Gaceta Crítica

Un espacio para la información y el debate crítico con el capitalismo en España y el Mundo. Contra la guerra y la opresión social y neocolonial. Por la Democracia y el Socialismo.

Tras las huellas de Gramsci: de Chicago a Turín, al descubrimiento de los lugares de la hegemonía

Marshall Pierce (Espai Marx, sobre Gramsci), 14 de Mayo de 2026

Como viejo adepto de Antonio Gramsci —de quien hice mío el lema, tomado de Romain Rolland: «pesimismo de la inteligencia, optimismo de la voluntad»—, y cuyas obras aún no he agotado de leer después de 50 años, no pude resistir la tentación de traducir los dos textos que siguen. Son obra de un joven doctorando de Chicago, Marshall Pierce, que lleva un diario de su investigación, la cual lo ha llevado de Chicago a Turín, pasando por París. Desde ese Chicago que, antes de ser la ciudad de Al Capone, fue la de los anarquistas de Haymarket y los wobblies de la IWW, hasta el Turín que fue el de los consejos obreros de hace más de un siglo, pasando por el París de la Comuna, este camino parece casi natural. Marshall se pregunta por el sentido del concepto más citado, menos conocido y más manido de Gramsci: la hegemonía (cultural). Recuperada por los pensadores estrella de la Nueva Derecha francesa (Alain de Benoist a la cabeza), esta “palabrota”, como dicen en Marsella, se convirtió en un cliché mediático tras su uso por parte de Sarkozy, a sugerencia del escritor y columnista Patrick Buisson, durante la campaña electoral de 2007*, seguido dos semanas más tarde por Jean-Marie Le Pen**. Nueve años después, el candidato Macron lanzará su “movimiento con veleidades hegemónicas” En Marche en nombre del «optimismo de la voluntad».

La vulgata mediática contemporánea querría ver en las diatribas de Trump en su mal llamada Truth (A)Social, signos indudables de una hegemonía cultural, lo que denota una ignorancia total del enfoque gramsciano, en cuya profundidad los bocazas político-mediáticos nunca se han molestado en sumergirse, so pena de ahogarse. Lejos del ruido de los teclados, Marshall Pierce se ha embarcado en un viaje a las fuentes del pensamiento gramsciano y de la práctica obrera, in situ. Así, ha comenzado a cartografiar los lugares de la hegemonía cultural, que no se refiere únicamente al ámbito discursivo, sino que se inscribe en la materialidad de las prácticas sociales. ¡Que disfruten la lectura! –FG, Tlaxcala

* «En el fondo, hice mía la análisis de Gramsci: el poder se gana con las ideas». Sarkozy, Le Figaro, 17 de abril de 2007

** «Fue el escritor comunista Antonio Gramsci quien escribió: las victorias ideológicas preceden a las victorias electorales». Jean-Marie Le Pen, 1 de mayo de 2007

Fausto Giudice

La ubicación de la hegemonía

Cartografiando una ciudad obrera: Turín, 1919–1922

Habrán notado que he estado mayormente inactivo en Substack durante el último mes. Eso es porque actualmente estoy en Italia realizando investigación de archivo para mi tesis doctoral, lo que ha estado ocupando la mayor parte de mi tiempo. Durante los últimos días, he estado en la Fondazione Istituto Piemontese Antonio Gramsci en Turín, leyendo los papeles de obreros y militantes de base que estuvieron al frente del socialismo italiano en los años anteriores al ascenso del fascismo.

Este tipo de material – cartas personales, memorandos laborales, documentos sindicales – permite ver un movimiento desde adentro: como algo construido día a día por gente común. Y el movimiento socialista de este período merece ser revisado, ya que planteó en términos inusualmente concretos una pregunta que todavía confronta a la izquierda: ¿cómo puede la gente común organizarse en una fuerza capaz de transformar la sociedad?

Esta publicación no pretende ser un précis de mi investigación doctoral, pero unas breves palabras sobre el proyecto más amplio ayudarán a contextualizar lo que estoy haciendo aquí en Turín.

