Gaceta Crítica

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Ser judío en Francia y oponerse a Israel

Laura Raim (Le Monde Diplomatique) 14 de Junio de 2026

“Feliz como Dios en Francia”, dice un proverbio asquenazí. Hoy, mientras numerosos judíos franceses muestran su preocupación por el resurgimiento del antisemitismo, una minoría se inquieta sobre todo porque se la asimile a un Estado genocida. ¿Puede defenderse un sionismo progresista, opuesto al Gobierno de Benjamín Netanyahu? ¿O más bien habría que emancipar la judeidad del sionismo? Debaten sobre ello figuras de la izquierda francesa, país donde vive la principal comunidad judía de Europa.

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Yaacov Agam. — Assemblage mouvant, 1953

¿Se puede pedir a un judío francés que se posicione sobre Gaza? Cuando son muchos los que se sienten molestos por la identificación de judío con israelí, el profesor de estudios hebreos Elad Lapidot opta por abordar de frente la cuestión: “Si tú te identificas como judío en un momento en el que se está cometiendo un genocidio en nombre de la protección de los judíos, no puedes pretender que sea antisemita que se te asocie a ello. En tanto judíos, estamos llamados a posicionarnos”. Cosa que han hecho, de manera espontánea, varias personalidades francesas de izquierda como el médico Rony Brauman o el filósofo Étienne Balibar. Incluso el también filósofo Alain Finkielkraut se dice “deshonrado en cuanto judío” por el Gobierno israelí.

La asimilación de los judíos con Israel es responsabilidad, ante todo, del propio Gobierno israelí. Pero eso “no exime de mirar a los ojos una realidad incómoda —matiza Maxime Benatouil, miembro del colectivo judío decolonial Tsedek!—. Tras varias décadas de socialización sionista, las comunidades judías se han adherido mayoritariamente al relato israelí”. El periodista Sylvain Cypel remonta esta adhesión a la guerra de los Seis Días de 1967: por aquel entonces, la posible desaparición de Israel en un enfrentamiento con los países árabes angustió por primera vez a numerosos judíos franceses no sionistas, como Raymond Aron (1).

Aunque el Consejo Representativo de las Instituciones Judías de Francia (CRIF) pudo, a principios de la década de 2000, oponerse a la política israelí, en la actualidad es una fiel correa de transmisión de la postura de Tel Aviv, y la crítica judía de Israel se ha vuelto poco audible en Francia. El ataque de Hamás, el 7 de octubre de 2023, ha reforzado este vínculo (2). “Me di cuenta de hasta qué punto estaba apegado a Israel, no a título personal, sino por solidaridad con aquellos para quienes Israel representa algo”, confiesa Olivier Tonneau, profesor de literatura francesa en Cambridge.

“Liberar la identidad judía del sionismo”

La diáspora en Estados Unidos parece mucho más dividida a este propósito. Por un lado, porque el país norteamericano no ha experimentado un antisemitismo tan virulento como el que perduró en Francia desde el caso Dreyfus hasta el régimen de Vichy. Por otro lado, desde la década de 1960, Francia es el único país de Europa en el que el número de judíos es mayor que antes de la Shoah debido a la llegada de judíos de Argelia, algunos de los cuales difundieron “una mentalidad colonial mezclada con una hostilidad hacia ‘los árabes’ y ‘los musulmanes’”, escribe Sylvain Cypel.

No obstante, frente a las masacres perpetradas en Gaza, parecen estar ganando en importancia otras concepciones sobre la relación entre Israel e identidad judía. Una cuestión que siguen sin plantearse aquellos de entre los 600.000 judíos franceses que no otorgan la menor importancia a este componente identitario, o que lo viven desde una perspectiva cultural y laica que no determina sus preferencias políticas. Sin embargo, en lo que respecta a quienes politizan su identidad judía desde la izquierda, se perfilan dos opciones: la de un sector sionista adscrito al principio de un Estado nación judío y la de un sector antisionista —minoritario, pero creciente— que cree llegada la hora de “liberar la identidad judía del sionismo” (3).

