ALEJANDRO GARCÍA (THE STRUGGLE – LA LUCHA), 21 de Mayo de 2026

La decisión del gobierno de Trump de procesar al expresidente cubano Raúl Castro (2008-2018) por el derribo de dos aeronaves de Hermanos al Rescate en febrero de 1996 ha llamado la atención en medio de acusaciones generalizadas de doble rasero por parte de Estados Unidos. Analistas y figuras políticas señalan el contraste entre esta acción legal y las operaciones militares estadounidenses en el Caribe y el Pacífico oriental, que han destruido pequeñas embarcaciones y causado casi 200 muertes, sin que exista ninguna responsabilidad legal.
La contradicción es difícil de ignorar. Desde esta perspectiva, la acusación se percibe como parte de un patrón más amplio en el que se persigue a altos funcionarios cubanos por acciones destinadas a defender la soberanía nacional, mientras que el uso comparable de la fuerza en otros lugares recibe un trato diferente. Para muchos en Cuba, los últimos intentos contra Castro, hermano del líder histórico de Cuba, Fidel Castro, son inseparables de la larga y conflictiva historia entre La Habana y Washington, marcada por atentados con bomba, complots de asesinato, infiltraciones armadas y ataques contra objetivos civiles por parte de grupos terroristas militantes con base en Miami, Florida.
Las figuras vinculadas a las campañas violentas contra Cuba vivieron abiertamente en Estados Unidos sin consecuencias legales, mientras que los líderes cubanos que defendieron la isla de esas amenazas son ahora tachados de criminales. Para muchos en Cuba y en toda Latinoamérica, esto refleja una aplicación selectiva de la justicia internacional, en la que se procesa a los adversarios geopolíticos mientras se protege a los aliados o a los actores políticamente útiles.
En el seno de la Revolución, Raúl Castro no es solo un exjefe de Estado, sino uno de los principales artífices de la defensa nacional y la soberanía de Cuba. Durante la grave crisis económica de principios y mediados de la década de 1990, el llamado «Período Especial» que siguió al colapso de la Unión Soviética, Cuba enfrentó una presión extraordinaria. La economía se contrajo drásticamente, la escasez se intensificó y muchos analistas en Washington predijeron el inminente colapso del gobierno cubano.
En aquel momento crítico, Raúl Castro —junto con Fidel— desempeñó un papel fundamental en el mantenimiento de la cohesión institucional, la supervisión de las fuerzas armadas y la garantía de la estabilidad política. Bajo su liderazgo, las fuerzas armadas se expandieron a los sectores económico y logístico para contribuir al sostenimiento del país durante uno de los capítulos más difíciles de la historia moderna de Cuba. Sus partidarios sostienen que su papel fue decisivo para mantener la unión social en un momento en que la presión externa y las dificultades internas amenazaban la supervivencia de la propia Revolución.
Hoy en día, siguen surgiendo predicciones similares en los círculos políticos estadounidenses. Donald Trump ha descrito repetidamente a Cuba como un sistema destinado a colapsar bajo la presión económica y diplomática. Sin embargo, tales pronósticos han circulado durante más de seis décadas, y la Revolución ha sobrevivido a múltiples administraciones estadounidenses y oleadas de sanciones. A pesar de las profundas dificultades económicas, el sistema político cubano ha demostrado su capacidad de resistencia.
Lejos de desestabilizar el país, la presión externa agresiva siempre ha producido el efecto contrario: reforzar el sentimiento nacionalista y fortalecer el discurso de resistencia del gobierno. Para muchos cubanos, incluso para quienes se oponen o critican la situación interna actual, los intentos extranjeros de dictar resultados políticos se consideran ataques a la soberanía nacional. Las acusaciones legales contra figuras revolucionarias consolidan el apoyo popular, que comprende que Cuba tiene el derecho legítimo de defender su independencia frente a un vecino mucho más poderoso.
En este escenario de intensificación de las hostilidades, Cuba no está sola. Desde 1959, Cuba ha ocupado un lugar simbólico en Latinoamérica como una pequeña nación que desafió abiertamente la hegemonía estadounidense en el hemisferio. Incluso los críticos del sistema cubano suelen reconocer la enorme influencia política e histórica del país. La persistencia de la hostilidad estadounidense a lo largo de sucesivas administraciones refleja no solo la oposición al modelo socialista cubano, sino también la preocupación por el ejemplo que representa: independencia nacional, soberanía social y resistencia al control externo.
La Revolución sobrevivió a la Guerra Fría, al colapso de su principal socio económico, a décadas de sanciones y a repetidos intentos fallidos de aislamiento. Esa determinación ha dotado al Estado cubano de una poderosa resiliencia que sigue moldeando la identidad política de la isla.
Ante el recrudecimiento de las tensiones, los líderes cubanos insisten en que el país mantiene su compromiso con la defensa de su soberanía y la preservación de la paz. El gobierno sigue defendiendo su postura como una de autodeterminación nacional frente a la coerción externa y ha afirmado que la isla está preparada para defenderse. Esta determinación se ha forjado a través de décadas de confrontación y sacrificio, y ninguna presión legal o política renovada alterará la continuidad de la Revolución Cubana.
Alejandra García es corresponsal para Latinoamérica de Resumen Latinoamericano y presentadora del noticiero vespertino de teleSUR en inglés.
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