Gaceta Crítica

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Arturo Lezcano: «Los gallegos hacían venta ambulante en América como muchos africanos hoy»

Víctor Sampedro (PÚBLICO), 29 de Agosto de 2026

El periodista y escritor reflexiona sobre su nuevo libro ‘El país invisible’, la diáspora gallega y el racismo que un día vivieron sus antepasados.

Arturo Lezcano, en una imagen de archivo.
Arturo Lezcano, en una imagen de archivo.Rafa Martell

A mediados de agosto me veo con Arturo Lezcano en Viveiro, en la Mariña lucense. Viene a firmar en la feria del libro. Tiene familia en Ourol, un municipio cercano. Y le recibo en la casa que dejó mi abuelo. Me cuenta que sus familiares recuerdan aquel médico manco. Le cuento que su padre, mi bisabuelo, pudo ser un mena de la diáspora migratoria de la que habla su libroEl país invisible. Viajó a La Habana en la cubierta del buque. Dormía debajo del mostrador en el local que atendía… Y, al volver, montó una ferretería…

Conversamos en gallego. Lezcano ha compartido la condición de expatriado y lo ha leído todo sobre la emigración gallega. Ha mapeado una nación ausente que interpela a la Galicia y los emigrantes de ahora. Ese pasado podría inspirar un pasado común, un futuro colectivo sostenido en la memoria de los agravios compartidos, la ayuda mutua y a la vanguardia en muchos ámbitos. En la diáspora gallega resuenan la violencia que sufren y los pesares que arrastran los emigrantes actuales. Nos vimos cuando las tensiones de la frontera sur y la inhumanidad racista implosionaban, una vez más, en Ceuta.

¿Por qué y cómo escribiste estas 600 páginas, sumando historias personales arrebatadoras que componen una biografía colectiva y oculta?

Hay un hilo invisible, valga el mismo adjetivo que el título del último de los tres libros que he publicado. Arrancó sobre el 2000 cuando, recién licenciado de Periodismo en Santiago, pasé varios meses recorriendo el continente. Ya entonces me dije que viviría allí. Tardé cinco años en hacerlo realidad. Decidí ser freelance. La gente no lo entendía. Trabajaba en una tele, vivía muy bien y me fui sin nada fijo. Después de dos meses allí, me piden de la televisión gallega ir a Venezuela. Habían secuestrado a un emigrante gallego. Y descubrí un nicho potencial enorme, de gente que a todos nos interesaría conocer. El libro nace de esos encuentros.

​Viví seis años en Buenos Aires y otros tantos en Río de Janeiro. Unas historias me llevaban a otras. Las metía en carpetas… para lo que fuera. Ese ir tirando de un hilo ya lo había aplicado en 2004 cuando publiqué Fútbol sobre lienzo sobre un exiliado gallego, hijo del secretario del ayuntamiento de A Coruña que fusilaron en el 36. Así llegamos al El País Invisible, donde ese tal Cheché Martín, reaparece en tres párrafos. La pintura de este jugador del Barça y el Depor recordaba a Cézanne y a Gauguin.

​Mi segundo libro, Madrid 1983, ofrece una crónica brutal para entender la España de hoy que el Mundial del 82 había eclipsado. Sigue esa estructura fragmentaria que desvela un hilo invisible. Cuando los chicos de Libros del K.O. me preguntaron «¿qué quieres hacer?», ya tenía en la cabeza este. Y publicaron antes la edición en gallego. No puedo estar más agradecido.

El libro cartografía una Galicia invisibilizada. Igual que ocurre con las naciones de las que provienen los emigrantes que ahora vienen a España. Si queremos recibirlas, nos enseñan unas cuantas lecciones para afrontar juntos el futuro. Para empezar, me sorprendió la capacidad de los expatriados para autoorganizarse y tejer redes de ayuda y apoyo mutuo. Esto cuestiona la imagen del gallego individualista y minifundista que solo mira solo por sí mismo, con intereses limitados y cortoplacistas.