Antes de la creación del Estado de Israel en 1948, la politización de los judíos era de diverso signo. Desde su acceso a la ciudadanía, a finales del siglo XVIII, una parte significativa de los judíos de Francia eligieron la república. Su presencia en las instituciones políticas y administrativas contribuyó al auge del antisemitismo moderno, que atribuye el éxito de los judíos a recursos ocultos. La revolución se presentaba como segunda solución: muchos judíos europeos se adhirieron al socialismo, mientras que otros lo hicieron al Bund, una organización laica de inspiración marxista opuesta a la creación de un territorio judío en Palestina. El sionismo, que durante mucho tiempo fue marginal, representaba un tercer camino. Al principio cohabitaron varias versiones del mismo, como la estatal de Theodor Herzl, cuya principal competidora era la cultural de Ahad Ha’Am, para quien Israel debía servir de centro espiritual para un mundo judío policéntrico.

Durante la Segunda Guerra Mundial, los nazis diezmaron a los bundistas, mientras que la muerte de seis millones de judíos en Europa confirió pertinencia a los sionistas estatales. Estos obtuvieron la creación del Estado de Israel, que desde su fundación ocupa un lugar cardinal en el mundo judío. El horror de los crímenes cometidos en Gaza, ¿justifica poner este lugar en tela de juicio? Sionistas de izquierda y antisionistas no aciertan a ponerse de acuerdo en la respuesta, dado lo divergente de sus opiniones sobre la definición de sionismo, las consecuencias de la Shoah y la naturaleza actual del antisemitismo.

Por un lado tenemos, pues, el análisis sionista de izquierda, encarnado —entre otras figuras (4)— por el filósofo Bruno Karsenti. Según él, la identidad judía de la diáspora y el Estado de Israel no solo aspiran a coexistir, sino a dotarse mutuamente de sentido. “En ello reside toda la originalidad del proyecto sionista, en crear un Estado en el que el pueblo desborda la nación”. Aunque no niega el hecho de que el sionismo procede por oleadas de traslados de poblaciones llegadas tanto de Europa como de los países árabes, Karsenti considera que identificarlo con una forma de colonialismo supone una simplificación, ya que “el sionismo, desde sus orígenes, es ante todo un movimiento de liberación nacional, un movimiento de refugiados” destinado a crear, sobre las ruinas del Imperio otomano, un “Estado-refugio en el que los judíos tengan la garantía de no volver a sufrir pogromos”.

Sin embargo, “el sionismo, una vez materializado, no aspiró a reemplazar la existencia dispersa del pueblo judío; antes al contrario, es lo que más contribuye a garantizar su existencia en las nuevas condiciones que se dieron tras la Segunda Guerra Mundial”, sobre todo en Francia, donde se quedó a vivir una gran mayoría de judíos, “aunque diciéndose: ‘la seguridad absoluta no existe para nosotros, lo que sucedió una vez puede suceder de nuevo’. De ahí la necesidad de Israel como Estado potencial. No se trata de una doble fidelidad, sino de la expresión de la necesidad de que el otro Estado exista para poder ser más plenamente ciudadanos del Estado al que pertenecen en cuanto integrantes de la diáspora”.

El saqueo de la religión judía

Liberar la identidad judía del sionismo le parece incongruente, habida cuenta de que, en su opinión, estamos asistiendo al auge de un “nuevo antisemitismo”, del cual el antisionismo constituye su “espina dorsal”. Karsenti subraya la “especificidad, mal entendida, del antisemitismo: la discriminación basada en una inferioridad putativa es menos determinante que la basada en una superioridad putativa. Desde el momento en que esto no lo entienden los dirigentes europeos y las asociaciones antirracistas que hablan de ‘lucha contra el racismo’ en general, los judíos se sienten abandonados y vuelven aún más la mirada hacia Israel”.

