por Pierre Rimbert, Le Monde Diplomatique, 2 de julio de 2026
Los inversores no tienen ojos más que para ella, sus arquitectos miran por encima del hombro a los jefes de Estado, su uso se propaga como un reguero de pólvora: se dice que la inteligencia artificial va a transformar la humanidad. Pero ¿es eso lo que quiere la humanidad? Frente al Moloch digital, que exige el sacrificio del empleo, del clima y de la vida privada, las resistencias se multiplican. ¿Lograrán organizarse mientras los grandes partidos, obnubilados por las máquinas, miran hacia otro lado?

Norbert Bisky. — Cut (Corte) 2014
“La batalla, ahí fuera, está en su apogeo; pronto estremecerá tus ventanas y sacudirá tus muros”. Puede que, el pasado 15 de mayo, a Eric Schmidt se le pasara por la cabeza la melodía de esta canción de Bob Dylan sobre los cambios de época. Ese viernes, el antiguo director ejecutivo de Google y exconsejero del Pentágono se había puesto el birrete, la toga con las solapas amarillas y la sonrisa satisfecha para perorar delante de un plantel de estudiantes de la Universidad de Tucson, en Arizona, con ocasión de la ceremonia de entrega de diplomas. ¿Era ya la quincuagésima o la centésima vez que entonaba su cantinela de que la inteligencia artificial va a ponerlo todo patas arriba? De repente, fue interrumpido por un concierto de abucheos y gritos enfurecidos, y el barullo no hizo sino redoblarse cuando pronunció las letras fetiche: “I” y “A”. Su sonrisa se congeló en un rictus: “Sé lo que sentís muchos de vosotros. […] Entiendo ese miedo”, dijo Schmidt, un hombre cuya fortuna supera los 60.000 millones de dólares, a unos estudiantes lastrados con una deuda de 35.000 dólares de media y a quienes la IA amenaza con aniquilar sus futuros empleos.
No se trata de un hecho aislado. En Estados Unidos se ha levantado una ola de protestas contra el culto de la automatización, los estragos de la digitalización masiva, la proliferación de centros de datos, la arrogancia y el poder de las élites tecnológicas, o la corrupción de unos políticos que se prostran a sus pies. Un cóctel molotov arrojado en abril a la vivienda del fundador de Open AI, disparos de arma de fuego contra la de un asesor municipal de Indianápolis favorable a la instalación de un data center, manifestaciones locales… Se acumulan las señales de un enorme hartazgo. Y en un momento en que la vanguardia del sector —como OpenAI o Anthropic— anuncia su entrada en Bolsa, al Wall Street Journal lo que le entran son escalofríos: “Lo único que tal vez crezca más deprisa que el sector de la IA son los sentimientos negativos que hacia él muestran los estadounidenses” (1). Si hemos de dar crédito a lo que dicen las encuestas, tal es el caso de una mayoría de ellos: más de dos tercios consideran “demasiado rápido” el desarrollo de esta nueva tecnología, así como el 64% de los encuestados de entre 18 y 29 años (2).
Como la mayor parte de los grandes cambios tecnológicos, la irrupción de la IA en la sociedad no ha sido objeto de deliberación alguna, ni siquiera de un debate público. El patrón apenas ha cambiado desde finales del siglo XIX: los poderes públicos espolean estas imposiciones privadas en nombre de una “modernización” consistente en liquidar las clases “rezagadas”, a las que se acusa de entorpecer los avances económicos: artesanos, campesinos, obreros, empleados, etc. Pero, en esta ocasión, la dimensión y la rapidez del impacto han provocado una rebelión en el seno de una amalgama social inédita. Los nuevos luditas se encuentran tanto entre los estudiantes, los ganaderos o los católicos galvanizados por la encíclica papal Magnifica humanitas —que llama a “desarmar la IA”— como entre la burguesía nacional conservadora de tipo MAGA (“Make America Great Again”). Por ahora, nada une a esos grupos salvo unas iras cuyo origen está en tres lógicas disímiles.