Mi tesis se centra en el trabajo temprano de Antonio Gramsci – el joven periodista y organizador, aún no el “teórico” canónico – como parte de un esfuerzo más general para pensar la relación entre hegemonía, práctica política y forma organizativa.1
Sostengo que la construcción de la hegemonía no ocurre estrictamente – o incluso principalmente – a nivel del discurso, sino que depende de cómo se organizan las relaciones sociales a través de espacios concretos y en las prácticas cotidianas. Este argumento tiene implicaciones tanto teóricas como prácticas: construir hegemonía no es, o no solo, cambiar la forma en que la gente piensa, sino estructurar el espacio social para fomentar las aptitudes, inclinaciones y relaciones que hacen que una clase subalterna sea capaz de autonomía y autogobierno.2

En apariencia, es una afirmación bastante abstracta. Pero mi método de demostración es histórico. La tesis se dirige al movimiento socialista en el que Gramsci se formó como organizador a finales de la década de 1910, con un enfoque particular en los consejos obreros turineses: instituciones de autogobierno proletario que Gramsci y sus aliados defendieron en los años que se conocieron como el “Biennio Rosso”, el bienio rojo de 1919 y 1920.

El crisol de los consejos turineses, sostengo – desde su ascenso en 1919 hasta su colapso en 1921 y el ascenso del fascismo en 1922 – dramatiza el proceso a través del cual un proyecto hegemónico incipiente puede ser construido, consolidado y rápidamente deshecho.3

Fascistas queman documentos frente a la Cámara de Trabajo de Turín en diciembre de 1922

Educación política “desde abajo”

La investigación de archivo que he estado haciendo en Turín se conecta con un capítulo que estoy escribiendo sobre las dimensiones pedagógicas de los consejos obreros. En sus Cuadernos de la cárcel, Gramsci argumentó que “toda relación de hegemonía es necesariamente una relación pedagógica” – una frase que los estudiosos de la teoría gramsciana de la hegemonía citan habitualmente.4
Sin embargo, aunque parezca sencilla, esta evocadora afirmación sigue siendo esquiva mientras la expresión “relación pedagógica” no esté definida. ¿Qué era exactamente una “relación pedagógica” para Gramsci?

Mi hipótesis de trabajo es que los consejos obreros turineses de 1919-1921 fueron sitios experimentales en los que se elaboró una comprensión distintivamente gramsciana de la pedagogía. Si esto es así, entonces los consejos obreros arrojarían luz sobre la comprensión gramsciana de la hegemonía como tal.

Esto, sin embargo, es solo una hipótesis. Y aquí es donde entra en juego la investigación de archivo.

Construir hegemonía no es – o no solo – cambiar la forma en que la gente piensa, sino cultivar las aptitudes, inclinaciones y relaciones que hacen que una clase sea capaz de liderazgo, autonomía y autogobierno.

De hecho, la mayoría de los académicos estarían de acuerdo en que Gramsci y sus interlocutores en el movimiento socialista turinés entendían los consejos obreros como espacios educativos. Después de todo, el propio Gramsci hizo este punto repetidamente a lo largo de 1919 y 1920. En uno de sus artículos más conocidos del período, Gramsci saludó a los incipientes consejos obreros como “magníficas escuelas de experiencia política y administrativa”. Y sin embargo, a pesar del amplio consenso de que los consejos obreros desempeñaban una función pedagógica, he descubierto muy pocas fuentes que detallen cómo lo hacían.

Al consultar los archivos, entonces, mi objetivo es aclarar cómo era exactamente la educación política en el contexto de los consejos obreros. ¿Qué prácticas concretas facilitaban la educación de los trabajadores? ¿Cuál era la forma de la “relación pedagógica” encarnada en los consejos? ¿Y cómo estaba estructurada esa relación para inclinarse hacia una política de emancipación social, o lo que los militantes del movimiento obrero turinés llamaban “autonomía popular”?

En consonancia con el impulso de la tesis, hay un argumento más amplio sobre la hegemonía en juego: en lugar de tratar la hegemonía como un fenómeno puramente ideológico o discursivo, mi objetivo en el capítulo es subrayar cómo la hegemonía se forja a través de instituciones que cultivan capacidades políticas – juicio, liderazgo y habilidades organizativas – entre los miembros de una clase (potencialmente) ascendente.

