Marco A. Pirrone (Espai Marx), 25 de Julio de 2026

Las guerras en los territorios africanos, contrariamente a lo que afirman los relatos racistas occidentales, no son un vestigio de atraso: representan, en todo caso, una de las formas más avanzadas del capitalismo extractivo contemporáneo. Por lo demás, el capitalismo se sustenta cada vez más en dos pilares extractivos entrelazados: los combustibles fósiles y los denominados minerales críticos, indispensables para la defensa, los semiconductores, las tecnologías digitales y la inteligencia artificial
El 24 de febrero de 2022, con la invasión rusa de Ucrania, la «tranquila» Europa vuelve a descubrir la guerra a las puertas de su casa —y, además, una vez más, una guerra de blancos contra blancos. El ataque ruso es la culminación de un conflicto que se remonta al menos a 2014: bajo el pretexto de la protección de las minorías rusoparlantes del Donbás, se esconde en realidad un conflicto más prolongado entre Estados Unidos y Rusia, heredado de la Guerra Fría y alimentado por el cerco que la OTAN lleva décadas ejerciendo sobre las fronteras rusas1.
Nuestra perspectiva eurocéntrica —o, mejor dicho, occidentalcéntrica, y en este sentido ya racializada por la propia forma en que contabiliza las víctimas civiles—solo se da cuenta de la guerra ahora que ha vuelto a estar cerca, y ahora que los misiles nos recuerdan nuestra vulnerabilidad colectiva: el Oreshnik ruso, un misil balístico de alcance intermedio (IRBM) con un alcance de hasta 5 500 kilómetros, atraviesa Europa en pocos minutos y ha demostrado ser difícil de interceptar.
Sin embargo, si se considera el mundo entero, desde el final de la Segunda Guerra Mundial la guerra nunca ha desaparecido del planeta: siempre ha estado entre nosotros. Somos nosotros, los «tranquilos» europeos occidentales, y no ella, quienes hemos sido la excepción, y lo hemos sido solo a condición de olvidar rápidamente que la guerra ya había regresado a Europa, a los Balcanes, en la década de los noventa2.
La guerra no es una anomalía del modo de producción capitalista: es un elemento permanente del mismo. Como señalaba Henri Lefebvre, está intrínsecamente entrelazada con los procesos de acumulación de capital y de reestructuración de las fuerzas productivas3. No es una interrupción de la normalidad, sino una de sus formas de reproducción.
El Atlas de las guerras y los conflictos del mundo4 nos recuerda que aproximadamente la mitad de la población mundial vive en países envueltos en un conflicto o bajo la amenaza de tensiones armadas. Los conflictos armados activos censados por el Atlas son 32; con la guerra abierta por Estados Unidos e Israel contra Irán a principios de 2026 —posterior al cierre de este volumen— pasan a ser 33, a los que se suman 22 zonas de crisis y una decena de misiones de la ONU repartidas desde Cachemira hasta el Sáhara Occidental. Solo en el África subsahariana, las guerras en curso se cuentan por decenas —Malí, Burkina Faso, Níger, Nigeria, Chad, Camerún, República Centroafricana, Somalia, Sudán, Sudán del Sur, República Democrática del Congo—: casi ninguna llega a nuestros telediarios.
La guerra no es, por tanto, una excepción: es la condición habitual del sistema internacional contemporáneo y del modo de producción capitalista.
Guerra y acumulación de capital
Como Karl Marx había comprendido y explicado muy bien, el modo de producción capitalista no es simplemente un sistema económico basado en el intercambio y el mercado: es un modo de producción fundado en la valorización del capital a través de la explotación del trabajo y la apropiación de la naturaleza. Por lo tanto, requiere ciertas relaciones sociales específicas, requisitos previos fundamentales para su funcionamiento, y estas relaciones suelen generarse y reproducirse mediante la violencia5. Dado que su lógica fundamental es la acumulación —no como una elección, sino como una necesidad estructural: un capital que no se expande se disuelve—, esta reproducción continua no se produce de forma espontánea: requiere territorios, recursos, mano de obra y —siempre que sea necesario— violencia. No es casualidad que el propio Marx, pero también Rosa Luxemburg6, Hosea Jaffe7 o Ranabir Samaddar8, por citar solo a algunos estudiosos muy importantes, hayan subrayado el vínculo originario entre el colonialismo y el modo de producción capitalista. En concreto, en el capítulo XXIV de El capital, que Marx dedica a la acumulación primitiva, este vínculo entre la expropiación y la violencia se describe tanto histórica como teóricamente como el momento fundacional del capitalismo: la separación violenta de los productores directos de sus medios de producción, tierras comunales cercadas, comunidades desposeídas, cuerpos obligados a trabajar de forma coercitiva. En consecuencia, cada vez que el capitalismo abre un nuevo frente extractivo, afronta una de sus crisis cíclicas o compite con otros capitalismos, este proceso vuelve a comenzar desde cero.
