Anne-Cécile Robert (LE MONDE DIPLOMATIQUE), 23 de Mayo de 2026
La Organización de las Naciones Unidas se ve debilitada por la hostilidad y la despreocupación de Estados Unidos. Como cuando Washington envía a la “primera dama” estadounidense a ocupar un asiento en el Consejo de Seguridad.
ANDREI ROITER. — Panic Button (‘Botón de urgencia’), 2024
Nueva York, 2 de marzo de 2026. Altanera y concentrada, Melania Trump preside, en nombre de Estados Unidos, una reunión del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas (ONU) dedicada a la infancia en tiempos de guerra. Una novedad para la esposa de un jefe de Estado en ejercicio. Pero, dado que acaba de conocerse la muerte de decenas de niñas en un bombardeo estadounidense en Minab, en el sur de Irán, la sesión adquiere hechuras dignas del teatro del absurdo. Por más que la “primera dama” —conocida por su defensa de los niños ucranianos retenidos en Rusia— cumpla su misión con seriedad, algunos se atreven a establecer un paralelo con el caballo de Calígula: ese al que, según se cuenta, el emperador romano quiso nombrar cónsul.
Aunque el episodio carece de parangón, lo cierto es que Estados Unidos tiene ahora la costumbre de enviar a su cúpula gubernamental a las reuniones de las Naciones Unidas. “Su embajador oficial, Mike Waltz, se ve regularmente reemplazado por ‘eminencias’ como el secretario de Estado Marco Rubio o su adjunto, Christopher Landau”, nos explica un diplomático europeo que se pregunta sobre el significado de esta poco habitual forma de proceder, ya que, de ordinario, los ministros de los países miembros solo asisten en persona en circunstancias excepcionales. El caso es que los virulentos ataques de Donald Trump y su Gobierno contra la ONU no ceden: según ellos, la organización, ineficaz y cómplice de movimientos migratorios criminales, se muestra hostil a los valores y el modo de vida estadounidenses…
Pasando de las palabras a los hechos, Estados Unidos se ha retirado de instituciones que juzga superfluas o intrusivas, como la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO), la Organización Mundial de la Salud (OMS) o el Consejo de Derechos Humanos. En 2025, Washington solo dedicó 2700 millones de dólares a ayuda humanitaria, frente a los 11.000 millones de 2024. Para este 2026 ha prometido 2000 millones de dólares (1700 millones de euros), señalando de paso que los organismos de las Naciones Unidas tendrán que “adaptarse, reducirse de tamaño o morir”.
Y lo que es más grave: haciendo un mal uso de la resolución del Consejo de Seguridad del 17 de noviembre de 2025, limitada a Gaza, los estadounidenses han creado un Consejo de la Paz que supuestamente habrá de resolver todas las crisis del mundo que, según la Casa Blanca, la ONU se revela incapaz de solucionar… olvidando el papel que los vetos de Washington tienen en esta carencia. El futuro de esta nueva institución, que reúne a una veintena de países miembros —a los que se pretende cobrar una cuota de entrada de 1000 millones de dólares—, es incierto, habida cuenta de que la gran mayoría de los 193 Estados de la ONU siguen siendo fieles a la institución, lo que en la práctica limita a los propios miembros del Consejo de la Paz el alcance de las decisiones tomadas. “Desde el punto de vista institucional, resulta difícil tomarse en serio este organismo —resume Richard Gowan, del International Crisis Group—. Por otro lado, se trata de una señal política preocupante”. En la actualidad, se teme que Estados Unidos salga dando un portazo de una institución en cuya creación, sin embargo, colaboró muy activamente en 1945.
En la Casa de Cristal, nombre que recibe la sede neoyorquina de la organización, funcionarios y empleados se consagran a sus tareas entre la preocupación por el destino que les aguarda y la amargura; tales son los esfuerzos que algunos de ellos han dedicado a los numerosos programas de la ONU sobre educación, medioambiente, sanidad, etc. Desconcertado por las exigencias estadounidenses, el secretario general António Guterres trata de recoger velas sin contar con un verdadero plan de conjunto. Está impulsando la deslocalización de las agencias a sedes regionales de la organización donde el coste de la vida es menos elevado que en Nueva York, como Nairobi (Kenia). A finales de 2025, logró que se aprobara la eliminación de 2500 puestos de trabajo en el marco de unos presupuestos que se habían reducido en un 7% en relación con 2024 (3200 millones de dólares). Los recursos de la ONU, por lo demás, nunca han superado los 5000 millones de dólares (compárese con el volumen de negocios oficial de Google —182.000 millones— o el presupuesto de la Unión Europea —190.000 millones—). La falta de medios invita a temerse lo peor: “Nos hemos visto obligados a reducir los horarios de reunión para ahorrar electricidad y limitar el tiempo de trabajo del personal de seguridad cuando las necesidades de cooperación rara vez han sido tan grandes desde 1945. Simplemente, nos arriesgamos a no poder seguir funcionando. La obsolescencia nos acecha”, admite un empleado.
