Robert Kutner (THE AMERICAN PROSPECT), 5 de Julio de 2026

Durante esta última semana, los candidatos respaldados por los Democratic Socialists of America (DSA) han ganado nueve de las diez primarias estatales y federales disputadas en Nueva York, incluyendo victorias inesperadas en dos distritos electorales. Los demócratas de Pensilvania eligieron al socialista Chris Rabb como candidato del partido para el tercer distrito electoral del estado. La socialista demócrata Janeese Lewis George se convertirá, casi con toda seguridad, en la próxima alcaldesa de Washington D. C. En Colorado, Melat Kiros, respaldada por los DSA, ganó las primarias del primer distrito electoral, desbancando a la diputada Diana DeGette, que llevaba 15 mandatos en el cargo.
Estos y otros avances han dado lugar a comentarios casi histéricos por parte del centro y la derecha, muchos de ellos motivados por intereses propios y todos ellos engañosos.
De acuerdo con un editorial de Wall Street Journal, «los demócratas tradicionales se enfrentan ahora a una toma de control hostil por parte de la izquierda socialista y, hasta ahora, pocos están dispuestos a plantar cara». Esto es falso. Los demócratas corporativos están presentando batalla, gastando millones de dólares en anuncios de los super PAC; sencillamente, es que están perdiendo. No tienen otra cosa que dinero. Los socialistas democráticos cuentan con activistas comprometidos como tropas de base.
A muchos comentaristas también les preocupa que el éxito de la izquierda económica se vincule a menudo con una crítica tanto a las políticas de limpieza étnica de Israel en Gaza y Cisjordania como a la influencia excesiva del AIPAC [principal grupo de presión proisraelí] en la política nacional, que suele ir de la mano de la derecha empresarial y de los comités de acción política (PAC) financiados con obscuros dineros. Estas críticas siempre hacen surgir el fantasma del antisemitismo.
El boletín The Jewish Insider advertía: «Los resultados de Colorado sugieren que, lejos de limitarse a unos pocos distritos electorales dispersos de la ciudad de Nueva York, el impulso de los candidatos de extrema izquierda y antiisraelíes no hace más que crecer dentro del Partido Demócrata, especialmente en núcleos de población urbanos». Todavía no he leído crítica alguna de este tipo que reconozca con franqueza que la reacción negativa pudiera tener algo que ver con el atroz comportamiento de Israel.
Hasta los comentarios más matizados se equivocan en parte. Paul Krugman escribe en una reciente entrada de su bitácora: «El hecho es que muy pocos norteamericanos —hasta entre los políticos que se autodenominan “socialistas democráticos”— son realmente socialistas. Lo que muchos —yo diría que la mayoría— de los norteamericanos apoyan es lo que los europeos llaman socialdemocracia: una ideología que acepta vivir en un sistema económico impulsado principalmente por el mercado, en el que algunas personas ganan mucho más dinero que otras, pero que aboga por políticas para controlar los mercados y la desigualdad mediante una fiscalidad progresiva, programas de protección social y regulaciones».
Desde que se liberó del New York Times, timoratamente censorio, Krugman se ha convertido en fuente indispensable de análisis sobre todo lo relacionado con la economía. Pero en este caso Krugman se equivoca en parte, ya que no presta suficiente atención a la política.
La socialdemocracia goza, sin duda, de gran popularidad en todo Occidente. A una amplia mayoría de la población le gustan la sanidad universal, los programas sociales de jubilación, un buen transporte público, la fiscalidad progresiva y el resto del paquete de la «red de seguridad». Pero la socialdemocracia es políticamente débil y está a la defensiva en todas partes, porque los capitalistas tienen demasiada riqueza y poder, y utilizan ese poder para destruir el compromiso socialdemócrata con el capitalismo.
Por eso los progresistas más avispados llevan tiempo comprendiendo que las transferencias sociales y las estrategias reguladoras no bastan para mantener a raya al capital. Se necesita además una buena dosis de propiedad pública socialista, combinada con movimientos sociales como los sindicatos.
Franklin Roosevelt así lo entendió. La Fannie Mae original, la Asociación Hipotecaria Nacional Federal, que facilitó el acceso a las hipotecas para la vivienda, era una institución pública. La Corporación Financiera de Reconstrucción era un banco de inversión público. La Seguridad Social no es sólo un sistema de jubilación patrocinado y garantizado por el Gobierno. Es, francamente, socialista. Las instituciones financieras capitalistas no desempeñan en ella ningún papel en absoluto.
Krugman escribe que el socialismo parece estar en auge «porque los propagandistas de la derecha difaman continuamente las políticas socialdemócratas tachándolas de socialistas, intentando que parezcan extremas las ideas políticas populares y mayoritarias ». Aunque es cierto que la derecha intenta tachar a los progresistas de comunistas, no creo que Krugman acierte del todo en esto. A medida que los jóvenes experimentan en primera persona los estragos del capitalismo norteamericano, el socialismo está en auge porque está pasando de ser una palabra negativa a una positiva.
De acuerdo con Gallup, el 66 % de quienes se identifican como demócratas tienen una imagen positiva del socialismo, mientras que sólo el 42 % opina lo mismo del capitalismo. Cuanto más joven es el votante y más lejos está de los recuerdos de la Guerra Fría, mayor es su aprobación del socialismo.
Eso no significa que «socialismo» sea un término bien visto en todas partes. En las zonas más tradicionalmente conservadoras del país, como Georgia o Texas, los progresistas por interés económico no se autodenominarán socialistas, y la derecha intentará aprovechar la presencia de socialistas más explícitos en el Partido Demócrata para tachar a candidatos como Jon Ossoff o James Talarico de socialistas encubiertos. Pero, en última instancia, el rechazo de los votantes ante los excesos del capitalismo y la presentación de alternativas convincentes importan más que la etiqueta.
La derecha empresarial tachó a Roosevelt de todo lo imaginable. Él lucía esos insultos como una insignia, y la gente se daba cuenta de qué lado estaba.
Robert Kuttner es cofundador y codirector de la revista The American Prospect, es profesor de la Heller School de la Universidad Brandeis. Columnista de The Huffington Post, The Boston Globe y la edición internacional del New York Times. Autor de “Going Big: FDR’s Legacy, Biden’s New Deal, and the Struggle to Save Democracy” (New Press, 2022), su último libro es “Notes for Next Time, Surviving Tyranny, Redeeming America. A Personal and Political Memoir” (2026).Fuente:
Deja un comentario