Gaceta Crítica

Un espacio para la información y el debate crítico con el capitalismo en España y el Mundo. Contra la guerra y la opresión social y neocolonial. Por la Democracia y el Socialismo.

Yiwu, capital de la globalización

Maëlle Mariette (LE MONDE DIPLOMATIQUE), 17 de Mayo de 2026

A fuerza de aparecer en miles y miles de artículos, la etiqueta “made in China” adherida a los objetos más cotidianos ha acabado por perder todo significado geográfico. De Nueva York a Moscú, pasando por París o Abiyán, estas tres palabras flotan como un marbete abstracto. Pero tras ellas se encuentra una ciudad bien real al sur de Shanghái.

A escala china, se trata de una pequeña ciudad, con menos de 1,9 millones de habitantes; a escala del comercio mundial, de un nodo decisivo, considerado el mayor mercado mayorista del planeta de pequeños productos manufacturados. Bienvenidos a Yiwu, en la provincia de Zhejiang, de donde procede más del 80% de los artículos de decoración navideña vendidos en el mundo (1).

El corazón de este sistema, denominado Yiwu International Trade Market, podría resumirse en una serie de cifras: 6,4 millones de metros cuadrados, 75.000 estands, más de 2 millones de referencias, cerca de 220.000 visitantes diarios y más de 75.000 vendedores o entidades de negociación (2). Cada año, en este lugar se cargan en torno a 600.000 contenedores antes de ser enviados a más de doscientos países o territorios.

Yiwu funciona como una infraestructura mundial. No es un escaparate de espectaculares innovaciones, sino una maquinaria fiable dedicada a la fabricación metódica, a gran escala, de bienes de uso cotidiano. Un pedido realizado en uno de sus pasillos pone en marcha un aparato productivo disperso, implantado en las áreas rurales de Zhejiang o aún más lejos. La región vive del trabajo de distritos hiperespecializados: según las cifras que ofrece Yiwu International Trade Market, el de Datang produce cerca de un tercio de todos los calcetines del mundo, Qiaotou concentra la producción del 80% de los botones y las cremalleras, y Wenzhou provee el 90% de los encendedores del planeta. En Yiwu, el comercio no solo organiza la venta, sino que también estructura el propio proceso de industrialización. Los estands no son tiendas en el sentido clásico, sino más bien interfaces: una pequeña vitrina, un mostrador, una muestra de productos, un pedido, y hete aquí que poblaciones enteras de microfábricas se ponen en funcionamiento para convertir la promesa en mercancía.

La centralidad productiva y comercial de Yiwu se basa en una estrecha alianza entre iniciativa privada e intervención pública. Aquí, la burocracia no está para poner trabas al comercio, sino para anticiparlo y dotarlo de herramientas. De ahí que el Gobierno local regule los alquileres, invierta en infraestructuras, arbitre conflictos y, sobre todo, experimente con mecanismos destinados a hacer que la exportación de pequeños productos resulte más fluida. El régimen aduanero de market procurement (‘aprovisionamiento en el mercado’) constituye la más acabada ilustración de este orden de cosas. Permite a los exportadores agrupar en una declaración simplificada —por un importe total máximo cercano a los 130.000 euros— miles de referencias heterogéneas sin necesidad de presentar comprobantes fiscales distintos. Por su parte, la plataforma Yiwugo lleva desde 2012 replicando en línea el mercado físico de Yiwu con el propósito de mantener la posición estratégica de la ciudad como capital mundial del pequeño comercio al por mayor.