Después de estudiarlo y observarlos mucho, no sé si esa autoorganización expresa solidaridad. Lo que construyeron en sus viajes y a la vuelta, las sociedades de instrucción, que fueron las primeras escuelas mixtas y laicas, o los lavaderos que sufragaron… y tantas otras cosas, resulta contradictorio.

​Me explico: se organizan porque si llego desde Viveiro a Cuba lo primero que hago es darme de alta en Hijos de Vivero y su comarca. Y si hay una sociedad de Ourol o de Xerdiz, me hago de ella. Seguimos el camino que va de la aldea, a la parroquia, y al concello (ayuntamiento). La sociedad de Viveiro, en concreto, pesaba mucho en el Centro Gallego de Cuba. La mutua aseguraba la asistencia médica y proporcionaba el poco ocio que te dejaba una vida dedicada a trabajar. Las pocas horas de asueto del domingo te juntas allí. Por último, y esto es importante, hablamos de la muerte y de Galicia, te aseguras volver en un cajón o un lugar en el panteón del centro gallego.

Es un libro muy cuidado. La faja desplegable y los mapas antes de los capítulos dedicados a distintos países señalan oleadas y asentamientos que te dejan perplejo.

Sí, ocurre como con la lengua. Llama la atención que se mantuviera con una orografía tan complicada y enrevesado, en una población tan esparcida. Con variantes dialectales, mantenemos una lengua común muy homogénea. Con la diáspora ocurre lo mismo. Rompe el tópico de que somos unos minifundistas mentales. Pero no me queda claro. Creo que actuaron «a la gallega». Llegó a haber 500 centros gallegos, como el que te acabo de citar de Viveiro, en toda América. Hoy mismo en Buenos Aires siguen abiertos cincuenta y tantos. Solo en capital federal y el conurbano. Los judíos tienen dos. Eso a lo sumo. Italianos y judíos habrá otros tantos. Apenas un puñado y más centralizados. Estamos súper autoorganizados, pero cada quen na súa leiriña: cada uno en su terreno.

​Se impone una mentalidad protocapitalista de emprendedor, que dirían hoy. El pequeño negocio se organiza en sociedades familiares o de vecinos. Pero también hay redes solidarias y obreristas. Habría que rescatar el trabajo de Bieito Alonso sobre los sindicalistas marítimos anarquistas gallegos. Siempre se habla de los catalanes o los italianos. Pero está demostrado su papel entre los fogoneros de Nueva York y los puertos de Brooklyn. Lo mismo que en Casablanca, en la bahía de La Habana, donde los gallegos crearon un barrio étnico llamado Peixiño. También en Argentina siempre se habló de Antonio Soto, el paradigma del sindicalista rural. Quizás seamos políticamente más complejos de lo que parece. Y lo mismo debe reproducirse en las comunidades de migrantes actuales.

Sorprende esa faceta de un pueblo que se considera atrasado y que, sin embargo, se embarca (nunca mejor dicho) en las vanguardias. Estando en Viveiro, hablemos de Sargadelos, esa Bauhaus surgida de la diáspora. Y de otras vanguardias del exilio.

La diáspora funcionó como el banco de semillas de Svalbard que salvaguarda las especies de vegetales de la Tierra. La soberanía es de Noruega y, en medio de una fuerte presencia rusa, sobreviviría a un holocausto nuclear. Pues bien, nuestro gran reservorio identitario fue América, las Américas.

​Existió una impresionante red de prensa gallega en Cuba, Argentina, Uruguay, Venezuela o México. Y dan amplia difusión a los símbolos nacionales de la Galicia contemporánea: el himno, la bandera, la Real Academia y demás. Eso ya se sabe. Pero sobre literatura más reciente siempre repito que A esmorga se escribió en Buenos Aires. Hasta que alguien diga lo contrario, representa nuestra mejor novela contemporánea. Nadie lo sabe ni recuerda, sin siquiera una placa.

