Gaceta Crítica

Un espacio para la información y el debate crítico con el capitalismo en España y el Mundo. Contra la guerra y la opresión social y neocolonial. Por la Democracia y el Socialismo.

El franquisme de Josep Fontana.

Conversación sobre la Historia, 11 de Agosto de 2026

Josep Fontana

“La Catalunya franquista”

La Càtedra Josep Fontana, impulsada por el Institut Universitari d’Història Jaume Vicens Vives de la Universitat Pompeu Fabra con la colaboración de la Diputació de Barcelona, cuenta entre sus objetivos la difusión de la obra del historiador catalán, tanto de sus investigaciones ya publicadas como de una selección de los escritos inéditos o dispersos conservados entre sus archivos. Precisamente, el libro El franquismo (publicado por Eumo) surge del encargo realizado a Jaume Claret para seleccionar y editar aquellos textos más significativos dedicados al franquismo, priorizando las versiones más acabadas que Fontana actualizaba obsesivamente para sus clases, conferencias o colaboraciones de prensa. Debido a la disparidad de sus orígenes, los textos presentan una naturaleza heterogénea, mezclando enfoques académicos con otros más divulgativos, y se han organizado con una mínima intervención editorial en tres grandes apartados: la biografía de Franco, la configuración del régimen y la etapa de la dictadura propiamente dicha.

Precisamente en este último bloque sectorial se inscribe el capítulo “La Catalunya franquista”, donde Fontana ofrece una mirada crítica e incisiva sobre la realidad catalana tras el final de la Guerra Civil. En este texto, se desmonta el mito de que la represión fue exclusivamente impuesta desde el exterior, destacando el colaboracionismo interno y la ‘inquebrantable adhesión’ de sectores conservadores y antiguos miembros de la Lliga.

Asimismo, retrata la doble cara de la posguerra: mientras una parte de la población sufría la represión y el exilio, una mayoría de la burguesía catalana se adaptó al régimen, lucrándose enormemente a través del estraperlo y los posteriores negocios inmobiliarios. Sin embargo, el capítulo aclara que este enriquecimiento convivió con una influencia política real muy limitada, ya que el verdadero control del territorio y de las instituciones quedó subordinado al poder foráneo de los capitanes generales y los gobernadores civiles.

Barcelona, 27 de enero de 1939. Un grupo de barcelonesas desfilan por la calzada central del paseo de Gràcia acompañando a soldados del cuerpo de ejército con el que Yagüe acaba de tomar la ciudad (foto de Francisco Martínez Gascón incluida en el libro Kautela, un fotógrafo en la España franquista, Institución Fernando el Católico)

La Cataluña franquista

Fragmento de un texto inédito de Josep Fontana, que forma parte del libro «El franquismo», una síntesis de los escritos del historiador, nunca publicados, sobre la dictadura de Franco.

El final de la Guerra Civil tiene dos manifestaciones en Cataluña. En primer lugar, la represión no solo de los rojos, sino, en general, de los catalanistas no arrepentidos. Esto provocó la huida a través de la frontera. El exilio estaba bien justificado, como lo demostraría la ejecución de un personaje tan libre de culpa política como Carles Rahola. Para la gente de derechas que decide no huir, el camino es el arrepentimiento y el intento de adaptación a la nueva situación. Y, en segundo lugar, no hay que caer en el error de pensar en la represión como algo externo, que viene de fuera.

La Vanguardia, que añade a su título Española, retoma la numeración con el número que habría correspondido al 20 de julio de 1936. Carles Sentís, antiguo catalanista reconvertido en espía al servicio del general Francisco Franco durante la Guerra Civil, publicaba en ella, el 17 de febrero de 1939, un artículo con el título «Finis Cataloniae? El ‘fin’ de una película de ‘gángsters’ simplemente», donde decía que la Cataluña liberada era la real: «Hoy, precisamente, empieza a amanecer».

El periodista formaba parte del pequeño grupo de catalanes que venían con el ejército: viejos falangistas del reducidísimo núcleo de «camisas viejas», catalanes como José M. Fontana Tarrats, o más o menos «nuevas», como Carlos Trías o José Ribas Seva; «intelectuales» huidos como Pere Pruna, Xavier de Salas o Josep Pla; catalanes de Burgos como Josep Vergés; o incorporados rápidamente a Falange como Guillermo Díaz-Plaja o Rafael Santos Torroella. Josep Maria Tallada, economista al servicio de Francesc Cambó, consideraba que todo el mal había empezado con la República, al iniciarse el proceso que había llevado al asalto a la sagrada propiedad privada. Justamente eso los había apartado de la «falsa ruta» denunciada por el antiguo dirigente de la Lliga y padre del Banco Popular, Ferran Valls-Taberner. Él protagonizaría la renuncia más ostentosa con su artículo sobre «La falsa ruta», publicado el 15 de febrero. Posteriormente incorporado al librito Reafirmación espiritual de España, decía en él: «Cataluña ha seguido una falsa ruta y ha llegado en gran parte a ser víctima de su propio extravío. Esta falsa ruta ha sido el nacionalismo catalán». Era necesario que «la rectificación, la contrición y la enmienda marquen una nueva orientación en la vida de Cataluña, reincorporada a España definitivamente». La única postura admisible era la «adhesión inquebrantable».

