Félix Tréguer (LE MONDE DIPLOMATIQUE), 19 de Mayo de 2026
La dramaturgia de Silicon Valley sigue un guion bien ensayado: la industria de la inteligencia artificial comunica sobre los peligros que sus propios productos hacen correr a la humanidad y, al mismo tiempo, comercializa soluciones “éticas”. Anthropic ha llevado esta estrategia a su punto de perfección en el conflicto que la ha enfrentado al Pentágono en los últimos meses. Ello no ha impedido que su tecnología se haya utilizado durante la guerra contra Irán. “Son muy inteligentes, y creo que pueden ser de gran utilidad”, ha declarado Donald Trump.
DU KUN. — In Order (‘En orden’), 2019
El mundo libre ya tiene un nuevo héroe. Se llama Dario Amodei, tiene 43 años y es ciudadano estadounidense. Amodei es cofundador y director de la empresa Anthropic, la principal rival de OpenAI en el mercado de la inteligencia artificial (IA). Si hemos de dar crédito a los titulares de la prensa internacional, Amodei encarna la resistencia a la deriva fascista de la actual Administración estadounidense. ¿Acaso no es Anthropic “esa empresa de IA de nueva creación que se atreve a contradecir a Donald Trump” (Le Monde, 11 de febrero de 2026) negándose a obedecer los ucases del Pentágono? ¿Esa cuyo “valiente posicionamiento” ha “sacado de sus casillas a la Administración de Trump” (Fortune, 21 de febrero de 2026)? Desde el regreso a la Casa Blanca del multimillonario estadounidense en enero de 2025, la alianza cada vez más asumida entre las grandes figuras del sector digital y el presidente estadounidense viene suscitando cierto malestar en un entorno de reputación liberal. Pero bien está lo que bien acaba: Anthropic ha devuelto el brillo al blasón del sector al imponer sus “líneas rojas” al Estado y al Ejército estadounidense.
Repasemos los hechos. En julio de 2025, Anthropic firmó con el Departamento de Guerra un contrato de dos años por valor de 200 millones de dólares: la empresa se convirtió en la primera que desplegó un modelo extenso de lenguaje (large language model, o LLM) en las redes clasificadas del Pentágono. Su producto estrella, bautizado con el nombre de Claude, se integró en la plataforma Big Data suministrada por Palantir, y el conjunto se incorporó a la infraestructura de almacenamiento de “alto secreto” construida por Amazon (1). Ahora bien, Anthropic ha hecho de la “ética” una prioridad desde su creación en 2021. Así, la empresa impuso dos límites que el Ejército pareció aceptar entonces: no usar sus IA con fines de vigilancia masiva de los residentes estadounidenses ni para guiar armas completamente autónomas, es decir, sin supervisión humana.
Ahora bien, poco después, Donald Trump promulgó un decreto presidencial destinado a “evitar el despliegue de la IA woke dentro del Gobierno federal”; un texto repetido el 11 de diciembre de 2025 en un memorando que instaba a los organismos federales a que revisaran los contratos existentes entre la Administración federal y los proveedores de LLM en razón del supuesto “sesgo ideológico” del que son portadores estos sistemas (2). El pasado febrero, el Pentágono exigió públicamente que Anthropic levantara sus restricciones contractuales con el propósito de autorizar toda aplicación que el Ejército juzgase lícita, cosa a la que la empresa se negó. El 27 de febrero, a las 17:01, el ultimátum fijado por el Pentágono expiró sin que se llegara a un acuerdo. Trump pidió entonces el abandono de los acuerdos firmados con Anthropic por los organismos federales, mientras que el secretario de Guerra Pete Hegseth acusó a la empresa de suponer un “riesgo para la cadena de suministro de la seguridad nacional”, una etiqueta hasta entonces reservada a un puñado de empresas extranjeras como Huawei y que supuestamente habría de privar a Anthropic de jugosos contratos.
El contencioso tiene todos los elementos de una buena serie de televisión: una start-up de Silicon Valley que se niega a que su modelo de IA se use con fines malignos, un presidente-director general que da un paso al frente para defender con valentía su postura, la ira de Trump y sus esbirros… Pero, pese a las apariencias, las acciones de Anthropic contrastan con el humanismo que proclama.
Lo ilustra de manera espectacular su asociación con Palantir por cuenta del Pentágono, oficializada apenas unos días después de la reelección de Trump en noviembre de 2024 (3). Palantir, creado en 2003 con el apoyo, en sus inicios, de In-Q-Tel —el fondo de capital riesgo de la Agencia Central de Inteligencia estadounidense (CIA)—, ha convertido la vigilancia de la población en su fondo de comercio. Así, la empresa provee al Servicio de Control de Inmigración y Aduanas (ICE, por sus siglas en inglés) de los recursos tecnológicos necesarios para extender el alcance de sus operaciones de deportación. Cuando, en 2018, miles de empleados de Alphabet (matriz de Google) expresaron su oposición a la participación de su empresa en el Proyecto Maven —el programa de integración del aprendizaje automático en los sistemas del Pentágono—, Palantir, al que no lastra este género de escrúpulos, se hizo con el inmenso contrato. Por más que su cofundador y presidente-director general, Alexander Karp, se presente como un progresista convencido, también apoya la “superioridad de los valores occidentales” y aboga por un enfoque imperialista de las relaciones internacionales y el desarrollo de armas autónomas. En cuanto a su otro cofundador, Peter Thiel —gran oráculo del capital riesgo en Silicon Valley—, su declarado desprecio por la democracia y su apoyo de larga data a Trump son del dominio público. Existe, por consiguiente, una contradicción esencial entre los principios que Anthropic esgrimió ante el Pentágono y su colaboración con una empresa que encarna su transgresión.