En su opinión, la política “reaccionaria, expansionista y criminal” de Benjamín Netanyahu no es el desenlace ineluctable del sionismo, sino el resultado de una bifurcación. Primer punto de inflexión: 1967, cuando Israel ocupó militarmente Cisjordania, Gaza y Jerusalén Este. “El otro se dio en 1977, cuando Israel se pasó a la derecha; pero fue sobre todo con el asesinato de Isaac Rabin [en 1995] y el entierro de los Acuerdos de Oslo, algo en lo que ambos bandos tuvieron su parte de responsabilidad, cuando la posibilidad de un acuerdo político con los palestinos salió del horizonte político”.

Frente a esta concepción, los judíos antisionistas abogan por la creación de un Estado binacional (5). En Redevenir juif(“Volver a ser judío”, La Découverte, 2026), el filósofo Michel Feher formula dos razones para arrancar la identidad judía de las garras del sionismo. La primera es de carácter ético: “Sentirse apegado a un Estado genocida es, moral y políticamente, algo bastante siniestro”. La segunda es de naturaleza más estratégica: “Al apoyar a Israel en cuanto escudo de Occidente, los judíos han podido convertirse en los nuevos ‘blancos’, armados caballeros y protegidos por los partidos de extrema derecha a condición de decir que el racismo no se encuentra entre los blancos, sino entre las minorías racializadas”. Así, “ya estamos viendo en Estados Unidos el regreso de una extrema derecha antisemita en torno a figuras como Tucker Carlson, que le reprocha a Trump el haberse embarcado en guerras dictadas por su aliado israelí. En resumen: la adhesión al sionismo no es un buen negocio para los judíos”.

Los antisionistas franceses no niegan el agravamiento del antisemitismo, pero, dado que se relaciona con los crímenes cometidos por Israel en nombre de los judíos, consideran que luchar contra él implica oponerse a la política israelí y poner en entredicho el monopolio de Israel sobre la identidad judía. Eyal Sivan, director de cine y ensayista israelí residente en Francia, califica de “judaístas” a los sionistas que “se valen del judaísmo a modo de justificación para el nacionalismo estatal, un poco como la instrumentalización que los islamistas hacen del islam. Estos judaístas son la principal amenaza para el judaísmo, ya que, al nacionalizarlo, hacen a todos los judíos sospechosos de supremacismo”.

Según este punto de vista, el sionismo no tiene tanto que ver con el judaísmo como con el colonialismo, de la misma forma que el genocidio perpetrado en Gaza es menos producto de un sionismo mesiánico en ascenso desde los años 1970 que la culminación de la lógica de limpieza étnica puesta en práctica desde la Nakba, en 1948. Ahora bien, “antes de colonizar Palestina, el sionismo colonizó el judaísmo —afirma Sivan—. Los sionistas políticos, que estaban secularizados, saquearon la religión judía para seleccionar los elementos que resultaban útiles para su proyecto, cosa que el historiador Amnon Raz-Krakotzkin formuló del modo siguiente: ‘Dios no existe, pero nos prometió esta tierra’. Y de la misma manera que trataban de inferiores a los palestinos, tenían una concepción deshumanizadora de los judíos practicantes del este de Europa y del mundo árabe y musulmán, a los que describían, entre otras cosas, como individuos irracionales y supersticiosos”.

Persecución judicial de miembros de la Unión Judía Francesa por la paz

¿Cómo hacer, pues, para “decolonizar” el judaísmo? Elad Lapidot recuerda que el sionismo representa una ruptura en la larga historia del judaísmo: “Un judaísmo en la diáspora y sin Estado fue el que prevaleció entre la destrucción del Segundo Templo de Jerusalén, en el año 70, y 1948. Hasta la Shoah, el sionismo fue una especie de herejía para los rabinos. Incluso tras la creación de Israel, la ortodoxia judía siguió siendo durante mucho tiempo no sionista, cuando no directamente antisionista”. Incluso en la actualidad, para la comunidad jasídica de los Satmar —presente en Israel y Estados Unidos—, el exilio representa un castigo divino al que solo el mesías podrá poner fin. El rabino estadounidense Shaul Magid contempla este mismo exilio más bien como una disposición ética que ha de ser cultivada, y defiende, asimismo, un “antisionismo que se reapropie del exilio como un motivo fecundo para reconstruir una relación judía humilde y no posesiva con la tierra situada entre el Jordán y el Mediterráneo” (6).