La adhesión de la burguesía era bastante lógica. En algún caso, como el del propio Valls Taberner, el distanciamiento del catalanismo ya se había producido durante la República, cuando los planteamientos autonomistas no tuvieron precisamente unanimidad. Además, con el alineamiento con el régimen agradecían que les hubiera salvado las fábricas de la «revolución» iniciada en 1936 y, pronto, encontrarían la manera de hacer negocios en el ambiente turbio del estraperlo, las licencias de importación y los «cupos».

Los años cuarenta son, ciertamente, años de hambre y miseria para una parte de la población, pero también bastante favorables para los campesinos medios beneficiados por el estraperlo. Pla asegura que entre 1940 y 1950 hay «una especie de entrada tumultuosa del campesinado en la vida moderna: se compran sábanas, pantalones y aparatos de radio; se hicieron obras; algunas casas fueron arregladas; los campesinos frecuentaban las peluquerías con una asiduidad desconocida en la clase». Exagera, evidentemente, pero algo de eso había. Son también los años en que los pequeños fabricantes textiles de Terrassa, Sabadell o Manresa hacen negocios, compran obras de arte (más bien cursis), libros caros y frecuentan, con sus «queridas» que, como es sabido, eran un signo de estatus, locales como el Rigat o Los Tres Molinos.

Y, cuando parecía que aquello se acababa, el negocio brutal de la construcción permitiría llenarse los bolsillos a unos cuantos de los más gordos, que estaban por encima de esa morralla. ¿Por qué no iban a protagonizar una «inquebrantable adhesión»? Y quien tenía mala conciencia la calmaba apoyando, bajo mano y a modestísima escala, una resistencia cultural catalana de orden, nada roja, siguiendo aquel modelo señalado por Guerau de Liost —seudónimo del poeta esencialmente burgués Jaume Bofill i Mates— cuando habla de los que encienden cirios a san Jorge y daban panecillos al dragón para que en el infierno se acuerde de ellos. San Jorge era el régimen, y el dragón al que daban panecillos podía ser Òmnium o similares.

Los industriales, por otra parte, conservaron bastante autonomía, ya que resistieron con eficacia las órdenes de integrar sus organizaciones colectivas en el sindicato vertical. Si bien el órgano máximo de la vieja patronal, el Fomento del Trabajo Nacional, quedó en cierto modo hibernado, sin funciones reales, los industriales actuaron a través de sus organizaciones específicas. La más importante de ellas sería, a partir de los años sesenta, la Cámara de Comercio, Industria y Navegación de Barcelona, surgida en 1967 de la unificación de las dos anteriores, de comercio y de industria. Aparte, había estructuras que respondían a los intereses de industrias concretas, como el SECEA (Servicio Comercial Exterior de la Industria Algodonera). La entidad de los algodoneros, creada en 1954, fue dirigida, entre otros, por Manuel Ortínez, que después pasaría a dirigir el Instituto Español de Moneda Extranjera (IEME) y a los negocios de la evasión de capitales a Suiza, de acuerdo con la banca de aquel país. Los laneros, por su parte, salvaron el Instituto Industrial de Terrassa y el Gremio de Fabricantes de Sabadell. Más trascendente de cara al futuro sería el Círculo de Economía, un órgano de los jóvenes empresarios, nacido como «Club Comodín», en el que Jaume Vicens Vives les enseñó las reglas del empresariado moderno.

Con todo, esta burguesía no tendría una influencia política seria, excepto a escala municipal, y aun así a duras penas. Esa esfera estaría en manos foráneas en los dos escalones más elevados: el de los capitanes generales, la única autoridad a escala del conjunto de Cataluña, y el de los gobernadores civiles, muy pronto reconocidos también como jefes provinciales del Movimiento.