Rosa Luxemburg demuestra que el capital no puede reproducirse en un sistema cerrado: tiene una necesidad estructural de un exterior —territorios aún no mercantilizados, economías aún no integradas— del que extraer recursos y en el que descargar sus propias contradicciones. Vladimir I. Lenin radicaliza este análisis: el imperialismo no es una aberración moral, sino la fase necesaria y madura del capitalismo monopolista, en la que la competencia entre capitales se convierte en competencia entre Estados por el control de los mercados y las materias primas. La guerra imperialista no es un incidente: es el resultado lógico de este proceso. David Harvey9, retomando y actualizando a Marx, sostiene que la acumulación por desposesión (accumulation by dispossession) no pertenece al pasado colonial —es una lógica que opera hoy en día, en formas como el land grabbing (acaparamiento de tierras), la privatización de los bienes comunes y la financiarización de los recursos naturales. El capitalismo contemporáneo no ha superado la violencia originaria de la acumulación de la que hablaba Marx: la ha institucionalizado, globalizado y convertido en norma jurídica y geopolítica. Ranabir Samaddar sostiene que el colonialismo no es un capítulo cerrado de la historia: es una estructura persistente y adaptativa que se reproduce en las formas contemporáneas de control de los recursos, así como en la gestión de las poblaciones excedentes y la militarización de las fronteras10. Desde una perspectiva complementaria, Sandro Mezzadra y Brett Neilson muestran cómo el capitalismo contemporáneo se organiza cada vez más a través de una pluralidad de «operaciones del capital», en las que la extracción, la logística, las finanzas, las infraestructuras y el control de las fronteras actúan como dispositivos integrados de valorización. El extractivismo no se refiere, por tanto, únicamente a la apropiación de recursos naturales, sino que se inscribe en una arquitectura operativa más amplia que conecta territorios, trabajo, circulación de mercancías y poder geopolítico11. Cada una de estas tesis debería profundizarse y desarrollarse aún más, también de forma empírica, para poder comprender su importancia heurística frente a las transformaciones actuales del modo de producción capitalista, pero no disponemos aquí del espacio necesario para hacerlo. Lo que nos interesa destacar aquí, en cambio, es que, también a la luz de estas tesis, en los últimos veinte años el concepto de extractivismo —sistematizado en particular por Eduardo Gudynas12 —se ha convertido en una de las claves interpretativas más importantes de los fenómenos transformadores del modo de producción capitalista y de sus repercusiones en lo que denominamos geopolítica. De hecho, este concepto designa uno de los principales movimientos de las nuevas formas del proceso continuo de acumulación, en un momento en el que ciertos recursos —tanto clásicos como nuevos— resultan fundamentales para la defensa, la industria y la continua y creciente demanda energética de los sectores más avanzados del capitalismo. No se refiere, de hecho, únicamente a la industria minera o petrolera en sentido estricto. Abarca cualquier práctica de extracción de recursos naturales caracterizada por un gran volumen e intensidad, orientada a la exportación como materia prima en bruto o mínimamente transformada13. Entre ellas se incluyen los monocultivos de exportación y todas las formas de acaparamiento de tierras para uso industrial intensivo: prácticas que provocan sistemáticamente la expropiación de la tierra, la expulsión de las comunidades y la destrucción de la mano de obra local; o bien la extracción de combustibles fósiles, minerales críticos o las denominadas «tierras raras», que están en el origen de muchas guerras contemporáneas.
El capitalismo contemporáneo se sustenta en dos pilares extractivos entrelazados: los combustibles fósiles —que aún hoy constituyen el núcleo energético de la industria global— y los denominados minerales críticos, indispensables para la defensa, los semiconductores, las tecnologías digitales y la inteligencia artificial (IA). Esta última, en particular, requiere enormes cantidades de energía y agua para la refrigeración de sus sistemas, lo que supone una nueva demanda de extractivismo.
Aquí surge una contradicción estructural:los minerales críticos necesarios para la denominada transición energética se extraen mediante procesos industriales que consumen combustibles fósiles. La «solución» reproduce el problema. La transición no supone una salida del extractivismo, sino que constituye su última frontera. Lo que une todo esto es la logística: infraestructura material del modo de producción capitalista, condición de posibilidad del comercio global de materias primas y terreno privilegiado de los conflictos contemporáneos. Las guerras se libran en torno a puertos, choke points (puntos de estrangulamiento), corredores, rutas y gasoductos. El control del espacio extractivo es ya inseparable del control del espacio logístico y militar. Lo que está ocurriendo en el estrecho de Ormuz, uno de los principales choke points por los que transita una parte muy relevante del petróleo mundial, constituye un ejemplo paradigmático.
