Anna López (eldiario.es), 2 de Septiembre de 2026
- Hay que cortar la cadena: atender la frustración, combatir la propaganda, perseguir las redes que organizan la violencia y actuar con contundencia. Y proteger la protesta legítima: quienes quieren convertirla en una jauría humana no representan a los vecinos de Ceuta

Hay algo más peligroso que la violencia racista: que acabemos viéndola como una reacción inevitable -o justificable- ante una crisis migratoria. No lo es. Ceuta no es una excepción ni un estallido espontáneo. Tampoco toda protesta contra la gestión migratoria es necesariamente violencia ultra. Conviene mirar el patrón que vimos en Torre Pacheco, Southport, Epping y Belfast. Y que vuelve a aparecer en Ceuta.
La secuencia tiene cuatro fases: frustración, propaganda, movilización y violencia.
La primera es la frustración. Siempre hay un detonante real: una agresión, una ciudad que se siente abandonada o unos servicios insuficientes. Ese malestar merece respuestas políticas. El giro llega cuando alguien decide convertirlo en odio. Entonces cambia el foco. Ya no se habla de recursos, gestión o responsabilidades institucionales. El objetivo pasa a ser acechar, perseguir y hasta linchar a los inmigrantes. Una crisis compleja encuentra un culpable sencillo. Es ahí donde entra la extrema derecha.
Southport mostró la dinámica: un crimen terrible fue acompañado de falsedades sobre el origen del agresor que alimentaron, a su vez, ataques contra mezquitas, hoteles de solicitantes de asilo y comunidades migrantes. En Belfast hemos visto una secuencia parecida.
La segunda fase es la propaganda. La infraestructura digital del odio no aparece cuando estalla una crisis. Lleva años funcionando, acumulando seguidores, conectando grupos y difundiendo narrativas como “invasión”, “reemplazo” o “remigración”.
En Ceuta los datos muestran hasta qué punto puede acelerarse: en solo 25 días se detectaron 78.476 mensajes de odio relacionados con la crisis, con un pico de 6.615 en un solo día, casi tres veces más que la actividad habitual. Los principales objetivos de la cacería digital fueron personas norteafricanas, migrantes y musulmanas.
No son mensajes aislados. Existe una red que conecta organizaciones locales, españolas e internacionales: Deport Them Now, Save Europe Act, Reconquista, Junge Tat y Tercera Vía, junto a activistas portugueses, franceses e italianos. Y esa infraestructura tiene altavoces políticos y tecnológicos. Musk ha convertido X en un poderoso amplificador de la derecha radical internacional. Algunos dirigentes también han convertido la inmigración en un eje permanente de alarma política, asociándola con inseguridad, pérdida de identidad o amenaza demográfica. Sin distinguir entre inmigración regular e ilegal. Cuando esos marcos pasan de los canales ultras al discurso de masas, el perímetro de lo moralmente aceptable se amplía hasta dar cabida a discursos deshumanizadores.
La tercera fase es la movilización. Las redes dejan de servir solo para convencer y empiezan a organizar, desplegando toda su capacidad para trasladar la acción del espacio digital al espacio físico. Torre Pacheco mostró cómo funciona con Telegram. Deport Them Now UE difundió mapas y llamó a organizar “cacerías” contra población magrebí. Ceuta vuelve a mostrar que la internacional ultra sigue formando parte de la ecuación. Activistas vinculados a estos grupos han difundido la alarma o se han desplazado hasta España. Una crisis local se convierte así en una oportunidad para redes de distintos países y para reclutar nuevos perfiles.
La cuarta fase es la violencia. La propaganda llega a la calle. En Ceuta hemos visto episodios violentos y la quema del campamento y de los enseres de personas migrantes, además de amenazas contra organizaciones humanitarias y periodistas. Aquí hay otra frontera, moral, que también debe ser nítida. Se puede protestar contra la política migratoria o reclamar recursos. Quemar las pertenencias de personas migrantes no es protesta, es violencia racista.
Por eso importa tanto la reacción política. De Vox ya conocemos la respuesta: ante estos episodios no solo suele faltarles una condena clara y sin matices, sino que su discurso alimenta buena parte del marco que los precede. Del PP cabe esperar algo más: una repulsa enérgica sin añadir de inmediato un “pero Sánchez”. Puede responsabilizar al gobierno de una mala gestión y, a la vez, dejar claro que ninguna política migratoria convierte a una persona en objetivo legítimo de una agresión. Puede criticar la morosidad del ejecutivo mientras descalifica cualquier atisbo de respuesta violencia, por mucho que pueda servir como combustible electoral. Un combustible altamente inflamable, que no decrecerá aunque el PP llegue al gobierno.
Porque ¿de verdad cree el PP que gobernar le hará inmune?
Estados Unidos demuestra que no. La experiencia de Trump debería servir de advertencia: el supremacismo blanco no desaparece porque gobierne la derecha. Una de las primeras decisiones del presidente al volver a la Casa Blanca fue indultar a cientos de condenados por el asalto al Capitolio. Y el análisis del Jewish Council for Public Affairs sobre los datos del FBI de 2025 señala que, pese al descenso global de los delitos de odio, los ataques contra la comunidad latina e hispana aumentaron un 26% y los dirigidos contra la población sikh un 25%. Aquí el otro es el musulmán: allí es el hispano. Convendría no olvidarlo.
Hay que cortar la cadena: atender la frustración, combatir la propaganda, perseguir las redes que organizan la violencia y actuar con contundencia. Y proteger la protesta legítima: quienes quieren convertirla en una jauría humana no representan a los vecinos de Ceuta. Ambas cosas son -y deben ser- compatibles. Para solucionar la crisis de la ciudad autónoma sin menoscabar nuestra democracia.
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