzo común que requería la participación de todos.

En este contexto, el trabajo ocupaba un lugar central. No se trataba simplemente de un medio para generar riqueza, sino también de una contribución a la construcción nacional. Toda actividad productiva fortalecía la autonomía del país y reducía su dependencia. Por lo tanto, el desarrollo se convirtió en un proceso basado en la movilización de la energía humana, en lugar de la expectativa de soluciones provenientes del exterior.

Esta confianza en las capacidades del pueblo llevó a Sankara a hacer gran hincapié en la educación. Una nación que desea controlar su destino debe ser capaz de formar a sus propios maestros, ingenieros, médicos, agrónomos, técnicos, científicos y emprendedores. La educación era una inversión estratégica destinada a aumentar la competencia nacional y reducir la dependencia de la experiencia externa.

La misma lógica se aplicaba a la atención sanitaria. Una población debilitada por la enfermedad no puede contribuir plenamente al desarrollo económico. Las campañas de vacunación, la medicina preventiva, la infraestructura sanitaria y las iniciativas de salud pública no se consideraban simplemente políticas sociales, sino inversiones en el capital humano, que fortalecían las capacidades productivas y creativas de la nación. Organizado a través de la red CDR en lugar de la administración sanitaria convencional, el Comando de Vacunación de noviembre-diciembre de 1984 elevó la cobertura nacional de vacunación infantil de aproximadamente el 17 % al 77 % en quince días. Esto demostró que la movilización, y no el capital, solía ser el factor limitante.

Para Sankara, la verdadera riqueza residía en el conocimiento, la organización, la creatividad, la disciplina y la determinación colectiva. Un país pobre en capital pero rico en recursos humanos poseía un enorme potencial de transformación. Por el contrario, una nación dotada de recursos financieros, pero carente de organización y visión, podía fácilmente desperdiciar sus oportunidades.

Kader Kaboré (Burkina Faso), 'The Mats' (serie), 2021.

Kader Kaboré (Burkina Faso), ‘The Mats’ (serie), 2021.

Industrialización y soberanía productiva

La preocupación de Sankara por la soberanía se extendía a la estructura misma de la producción. Observó, como Nkrumah había argumentado dos décadas antes en su análisis del neocolonialismo, que muchos países africanos exportaban materias primas y luego importaban productos terminados a precios mucho más elevados. Este patrón estructural mantenía la creación de valor fuera de África y restringía las oportunidades de empleo cualificado y desarrollo tecnológico.

Por lo tanto, el desarrollo requería no solo más producción, sino también más transformación. Un país capaz de procesar sus productos agrícolas, minerales y recursos naturales retiene una mayor proporción del valor generado por su economía. La transformación local crea empleos, desarrolla conocimientos técnicos y fortalece la independencia económica. Este imperativo para la industrialización africana sigue siendo tan urgente hoy como lo era en 1987, y continúa siendo un elemento central en los debates económicos panafricanos en todo el continente.

El sector textil ofrece uno de los ejemplos más claros de esta estrategia. La promoción que Sankara hizo del Faso Dan Fani , el tejido de algodón artesanal de Burkina Faso, no fue simplemente un gesto cultural. Formaba parte de una política económica deliberada. Al fomentar la producción y el consumo de tejidos locales, buscaba apoyar a los productores nacionales, crear empleo y mantener la riqueza circulando dentro de la economía nacional.

La prenda se convirtió así en un símbolo de soberanía económica. Demostró que las decisiones de consumo tienen consecuencias económicas y que el desarrollo nacional puede fortalecerse cuando se valoran y apoyan los productos locales. Sankara no rechazaba el comercio internacional. Más bien, se preguntaba cómo el comercio y los hábitos de consumo afectaban al desarrollo nacional. Cada producto importado representaba una fuga de capitales, mientras que cada producto de producción nacional contribuía a la actividad económica del país. Su objetivo no era el aislamiento, sino el equilibrio. El comercio internacional podía ser beneficioso cuando fomentaba un intercambio mutuamente ventajoso. Se volvía peligroso cuando creaba una dependencia excesiva o impedía el surgimiento de capacidades productivas nacionales.

Talato Michel Zangre (Burkina Faso), Encuentro de Ideas, 2014.

Talato Michel Zangre (Burkina Faso), Encuentro de Ideas, 2014.

El desarrollo como emancipación

A través de sus reflexiones sobre la deuda, la autorregulación, la educación, la sanidad, la transformación local, la emancipación de la mujer y la soberanía productiva, Thomas Sankara desarrolló una visión integral del desarrollo. La economía dejó de ser un mero conjunto de mecanismos financieros para convertirse en un proyecto social orientado a ampliar la libertad, fortalecer la soberanía y permitir que cada individuo participe plenamente en la construcción del bien común.

Esta ambición explica por qué su pensamiento sigue suscitando debate décadas después de su muerte. Sus ideas no se limitan a un período histórico concreto; ofrecen un marco más amplio para comprender la relación entre producción, justicia, independencia, dignidad y desarrollo humano. La originalidad de la economía de Sankara reside no solo en políticas específicas, sino en su filosofía subyacente: el desarrollo debe estar al servicio de la emancipación humana, la soberanía nacional y la dignidad colectiva, en lugar de la mera expansión de las estadísticas económicas.

Para África hoy, esta lección sigue siendo urgente. La deuda, la dependencia, la austeridad, el extractivismo y los modelos de desarrollo importados continúan marcando la vida de millones de personas. La respuesta de Sankara no fue ni resignación ni caridad. Fue organización. Fue producción. Fue disciplina. Fue moral pública. Fue liberación de la mujer. Fue soberanía alimentaria. Fue solidaridad continental. Fue la insistencia en que el pueblo mismo es la mayor fuerza productiva de la historia.

Estudiar la economía de Thomas Sankara, entonces, no es mirar al pasado con nostalgia. Es recuperar un método vivo para las luchas que tenemos por delante: producir lo que necesitamos, organizar lo que tenemos, rechazar las cadenas de la deuda, disciplinar al Estado, liberar a las mujeres, confiar en el pueblo y construir la soberanía desde abajo.

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