Silicon Valley prevé un final de fiesta complicado
La primera y más obvia se refiere a la posibilidad de una sustitución masiva de directivos y profesionales intelectuales altamente cualificados por máquinas. Los sectores que recibieron la desindustrialización con la altiva indiferencia que les inspiraba la fe en la “economía del conocimiento” se encuentran a su vez amenazados. La retahíla de eliminaciones de puestos de trabajo en las finanzas, los servicios de asesoría, la ingeniería informática, la arquitectura o la programación, así como en el mundo de la información, la comunicación y las artes, etc., ha provocado un brutal encontronazo con la realidad, en especial entre los más jóvenes, a los que el sistema educativo estadounidense obliga a entrar en el mercado laboral con el yunque de la deuda estudiantil amarrado al cuello. A la sombra de estas profesiones encargadas de poner en escena el espacio público, la automatización ensombrece también el porvenir de ejércitos de invisibles: los empleados administrativos tanto del sector privado como del público, cuyas funciones, llamadas “de apoyo” o “de trastienda” (back-office), se enfrentan a una marea de digitalización (3).
La clase dominante occidental puede que se conformara con el desempleo de los proletarios —que producían mucho pero consumían poco y hacían que sobre la vida política se cerniera el ingrato recuerdo de las revoluciones—, pero la robotización de los oficios desempeñados por la población acomodada introduce una doble incógnita en la ecuación socioeconómica: ¿cómo hacer que la máquina siga en marcha si se empobrecen los grupos que tiran del consumo interior? ¿Y cómo perpetuar el teatro político si los sectores meta de los grandes partidos se deprimen o se rebelan (4)? Por supuesto, las profecías del desclasamiento digital angustiaban a la masa asalariada ya en la década de 1990, e Internet ha acabado renovando más que aniquilando las clases medias. Pero el seísmo de la IA se prevé que sea de una magnitud completamente distinta.
Mientras que los economistas liberales profetizan ríos de leche y miel para todos, uno de los mayores especialistas del mundo sobre los efectos de la innovación advierte de lo siguiente: “La inteligencia artificial probablemente ahonde la brecha entre las rentas del capital y las del trabajo” (5). El hecho es que sus infraestructuras absorben las inversiones en detrimento de los demás sectores, sus revalorizaciones bursátiles enriquecen a los ricos y limitan la libertad para protestar de esa mitad de estadounidenses cuyos ahorros y cuentas de pensiones dependen de los mercados. O más multimillonarios o todos a la calle: la alternativa es de lo más tentadora. Los líderes de Silicon Valley, que prevén un final de fiesta complicado, reclaman una forma de redistribución de los beneficios destinada a limitar la proletarización de sus clientes.
A la perspectiva del desempleo de los titulados universitarios se le añade la angustia, tan corrosiva como estadísticamente invisible, de saberse inútil para el mundo. Y traicionado por quienes lo dirigen. El poder de las élites no electas alimenta una segunda forma de enfado. El caso Mythos brinda un buen ejemplo de ello. El pasado abril, la empresa Anthropic decidió no hacer público Claude Mythos Preview, su último modelo de IA, tan poderoso —o eso dice Anthropic— que usuarios malintencionados podrían valerse de él para poner en peligro infraestructuras informáticas críticas. El gesto, quién sabe si ético o promocional, suscitó de inmediato un malestar que la jurista Mariana Olaizola Rosenblat ha resumido a la perfección: “Las sociedades democráticas no deberían depender de la contención moral de los líderes empresariales en lo que concierne a la estabilidad de nuestros sistemas financieros, nuestras redes eléctricas, nuestros hospitales o nuestras elecciones” (6). En su opinión, “el Estado debe intervenir y legislar resueltamente” mientras todavía está a tiempo. Eso es precisamente lo que Donald Trump quiere impedir con el fin de favorecer a los campeones estadounidenses en su competencia con China (7). Este enfrentamiento mundial en torno a la IA llevó también a la Casa Blanca a suspender, a mediados de junio, el acceso de los no estadounidenses a una versión embridada de Mythos. Deseoso de avanzar dentro de un marco claro y predecible, el fundador de Anthropic reclama “una regulación más estricta y restrictiva de la IA”. Y Chris Lehane, director de asuntos internacionales de OpenAI, sugiere que “para ser debidamente gestionados” los intereses imbricados del Estado y de la industria digital “necesitan la puesta en marcha de un nuevo híbrido público-privado” (8). Sea como fuere, los imperativos políticos suprimen las consideraciones democráticas.
