
Nieves Coscotrina (PÚBLICO), 5 de Julio de 2026
Dicen los artículos 234 a 236 de nuestro Código Penal que el hurto es un delito «contra el patrimonio y el orden socioeconómico que consiste en tomar cosas muebles ajenas con ánimo de lucro y sin la voluntad de su dueño legítimo».
Quién sabe si deberíamos añadir el hurto a la larga lista de delitos que colecciona el convicto padre de Felipe VI. La policía quizás tenga algún dato, pero la policía no dice ni mu. Aún investiga.
Aunque no es menos cierto, que diría un abogado pedante, que Juan Carlos solo sería el presunto autor intelectual del presunto hurto, y desconozco si eso es un agravante o un atenuante. Y atenuante podría ser igualmente que Juan Carlos no tenía presunto ánimo de lucro cuando se apropió presuntamente de los bienes muebles sin la voluntad de sus dueños legítimos, que, casualmente, somos nosotros.
¿Y quiénes somos nosotros? Pues una pandilla de desinformados a los que distraer con una mano mientras la otra hace desaparecer patrimonio. La mano distractiva nos ha mostrado esta misma semana los 429 regalos que han recibido el señor rey, la señora Ortiz y sus hijas, las ciudadanas Leonor y Sofía, «relacionados con las actividades oficiales». Aquí está el truco, en «lo oficial». De lo «no oficial», descuiden, que no tendremos noticias.
Regalarles a los miembros de esta casta cualquiera de las seis constituciones que todos y cada uno de los reyes y reinas han vulnerado es muestra de ignorancia y servilismo
La mayoría de los regalos son absolutas gilipolleces; «pongos» que solo te estropean el saloncito, porque a ver dónde demonios encajas una réplica de la máscara funeraria de Tutankamón. Aplaudo el regalo más útil a la causa republicana que le hizo el ministro de Transportes, Óscar Puente: el mapa oficial de las carreteras de España, para que no se pierdan y elijan el mejor camino por donde largarse; y aplaudo igualmente, aunque solo sea por el atrevimiento, la sandez de la alcaldesa de Valencia, María José Catalá, regalándoles a sus señores majestades dos kits de supervivencia. Entiendo que por si les pilla otra devastadora DANA en la ciudad, porque, conociendo la alcaldesa cómo las gasta su partido con las emergencias, Felipe y Letizia tendrían que apañárselas solos.
A Leonor también le han regalado unas cuantas tonterías de las que nos han informado con todo detalle. Una botella de ginebra y otra de licor de hierbas para que se dé a la bebida y olvide su desgraciada vida, y un ejemplar de la Constitución de 1812, esa que ni le va ni le viene y que solo tendría sentido si hubiera ido acompañada de una exhaustiva biografía de su abuelo mastuerzo, Fernando VII, que fue el que se la cargó, junto con una lista de los 20.000 liberales ejecutados por orden del Borbón por defender nuestra primera Carta Magna. Los aduladores que les regalan a los borbones ejemplares de las Constituciones está claro que no han aprovechado los estudios, porque regalarles a los miembros de esta casta cualquiera de las seis constituciones que todos y cada uno de los reyes y reinas han vulnerado es muestra de ignorancia y servilismo. Los mismos que a Hitler le habrían regalado un ejemplar de la Torá o a Franco un manual de masonería.
En fin, regalos a los que no prestaron atención ni los reyes ni las hijas más allá del momento en el que se los entregaron, y de los que inmediatamente se hizo cargo el moscón de protocolo que siempre anda pegado a las espaldas reales para quitar de en medio esos engorros. Esta tontería de darnos un listado de cuatrocientos y pico regalos absurdos, inútiles o sencillamente estúpidos que engrosarán el almacén de patrimonio nacional, como cuando acumulamos cacharrería en un cuarto trastero al que no volvemos a entrar hasta que no queda otra que hacer mudanza, es consecuencia «de los principios de renovación y transparencia de la Corona» con los que Felipe VI intentó engañarnos (otra vez) cuando aquel 19 de junio de 2014 fue proclamado nuevo rey de España ante las Cortes Generales porque el anterior nos había salido delincuente (otra vez).
Transparencia, señor Felipe, no es solo esto. Esto es una chorrada transparente. Una cancamusa. Que la ciudadana Leonor busque el término, si, con un poco de suerte le han regalado una edición repujada del diccionario de la RAE.