Tarjeta de membresía de un Círculo de Educación Socialista gestionado por trabajadores (1920)

Hasta ahora, no he encontrado documentos decisivos en los archivos. Pero esto no es tan sorprendente, dado que la mayor parte de lo que estoy haciendo en este momento es fotografiar materiales: desde folletos de registro sindical y archivos organizativos hasta cartas y memorias manuscritas que reflexionan sobre el movimiento de consejos, que muchos participantes escribieron en la década de 1950. Realmente examinar este material llevará bastante tiempo.

Por lo que he hojeado hasta ahora, sin embargo, una cosa ya ha quedado clara: el propio Gramsci no era ni un observador externo ni un “teórico” distante del movimiento obrero – y mucho menos se consideraba a sí mismo un “maestro” con los trabajadores como “alumnos”. Como recordó Giovanni Parodi – un metalúrgico de FIAT durante el Biennio Rosso que más tarde se convirtió en partigiano y, después de la caída del fascismo, Secretario General de la Federación Italiana de Metalúrgicos (FIOM) – en una memoria mecanografiada fechada en 1956:

Gramsci pasaba muchas horas entre nosotros los trabajadores, nos hacía preguntas, escuchaba nuestras preocupaciones, buscaba comprender nuestras aspiraciones y lo que pensábamos sobre eventos particulares. Una de sus características consistía en su gran modestia – no solo en la vida privada y personal, sino sobre todo en la esfera intelectual. Con quienquiera que hablara, nunca mostraba ninguna ostentación de alguien que sabe muchas cosas. Su costumbre era escuchar con calma y paciencia, sin interrumpir, y con gran atención. Solía decir: “Tengo mucho que aprender de los trabajadores”. Cada vez que encontraba en [el periódico de Gramsci] L’Ordine Nuovo algo que correspondía al pensamiento y las aspiraciones de los trabajadores, Gramsci respondía: “Fuiste tú quien me proporcionaste la materia prima”. Nunca se negó a hablar o escuchar a los trabajadores, fueran quienes fueran y cualquiera que fuera el tema que plantearan. Gramsci era la verdadera figura de un intelectual que, habiendo vivido la vida de la clase trabajadora – sus luchas, su miseria económica, su posición social – se había, en el sentido más pleno de la palabra, proletarizado.5

Relatos similares de la actitud modesta y solidaria de Gramsci son numerosos en el volumen Gramsci Vivo (Feltrinelli, 2010), que recoge testimonios de trabajadores turineses que lucharon junto a él en la década de 1910. Sin embargo, por conmovedoras que sean estas reflexiones, hacen poco por aclarar las dinámicas pedagógicas concretas de los consejos obreros turineses – que es lo que finalmente busco.

La violencia del fascismo consistió no solo en el desmembramiento físico del movimiento obrero, sino también en el intento de desarmarlo de su memoria e historia.

Si bien más investigaciones en los archivos ciertamente podrían revelar material para este fin, también es posible que no encuentre nada. Muchos de los documentos asociados con el movimiento obrero del Biennio Rosso fueron destruidos por los fascistas durante la Masacre de Turín de diciembre de 1922 – cuando la Cámara de Trabajo y la sección local del Partido Socialista fueron saqueadas e incendiadas. Por sí solo, eso es un poderoso recordatorio: la violencia del fascismo consistió no solo en el desmembramiento físico del movimiento obrero, sino también en el intento de desarmarlo de su memoria e historia.

Memoria de Giovanni Parodi de 1956 sobre Gramsci [Fipag / Parodi / b. 1 / fascc. 4]

Infraestructuras asociativas

Junto al trabajo de archivo, he pasado mucho tiempo caminando por las calles de Turín, tratando de reconstruir la ecología organizativa – y el paisaje físico – del movimiento socialista durante este período. Ese paisaje importa, porque uno de los movimientos centrales de mi tesis es poner en primer plano las dimensiones espaciales y corporizadas de la vida política.

Lo que se está volviendo claro, mientras deambulo por las calles de Turín, es lo estrecho que estaba el tejido asociativo del movimiento obrero aquí. Ese movimiento gravitaba en torno a una serie de instituciones centrales: la Cámara de Trabajo local, la Alianza Cooperativa Turinesa (ACT), los principales sindicatos como la Federación Italiana de Metalúrgicos (FIOM) y, por supuesto, la sección local del Partido Socialista Italiano (PSI). Entre estos órganos formales corría un amplio tejido conectivo, que incluía la prensa socialista – el diario del PSI Avanti! y la revista semanal L’Ordine Nuovo, fundada por Gramsci en 1919 – y una red de circoli (círculos) gestionados por trabajadores, a menudo organizados en torno a la lectura, la discusión y la educación política.

