Laura Anido (PÚBLICO), 21 de Agosto de 2026
- Aisha y Saba llegaron a Ceuta el pasado 31 de julio huyendo del sistema patriarcal marroquí y buscaban «tener la posibilidad de decidir sobre su propio futuro», explica un voluntario que atendió a las menores.
- Save the Children recuerda que aún hay menores que siguen viviendo en las calles de la ciudad autónoma y reclama que sean identificadas cuanto antes y puedan entrar en el sistema de protección.

Aisha (nombre ficticio para conservar su anonimato) vivía a apenas 40 kilómetros de Ceuta. Desde Tetuán, la frontera estaba lo suficientemente cerca como para formar parte del paisaje, pero durante años la ciudad había sido para ella uno de esos lugares que se conocen solo de oídas y que, pese a estar tan cerca, parecen inalcanzables. Entre su casa y aquella otra orilla había apenas unas decenas de kilómetros, pero para Aisha la frontera era una barrera que separaba la vida que conocía de la que soñaba tener.
Hasta el pasado 31 de julio. Ese día, con 15 años, cruzó la frontera de Ceuta. Al otro lado esperaba encontrar un lugar en el que poder empezar de nuevo, seguir estudiando, sentirse segura, tomar sus propias decisiones y, algún día, tener una pareja sin que su padre, su hermano, el vecindario o las normas sociales condicionaran su vida. La ciudad se había convertido, a través de las conversaciones con otros jóvenes y de las redes sociales, en la puerta de entrada a una Europa que asociaba con oportunidades y, sobre todo, con una mayor libertad.
Hasta entonces, Aisha vivía con sus padres -su madre era ama de casa y su padre trabajaba como artesano en el casco viejo de la ciudad- mientras ella todavía estudiaba en el instituto. Después de ver en TikTok las convocatorias y la información que compartían quienes habían conseguido llegar el día anterior, ella y sus amigos decidieron cruzar la frontera.
Cientos de kilómetros más lejos, otra menor tomaba la misma decisión. Saba (nombre ficticio), de 16 años, vivía en Mequinez -a 400 kilómetros de Ceuta- también había seguido en las redes sociales los testimonios de otros jóvenes que habían llegado a España. Ella había dejado la escuela y ayudaba a su madre con las tareas domésticas. Su familia apenas tenía recursos y las discusiones se habían vuelto habituales entre sus padres. Cuando vio las imágenes de las miles de personas que habían llegado a Ceuta el 30 de julio, decidió acercarse a la frontera cogiendo un taxi junto a un grupo de amigos y cruzar al día siguiente. «Quiero construir una vida en la que mis hijas no tengan que arriesgar su vida para sentirse seguras», explicó después la joven al psicólogo social Oussama Chakkor, que ha trabajado con estas dos menores de la mano de la ONG ActionAid.
La desprotección al llegar a Ceuta
Al llegar a Ceuta, Aisha esperaba encontrarse con un lugar donde dormir, poder llamar a su familia y poner en marcha su acogida. Sin embargo, sufrió un choque de realidad al encontrarse en la calle y en una ciudad colapsada. «Cuando llegué, todo parecía diferente de lo que yo pensaba, me encontré con un lugar hostil», explicó la joven a Chakkor.
El escenario en Ceuta reflejaba un clima de cansancio y confusión, con hombres, mujeres y menores que no sabían dónde ir ni qué iba a suceder con ellos. Durante los primeros días, según explica Chakkor a Público, Aisha se encontraba en la calle y no tenía claro dónde dormir ni quién podía protegerla. Cuando podía, intentaba descansar rodeada de mujeres adultas, y, a ser posible, acompañadas de niños, así buscaba crear una pequeña burbuja de seguridad en medio de la total desprotección. «Tenía mucho miedo, dormía poco y lo que quería era encontrar un lugar tranquilo y seguro«, explica.
Las dos menores cruzaron acompañadas de amigos, sin embargo, ninguna de ellas logró reencontrarse con su grupo. A la incertidumbre sobre qué harían las autoridades con ellas y a la situación de encontrarse en un país extranjero, sin un lugar donde vivir y en condiciones insalubres, se sumaba la soledad y la falta de apoyo familiar o de un círculo de confianza. Además, ambas vivían con el temor y la preocupación por no saber qué les había ocurrido a sus acompañantes.