La baza decisiva de la ciudad sigue siendo el precio: unos márgenes de beneficio ínfimos, a veces de unos céntimos, compensados por colosales volúmenes de venta. Esta lógica constituye tanto la solidez de Yiwu como su fragilidad: mantiene a flote a las miles de pequeñas empresas alojadas en los segmentos menos lucrativos de la cadena de valor añadido, mientras que el crecimiento de la ciudad reposa en gran medida en mercados de escaso poder adquisitivo: los de las economías emergentes. Yiwu no equivale tanto a un “modelo” como a un equilibrio inestable. Ciudad-bazar, ciudad-fábrica, ciudad-mundo. Yiwu condensa las contradicciones del capitalismo chino: entre cantidad y calidad, entre informalidad y control, entre comercio popular y upselling, entre globalización por abajo y estrategia estatal. Si la ciudad sigue aguantando, es gracias a una continua sucesión de ajustes en el seno de una fragilidad estructural enmascarada por la abundancia de su oferta.

Es el propio cuerpo el que primero experimenta esa profusión. Tan pronto como se entra en el mercado, el aire se adensa, saturado de olores de plástico nuevo, cartón húmedo, pegamento industrial o café soluble. Los neones aplastan toda noción temporal. El tiempo no se cuenta en minutos ni en horas, sino en pedidos, en cajas de cartón, en temporadas comerciales. El mercado abre cada mañana sin alharacas: nada de música, nada de eslóganes, nada de estands atractivos ni robots llenos de luces parpadeantes como en otros espacios donde el comprador se sumerge en la producción de gama alta. Aquí se viene a producir, no a pasear.

Los compradores no tardan en entrar con listas en la mano y la mirada clavada en sus teléfonos. Vienen de todo o casi todo el mundo: África, Oriente Próximo, Asia central, Rusia, Latinoamérica… Llama la atención una ausencia, la de los empresarios occidentales, para quienes Yiwu —que no siempre satisface las estrictas normativas de sus mercados— no es un entorno natural. Los vendedores chinos se instalan tras estrechos mostradores. Las lenguas se cruzan —árabe, ruso, español, inglés rudimentario, mandarín…— sin llegar nunca a mezclarse verdaderamente. Aquí, la lengua común es la del guarismo. Se plantea un volumen, hace acto de presencia la calculadora y se muestra el importe total. Una ceja se levanta y vuelve a bajar. El margen de negociación es tan estrecho como el de los beneficios.

Los pasillos se extienden hasta donde alcanza la vista: una geometría rigurosa que contradice el aparente desorden de las mercancías. Parasoles y paraguas alineados como un colorido ejército, rollos de papel de regalo apilados hasta el techo, cientos de miles de perchas, copas doradas listas para premiar anónimas victorias, pins del Fútbol Club Barcelona, llaveros con la Torre Eiffel, imanes con el puente Golden Gate de San Francisco, joyas de Christian Dior o Yves Saint Laurent (falsas) y hasta autos de choque. Otro pasillo luce el sobrio cartel (en inglés) de “Proveedores religiosos”: budas de escayola, vírgenes doradas, figuras de santa Bernadette de Lourdes con un depósito para el agua bendita… También lo sagrado se mide en palés.

Hay pocos sitios donde poder comer. Algún puesto de bebidas, gente comiendo tallarines de pie, café soluble tibio… Nada invita a hacer una pausa: el mercado no es lugar para socializar. Algo más arriba, en las plantas intermedias, algunos estands parecen casi vacíos. Solo exponen algunas muestras cuidadosamente alineadas. A menudo son los de las firmas más consolidadas, para las cuales lo esencial no sucede aquí, sino en un almacén o un taller situado en las afueras. Ya en la cuarta planta, el ambiente cambia. Entramos en el espacio de las fábricas. Hay relojes que se ensamblan aquí mismo, en medio de cajas de cartón abiertas y con los componentes repartidos por el suelo. Aquí, la variedad de mercancías de las plantas inferiores da paso a la repetición. La diferencia entre distribuidor y venta directa de fábrica se torna visible: el primero escenifica la abundancia; la segunda exhibe la serie.