​En la pintura ocurre lo mismo. El libro cuenta que otra vivariense, Maruja Mallo, pintó el cine Los Ángeles que, por desgracia, reformaron y hoy su hall es un Burger King. Hablo del Buenos Aires que Luis Seoane, un pintor gallego nacido en Argentina, intervino de arriba abajo. Así que presento varios itinerarios para recorrer la capital a través de sus murales. ¿Cómo es posible? Pensemos en las nuevas diásporas.

​Ojalá esté sucediendo y no lo sepamos, pero imagínate algo parecido por parte de emigrantes actuales y la riqueza que representa. Seoane se especializó en hacer murales en las zonas de la clase media alta porteña. Alguna ilustrada y otra no tanto. Hablo de los barrios de Recoleta, Barrio Norte, Palermo… incluso Belgrano. Esa zona compone un corpus urbano, mucho más destacado en su tiempo que el de Madrid y otras ciudades europeas. Imagínate a Seoane haciendo murales en galerías comerciales y portales. Y que los señores acaudalados salían del ascensor y se daban de bruces con una campesina gallega segando con una hoz. O con marineros cargados de pesca. Todos símbolos de una cultura lejana, inserta en la de acogida. Ojalá estuviera ocurriendo algo parecido ahora con los emigrantes.

Y, por último, Sargadelos.

Esa es la historia de una de nuestras grandes victorias y derrotas a la vez. Apenas hubo empresas que alumbrasen una burguesía galleguista. Algo que, más allá de la izquierda o la derecha, cuestionara el franquismo. Pues resulta que la industria cultural de nuestra vanguardia arranca en Magdalena, a cien kilómetros de Buenos Aires. La apoyan varios mecenas de la emigración y de la Galicia exterior y otros argentinos, que permiten crear el Laboratorio de Formas. Es la Bauhaus gallega que decías. Nuestra versión de la vanguardia alemana de entreguerras no surge aquí al lado de Viveiro, en Cervo, donde está la fábrica de Sargadelos. Sus fundadores, Isaac Díaz Pardo y Luis Seoane, idearon ese milagro al otro lado del Atlántico. Lamentablemente, lo mancillan el vil metal y oscuros intereses empresariales e incluso de administraciones públicas. En fin, que resurge la pregunta de cuánta vanguardia, desconocida o despreciada, encarnan las nuevas oleadas migrantes.

La vanguardia también alcanza el ámbito empresarial. Impresionan los relatos de gallegos dedicados a la venta ambulante que ahora realizan magrebíes y subsaharianos. Y asombra que, con ventas personalizadas y a plazos, llegasen a crear inmobiliarias y financieras.

En la segunda oleada, tras la entreguerra, sólo se mantiene la emigración gallega. Los irlandeses, italianos, judíos, armenios o sirios-libaneses dejan de migrar. Nosotros persistimos y muchos aún viven allí mostrando un nivel emprendedor muy alto. Cuando llegaban estaba todo por hacer, se necesitaba mano de obra y crearon una nueva clase social. Y no sabría dónde ubicar a los gallegos. En un primer momento, desde el XVIII, eran pura mano de obra, fuerza de trabajo bruta. Un ingeniero del canal de Panamá acuñó para ellos una expresión inenarrable: «no negros». Mulas de carga que no sabían encuadrar por cómo se acoplaban y adaptaban a las circunstancias. También construyeron los ferrocarriles de Cuba y los amazónicos. Y de ahí pasamos, efectivamente, a la venta ambulante.

​Si paráramos el tiempo en los años 40, no hace ni un siglo, nos preguntaríamos: ¿quiénes son estos tipos que, en efecto, hacían venta ambulante como muchos africanos hoy? Se «establecieron», como decían, montando un negocio propio. Y casi diría que se emancipaban de redes de semiesclavitud familiar. No tiene que doler el admitirlo. Lo vemos, incluso aún ahora, en la Galicia interior. Se tira del sobrino o los hijos en un negocio hasta que se emancipan. Emigrados, aplicaron la misma receta.

​Esa dureza crea individuos que se miran con resquemor. Pero terminan abriendo nuevos nichos de negocio juntos. Nos definimos, primero, por encontrar espacios y oportunidades, digamos, precapitalistas. Daban muchísimo dinero en los márgenes del crecimiento de las grandes ciudades americanas. Y, en segundo lugar, no le hacíamos ascos a nada.