Al margen de sus efectos sobre el empleo, esta IA a toda vela dirigida por supremacistas tecnológicos alimenta la idea de una pérdida de control frente a una tecnología caracterizada por su creciente autonomía: los modelos de siguiente generación escribirán ellos mismos las líneas de código que necesitan para su propio perfeccionamiento… Aunque esta clase de huida hacia delante resulta evidente para los jefes de empresa, no lo es tanto para los demás. Y es que la clase misma de relaciones sociales que implica la automatización indigna al público, y en especial a quienes el semanario The Economist (6 de junio de 2026) ha bautizado, no sin espanto, como la “generación Z-socialista”: vigilancia generalizada, desigualdad abismal, indiferencia por el medioambiente, cinismo de las élites tecnológicas que prohíben a sus hijos los servicios que imponen al resto del mundo, interacciones robotizadas para los pobres y servicio doméstico humano para los ricos.
Este idílico panorama no estaría completo sin el carburante que alimenta la máquina: la potencia de cálculo. Y, por consiguiente, los centros de datos. Ahora bien, una proporción creciente de estadounidenses (el 70% en marzo, según Gallup) rechazan la construcción cerca de sus viviendas de estas instalaciones ruidosas, contaminantes, que devoran el paisaje, desecan las capas freáticas, ofrecen pocos puestos de trabajo y, sobre todo, hacen que se dispare el precio de la electricidad. Su multiplicación las ha convertido en un tema candente: el pasado abril, Estados Unidos contaba con más de 3.000 data centers operativos, la mayoría en áreas urbanas, pero dos tercios de los 1.500 más que están en proceso de construcción se sitúan en zonas rurales, sobre todo en el sur del país y el Midwest (9). Estos proyectos —que no responden a necesidades reales en el momento de iniciar las obras— anticipan el crecimiento exponencial de la IA: la apuesta por un futuro virtual descuajeringa la vida real.
A diferencia de las dos primeras, esta tercera componente de la furia contra la IA se apoya en comunidades locales y movilizaciones tangibles, así como en una base socialmente diversificada y transpartidista: madres de familia preocupadas por el medioambiente, cristianos de Texas, granjeros, obreros republicanos, técnicos de telecomunicaciones y activistas progresistas. “El nivel de oposición no cambia significativamente en función de la edad, el origen étnico, el nivel de estudios o de ingresos o el grado de urbanización”, observa la encuesta de Gallup publicada el pasado 13 de mayo. “El enfrentamiento no opone la derecha a la izquierda, los demócratas a los republicanos, el extrarradio al mundo rural. En realidad, es el de arriba contra el de abajo”, explica el activista Saul Levin en respuesta a una pregunta del periodista Andrew Cockburn. Este último ha realizado una investigación en Saline, una pequeña ciudad de Míchigan donde está prevista la creación de un centro de datos por valor de 16.000 millones de dólares. La investigación revela la distancia existente entre, por un lado, unos políticos electos desconcertados por la oposición local, los notables del sector tecnológico que mandan abogados y lobistas para disuadirlos de actuar o los jefes de las empresas eléctricas que suben los precios y, por otro, unos administrados que se congregan en los ayuntamientos y zarandean a sus representantes (10). La mayoría nunca se había movilizado antes. De modo semejante a los chalecos amarillos franceses de 2018 y 2019, se sienten engañados por los políticos y han descubierto el poder de la acción colectiva. El portal DataCenterWatch.org enumera 142 grupos de protesta en 24 estados. Solo a lo largo del primer trimestre de 2026 fueron bloqueados o aplazados 75 proyectos por un valor estimado de 130.000 millones de dólares, frente a 48 proyectos, por un valor de 156.000 millones de dólares, suspendidos o anulados a lo largo del año 2025. “Este año, legisladores locales de más de diez estados han presentado proyectos de ley destinados a suspender construcciones”, informaba a principios de junio el Washington Post. Y “los habitantes de Monterey Park, en California, han aprobado la primera prohibición permanente de los data centers: una propuesta que recibió el apoyo del 86% de los votantes” (11).
Mientras que diputados y ediles locales recibían con grandes muestras de entusiasmo y exuberantes exoneraciones fiscales esas catedrales digitales tan encomiadas por Trump, la aversión que en la actualidad estas suscitan constituye un factor relevante en las elecciones de medio mandato. Sin embargo, al margen de algunas personalidades de la izquierda (como Bernie Sanders y Ro Khanna, o Alexandria Ocasio-Cortez, partidarios de una moratoria sobre la construcción de los centros de datos) o republicanas (como Ronald DeSantis o Marjorie Taylor Greene), las protestas populares solo hallan un eco limitado en la clase política, incluso entre los demócratas, ya que la presión de los industriales, las campañas de descalificación financiadas por los grupos de cabildeo y la influencia de algunos sindicatos favorables a las instalaciones enfrían las veleidades opositoras.