Fuera, la ciudad prolonga la lógica de los pasillos del mercado, solo que a cielo abierto. Sus calles no se vacían nunca. Camiones, furgonetas, triciclos de reparto o motocicletas son cargadas —o sobrecargadas— en un ir y venir de cajas, fardos y rebosantes bolsas de plástico transportadas de un extremo a otro de la ciudad. Los flujos de mercancías unen las fábricas a los estands, los estands a los almacenes, los almacenes a las áreas de flete. En las grandes vías, camiones con las siglas DHL se cruzan con vehículos anónimos repletos hasta los topes. En los vestíbulos de los hoteles se acumulan los paquetes, en espera de que los metan en la bodega de un avión para ser enviados a alguna tienda de barrio a miles de kilómetros de allí. En las calles, vallas publicitarias alaban las virtudes de una cinta adhesiva que aquí también tiene derecho a su poco de publicidad.

La ciudad ostenta su internacionalismo sin veleidades folclóricas. Un despacho de forwarders o “transitarios” —los encargados de organizar el transporte de las mercancías allende los océanos— anuncia sus servicios en cirílico junto a un rótulo en árabe y en medio de paneles de información redactados en un inglés estrictamente utilitario. A la hora de las comidas, los efluvios de shisha se mezclan con los del ramen, el arroz con especias o las parrillas. Una mezquita nos recuerda que esta ciudad no es solo un lugar de paso. Cerca de 18.000 comerciantes extranjeros (3) viven en ella. Tal es su número que la localidad se ha equipado con escuelas internacionales y servicios pensados para los no chinos. Pero aquí no se ve ni rastro del distinguido cosmopolitismo de los expats de Nueva York, París, Barcelona, Milán o Shanghái. Uno no elige Yiwu: aquí se viene por necesidad.

Al caminar por los barrios adyacentes al mercado, a la ciudad se la oye antes de verla. Ruidos de maquinaria se filtran por las ventanas abiertas: un martilleo regular, sordo y obstinado. “La ventaja de este lugar es que todo está aquí mismo, justo al lado”, nos explica un comerciante. En Yiwu, la cadena es casi continua: desde la materia prima hasta el producto final, listo para ser expuesto, todo se encuentra en un radio reducido. Los talleres son modestos —40 o 50 personas—, pero omnipresentes.

Llegamos a una calle poblada de principio a fin de talleres textiles. Los telares giran sin descanso, robustos, ruidosos: nada que ver con los modelos más modernos. Los restos de hilo se acumulan y llegan a invadir la acera. Entre las bobinas de telas coloreadas se adivinan tonos andinos y estampados con motivos africanos. Algo más lejos, el ruido cambia y se vuelve seco: es el de las fábricas de cremalleras y cordones de calzado. Trabajo en la planta baja, vida privada en los pisos superiores. Ventanas enrejadas tras las cuales se seca la colada. Sonido de televisores que parecen no apagarse nunca. Hay un hornillo delante de una puerta y, sobre él, una cazuela con arroz, verduras y un huevo. Aquí se come deprisa y sin detener las máquinas. Hasta el vendedor de tabaco tiene uno en la trastienda “para cuando no hay clientela”.

En uno de estos talleres nos encontramos con Gao, de 42 años. Aquí tejen unas treinta personas, muchas de ellas miembros de su familia. “En Yiwu es muy fácil crear una fábrica —dice—. Te compras tres máquinas, a veces de ocasión, alquilas un piso y empiezas. La normativa es permisiva. Para estructuras como la nuestra, los impuestos son muy bajos, a veces inexistentes. De lo contrario, nadie aguantaría”. Los telares son sencillos: “No son los más rápidos, pero podemos repararlos nosotros mismos”. La organización es familiar, y los horarios, flexibles. En ello reside la competitividad de los talleres pequeños: reactividad comercial, costes escasos y capacidad para dar respuesta a pedidos reducidos.