Si bien el material de fuentes secundarias ya me había familiarizado con cada uno de estos nodos antes de mi llegada a Turín, no fue hasta que comencé a buscar direcciones en los archivos y a salir a pie para localizarlas que me di cuenta de lo profundamente interconectadas que estaban estas instituciones. De hecho, muchas de ellas no solo estaban funcionalmente vinculadas, sino físicamente próximas, a menudo compartiendo los mismos edificios u ocupando direcciones vecinas en la misma manzana.

El edificio en la esquina de Via Micca y Via XX Settembre albergaba una farmacia cooperativa de la ACT desde 1907

A medida que empiezo a reconstruir el paisaje, dos direcciones surgen como particularmente significativas.

Una era Corso Siccardi 12. Este edificio albergaba no solo la Cámara de Trabajo y la Alianza Cooperativa Turinesa (ACT), sino también la sección local del PSI; parece, además, que fue el sitio donde se imprimía L’Ordine Nuovo – y, presumiblemente, Avanti!. La concentración de actividad socialista en esta dirección la convirtió en un objetivo importante de la violencia fascista, y en diciembre de 1922 fue casi totalmente destruido por un ataque fascista.

En los años posteriores a la Primera Guerra Mundial, Turín fue el hogar de un ambiente obrero en el que una parte significativa del proletariado fabril se había organizado activamente en líneas socialistas y comunistas.

A poco más de un kilómetro de distancia, Corso Siccardi 12 encontraba su complemento en Via dell’Arcivescovado 3, en la esquina con Via XX Settembre. Esta era la oficina conjunta tanto de Avanti! como de L’Ordine Nuovo – y, como dejan claro muchas memorias en Gramsci Vivo, el edificio era mucho más que un simple espacio de trabajo. Era más bien un lugar de encuentro crucial para trabajadores y militantes, que entraban y salían constantemente de las oficinas de L’Ordine Nuovo. Y con el ascenso de la violencia fascista en 1921, el edificio se convirtió en una especie de búnker fortificado para los socialistas de la ciudad. Vincenzo Bianco, un obrero fundidor, recordó:

La puerta en Via XX Settembre era pequeña, y además la habíamos bloqueado con una caja de madera llena de piedras. Los que necesitaban entrar se veían obligados a pasar uno a la vez; dos personas lado a lado no podían pasar. Para protegernos de posibles ataques desde los tejados – por difíciles que hubieran sido – habíamos construido una pequeña torreta en la que se instaló una ametralladora. Teníamos rifles y pistolas, y todos éramos voluntarios – trabajadores que habían sido despedidos de las fábricas, y algunos, como yo, con órdenes de arresto pendientes y por lo tanto buscados por la policía. Pero todos estábamos decididos a defender nuestro periódico [L’Ordine Nuovo]. Las armas se mantenían escondidas en un lugar muy cercano, al alcance de la mano. Por las noches, los turnos de guardia también los realizaban voluntarios externos que venían de las fábricas.6

Desde las oficinas del periódico en Via dell’Arcivescovado 3, solo había un corto paseo hasta la residencia de Gramsci en Via San Massimo, adyacente a lo que hoy es la Piazza Carlina.

El edificio en Via dell’Arcivescovado 3 albergaba las oficinas de L’Ordine Nuovo en 1919

Más allá de estos sitios más conocidos, mi trabajo de archivo ha revelado una serie de instituciones que añaden densidad al mapa de la vida social de la clase trabajadora en este período.

En Via Micca 2, por ejemplo, la Alianza Cooperativa Turinesa (ACT) operaba una farmacia desde al menos 1907; y en Corso Stupinigi 9 – hoy, aproximadamente la misma dirección en Corso Turati – la Tipografia Cooperativa, cercana a la ACT, imprimía documentos para la FIOM y otras instituciones obreras. Finalmente, encontré evidencia de dos organizaciones que no había encontrado antes – la Associazione Generale degli Operai (AGdO) y la Federazione Circoli Educativi Socialisti (FCES) – que operaban ambas desde Corso Siccardi 12, la misma dirección que la Cámara de Trabajo y la ACT.