Todo esto no ocurre sin conflictos, ya sea como forma de resistencia contra la devastación comunitaria y medioambiental, o por intereses que se oponen al gran capital que explota o intenta explotar estos recursos.
Las comunidades expulsadas de los territorios extractivos no desaparecen en silencio: se resisten. Y es precisamente esta resistencia —de los movimientos locales, de las poblaciones indígenas, de las fuerzas armadas irregulares como el M23 en el Congo— la que hace necesaria la militarización de las zonas de extracción. La guerra no llega después del extractivismo: lo acompaña, lo protege, lo hace posible.
Guerras invisibles y olvidadas: Sudán y el Congo
Es en este contexto donde dos guerras muy importantes, aunque no entre blancos, pasan desapercibidas a pesar del trágico número de víctimas mortales, muy superior al de algunas de las guerras entre blancos —suponiendo que tenga sentido clasificar las guerras, para mí no es más que un artificio retórico que sirve para poner al descubierto nuestra retórica hipócrita—, tanto por los crímenes de guerra sistemáticos como por las crisis humanitarias que se derivan de ellos, además de la devastación medioambiental: la guerra en Sudán y la del Congo. Ambas constituyen laboratorios dramáticamente interesantes para comprender el nexo entre la guerra, la acumulación de capital y el extractivismo.
En Sudán, tras el conflicto estallado en abril de 2023 entre las Fuerzas Armadas de Sudán y las Fuerzas de Apoyo Rápido (RSF), no solo se libra una lucha por el poder político, sino también por el control de recursos estratégicos decisivos: el oro de Darfur, los yacimientos petrolíferos y las rutas comerciales que conectan el Cuerno de África con el Mar Rojo. En este conflicto se entrecruzan intereses locales, regionales y globales: los Emiratos Árabes Unidos, Egipto, Rusia, Irán y otras potencias apoyan directa o indirectamente a las partes beligerantes para asegurarse el acceso a los recursos y la influencia geopolítica.
En particular, Rusia juega en ambos bandos: mientras el Kremlin consolida sus relaciones con las Fuerzas Armadas de Sudán —llegando incluso a un proyecto de base naval en el Mar Rojo, en Puerto Sudán, a cambio de suministros militares—, el grupo Wagner (hoy Africa Corps) ha apoyado a las RSF, que controlan gran parte de las minas de oro de Darfur. A través de empresas vinculadas como Meroe Gold, según datos del Banco Central de Sudán, entre febrero de 2022 y febrero de 2023 se contrabandearon alrededor de 1.900 millones de dólares en oro: recursos que han contribuido a financiar el esfuerzo bélico ruso en Ucrania eludiendo las sanciones contra Rusia. No carece de importancia que el 24 de febrero de 2022, el mismo día de la invasión de Ucrania, el jefe de las RSF, Hemedti, se encontrara en Moscú, como invitado de Wagner.
El oro ocupa un lugar central. Las minas de Darfur, a menudo explotadas mediante trabajo forzoso, devastación medioambiental y desplazamiento de las poblaciones locales, alimentan redes de contrabando que llegan a los mercados internacionales. No es casualidad que numerosos observadores hayan identificado precisamente en el control de estas zonas extractivas uno de los objetivos estratégicos de las fuerzas armadas que se disputan el territorio. La guerra no solo destruye: rediseña las relaciones de propiedad, disciplina a la mano de obra, expulsa a comunidades enteras y pone nuevos recursos a disposición de los circuitos globales de acumulación.
El coste humano es inmenso. Según diversas estimaciones, el conflicto ya ha provocado cientos de miles de víctimas directas e indirectas, millones de desplazados internos y refugiados, así como la destrucción sistemática de infraestructuras civiles, hospitales y redes de abastecimiento alimentario. Las Naciones Unidas hablan de la crisis humanitaria más grave de la actualidad: decenas de millones de personas dependen de la ayuda humanitaria para sobrevivir y amplias zonas del país están expuestas al riesgo de hambruna. A ello se suman crímenes de guerra, limpiezas étnicas, violaciones sistemáticas y masacres de civiles, en particular en Darfur, que numerosos observadores internacionales describen como prácticas atribuibles a una lógica genocida.