La extrema derecha prueba suerte
Siempre en busca de un elixir susceptible de revitalizar un movimiento MAGA desorientado por el aventurerismo militar de Trump y su devoción por los multimillonarios del sector tecnológico, el antiguo estratega de la Casa Blanca Steve Bannon publicó en abril una carta firmada por cerca de sesenta figuras conservadoras cercanas al presidente estadounidense para exhortar a este último a reglamentar la IA. “Sabemos que no podemos contar con que esas empresas se autorregulen”, explica el documento. La misiva se concibió como la rampa de lanzamiento de Humans First, la variante digital de América First: “Los globalistas del sector digital tratan de torcer nuestro movimiento para empujar a Washington a dar prioridad a los gigantes de la IA sobre el pueblo estadounidense. ‘Humans First’ señala el principio de la lucha por la reconquista de nuestro país”. Mientras los partidos tergiversan, la extrema derecha prueba suerte.
La lucha supera ya el ámbito estadounidense. La IA y los centros de datos generan movilizaciones en Chile, México o España. En Francia, donde Emmanuel Macron les tiende una alfombra roja a los industriales del sector digital, la profusión de centros de datos en, por ejemplo, Marsella, Grenoble, el departamento de Seine-et-Marne o la región de Hauts-de-France atiza el descontento de los residentes y favorece la eclosión de colectivos de opositores. Aunque la abismal impopularidad del presidente de la República francesa no obra en favor de su querida IA, la prosecución de la digitalización a marchas forzadas sigue estando extrañamente ausente del arranque de la campaña electoral. Después de la propiedad, el libre comercio, la integración europea o la Alianza Atlántica, ¿se cuenta ya este asunto en el número de los temas sobre los cuales el voto carece de impacto? El miedo a perder el tren del futuro, la mala reputación de los movimientos políticamente heterogéneos o el atractivo de una fingida soberanía hecha de infraestructuras locales —pero que funcionan gracias a los microchips estadounidenses de Nvidia— anestesian el sentido crítico de hasta las mejores voluntades.
“El ser humano primero” o Humans First, populismo popular o nacionalismo reaccionario, chalecos amarillos o Tea Party: el destino de la sublevación contra las máquinas plantea una de las grandes preguntas políticas de nuestro tiempo.
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(1) Amrith Ramkumar, Katherine Blunt y Lindsay Ellis, “The American rebellion against AI Is gaining steam”, The Wall Street Journal, Nueva York, 18 de mayo de 2026.
(2) Mike Allen, “AI hate wave is here”, Axios, 17 de mayo de 2026.
(3) Ben Casselman, “Forget about coders. The real A. I. threat is in the back office”, The New York Times, 15 de junio de 2026.
(4) Véase Frédéric Lordon, “Marx va avoir raison (IA et lutte des classes)”, La pompe à phynance, Les blogs du Diplo, 2 de marzo de 2026.
(5) Daron Acemoglu, “The simple macroeconomics of AI”, documento de trabajo del NBER, mayo de 2024.
(6) Mariana Olaizola Rosenblat, “The governance gap Mythos exposed – And how to address it”, Just Security, 29 de abril de 2026.
(7) Véase Evgeny Morozov, “Frente a Pekín, Washington tiene un plan”, Le Monde diplomatique en español, junio de 2026.
(8) Respectivamente, Dario Amodei, “Policy on the AIexponential”, https://darioamodei.com, junio de 2026, y Axios, 13 de mayo de 2026.
(9) Skyler Seets y Kaitlyn Radde, “Most new data centers in the U.S. are coming to rural areas”, Pew Research Center, 13 de abril de 2026. Otras fuentes contabilizan un número mayor de instalaciones.
(10) Andrew Cockburn, “The data-center divide. Why politicians are squandering the anti-AI backlash”, Harper’s, Nueva York, junio de 2026.
(11) Liz Goodwin y Riley Beggin, “Why most politicians are not calling for data center bans despite voter’s anger”, The Washington Post, 7 de junio de 2026.
Pierre Rimbert
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