Algo más lejos, a cerca de 70 kilómetros de Yiwu, se encuentra la entrada a Datang, un subdistrito del municipio de Zhuji especializado en la producción de calcetines. Cuenta con cerca de 8000 empresas que van del microtaller familiar a la pequeña fábrica. En las calles, monótonas, se suceden los talleres, cuyos carteles se limitan a mostrar un simple número. “Esto es para África —nos explica nuestro guía mostrándonos un par de calcetines—. Algodón, sin más”. Agarra otro par: “Europa. Normas distintas”. Un tercero: “Deportivos. Más caros”. Datang no se limita a fabricar un objeto, sino todas sus variantes, desde la gama más baja al producto más avanzado.

En Yiwu, las sucursales del Bank of China están menos presentes que en otras partes del país y los servicios financieros adquieren formas más difusas: a menudo están integrados en la actividad de los transitarios, los agentes comerciales o los corredores locales, y recurren a un mosaico de mecanismos en los límites de la legalidad. Los pagos en China no tienen tanto de mera operación bancaria como de un conocimiento práctico transnacional forjado en los márgenes de la economía. Aquí, las facturas aproximativas, los anticipos no registrados y los pagos parciales en especie son moneda corriente. Se ha desarrollado el recurso a medios de pago alternativos —criptodivisas, compensaciones informales o liquidaciones fuera de los circuitos bancarios clásicos— paralelamente al creciente uso del yuan en las transacciones internacionales. Este desplazamiento no obedece al activismo monetario ni a un rechazo ideológico del dólar, sino al simple pragmatismo comercial, que privilegia el valerse de una moneda disponible, de bajo coste y poco expuesta a las sanciones y las vicisitudes geopolíticas.

Algunos compradores extranjeros puentean las oficinas de cambio de divisas y los controles entregándole a algún intermediario chino que resida también en su país el importe que desean convertir, tras lo cual un asociado suyo les hace entrega, en China, de la suma equivalente en yuanes. Cero transferencias internacionales, cero huellas: en su lugar, confianza, redes familiares y contabilidad paralela. Otros usan Tether (también llamado USDT), una criptomoneda del tipo stablecoin —esto es, cuyo valor equivale al del dólar (4)— bastante extendida en las transacciones sur-sur. El USDT se adquiere por medio de corredores con los que se contacta por WhatsApp o Telegram y se transfiere con facilidad a las fábricas chinas en forma de yuanes.

Esta manera de actuar se inscribe en una evolución más amplia. Desde el inicio de la guerra en Ucrania y las sanciones financieras contra Rusia, muchos comerciantes rusos, muy presentes en Yiwu, ya no pueden realizar transacciones en dólares o euros, de modo que actualmente realizan sus liquidaciones en yuanes o en criptodivisas, lo que ha contribuido a que se vea como una práctica corriente. Y los vendedores chinos se adaptan sin remilgos. Aceptar esos modos de pago significa conservar los volúmenes de negocio; rechazarlos equivale a perder un cliente. Desde la etiqueta sin geografía hasta sus flujos sin huellas, Yiwu presenta una globalización que siempre está ajustando sus herramientas.

NECESITAMOS TU APOYO

La prensa libre e independiente está amenazada, es importante para la sociedad garantizar su permanencia y la difusión de sus ideas.¡Suscríbete!¡Haz una donación solidaria!

(1) “Evolving purchase of Yiwu’s Xmas merchandise”, China Daily, Pekín, 20 de noviembre de 2024.

(2) Cf. la página web de Yiwu China Small Commodity Index, supervisada por el Ministerio de Comercio y creada por el Gobierno popular de Yiwu.

(3) “‘World’s supermarket’ eyes thriving prospects amid trade uncertainties”, Xinhua, 22 de mayo de 2025.

(4) Véase Frédéric Lemaire y Dominique Plihon, “Los dos destinos de las criptomonedas”Le Monde diplomatique en español, septiembre de 2025.

Maëlle Mariette

Periodista.

Deja un comentario

Acerca de

Writing on the Wall is a newsletter for freelance writers seeking inspiration, advice, and support on their creative journey.