Futuro incierto
Frente al riesgo de suspensión de pagos esgrimido por Guterres, 150 de los 193 países miembros han aportado por adelantado su cotización anual de 2026 sin lograr compensar con ello los 4000 millones que debe Estados Unidos. El futuro funcional de la organización sigue siendo incierto, y por los pasillos de la ONU resuenan los reproches a la pasividad de los países europeos. Estos, de ordinario inclinados a la verbosidad en su defensa del multilateralismo, prefieren dedicar sus esfuerzos financieros y diplomáticos a la guerra en Ucrania. En este ambiente de sálvese quien pueda, los estadounidenses pueden conformarse con aportar… más bien poco. El 26 de febrero se dignaron a abonar en torno a 160 millones de dólares de los miles de millones pendientes de pago.
La estrategia de la Casa Blanca parece clara: reenfocar la ONU en sus funciones básicas controlándola por medio del recurso al veto o al armamento financiero. Al margen de las arduas conversaciones sobre Oriente Próximo o Ucrania, Washington maniobra en los expedientes por los que siente mayor aprecio: el “plan de paz” para Gaza, la creación de una fuerza antipandillas en Haití (30 de septiembre de 2025), etc. Desde esta perspectiva, la organización ya no sería sino una mesa de negociaciones entre Estados soberanos liberados de toda obligación: una concepción que no disgusta a Rusia o China, dispuestas a hacer avanzar sus peones. A cambio de su abstención sobre la resolución concerniente a Puerto Príncipe, se cree que Pekín se ha garantizado la voz cantante en el Consejo de Seguridad en cuanto a las futuras discusiones a propósito de Afganistán, y que ha empujado a Washington a financiar futuras misiones de mantenimiento de la paz en regiones donde el Imperio del Medio cuenta con inversiones que proteger. Temerosos de incomodar al irascible Trump, Londres y París optan por la discreción.
Recurrir al Consejo de Seguridad
No obstante, Estados Unidos sigue mostrándose activo en la organización al margen incluso de los asuntos relativos a la paz y la seguridad. Por ejemplo, ha llevado su lucha contra el “wokismo” hasta la Comisión de la Condición Jurídica y Social de la Mujer —dependiente del Consejo Económico y Social de las Naciones Unidas—, donde, a finales de marzo, trató sin éxito de que se aprobara una enmienda que restringía la definición del género a dos sexos biológicos. Batallas simbólicas e ideológicas como estas, que han jalonado la historia de la ONU, deberían convertirse en marginales frente a la multiplicación de unas crisis fuera de control que amenazan la paz mundial, como en Oriente Próximo.
De hecho, como recuerda la politóloga Lise Morjé Howard, desde hace ochenta años, “una inmensa mayoría de los conflictos interestatales han sido llevados ante el Consejo de Seguridad para ser sometidos a examen y han llegado a su fin después de que este adoptara alguna medida. Eso no significa que las medidas adoptadas por el Consejo de Seguridad fueran la única razón del final del conflicto, sino que lo más frecuente era que los Estados, grandes o pequeños, hayan tratado de resolver sus diferencias con su ayuda” (1). El Consejo de Seguridad, que siempre logra aprobar en torno a 40 resoluciones anuales (como la de Kosovo o la lucha contra el terrorismo), conserva un poder legitimador sin igual. Con esto en mente, Bahréin, animado con fuerza por Estados Unidos, se dirigió al organismo en busca de su aval para una operación militar de desbloqueo del estrecho de Ormuz, una iniciativa que acabó topándose con el veto de China y Rusia. Dado que la intervención en Irán no está teniendo los resultados que esperaba, ¿se servirá Donald Trump de la ONU —a la que de vez en cuando reconoce un “extraordinario potencial”— para salir de la crisis, o preferirá cerrar uno de sus famosos acuerdos en petit comité —aunque ello implique buscar posteriormente la validación de la ONU?
(1) Cf. Lise M. Howard, “The United Nations Security Council in interstate war”, Global Governance. A Review of Multilateralism, n.° 31, Nueva York, 26 de Agosto de 2025.
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