El arquitecto provincial, Manuel Baldrich, informa del estado de las obras de los Hogares Mundet al gobernador civil, Acedo Colunga, a Joaquin Buxó d’Abaigar, presidente de la Diputación de Barcelona, y otras autoridades, 7 de julio de 1956. Autoría: Joaquín M – Domínguez Puente. Fondo: Diputación de Barcelona. (CAT AGDB R.17339)

[…]

El gobernador civil [de Barcelona] Felipe Acedo Colunga, conocido como «la mula», había sido fiscal en la revolución de Asturias de 1934 y en el caso contra Julián Besteiro. Según Martí Marín, a pesar de su mala reputación, fue quien mejor entendió lo que había que hacer y tuvo una larga gestión, durante la cual quiso convertirse en el protagonista de la política catalana, hasta que se enfrentó a Josep Maria de Porcioles, que quería hacer lo mismo desde la alcaldía. Acedo Colunga fue, por ejemplo, quien impuso la entrada en el consistorio barcelonés de personajes de la burguesía colaboracionista como Santiago Udina, Narcís de Carreras (presidente del Barça), Santiago de Cruïlles (yerno de Joan Ventosa Calvell) o el ya mencionado Samaranch, un falangista que siempre aparecía pegado al «camarada José Antonio Elola-Olaso», el hombre al frente de la gestión del deporte.

Los ayuntamientos eran la pieza clave de la administración. De entrada, fueron sustituidos por gestoras, hasta que llegó la hora de los nombramientos: por los gobernadores civiles, en las poblaciones menores, y por el ministro del Interior en las mayores, excepto Barcelona, que era elección directa de Franco.

El Ayuntamiento de Barcelona era, sin duda, el más importante. El primer alcalde nombrado por Franco sería un hombre de su absoluta confianza: Miquel Mateu i Pla. El llamado «Mateu de los hierros» era sobrino del cardenal Enric Pla i Deniel, dueño de la electricidad de Andorra, desde donde boicoteó el suministro a Cataluña durante la guerra, y solo abandonó el consistorio cuando Franco lo necesitó para un trabajo más difícil: embajador en París en 1945. Su sustituto fue Josep Maria Albert Despujol, barón de Terrades. Es decir, el dueño de La España Industrial, un monárquico de la nobleza de Alfonso XIII, que fracasó en su gestión y fue retirado por su mala salud y por la huelga de tranvías de 1951, junto con Baeza.

La influencia del ministro Blas Pérez hizo que lo reemplazara Antoni Maria Simarro Puig, procedente del despacho de abogado del jerarca, presidente de la Diputación de Barcelona de 1939 a 1943 y presidente del Colegio de Abogados desde 1943. Este personaje insignificante y gris, que exasperaba a Acedo Colunga por su nulidad, sería alcalde desde 1951 hasta retirarse de la vida política en 1957. Sería también en 1957 cuando, tras renunciar Mateu a hacer de «ministro catalán» a la manera de lo que pedía José María Aznar a Jordi Pujol a raíz del pacto del Majestic, se nombró ministro sin cartera a Pere Gual Villalbí. Este hombre del Fomento era considerado cercano a los círculos del poder económico catalán, pero era una completa nulidad («los diplodocus, a los museos»). Los ministros anteriores a él no habían ejercido demasiado de catalanes: Demetrio Carceller, nacido en Teruel pero criado en Terrassa, y Eduardo Aunós, un viejo e insignificante personaje de la dictadura de Miguel Primo de Rivera. Ambos eran gente con escasa representatividad política.

Como reemplazo de Simarro, Acedo Colunga quería nombrar alcalde a Fèlix Escalas, pero se impuso el notario Josep Maria de Porcioles i Colomer. El historiador Martí Marín sostiene que no era el hombre de Franco, como se ha dicho, sino una imposición del vencedor de la crisis política de 1956-57, es decir, Luis Carrero Blanco, o más bien del tándem formado con Laureano López Rodó, ya que era este segundo quien hacía la política catalana. Porcioles era un hombre ambicioso y con buenas relaciones políticas y sociales, que muy pronto se enfrentó con Acedo Colunga, que quería seguir siendo el protagonista de la historia. El nuevo alcalde consiguió hacer ver que buena parte de los concejales nombrados por el gobernador civil eran gente corrupta y explotó una serie de enfrentamientos, como el de los chicos del Frente de Juventudes con los escoltas católicos de los Minyons de Muntanya, hasta que en Madrid pareció que era el nuevo hombre fuerte y el otro dimitió en 1960.