Michel Feher propone, por su parte, “volver a ser judío” sacando partido de todo lo que los etnonacionalistas antisemitas siempre han detestado de los judíos. “Mientras que los primeros sionistas daban por bueno el cliché de los antisemitas sobre el frágil judío de la diáspora y asumían la misión de sustituirlo por un ‘nuevo judío’ viril, de lo que se trata es de recorrer el camino inverso: tomarse en serio las denuncias de los antisemitas para esforzarse por ser dignos de ellas”. Ya fueran descritos como depredadores capitalistas o agitadores comunistas, “los judíos siempre son intrusos, exiliados que introducen un elemento perturbador en toda forma de identificación”. ¿Acaso no es eso lo que hizo Sigmund Freud con la subjetividad humana o Judith Butler con el género? Michel Feher desea seguir los pasos del escritor y anarquista judío Bernard Lazare, inspirador de Hannah Arendt: más que tener que elegir entre convertirse en un paria o en un advenedizo, o entre la asimilación o la expatriación, Lazare invitaba a los suyos a dotar de significado político su condición de “paria consciente” (7).

Poco aficionado a estos elogios de la condición de miembro de la diáspora, Olivier Tonneau se mofa de una “atribución de heroísmo que lisonjea la concepción de pueblo elegido” en los discursos “desarraigados” de los antisionistas. El “neodiasporismo”, así como el antisionismo religioso, están más desarrollados en Estados Unidos que en Francia, donde las dos principales asociaciones judías antisionistas son la Unión Judía Francesa por la Paz (UJFP) —fundada en 1994 y que cuenta con varios cientos de militantes— y Tsedek! —creada en 2023 por miembros jóvenes de la UJFP.

“Ambas se inscriben en la tradición internacionalista revolucionaria —explica Maxime Benatouil—. El Bund forma parte de la herencia política con la que tratamos de trabajar, pero también hay pensadores como Abraham Serfaty, militante marxista judío marroquí” (8). La UJFP ha pagado el precio de su compromiso en favor de los palestinos. En 2025, la asociación vio cómo las cuentas con las que financiaba proyectos humanitarios en Gaza eran cerradas por el banco Crédit Coopératif. Un año antes, el responsable de su página web fue llevado ante la justicia tras la publicación de un comunicado de apoyo a la “resistencia del pueblo palestino frente a la ocupación”. “Para mí —explica Michèle Sibony, una de las figuras de la UJFP—, la cuestión no es tanto ‘qué es ser judía’, sino más bien ‘cómo serlo’ en un momento en el que Israel está cometiendo un genocidio en nombre de los judíos. Por ahora, la única respuesta que encuentro a esta pregunta es la resistencia”.

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(1) Cf. Sylvain Cypel, Israël contre les Juifs, La Découverte, París, 2020.

(2) Véase Samuel Ghiles-Meilhac, “De la clandestinité aux feux médiatiques”, Le Monde diplomatique, julio de 2011.

(3) Tsedek!, Lutter en rupture, lutter en solidarité, Premiers matins de novembre, Toulouse, 2026.

(4) Cf. Thierry Labica, “L’évanescence d’Israël, ou les ‘juif·ves de gauche’ contre la gauche”, en dos entregas, 4 y 12 de mayo de 2026, Revue des livres et des idéeshttps://rdli.fr

(5) Véase Shlomo Sand, “El viejo sueño de un Estado binacional”Le Monde diplomatique en español, diciembre de 2023.

(6) Shaul Magid, The necessity of exile. Essays from a distance, Ayin Press, Nueva York, 2023.

(7) Bernard Lazare, El muladar de Job, Mario Saban, Buenos Aires, 2006.

(8) Abraham Serfaty, Écrits sur la Palestine, Syllepse, París, 2025. Cf. también Antisionisme, une histoire juive, textos elegidos por Sonia Fayman, Béatrice Orès y Michèle Sibony, Syllepse, París, 2023.

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