Añadan a estos los veintiocho círculos socialistas gestionados por trabajadores enumerados en una tarjeta de membresía de la FCES de 1920, y lo que emerge no es solo un paisaje institucional denso, sino profundamente politizado. En los años posteriores a la Primera Guerra Mundial, Turín fue el hogar de un ambiente obrero en el que una parte significativa del proletariado fabril se había organizado activamente en líneas socialistas y comunistas.

Tarjeta de membresía de la Federazione Circoli Educativi Socialisti (1920), que enumera los “círculos” socialistas gestionados por trabajadores de Turín

Estaré en Turín otra semana, lo que significa que todavía hay tiempo para algunas visitas más a los archivos, y para algunos paseos más largos trazando los contornos del mundo medio desaparecido que he estado tratando de reconstruir.

Mañana es Primero de Mayo – una festividad de cuño socialista que Turín sin duda celebrará con pompa y circunstancia – y un recordatorio de que la izquierda turinesa no es simplemente una reliquia del pasado. Algunos de los mismos edificios que una vez albergaron imprentas socialistas o instituciones cooperativas ahora llevan un conjunto diferente de inscripciones: grafitis “Free Gaza”, o el omnipresente “Meloni Merda”. Estas pintadas son como capas arqueológicas en las superficies de un paisaje político mucho más antiguo. Lo sorprendente, cuanto más tiempo permanezco aquí, es cuánto de la infraestructura del Biennio Rosso ha desaparecido, y sin embargo cuán legible sigue siendo su huella una vez que sabes dónde mirar.

La historia de la izquierda rara vez ofrece lecciones prefabricadas para el presente. Pero examinar esa historia puede agudizar nuestra comprensión de los problemas contemporáneos. Si la hegemonía es algo que debe organizarse en la textura de la vida cotidiana, entonces la cuestión no es solo qué piensa la gente, sino qué tipo de espacios, prácticas e instituciones hacen que esos pensamientos sean colectivamente realizables y políticamente duraderos. Esa, al menos, es la pregunta que llevaré conmigo cuando regrese a Chicago.

NdA

1– Para otra discusión sobre la hegemonía, echa un vistazo al artículo debajo. Todavía tengo que escribir la continuación.

2 – Este enfoque se opone a una tendencia – especialmente asociada con Ernesto Laclau y Chantal Mouffe – a tratar la hegemonía como un proceso principalmente discursivo. Sin negar la importancia del discurso, sostengo que volver al joven Gramsci saca a la luz cómo la construcción de la hegemonía depende de densas redes de interacción cara a cara, incrustadas en las rutinas de la vida cotidiana y apoyadas por una infraestructura física muy real.

3 – Esto significa que, a diferencia de la mayor parte de la investigación contemporánea sobre los consejos obreros, considero estas instituciones ni como un modelo replicable para la organización emancipatoria ni como un simple avatar del fracaso. En el contexto de mi proyecto, los consejos obreros se convierten en un prisma para desempacar las exigencias, tensiones y límites de la política hegemónica.

4 – Véase Gramsci, Quaderni 10II, §44. Selections from the Prison Notebooks, p. 350.

5 – Fondazione Istituto Piemontese Antonio Gramsci. Fipag / Parodi / b. 1 / fasc. 4.

6 – Véase Gramsci Vivo, p. 33.


Hegemonía después de la hegemonía (1)

Coerción, consentimiento y “coerción muda”

En su libro de 2017 The H-Word [La palabra H, esp. 2020], Perry Anderson observa que “pocos términos son tan conspicuos en la literatura política contemporánea, técnica o polémica, como hegemonía”. Y sin embargo, como con la mayoría de las extensiones conceptuales, la difusión de la hegemonía no ha estado acompañada de claridad: “a través de dos milenios”, sostiene Anderson, “el término ha alterado su uso y desplazado su terreno muchas veces”, dejándolo “perseguido por la ambigüedad”.1