La era Porcioles en el Ayuntamiento de Barcelona, celebrada por Josep Pla en Destino como si fuera el retorno de la Lliga al poder, sería insignificante desde el punto de vista de sus pretensiones políticas de apertura, ligadas al programa de las tres C (Carta municipal, Castillo de Montjuïc y Compilación del derecho civil catalán) y otras fantasmagorías por el estilo. Lo más relevante fue la corrupción, que llegó a su culmen gracias al establecimiento de una red de complicidades económicas para repartirse las ganancias del crecimiento de la ciudad. El lobby especulador-constructor estaba integrado por el Banco Condal, el Banco de Madrid (de Jaume Castells, que era también el patrón del Tele/eXprés), la financiera Fidecaya, la constructora Spai, el grupo inmobiliario de Josep Maria Figueras, el consorcio de los túneles del Tibidabo, Enher, etc. Las conexiones eran bien claras. Por ejemplo, el delegado municipal de servicios de Urbanismo —los delegados eran nuevas figuras de designación directa del alcalde— fue durante todo el porciolismo Guillermo Bueno Hencke, presidente del Banco Condal, miembro del consejo de administración de Fidecaya y de Enher y, aún más importante, cuñado del constructor Josep Maria Figueras.

No es de extrañar que encontrara facilidades para levantar bloques en terrenos comprados baratos porque no eran edificables antes de que él los comprara. Realizó operaciones tan memorables como la Ciudad Satélite San Ildefonso (Cornellà de Llobregat). Porcioles concentraría en su notaría todos estos negocios inmobiliarios, a los que sumaría su participación como miembro de los consejos de administración del Banco Condal, Fidecaya, las inmobiliarias de Figueras o el Banco de Madrid, además de la papelera Inpacsa de Balaguer (posible responsable de los incendios de bosques de Lleida). Cuando tuvo que retirarse de la política municipal, el exalcalde era uno de los diez hombres más ricos de España. Y no lo debía precisamente a haber ahorrado el sueldo oficial.

[…]

Porcioles fue destituido en 1973, al parecer por su enfrentamiento con el ministro de la Gobernación, Garicano, a raíz de los negocios sobre la construcción de los túneles del Tibidabo. Sus sustitutos serían personajes de segunda fila como Enric Masó, su consistorio protagonizaría el caso de los dieciocho concejales del «no» al catalán, Joaquim Viola —¡destituido en 1976 por la amplia hostilidad popular contra él y que falleció en 1978 con una bomba independentista y Josep Maria Socias, el hombre de Martín Villa durante la Transición.

El alcalde Josep Maria de Porcioles y el ministro Manuel Fraga, en la inauguración de una exposición de Joan Miró en el antiguo Hospital de la Santa Creu en 1968 (foto: Juan Antonio Sanz Guerrero/Wikimedia Commons)

El fragmento que acaba de leer pertenece al libro El franquismo, de Josep Fontana, edición a cargo de Jaume Claret (Eumo Editorial, en coedición con la Universitat Pompeu Fabra).

Para Josep Fontana Lázaro, la dictadura franquista fue algo más que un período vivido, capital para la definición y el despliegue de su compromiso cívico, político e historiográfico. A lo largo de su trayectoria, ya fuera desde la universidad o desde el mundo editorial, el historiador barcelonés fue una pieza clave en el impulso de la investigación y la divulgación sobre aquellos años. Al mismo tiempo, construyó una explicación informada, crítica y siempre en revisión, en un relato donde confluían las aportaciones de las últimas investigaciones, su propia experiencia vital y un compromiso ineludible con el conocimiento puesto al servicio de la ciudadanía.

El franquismo nos ofrece una síntesis excelente de sus escritos —algunos son apuntes de clase; otros, conferencias e intervenciones diversas—, que nos permite entender mejor su mirada sobre el régimen más determinante de nuestra historia contemporánea.

Índice de la obra

Nota
A tall d’introducció

1. Francisco Franco. Apunts per a una biografia 

Abans de ser Caudillo
La invenció del Caudillo
Les obres i el pensament
Les idees econòmiques de Franco
La visió històrica

2. Organitzar el nou règim 

Franco a la Segona Guerra Mundial
La repressió com a política
La primera repressió educativa
L’«estado campamental»
El vessant feixista: Falange
L’Església com a partícip del règim: el nacionalcatolicisme
L’ensenyament de la història en el «Nuevo Estado»

3. La dictadura 

La Catalunya franquista
La institucionalització del règim
La utopia franquista: l’economia de Robinson Crusoe
L’economia del primer franquisme
L’ economia del segon franquisme: els feliços seixanta
La cultura del franquisme
La política exterior
La resistència
La Transició

Inauguración de la plaza de Josep Fontana en Barcelona, el 18 de julio de 2026, en el barrio de la Clota (distrito de Horta-Guinardó) (foto: betevé)

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