​Podía tratarse, primero, de unos baños públicos en los grandes barrios que surgían cada año, por ejemplo, en México DF. No había aseos en las casas. Y esos baños, lugares de privacidad, podían evolucionar en habitaciones particulares. Se trata de rentabilizar la rotación de inquilinos y parejas en los moteles, un sector con mucha presencia gallega en todo el continente.

Tampoco hacen ascos a lucrarse en los márgenes de la legalidad, que es algo que se reprocha a los nuevos migrantes.

Salvo algunas excepciones documentadas, presentes en el libro, los gallegos no formaron redes de proxenetismo. Más bien, actúan en los márgenes de la prostitución. En los 50 se hacen fuertes en los locales nocturnos, discotecas o night-clubs que nutren luego los moteles y las pensiones.

​Otra vía distintiva de negocio consistía en vender por las calles retratos de santos, espejos y fotografías…. Lo que fuese. Cuando se «establecían» en una esquina, la quintaesencia del urbanismo gallego en América, montan su negocio y duermen en la trastienda. Después, levantan un piso. Ahí se hacen fuertes. Gasto, prácticamente cero. Y un ahorro del 100%. Y de ahí para adelante. Si todo va bien, hasta el retorno. Este es un patrón muy generalizado.

​Se alcanza una sofisticación extrema. Muy poco estudiada. Y no creo que haya academia que consiga entenderlo. Tiene lugar, sobre todo, en México y Panamá. Puede leerse el prólogo y pasar a los últimos capítulos dedicados a Panamá: «la gran tapada». De la venta ambulante pasan a las mueblerías. ¡Qué raro! ¿No?

Pues sí.

Se trata del siguiente paso a vender material de construcción. Las viviendas autoconstruidas de, por ejemplo, los emigrantes nordestinos en Salvador de Bahía, que vendrían a ser las favelas, requerían ladrillos y cemento. Y después, como en México, necesitaban muebles. Y se aplica el mismo método del abono que en la venta ambulante. Vendes una mesa muy barata pero la cobras en diez plazos. Solo con el primero plazo amortizas la compra. Y garantizas que, si no hay más pagos, no pasa nada. Los he acompañado a cobrar y con orgullo dicen: dimos bienes y crédito a quienes no podían acceder a ellos. No les falta razón.

​El método se sofistica cuando, llegados a Panamá, las mueblerías se transforman en financieras de ese inmenso sector de población no bancarizada. Construyeron bases de datos gigantescas casi a mano. Y saben que Víctor Sampedro (ejemplo ficticio, claro) es buen pagador. Pero en febrero, como tiene tres trillizas y muchos regalos que hacer, quizás no paga. No pasa nada, en marzo lo hará. Así que ahora los bancos van detrás de los gallegos detrás de esos datos.

De las financieras pasan a la política. Tremendos pioneros de las elites gobernantes actuales ¿no?

Exacto. Lo cuento al abordar la posibilidad del lobby político gallego. Volvemos a lo mismo. No somos un lobby. Como sí los judíos o italianos. O los irlandeses en Boston, por decir algo. Para nada. Todo está más diluido. Nuestros paisanos ejercen una suerte de soft power, un poder blando por debajo de la mesa. Muy nítido también en Panamá, donde tres de los cuatro últimos presidentes tenían ascendencia gallega o relaciones muy fuertes con la comunidad.

​Doy los nombres y apellidos de quienes consiguen, allá por 1972, hacer migas con Torrijos y, después, con Noriega y los militares. Consiguen en Panamá que se le legisle el llamado descuento directo. El sumun de cómo buscarse las habas y estabilizar un negocio duradero. Consiste en que el trabajador descuenta de su nómina los bienes que compra a plazos a los gallegos. Y, con el tiempo, a otros colectivos.

