Alejandra García (CUBADEBATE Y RESUMEN LATIONAMERICANO), 30 de Junio de 2026

Diez días antes de la tragedia en Venezuela, mi madre me envió una agenda. En la primera página, escrita de su puño y letra, se lee:
Echo de menos tu mano en la mía, como la de una ranita dormida. Escribí esto cuando naciste. Lo recordaré cuando cierre los ojos por última vez.
El 24 de junio, Venezuela se estremeció bajo el impacto sucesivo de dos terremotos de 7,2 y 7,5 en la escala de Richter. En medio del estruendo, el polvo y el pánico, mi primer instinto fue marcar su número. Al escuchar su voz al otro lado de la línea, a miles de kilómetros de este desastre, le dije una dolorosa verdad:
Mamá, muchos no podrán llamar hoy a sus madres para decirles que están bien.
Desde aquella llamada se han producido más de 300 réplicas, lo que nos recuerda que la tierra sigue temblando.
Hoy, Venezuela es un país marcado por las pérdidas. La cifra oficial de muertos, al momento de escribir estas líneas, asciende a 920. Los cuerpos se amontonan en las aceras; los servicios funerarios se han suspendido y el dolor no da señales de disminuir. En una esquina, una imagen desgarradora para los presentes: el cuerpo inmóvil de una mujer embarazada de término, cubierta únicamente por una sábana blanca. No pudo escapar de su edificio a tiempo.
Sin embargo, el número de víctimas mortales podría haber sido aún mayor de no ser por aquellas madres que sirvieron de escudo para proteger a sus hijos mientras los edificios se derrumbaban.
Todo un país está conmocionado por la historia de Andrea, esposa del futbolista local Héctor Bello. Cuando las paredes de su casa comenzaron a ceder a las 6:05 p. m., no buscó una salida; buscó a su hija de dos años. Andrea se convirtió en un escudo de carne y hueso. El edificio se derrumbó, pero su cuerpo absorbió el impacto del concreto. Horas después, los rescatistas sacaron a la pequeña de entre los escombros, con vida y milagrosamente ilesa. Andrea dio su vida a cambio de la de su hija.

Este heroísmo maternal no es una metáfora; es una realidad en esta tragedia. Una bebé de dieciocho días sobrevivió un día entero bajo toneladas de escombros. Cuando los bomberos lograron rescatarla, todo el país contuvo la respiración. Noventa minutos después, sacaron a su madre de la oscuridad. Herida y asfixiada, había servido de pulmón para su bebé, protegiéndola de la nube de polvo.
En el octavo piso de otro edificio derrumbado, los equipos de rescate encontraron a una niña. Un rescatista, que la sostenía en brazos, le preguntó con voz quebrada si estaba sola. «No, estoy con mi mamá», respondió ella. Al preguntarle dónde estaba su madre, la niña dijo: «Está muerta». Su madre la había protegido hasta el último segundo de su vida.
Para quienes quedaron atrás, el trauma es una herida abierta. Mateo, un niño rescatado de entre los escombros, repite una frase escalofriante a los psicólogos:
Mi madre dejó de respirar a las 7:30 de la tarde. Cerró los ojos justo a mi lado.
Al igual que él, cientos de niños ahora vagan como huérfanos, supervivientes solo porque sus madres decidieron protegerlos.
La tragedia venezolana también tiene repercusiones internacionales. Listas no oficiales de desaparecidos que circulan en redes sociales reportan la desaparición de más de 29 ciudadanos cubanos. Entre ellos se encuentran los hermanos Vanessa y Dayan Martínez, quienes desaparecieron en la devastada costa de La Guaira. Familias enteras al otro lado del mar, especialmente las madres, miran fijamente sus teléfonos, esperando un milagro que nunca llega.
Pero en medio de esta escena de morgues improvisadas y llantos —como el de otra madre que camina descalza sobre las ruinas, gritando por su hijo Jorge, atrapado bajo el peso de lo que una vez fue su hogar— la vida persiste.
Hace unas horas, un video grabado con un celular se viralizó entre los rescatistas. En medio de un campamento improvisado, rodeada de polvo y escombros, una mujer dio a luz, asistida por los brazos de otras mujeres. El llanto del recién nacido —fuerte, agudo y desafiante— rompió el silencio de la muerte. Es la vida abriéndose paso.
Es imposible no pensar en la canción de Silvio Rodríguez en momentos como este, una canción que hoy se convierte a la vez en profecía y bálsamo en estas horas de absoluta oscuridad:
Venezuela está dando a luz a un corazón.
Al final del día, cuando el sol se pone y las réplicas vuelven a sacudir las tiendas de los refugiados, uno se da cuenta de que la diferencia entre los vivos y los muertos tras estos terremotos es cuestión de azar. Algunos tuvieron suerte; otros no.
Antes de cerrar los ojos esta noche, vuelvo a marcar el número de Cuba. Escucho su voz. Soy una de las afortunadas. Hoy puedo decirle que estoy a salvo, mientras camino sobre la tierra de un país donde las madres siguen dando vida.
Alejandra García es una periodista cubana que trabaja en Venezuela como presentadora del noticiero vespertino de Telesur en inglés y como corresponsal para Latinoamérica de Resumen Latinoamericano en inglés.
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