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Tanto en su “conspicuidad” como en su espectral “ambigüedad”, la suerte de la hegemonía parece reflejar la de su más querido teórico moderno – Antonio Gramsci – cuyo prominente lugar en la teoría social y política no va acompañado del tipo de consideración cuidadosa que un estatus canónico suele exigir. Como Anderson ya había notado en la década de 1970, la recepción de Gramsci “no fue acompañada por una profundidad de investigación correspondiente en su obra”, por lo que los escritos de Gramsci han sido “quizás más referenciados que realmente leídos”.2

Cuarenta años después, Peter Thomas (2011) podía lamentar el mismo problema: la “reputación” de Gramsci “no ha asegurado necesariamente reconocimiento”, o un “análisis textual cercano y evaluación de su pensamiento”.3
Así, el “enigmático marxista sardo” comparte el destino de su “concepto insignia” – hegemonía – cuya proliferación parece vinculada a la imprecisión. Como dijo Anderson de Gramsci: “el precio de una admiración tan ecuménica es necesariamente la ambigüedad”.4

Mi objetivo aquí no es tanto disipar esta ambigüedad como desempaquetar un importante desacuerdo entre Perry Anderson y Peter Thomas sobre el significado de la hegemonía – un desacuerdo que considero tanto difícil como esclarecedor. Al hacerlo, no pretendo “resolver” el significado de la hegemonía; eso no sería ni posible ni deseable. Mi objetivo es simplemente pensar a través de las complejidades de una categoría cuya ubicuidad la ha hecho tanto poderosa como difícil de manejar, indispensable e imprecisa, y luego considerar cómo los debates recientes en torno a la “dominación impersonal” y la “coerción muda” bajo el capitalismo se relacionan o chocan con el concepto de “política hegemónica”.

En esta primera entrega, reconstruiré la visión de Anderson con miras a algunas de sus fallas – así como a sus fortalezas. En mi próxima publicación, expondré la crítica de Thomas, evaluaré los puntos finos del desacuerdo y enmarcaré cómo estoy pensando todo esto en relación con trabajos más recientes sobre la teoría marxista estructural.

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Hegemonía y sus “antinomias”

Un buen punto de partida es el ensayo clásico de Perry Anderson, Las antinomias de Antonio Gramsci (orig. 1976, esp. Barcelona, 1981), un texto que indexó y estructuró la recepción de Gramsci en la Nueva Izquierda anglófona. Junto al trabajo formativo de Louis Althusser, las Antinomias de Anderson proporcionaron una plantilla para lo que Thomas llama “la ‘imagen general de Gramsci’ que finalmente prevalecería en la academia y la ‘cultura intelectual’ más amplia”.5
Así, si operamos con una comprensión tácita de lo que significa la hegemonía en la teoría social, esta comprensión es probablemente algo así como la de Anderson.

El movimiento general en el argumento de Anderson es interpretar la hegemonía como una categoría “genérica” del poder político. Esto significa que nombra un conjunto de posibilidades o estrategias que cualquier grupo social puede, en principio, perseguir. La hegemonía es en este sentido análoga a otras categorías, como “dominación”: mientras que un grupo social puede tener un monopolio relativo sobre la dominación en cualquier instancia dada, nada en principio impide que los roles se inviertan. Así como cualquier grupo social puede, en principio, dominar a otro, cualquier grupo social puede, en principio, perseguir la hegemonía. Dominación y hegemonía son en este sentido análogas.

La analogía, sin embargo, se detiene ahí. Para Anderson, la hegemonía se define crucialmente como la “antítesis” de la dominación – una de una serie de “oposiciones” o “antinomias” derivadas del relato de Gramsci de la política moderna. A través de estas oposiciones, la hegemonía emerge como una categoría inteligible por sí misma: emerge como una “modalidad de gobierno” basada en el “consentimiento” – en lugar de la coerción; es un ejercicio de poder que tiende a desarrollarse dentro de la “sociedad civil” – en lugar de a través del “Estado”; y, debido a que Gramsci creía que la “sociedad civil” era particularmente robusta en las democracias burguesas de Europa occidental, la política hegemónica es un fenómeno típico de “Occidente” – en contraste con “Oriente”. A través de estas antítesis (consentimiento/coerción, sociedad civil/Estado, Occidente/Oriente), Anderson desarrolla un relato conceptualmente claro y analíticamente portable de la hegemonía.6