Trazando paralelismos entre la emigración gallega y la actual, tiremos de otro hilo que vincula la esclavitud y las migraciones; en el fondo, hablamos de fuerza de trabajo, de seres humanos sobreexplotados en régimen alegal o de ilegalidad.

Confieso que me hubiera colmado como investigador encontrar que había redes de trata y una mafia gallega. Es cierto que en Latinoamérica no hay mafias étnicas porque parte del crimen casi siempre estuvo regulado por la Policía. La extorsión la ejercían muchas veces los de uniforme. No hay una mafia gallega como tal, aunque en Brasil se llame así a los empresarios gallegos de cierta época.

​Lo que pasaron los gallegos a lo largo de 120 años, lo querido y lo no querido, entronca con las nuevas diásporas. No cabe ninguna duda. La lección que realmente dan los gallegos reside en recordar cómo nos vieron en los países de destino. Y en compararlo con cómo vemos ahora a quien recibimos. La conclusión es obvia. No hagamos ahora lo que nos hicieron en otra época.

​La complejidad política gallega es muy alta. Ya lo dijimos. Y no resiste los simplismos. Los réditos electorales pesan mucho en este tema. Deberíamos gestionar la emigración a la luz de cómo se nos trató. Nos jugamos el todo por el todo en los próximos diez o quince años. Según se desarrollen las segundas generaciones, sabremos si la integración es a la francesa, la sueca o la portuguesa.

¿Cuántos de los reproches que ahora se hacen a los migrantes los sufrieron antes nuestros compatriotas? Les acusamos de no querer integrarse… El supremacismo que nos aplicaron lo ejercemos ahora nosotros, ¿no?

Más allá de los grados de mezquindad, todo político modula e instrumentaliza su discurso según el tracking electoral dicte si conviene acercarse a la extrema derecha o centrar el discurso migratorio. Pero entre nosotros este tacticismo chirría. Siendo gallegos sabemos que no siempre llegábamos, como a veces lees en redes, con permiso de trabajo. Para nada. Representamos un caso casi único. Más de un siglo enviando carne humana joven sin descanso. Pasan los regímenes políticos y venga, seguimos. Primero aquí, luego allá. Multitud de destinos y varias oleadas.

​He recogido testimonios directos de supervivientes y descendientes, de distintos países y épocas, que dicen sin rubor: «Mi padre llegó de polizón». Y como él, otros muchos «saltaron del barco». Como todo inmigrante, terminaban regularizándose como podían. Sin visado ni nada. El gentilicio de «gallego» reúne infinidad de acepciones discriminatorias. Tiene que ver con que los emigrantes se mezclaron con la población local según el lugar. No era igual la Cuba provincia de ultramar cuando empezamos a emigrar que, pongamos, un sitio tan significado racialmente como Salvador de Bahía. Ahí tardaron muchísimo en mezclarse. En cambio, en Argentina o Uruguay funciona el melting pot (la olla del mestizaje) del Río de la Plata. Pero en sitios como México resultó (y sigue siendo) más endogámico. Respondía a una oleada diferente: micro migraciones de un par de comarcas muy concretas. Así que los centros gallegos que citábamos antes funcionaban, sin quererlo, casi como ciudadelas.

​Algo parecido ocurre en la Venezuela caraqueña donde la violencia deriva de la desigualdad flagrante en ese Estado petrolero. La sufren la clase media comerciante de gallegos, italianos y portugueses. Y, entonces, el centro de estos grupos étnicos termina siendo una ciudad dentro de otra. Brinda, como decíamos que ocurría en los orígenes, absolutamente de todo: colegio e instalaciones médicas, deportivas y de ocio. Y, entonces, se instala la endogamia. Así que seamos justos. Si recriminamos a los emigrantes que no se mezclan, está de más.

​Sería preciso creerse la lección que podemos impartir. Desde el punto de vista del gallego, que siempre estuvo en el fondo del saco de las migraciones. Incluida la última oleada de migración, a partir de los 2000, en España. Sería bonito, ¿no?

Una pedagogía ciudadana basada en reconocernos y contarnos como pueblos cosmopolitas pero arraigados a nuestras tradiciones y comunidades, somos nómadas y diáspora con raíces.