Transparencia sería conocer el paradero de los cuatro pequeños retratos, dos de ellos de Velázquez, hurtados del Palacio Real en el verano de 1989
Transparencia sería saber, no los regalitos que han recibido durante «las actividades oficiales», sino de todo lo que se benefician extraoficialmente. Transparencia sería que nos hubiéramos enterado a su tiempo y como es debido de dónde salió el medio millón de euros que costó el viaje de novios por medio mundo de esta pareja que se hacía llamar señor y señora Smith. Transparencia sería que los españoles no tuviéramos que habernos enterado por un periódico extranjero –The Telegraph– de que el empresario Josep Cusí contribuyó con 269.000 dólares al viaje través de su empresa Navilot, mientras que el resto fue un regalo de Juan Carlos, producto de su enriquecimiento fraudulento. Que un príncipe destinado, lamentablemente, a ser jefe del Estado, aceptara un regalo de semejante cuantía y lo mantuviera en secreto tiene un nombre: indecencia. Y ya está bien de que los que se han beneficiado de todas las corruptelas que han pasado por Casa Real aleguen ignorancia y desconocimiento. Si tan ignorante es Felipe VI y tan desinformado está sobre lo que hacía el anterior jefe del Estado teniéndolo al lado… ¿qué pinta? Los queremos un poco más espabilados en el cargo.
Y transparencia sería conocer el paradero de los cuatro pequeños retratos, dos de ellos de Velázquez, hurtados del Palacio Real en el verano de 1989; eso sí, parece que hurtados sin ánimo de lucro personal. Puede que con intención de sacar provecho sexual, pero no personal, porque por aquel entonces el presunto autor intelectual solo veía superado su acuciante deseo de enriquecerse por la irrefrenable necesidad de coleccionar amantes.
Si alguien tuviera la osadía de sospechar que Juan Carlos fue el presunto autor intelectual del hurto en palacio, también sabrá que da igual que el Borbón haya hurtado de palacio una obra de arte o un salero, porque es inviolable y no está sujeto a responsabilidad. Además, Juan Carlos no entendería por qué podrían acusarle de hurtar algo que él considera, no patrimonio nacional, sino patrimonio personal.
En 1989 se produjo en el palacio real un extraño robo, inexplicable, que tuvo muy desconcertada a la Brigada de Patrimonio Histórico de la Policía Nacional y que todavía figuran entre las obras de arte más buscadas. Se trata de cuatro pequeñas pinturas: Dama desconocida y Mano, ambas de Diego Velázquez; San Carlos Borromeo, de Francisco Bayeau, y Retrato de dama, de Juan Carreño de Miranda.
Los cuadros han desaparecido misteriosamente y que los ladrones parecían haberse movido por palacio como Pedro por su casa. O como Juan Carlos por la suya
Nos negamos a creer bajo ningún concepto que, como aseguraron algunas malas lenguas, a la policía se le pidió que corrieran un estúpido velo y dejaran de hurgar porque el principal sospechoso del hurto era el mismísimo rey de España. Seguro que es mentira. Jamás la policía miraría hacia otro lado, aunque el principal sospechoso pudiera ser Juan Carlos I de España. Se emplearían más a fondo, seguro. Segurísimo.
Las cuatro pinturas colgaban de las paredes de palacio que dan al Campo del Moro y a los Jardines de Sabatini, en una zona cerrada al público. El hurto se produjo en pleno puente de mediados de agosto, y según declaró al diario ABC Román Ledesma, subdirector general de Bienes Muebles de Patrimonio, «hoy, en palacio, todos somos sospechosos». «El sistema de detección de intrusión -siguió explicándose Ledesma- conectado al sistema informático de palacio no ha registrado ninguna incidencia; tampoco se dispararon las alarmas y en la sala robada no se aprecian señales de violencia. Es decir, que entraron con llave. El redactor de la información continúa su crónica diciendo que los cuadros han desaparecido misteriosamente y que los ladrones parecían haberse movido por palacio como Pedro por su casa. O como Juan Carlos por la suya.
Al principio los sospechosos fueron ocho obreros que estaban trabajando en las obras de restauración del palacio. Quedaron descartados al cuarto de hora porque si algo estaba claro es que el robo había sido desde dentro y por gente de dentro. Hay mal pensados que dicen no tener pruebas, pero tampoco dudas, de que la policía no dejó de investigar, pero sabía dónde no había que investigar. Seguro que los mal pensantes se equivocan. Segurísimo.