«No son solamente números dentro de una emergencia migratoria. Son niñas, con nombres, con apellidos, con familias, con recuerdos, con miedos, con sueños, con ilusiones, con expectativas«, apunta el psicólogo.
El sistema patriarcal marroquí
Aisha y Saba no se conocen y cada una ha estado, hasta ahora, acogida en un campamento diferente, los dos gestionados por asociaciones vecinales. Sus historias, sin embargo, tienen un punto en común, el deseo de escapar de un entorno en el que sentían que su libertad y sus posibilidades de futuro estaban cada vez más limitadas. Según explica Chakkor, quien ha atendido a ambas menores, su objetivo no era únicamente mejorar sus oportunidades económicas, sino también «tener la posibilidad de decidir sobre su propio futuro».
«Contaban que quería un cambio en su vida y que en Marruecos no iban a poder hacerlo», explica el psicólogo. En Marruecos, el sistema patriarcal está avalado por las propias leyes del país. La Moudawana, o Código de Familia, regula todas las normas sobre el estatuto personal y las relaciones familiares en el país. En 2004 se hizo una reforma importante en la que se elevó la edad general para casarse de 15 a 18 años y se eliminó la obligación de que una mujer adulta necesitara un tutor masculino para casarse así como se facilitó que las mujeres pudieran solicitar el divorcio. Aún persisten desigualdades como que el padre es el representante legal predeterminado del menor, incluso cuando, después de un divorcio, la madre tiene la custodia; las mujeres y niñas reciben la mitad de herencia de lo que reciben sus familiares varones o que, a pesar de que la edad mínima para casarse sean los 18 años, los jueces pueden conceder excepciones de forma que, según Human Rights Watch, se permite el matrimonio de niñas desde los 15 años.
Además, el Código penal marroquí prohíbe las relaciones sexuales fuera del matrimonio, el aborto fuera de los supuestos permitidos por la legislación y las relaciones homosexuales. Mientras que ser madre soltera supone el rechazo familiar y social.
Faltan menores por identificar
Desde Save the Children, Catalina Perazzo, directora de Influencia y Desarrollo Territorial, advierte de que muchas de las niñas y adolescentes que han llegado a Ceuta proceden de situaciones especialmente complejas. «Muchas vienen huyendo de situaciones de violencia o de contextos muy complicados y algunas han sufrido violencia en el trayecto, incluso violencia sexual», explica. Esa experiencia, añade, hace que algunas lleguen ya con «un impacto psicosocial importante» y que incluso hayan sufrido crisis de ansiedad.
Al llegar al territorio español estas vulnerabilidades no terminan, sino que se exponen a otras. Pasar días en la calle significa no disponer de un lugar donde dormir, de condiciones adecuadas de higiene o de una alimentación estable o incluso sufrir abusos sexuales.
Desde la ONG recuerdan que aún hay menores que siguen viviendo en la calle y reclaman que sean identificadas cuanto antes y puedan entrar en el sistema de protección. También consideran imprescindible que reciban atención psicológica y psicosocial. El problema, advierte Perazzo, es que el sistema de protección de Ceuta está «saturadísimo» y no tiene actualmente capacidad suficiente para acoger a tantos niños y niñas ni para ofrecerles la atención especializada que necesitan. «El tratamiento psicológico o psicosocial requeriría de muchas manos que no se están desplegando ni siquiera para identificarlas a todas», señala.
UNICEF reclama que cada caso sea estudiado individualmente y que se determine qué necesita realmente cada niño o niña. «Cualquiera que sea la decisión, tiene que ir con el objetivo de protegerlos y garantizar sus derechos, siempre respetando el interés superior del menor. No se pueden hacer devoluciones colectivas», remarca Lara Contreras, directora de Influencia, Programas y Alianzas de UNICEF España.
La organización considera que la respuesta «ha llegado tarde» y advierte de que España debería contar con los recursos para atender una crisis de estas dimensiones y espacios seguros donde puedan ser trasladadas las personas migrantes. «No puede ser que sigan miles de niños en la calle a día de hoy, sin saber cuántos se encuentran en Ceuta», remata Contreras.



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