Claro que sí. Sólo lo impiden intereses electorales y económicos que no responden a las personas, sino a los gobiernos y Estados, unas empresas y corporaciones. Si fuera corresponsal en Galicia de un medio extranjero, yo qué sé, Estados Unidos, por ejemplo, escribiría una crónica larga. Hablaría de Galicia, el punto de partida del mapa que pergeño en el libro, del que salieron sucesivas diásporas que ahora regresan con sus descendientes.

Ese mapa reinventa la geografía gallega. Y da claves para aplicarlo al presente y a escala planetaria.

A escala real cabrían 1.500 Galicias en América. Intervinimos mucho más y en bastantes más lugares de lo que creemos y de lo que se dice. Eso da idea de la riqueza que aportan las migraciones a los lugares de destino. Y a los países de partida. Imagínate que pasa eso que dices. Y, de repente, somos conscientes de que acogemos a nuestros descendientes. Para asentarse aquí, como hicimos nosotros allí. O como primer pie a tierra hacia otros países, como desean muchos de los que vienen. Pero llegan sin saber absolutamente nada de Galicia. Siendo, a lo mejor, la tierra de donde salieron sus abuelos. Debieran encontrar entre nosotros un hogar que atiende a algo que está muy adentro y desde hace muchísimo tiempo.

​Merece darle la vuelta al tópico, aunque real, de la morriña y del desarraigo transmitidos generacionalmente. También podría transmitirse el arraigo, ¿no? También hay nietos y bisnietos que se consideran gallegos. Se llaman y conciben así a sí mismos, aunque nunca vinieran. Con todo el tiempo pasado, hablan gallego y bailan muiñeiras.

​Tenía una reivindicación que vuelco en el prólogo: «Hijos del minifundio». Necesitamos un centro, un espacio más que un museo, que nos conecte. Si no quieren gastar dinero, puede ser virtual. Para que ese chaval que llega de Cuba, ya que estamos en Viveiro, pueda volcar su historia familiar. Una aplicación, una web… Lo que sea que conecte y ofrezca de antemano, antes de sacar el pasaje, un programa de integración laboral. Y la descripción en veinte diapositivas y cuatro textos mínimos de las comarcas migratorias de dónde venía su abuelo. Que, antes de llegar, sepa venir a Viveiro y las razones para hacerlo.

No estaría mal…

Vería las escuelas, las «sociedades de instrucción» que salpican este concello. O las sociedades agrarias que explican por qué partieron sus familiares, escapando de los foros y, de paso, desmantelándolos. Que busquen en el monte la finca del bisabuelo y que pensaban que era un latifundio. Pero pudo subarrendar ese minúsculo trozo de tierra para viajar. O que vean las casas de los indianos, con palmera y torre, que recuerdan de dónde salieron aquellas fortunas.

​Un ejemplo mucho más reciente y casi frívolo. El ron más famoso de Panamá se llama Abuelo. Se debe a un tal Juan Carlos Varela que partió de Bergondo (municipio coruñés) y que fue el abuelo del antepenúltimo presidente del país. Y otro caso, muy instructivo y menos trivial. Recuerdo reconocer un apellido inequívocamente gallego entre los famosos Proud Boys de Norteamérica. Aquel trumpista seguramente tenía origen cubano. Si supiera de dónde viene, a lo mejor no asaltaba el Capitolio. ¿Quién sabe? Esto es una cuestión de conocimiento. El Consello da Cultura Galega mantiene el Archivo de la migración. Pero cabe hacer más. Si requiriese un emplazamiento físico podrían ser los puertos de A Coruña y Vigo. Representaría algo muy elemental y gráfico: de allí salieron millones de personas.

E entrarán outros tantos… Que así sexa, meuMarchamos que temos que marchar. (Y entrarán otros tantos… Que así sea, bro. Vámonos, que tenemos que irnos). Y acompañé a Arturo a firmar libros en un stand pegado a la ría, el de la ínclita librería Númax.

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