Una vez integrado en los programas desarrollados por Palantir por encargo del Ejército estadounidense, Claude pareció imponerse rápidamente como la interfaz predilecta del alto mando militar. En adelante, gracias a la IA de Anthropic, los analistas podían explorar, a partir de instrucciones formuladas en lenguaje natural, los inmensos conjuntos de datos procedentes de imágenes tomadas por satélites o drones, información de origen electromagnético, datos procurados por la Red e informes de todo género y pelaje. Como cualquier otro sistema de su especie, Claude elaboraba síntesis y proponía análisis y recomendaciones. Pero también podía identificar objetivos militares clasificándolos por orden de importancia estratégica, sugerir las armas más indicadas en cada caso y generar secuencias de ataques casi en tiempo real, llegando incluso a recopilar, de paso, argumentos jurídicos destinados a justificar la legalidad de los mismos.
La “cadena de muerte”
La prensa llevaba desde enero haciéndose eco del uso de Claude en la incursión que se saldó con el secuestro de Nicolás Maduro en Venezuela. Pero fue la guerra emprendida contra Irán el 28 de febrero —es decir, el día siguiente a la expiración del ultimátum dado a Anthropic— la que por primera vez permitió al Pentágono recurrir de forma masiva al chatbot de Anthropic para amplificar su campaña de bombardeos, en espera de que otro sistema de recambio pudiera ocupar su lugar. A semejanza de los sistemas de IA puestos a punto por el Ejército israelí y usados en la guerra en Gaza (4), o como los que China despliega en el Ejército Popular de Liberación, la integración de Claude en las plataformas de Palantir ha acelerado la “cadena de muerte” (kill chain, en la jerga militar). En una conferencia celebrada el pasado 12 de marzo, Chad Wahlquist, un ejecutivo de Palantir, habló de estadísticas a propósito del conflicto en Irán: “De ordinario, tendríamos a dos mil agentes de inteligencia dedicados a la fijación de objetivos y el análisis de datos; ahora son veinte y su productividad ha aumentado” (5). Se cree que el uso de la IA para analizar automáticamente imágenes aéreas ha permitido que el número de objetivos fijados diariamente pasara de cien a mil; en la actualidad, la incorporación de los LLM a esos sistemas permite que el número de objetivos seleccionados sea del orden de cinco mil al día (6). Y, en este ámbito, Anthropic no pone límites a sus socios… Al margen de la cuestión de las armas autónomas, la integración de la IA con vistas a la intensificación de las operaciones militares suscita enormes interrogantes jurídicos, éticos y políticos, de momento ignorados por los estados mayores y sus proveedores de servicios.
Lo mismo cabe decir del otro gran cortafuegos reivindicado por Amodei frente al Pentágono: la prohibición de recurrir a Claude para analizar de forma masiva la información personal de los estadounidenses adquirida por los organismos a los corredores de datos. Ya se trate de acceder a los historiales de geolocalización o navegación, a los datos sanitarios o a información financiera, las aplicaciones de los teléfonos inteligentes constituyen, de hecho, un engranaje clave de la vigilancia estatal. Pero, una vez examinada, la “valiente” negativa de Anthropic se revela tan limitada como selectiva. En efecto: el uso de sus sistemas para refinar la vigilancia masiva de los ciudadanos no estadounidenses, contraria al derecho internacional, ya no parece preocuparle a la empresa más de lo que lo hace el recurso a programas de vigilancia exterior de la Agencia de Seguridad Nacional (NSA, por sus siglas en inglés) para seguir a residentes del propio país: anualmente, se contabilizan más de 200.000 solicitudes de este tipo.
Tras la exclusión de Anthropic, privada ya de contratos gubernamentales, es su competidora OpenAI la que anunciaba un acuerdo con el Pentágono. Ante la polémica, su patrón, Sam Altman, precisó que ChatGPT no podría ser usado “deliberadamente con propósitos de vigilancia nacional de personas y ciudadanos estadounidenses”, en especial en el caso de que dicha vigilancia se basara en “la adquisición o el uso de información personal o de identificación obtenida a través de plataformas de comercio” (7). Puede que esta formulación sea más del agrado del Pentágono que la exigida por Anthropic, pero lo cierto es que cuesta ver la diferencia.