Sin embargo, Sudán ocupa un lugar marginal en el imaginario mediático occidental. No porque el número de víctimas sea inferior al de otras guerras, sino porque la jerarquía implícita de las vidas humanas sigue operando también en la producción de la información. Si Ucrania ha puesto de manifiesto hasta qué punto Europa es sensible al sufrimiento cuando este afecta a poblaciones percibidas como cercanas, Sudán revela la otra cara de esta misma lógica: millones de africanos pueden verse arrasados por la guerra, el hambre y las migraciones forzadas sin que ello genere una movilización política y simbólica comparable. También en este caso, la raza no es un vestigio del pasado, sino un principio activo que organiza la mirada global. Sudán nos recuerda que el problema no es solo quién muere, sino quién se considera digno de luto. Incluso la muerte, el dolor y el sufrimiento, en el capitalismo global contemporáneo, siguen organizándose según criterios de color, posición geopolítica y utilidad económica.
Un segundo caso de estudio importante se refiere a la República Democrática del Congo, uno de los mayores productores mundiales de coltán, el mineral del que se extrae el tantalio, componente esencial de teléfonos inteligentes, ordenadores portátiles, sistemas de armamento y semiconductores. Según el USGS, la RDC aportó alrededor del 40 % de la producción mundial de coltan en 2023; solo la mina de Rubaya, en Kivu del Norte, representa en torno al 15 % de la oferta global. El coltán congoleño es, por tanto, un eslabón decisivo de la cadena de suministro digital y militar mundial. Precisamente por este motivo, el este del Congo es escenario de conflictos armados ininterrumpidos desde hace más de treinta años. El grupo M23 —respaldado por Ruanda y con vínculos documentados con intereses extractivos internacionales— controla militarmente algunas de las zonas mineras más ricas de Kivu, incluida precisamente Rubaya. Y también en este caso la confluencia de intereses locales, regionales y globales es muy elevada: Ruanda como actor regional directo, China, que domina la extracción minera congoleña, y Estados Unidos, que en 2025 medió en un acuerdo entre la RDC y Ruanda relacionado precisamente con el acceso a los minerales. El objetivo no es la conquista territorial en el sentido clásico: se trata del control de la cadena de suministro minera y de las cadenas de valor. Se expulsa a las comunidades locales, se desmantelan o se someten las minas artesanales y se disciplina a la mano de obra mediante la violencia. Lo que parece un «conflicto étnico» o una «inestabilidad regional» es, en su estructura profunda, una forma de acumulación por expropiación, en el sentido que primero Marx y luego Harvey han dado a este concepto.
Las guerras en los territorios africanos, contrariamente a las narrativas racistas occidentales, no son un residuo del atraso: representan, en todo caso, una de las formas más avanzadas del capitalismo extractivo contemporáneo.
Las zonas de sacrificio, además, no solo producen devastación medioambiental: producen poblaciones excedentarias.Comunidades privadas de la tierra, de los medios de subsistencia, de la propia posibilidad de reproducir su vida, obligadas a desplazarse no por elección, sino por supervivencia. Las migraciones contemporáneas desde el Sur global hacia Europa y Norteamérica no son un fenómeno humanitario separado de la cuestión extractiva: son su efecto directo. Quienes huyen del Congo, del Sahel, de Yemen o de Honduras no huyen de la pobreza en abstracto (por otra parte, la correlación «migración igual a pobreza» no se sostiene): huyen del expolio concreto de territorios que el capitalismo global ha decidido transformar en reservas de materias primas. Al vínculo entre guerra, acumulación y capitalismo habría que B añadir, por tanto, también el que existe entre estos y las migraciones, tanto internas como internacionalesB , aunque las cifras sean mucho menores que las que esgrime la retórica de la seguridad contra la movilidad humana.
La guerra y la militarización de estos territorios constituyen, por tanto, también el medio mediante el cual se determina quién controla las zonas de extracción y los corredores de tránsito, como en el caso del estrecho de Ormuz, por donde pasa una parte decisiva del crudo mundial. Esa geografía militar y bélica no es casual.
Las guerras no protegen las democracias: controlan los recursos, las rutas y los corredores extractivos. Allí donde hay minerales críticos, hidrocarburos y tierras raras, hay bases militares, grupos armados y fronteras militarizadas. Y tampoco la industria fronteriza está separada de la industria extractiva: es la misma lógica, las mismas empresas, el mismo capitalismo que extrae recursos en el Sur y gobierna los cuerpos a las puertas del Norte. Lo que está en juego ya no es solo la explotación del Sur global: es el control de las cadenas de suministro de los minerales críticos que hacen posible la economía digital, la defensa avanzada y la inteligencia artificial. El litio, el coltán, el cobalto y las tierras raras: constituyen la nueva geografía del poder mundial. Quienes los controlan —dónde se extraen, cómo se procesan, quiénes los transforman— intentan controlar y gobernar el capitalismo del siglo XXI.