El País preguntó un año después a la policía en qué estado estaba la investigación, y contestaron con un escueto «no podemos añadir nada nuevo». Y desde Patrimonio Nacional contestaron con otro lacónico «No hay novedad, todo está en manos de la policía». En 2010, 20 años después del robo, la Brigada de Patrimonio Histórico de la Policía Nacional mantenía abierta la investigación, y aprovechando la difusión que facilitan las redes, publicó en su canal de YouTube las imágenes de las cuatro pinturas, de cuyo hurto es sospechoso, como dijo Ledesma, todo miembro de Patrimonio que aquel puente de agosto anduviera por palacio. De ser ciertas las sospechas de que esos cuadros salieron presuntamente camino de la casa de una o dos de las muchas amantes del rey de España, lo que sí está claro es que tuvo que haber varios implicados en el robo, porque nadie ve a Juan Carlos como presunto autor material. De ser ciertas las sospechas de esa mala gente injuriosa, él solo habría dado las órdenes oportunas para que los descolgaran y se los envolvieran para regalo.
Dos de los cuadros sustraídos los vio colgados en casa de una de las amantes del convicto.
Los cuadros siguen sin aparecer, pero seguro que la policía está a punto de resolver el caso porque nunca, nunca, nunca ha dejado de investigar.
¿Qué lleva a esos maledicentes a creer que Juan Carlos es un presunto sospechoso del hurto? Pues, según recoge el libro King Corp, la confidencia de Sabino Fernández Campo, el que fue jefe de la Casa del Rey, contándole a un allegado que dos de los cuadros sustraídos los vio colgados en casa de una de las amantes del convicto. No especificó la amante, pero hay periodistas que aseguran saber de quién se trata, y que incluso han contactado con ella, aunque no han conseguido arrancarle una confesión. Dicen que no lo niega, ni se escandaliza por la pregunta, simplemente no contesta.
En 2023, los periodistas David Fernández y José María Olmo publicaron King Corp. El imperio nunca contado de Juan Carlos I (Libros del K.O., 2023). Es un libro óptimo en este verano, para su lectura a ser posible al lado del mar o de una piscina, porque así, cuando te enciendes al descubrir la utilización de la Jefatura del estado para el enriquecimiento personal de los borbones, te puedes dar un chapuzón para que baje la calentura.
Juan Carlos acabó despidiendo a finales de 1992 a Sabino Fernández Campo con maneras chulescas, y casi con recochineo, porque era el único que le recriminaba su irresponsabilidad profesional, su vida de crápula y el derroche de recursos del estado con sus variadas novias. Se hartó el rey de que su hombre de confianza no parara de recordarle cuáles eras sus obligaciones profesionales y morales como jefe del Estado. Juan Carlos quería carta blanca con el dinero y con las mujeres, y aquel 1992 fue el año del despiporre del Borbón. Sabino intentaba atar en corto a Juan Carlos, insistiéndole en que no podía largarse a Suiza con su amante Marta Gayá y la cuchipandi de Palma en plena crisis de Gobierno y tener al presidente esperando para comunicarle el cambio de ministros. Pero el tarambana del rey, como el adolescente que huye de una madre pesada, solo quería dinero, diversión y alguien más cómplice y menos profesional que no le diera la chapa con lo que debía o no debía hacer, así que le dio a Sabino el finiquito y puso en su lugar a un vizconde obediente, Fernando Almansa, que, para ganarse el sueldo, simplemente tenía que decir… nada.
Los desmanes de Juan Carlos que tanto escandalizaban a Fernández Campo los conocían su mujer, sus hijos, los periodistas, los políticos… Todos ellos han sido cooperadores necesarios, cómplices por acción u omisión, sobre todo su hijo Felipe, que estuvo 36 años viendo lo que ocurría en casa y se hizo cargo de una corona corrompida que intenta limpiar cada año dándonos un listado de regalos inútiles. Y cómplice ha sido ese señor de ultraderecha llamado Felipe González, que nos ha mentido tanto o más que Juan Carlos y que estaba perfectamente al tanto de las indecencias del borbón.
Hemos tenido a un tarambana como jefe del Estado, convencido, como también lo estuvieron sus parientes Cristina de Borbón, Isabel II, Alfonso XII, Alfonso XIII y Juan, de que todo el patrimonio nacional es patrimonio de la corona. Por eso a Juan Carlos le enferma que se le pidan explicaciones, porque todo lo consideran suyo y con todo hacen negocio.
Con la enorme ventaja de que los españoles solo tenemos derecho a enterarnos de las corrupciones de un rey cuando reina el siguiente. Solo hay que esperar.
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