En realidad, este pulso, que supuestamente da fe de la existencia de una oposición entre el Gobierno y Silicon Valley, recuerda el juego de rol practicado inmediatamente después de la información divulgada por el denunciante Edward Snowden en 2013 sobre la vigilancia digital realizada por la NSA. Entre la espada de su cooperación con el Estado de vigilancia, por un lado, y la pared de los costes en materia de reputación por otro, empresas como Google, Apple, Microsoft y análogas se dedicaron a escenificar su resistencia. Crearon soluciones de cifrado destinadas a proteger mejor la vida privada de sus usuarios y promovieron la “soberanía digital” entre sus grandes clientes extranjeros fingiendo protegerlos de la NSA, además de financiar campañas en Washington para regular mejor la gestión de la información. Pero, tras esta escenificación de protección de los derechos humanos, de lo que se trataba era también, y ante todo, de tranquilizar a sus empleados y usuarios, inquietos como estaban por las pruebas que apuntaban a una integración simbiótica de sus infraestructuras con el aparato de seguridad estadounidense. Con ello lograron en gran medida sosegar a sus equipos, preservar sus colaboraciones con los servicios estatales y conservar sus cuotas de mercado a escala internacional, a la vez que contribuían a reforzar las infraestructuras de vigilancia que sustentan el poderío estadounidense.
Un éxito comercial
Actualmente, la Administración de Trump y Anthropic parecen estar siguiendo un guion similar. La pérdida de un contrato de 200 millones de dólares supone menos del 1,5% de sus 10.000 millones de dólares de volumen de negocio. El 80% de los ingresos de Anthropic proceden del sector privado, y a estos clientes, al igual que al gran público, es probable que no les incomode la formidable publicidad de la que se ha beneficiado Anthropic gracias a este conflicto, durante el cual las fuentes internas de la empresa no han dejado de alabar la superioridad de su modelo sobre los de la competencia cada vez que eran interrogados por la prensa. En febrero, la aplicación de Anthropic pasó del limbo en la clasificación de descargas hasta el primer puesto, desbancando a ChatGPT. La reputación de la empresa entre los trabajadores del sector tecnológico también se ha visto reforzada en un momento en que la caza de los mejores investigadores en materia de IA está en su apogeo. En lo que atañe a los inversores, no parecen especialmente atemorizados: los fondos GIC (Singapur), MGX (Emiratos Árabes Unidos) o el Founders Fund (dirigido por Thiel) contribuyeron el pasado febrero a una captación de fondos histórica por parte de Anthropic de 30.000 millones de dólares, precisamente cuando se recrudecía la disputa con el Pentágono. Una saludable diversificación de sus carteras, mientras Anthropic y OpenAI preparan cada una su salida a bolsa.
Por parte del Gobierno estadounidense, por ahora se ha renunciado a instrumentos jurídicos más coercitivos que, como el Defense Production Act, habrían permitido obligar a la empresa a cooperar [el 21 de mayo, en declaraciones a la cadena CNBC, Trump incluso exhibió un acercamiento a Anthropic: “Son muy inteligentes y creo que pueden ser de gran utilidad”]. Pero lo esencial está en otra parte: siguen siendo los modelos estadounidenses los que se llevan la mayor parte del pastel en los mercados mundiales. Enormes depósitos de datos alojados en las infraestructuras de Amazon, Google o Microsoft, garantes de la hegemonía del Tío Sam.
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(1) Véase Francesca Bria, “El golpe de Estado del autoritarismo tecnológico”, y Evgeny Morozov, “La soberanía: una mercancía estadounidense”, Le Monde diplomatique en español, noviembre de 2025.
(2) “Memorandum on increasing public trust in artificial intelligence through unbiased AI principles”, 11 de diciembre de 2025, www.whitehouse.gov
(3) “Anthropic and Palantir Partner to Bring Claude AI Models to AWS for U.S. Government Intelligence and Defense Operations”, 7 de noviembre de 2025, https://investors.palantir.com
(4) Ben Reiff, “‘No restrictions’ and a secret ‘wink’: Inside Israel’s deal with Google, Amazon”, 29 de octubre de 2025. www.972mag.com
(5) Johnson O’Ryan, “Pentagon praises Palantir tech for battlefield strike speed”, 13 de marzo de 2026, www.theregister.com
(6) Katrina Manson, “Omniscience, omnipresence, and omnipotence: Meet the gods of AI warfare”, 23 de marzo de 2026, www.wired.com
(7) Cade Metz y Julian E. Barnes, “OpenAI amends AI deal with the Pentagon”, The New York Times, 3 de marzo de 2026.
Félix TréguerJurista. Investigador asociado en el Centro Internet y Sociedad del Centro Nacional para la Investigación Científica (CNRS, por sus siglas en francés). Miembro de la Asociación de defensa de las libertades “La Quadrature du Net” (www.laquadrature.net). Autor de L’Utopie déchue. Une contre-histoire d’Internet, XVe-XXIe siècle, Fayard, París, 2019.
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