Esta competencia alimenta conflictos que ya no se limitan al centro y la periferia, sino que se producen entre los propios centros: entre Estados Unidos y China, entre bloques imperiales rivales que se disputan el acceso a los recursos mineros, a los mercados y a las rutas logísticas. Tal y como intuyó Lenin, la competencia entre los capitalismos nacionales genera inevitablemente la guerra. La novedad radica en la intensidad: la coincidencia simultánea de la crisis energética, la carrera por los minerales críticos, el rearme generalizado y la desestabilización climática hace que esta fase resulte especialmente explosiva.
Es también por estas razones por las que la lucha contra cualquier guerra, junto con un nuevo internacionalismo de los pueblos oprimidos, debería constituir un pilar de una auténtica izquierda y de los movimientos anticapitalistas.
Notas
1 N. Chomsky, «Outdated US Cold War Policy Worsens Ongoing Russia-Ukraine Conflict», entrevista realizada por C. J. Polychroniou, Truthout, 23 de diciembre de 2021. truthout.org
2 Cabe recordar que la propia OTAN llevó a cabo en Europa, contra un país europeo, la primera gran operación ofensiva de su historia: la operación Allied Force, 78 días de bombardeos sobre la República Federal de Yugoslavia (Serbia y Montenegro), del 24 de marzo al 10 de junio de 1999, sin autorización del Consejo de Seguridad de la ONU y legitimados con la retórica de la «intervención humanitaria». La propia Independent International Commission on Kosovo definiría posteriormente dicha acción como «ilegal pero legítima» (The Kosovo Report, Oxford University Press, Oxford, 2000): una fórmula que resume la operación ideológica de transformar la guerra en un deber moral. Sobre su vertiente crítica, véanse D. Zolo, Chi dice umanità. Guerra, diritto e ordine globale, Einaudi, Turín, 2000, y N. Chomsky, The New Military Humanism: Lessons from Kosovo, Common Courage Press, Monroe (ME), 1999
3 H. Lefebvre, Lo Stato nel mondo moderno, Dedalo, Bari, 1977, p. 80 (vol. I de De l’État, 4 vols., 1976-1978)
4 Asociación 46° Parallelo E.T.S. (ed.), Atlante delle guerre e dei conflitti del mondo, 14.ª ed., Terra Nuova Edizioni, Florencia, 2026
5 Sobre el vínculo entre la acumulación capitalista, la violencia de Estado y la coacción, véase A. Bihr, La préhistoire du capital. Le devenir-monde du capitalisme. Tomo I, Éditions Page deux, Lausana, 2006
6 R. Luxemburg, L’accumulazione del capitale. Contributo alla spiegazione economica dell’imperialismo e Ciò che gli epigoni hanno fatto della teoria marxista. Una anticritica, introducción de P. M. Sweezy, trad. de B. Maffi, Einaudi, Turín, 1968
7 H. Jaffe, Marx e il colonialismo, Jaca Book, Milán, 1976, p. 9. Del mismo autor, véase también Il colonialismo oggi. Economia e ideologia, Jaca Book, Milán, 1970, en particular las pp. 37-54
8 R. Samaddar, The Postcolonial Age of Migration, Routledge, Londres-Nueva York, 2020; I. K. Mitra, R. Samaddar y S. Sen (eds.), Accumulation in Post-Colonial Capitalism, Springer, Singapur, 2017
9 D. Harvey, The New Imperialism, Oxford University Press, Oxford, 2003
10 Sobre la relación entre migraciones, acumulación y capitalismo poscolonial, véase R. Samaddar, The Postcolonial Age of Migration, Routledge, Londres-Nueva York, 2020
11 Sobre el nexo entre extractivismo, logística, infraestructuras, fronteras y nuevas formas de valorización del capital, véase S. Mezzadra y B. Neilson, Operazioni del capitale. Capitalismo contemporaneo tra sfruttamento ed estrazione, Manifestolibri, Roma, 2021
12 E. Gudynas, Extractivismos. Ecología, economía y política de un modo de entender el desarrollo y la Naturaleza, Centro Latinoamericano de Ecología Social (CLAES) – Centro de Documentación e Información de Bolivia (CEDIB), Cochabamba, 2015
13 Sobre estos aspectos, véase también A. Bednik, Estrattivismo, editado por R. Cantoni, Orthotes, Nápoles-Salerno, 2025
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