China proyecta calma mientras Estados Unidos busca apoyo.
Vijay Prashad (Historiador y periodista marxista indio) -SAVAGE MINDS SUBSTACK), 21 de Mayo de 2026

Las escenas que se desarrollaban en Pekín estaban meticulosamente coreografiadas, pero la política nunca puede reducirse a un mero espectáculo. Cuando el presidente estadounidense Donald Trump viajó a China para su cumbre con Xi Jinping , los medios occidentales, como suele ocurrir, se centraron en el espectáculo: banquetes suntuosos, guardias de honor, gestos teatrales diseñados para halagar al presidente. Sin embargo, bajo todo este ritual subyacía otra realidad, más dura y trascendental. Estados Unidos no llegó a Pekín desde una posición de confianza; llegó en un estado de vulnerabilidad. Washington llegó agobiado por varias crisis propias: una peligrosa e ilegal confrontación con Irán, orquestada por Washington junto con Tel Aviv; inestabilidad económica mundial; un creciente aislamiento diplomático en gran parte del Sur Global; y una creciente ansiedad por la erosión de la supremacía industrial y tecnológica estadounidense. Mientras tanto, China entró en las conversaciones con serenidad. Pekín no necesitaba gestos dramáticos, solo demostrar que el curso de la historia había cambiado.
La cumbre reveló una verdad que muchos países de África, Asia y América Latina ya comprenden instintivamente: Estados Unidos sigue siendo una amenaza militar, pero ya no posee una autoridad política indiscutible. La postura de China en la cumbre reflejó este nuevo equilibrio global. Incluso los analistas occidentales más influyentes intuyeron el cambio. El Consejo de Relaciones Exteriores reconoció antes de la reunión que «China tendrá la sartén por el mango». Durante décadas, Estados Unidos insistió en que China permaneciera subordinada a un orden mundial diseñado por él. En Pekín, sin embargo, la realidad se invirtió. Trump no llegó para imponer condiciones; llegó en busca de ayuda.
La cuestión iraní puso de manifiesto esta dinámica con total claridad. Estados Unidos se encuentra atrapado en un ciclo de militarismo interminable en Asia Occidental. Las guerras ilegales libradas durante el último cuarto de siglo —desde Irak y Siria hasta el actual enfrentamiento con Irán— han debilitado estratégicamente a Estados Unidos, a la vez que han causado un inmenso sufrimiento en la región. Washington comprende ahora que no puede estabilizar la situación por sí solo. China, gracias a sus vínculos económicos con Irán y a su creciente influencia diplomática, posee una influencia de la que carece Estados Unidos.
Los analistas describieron abiertamente la dependencia de Washington. Al Jazeera informó que funcionarios estadounidenses esperaban que China desempeñara un papel más importante en la desescalada de Irán. Un análisis de la Universidad Northeastern señaló que los observadores seguían de cerca si Estados Unidos recurriría a China para ayudar en el conflicto iraní. Incluso la agenda de la cumbre de Trump reflejó esta dependencia, con un debate centrado en el estrecho de Ormuz, el programa nuclear iraní y la estabilidad regional. Este es el punto crucial: Estados Unidos, que durante décadas se proclamó indispensable, ahora necesita la cooperación china para gestionar crisis que, en gran medida, él mismo creó.
La calma de China
China reconoció esta realidad y actuó en consecuencia. El presidente chino Xi Jinping no adoptó una postura ostentosa. No lanzó amenazas teatrales. No se dejó llevar por la volatilidad emocional que caracteriza gran parte de la cultura política estadounidense. En cambio, proyectó serenidad.
Respecto a Taiwán, Xi se mostró firme, pero sin histeria. Según informes de la cumbre, advirtió que un manejo inadecuado del asunto podría conducir a conflictos. No se trataba de un discurso de pánico, sino de una clara estrategia. Pekín comprende que el mayor peligro en la política mundial actual no proviene de potencias emergentes que exigen respeto, sino de una potencia mundial en declive (Estados Unidos) que se niega a aceptar límites. Esta distinción es de vital importancia para el Sur Global. Muchos países del Sur tienen una larga experiencia lidiando con la inestabilidad imperial. Saben que los imperios en decadencia se vuelven erráticos (por eso Xi planteó la cuestión de la Trampa de Tucídides —la idea de que una potencia en declive se vuelve agresiva contra las potencias emergentes— e instó a que se dejara de lado en favor del desarrollo pacífico para todos). El declive económico suele generar militarismo; la fragmentación política genera agresión externa. Los Estados Unidos contemporáneos exhiben precisamente estas características. Su élite habla constantemente de «competencia» y «contención», mientras que sus instituciones internas sufren profundas crisis de legitimidad.
La conducta de China en la cumbre ofreció, por lo tanto, una lección política que trasciende con creces el este de Asia. Xi demostró que es posible resistir la presión estadounidense sin capitular ni recurrir a la teatralidad. No hubo necesidad de denuncias emotivas ni de gestos grandilocuentes. China se dirigió a Estados Unidos como un igual soberano e insistió en esa igualdad con serenidad. Esta postura es de suma importancia para los países del Sur Global, muchos de los cuales intentan construir proyectos de desarrollo soberano bajo una presión inmensa. El antiguo modelo de sumisión a Washington a cambio de estabilidad temporal está cada vez más desacreditado. En África, América Latina y Asia, los gobiernos buscan ahora alternativas: integración regional, cooperación Sur-Sur, relaciones comerciales diversificadas y autonomía estratégica. La cumbre ilustró que dicha autonomía ya no es meramente una aspiración; es materialmente posible.
La delegación de Trump puso de manifiesto el cambio en la jerarquía de la economía mundial. El presidente estadounidense llegó acompañado de importantes ejecutivos de grandes empresas deseosos de acceder al mercado chino. Las conversaciones sobre compras agrícolas, ventas de Boeing, tierras raras y tecnología reflejaron una verdad más profunda: Estados Unidos necesita a China económicamente de una manera que China ya no necesita a Estados Unidos en la misma medida. China acordó aumentar las importaciones de productos agrícolas estadounidenses, una medida destinada en parte a aliviar la presión sobre los agricultores estadounidenses perjudicados por la guerra comercial de Trump. Esto resulta revelador: la guerra comercial, inicialmente presentada por Washington como una demostración de la fuerza estadounidense, se ha convertido ahora en una situación en la que Washington busca alivio.
Mientras tanto, China continúa desarrollando pacientemente su capacidad industrial a largo plazo, su avance tecnológico y sus redes diplomáticas en Eurasia, África y América Latina. La estrategia de Pekín no se basa principalmente en alianzas militares, sino en infraestructura, comercio, finanzas y desarrollo. Si bien se pueden criticar algunos aspectos de esta estrategia, representa un enfoque del poder global fundamentalmente distinto al de la doctrina de guerra permanente que ha dominado la política exterior estadounidense desde el fin de la Guerra Fría.
Nada de esto significa que China esté exenta de contradicciones ni que la política global se haya vuelto benigna. No es así. Pero la cumbre puso de manifiesto un hecho histórico fundamental: la era de la supremacía indiscutible de Estados Unidos ha terminado. Estados Unidos aún posee un enorme poder militar. Puede infligir una violencia catastrófica. Esa peligrosa capacidad sigue siendo real. Pero la confianza política que antes acompañaba al poder estadounidense se ha erosionado. Washington oscila cada vez más entre amenazas y llamamientos, coerción y peticiones de ayuda. Las contradicciones son evidentes para todos.
La respuesta de China en la cumbre no fue, por lo tanto, meramente diplomática; fue también didáctica. Para el Sur Global, la serenidad de Xi ofreció un ejemplo de cómo interactuar con una potencia imperialista inestable: evitar el pánico, mantener la soberanía, rechazar la humillación, desarrollar capacidades a largo plazo y reconocer que la historia avanza. La cumbre de Pekín no marcó el comienzo de un siglo chino —la historia es más compleja que tales eslóganes—, pero sí reveló una conciencia mundial cambiante. Cada vez más países reconocen que el futuro no puede organizarse en torno a las ansiedades de un imperio en decadencia.
El “nuevo ambiente” que reina en el Sur Global surge precisamente de este reconocimiento. Naciones que antes eran tratadas simplemente como objetos de la política occidental ahora actúan cada vez más como protagonistas de la historia. Buscan la colaboración en lugar de la dominación, el desarrollo en lugar de la militarización, la dignidad en lugar de la dependencia. En Pekín, Xi Jinping encarnó ese ambiente con una disciplina admirable. Estados Unidos acudió en busca de ayuda; China se mantuvo serena. Gran parte del Sur Global observó atentamente, con la esperanza de que algún día también ellos puedan dialogar en igualdad de condiciones con las potencias que aún los tratan como inferiores.
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