Consentimiento y liderazgo

En primer lugar, la hegemonía nombra una forma de gobierno que opera principalmente a través del consentimiento activo o pasivo de los grupos subalternos, en lugar de a través de su represión abierta o el ejercicio de la fuerza coercitiva. La intuición aquí es que la estabilidad de un orden social no puede ser explicada por el puro poder físico o militar del grupo dominante: la aceptación del gobierno por parte de los gobernados debe jugar algún papel, y en la medida en que ese papel es descomunal, se puede decir que el grupo dominante es “hegemónico”. Es importante destacar que esto no significa que la coerción desaparezca, sino más bien que retrocede a un segundo plano: la fuerza sigue estando disponible, pero normalmente está subordinada a la persuasión, la integración ideológica y el liderazgo moral. En este sentido, la hegemonía desplaza o eclipsa la violencia, pero no la erradica. Nombra un modo de poder político que “descansa” en la aceptación, de modo que el poder se ejerce de manera oblicua, a través del “liderazgo” en lugar del “mando”.7

El concepto de liderazgo es crucial aquí, porque ayuda a distinguir la hegemonía de algo así como lo que Noam Chomsky llamaría “consentimiento fabricado”. Para Chomsky, los gobiernos supuestamente liberales o democráticos tienden a mantenerse a través de la desinformación, los medios capitalistas y la ideología jerárquica, que subyugan o difunden eficazmente la contestación u oposición interna. Esto puede estar relacionado con la hegemonía, pero para Anderson, no es lo mismo.

Esto se debe a que, aunque la hegemonía es invocada para explicar la estabilidad del “poder de la clase dominante en las democracias burguesas”,también está destinada a cubrir las relaciones entre grupos sociales que están aliados, no en conflicto. Para Gramsci, el ejemplo paradigmático es la relación entre las clases trabajadoras urbanas y el liderazgo jacobino de la Revolución Francesa en su fase más radical (1792-1793). En el relato de Gramsci, los jacobinos lideraban a las clases trabajadoras, y las clases trabajadoras consentían ese liderazgo, pero este no era precisamente un caso de consentimiento “fabricado” en el sentido de Chomsky. Más bien, los jacobinos formaron una genuina alianza con las clases trabajadoras, y hábilmente – pero no falsamente – articularon esta alianza en términos de un proyecto común: la lucha revolucionaria por la libertad, la igualdad y la fraternidad.

La hegemonía cubre una serie de relaciones que mantienen unidas formas relativamente consensuales de cooperación entre grupos sociales, siempre que esos grupos puedan distinguirse más o menos claramente como “líderes” y “seguidores”.

La interpretación por Gramsci de estos eventos está conectada a una comprensión tácita – aproximadamente marxiana – de los intereses. Llama a los intereses de cualquier grupo dado intereses “económico-corporativos”, y en este sentido, los intereses “económico-corporativos” del liderazgo jacobino y los de las clases trabajadoras urbanas no eran los mismos: el Club Jacobino estaba compuesto principalmente por profesionales educados y propietarios de tierras.

Lo que fue notable en el contexto revolucionario francés, para Gramsci, fue la forma en que la hegemonía de los jacobinos emergió mientras aflojaban su apego a toda la gama de sus intereses “económico-corporativos”, construyendo una agenda que reflejaba y absorbía algunos de los intereses “económico-corporativos” de las clases trabajadoras urbanas. Una vez establecida esta alianza entre clases, sugiere, la Revolución pasó de una etapa “económico-corporativa” – la lucha de un grupo de élites relativas dentro del Tercer Estado – a una etapa “hegemónica”, articulada como la lucha de la “nación” en su conjunto.

Desde esta perspectiva, la hegemonía cubre una serie de relaciones que mantienen unidas formas relativamente consensuales de cooperación entre grupos sociales, siempre que esos grupos puedan distinguirse más o menos claramente como “líderes” y “seguidores”. Como veremos, la crítica de Thomas a Anderson saca a la luz la curiosa forma en que Gramsci parece menos interesado de lo que esperaríamos en distinguir las relaciones hegemónicas “buenas” (el liderazgo del partido jacobino, o el liderazgo del proletariado ruso durante la Revolución de Octubre) de las relaciones “malas” (las que estabilizan las relaciones sociales capitalistas bajo la democracia burguesa).9

Sociedad civil y cultura

Anderson subraya que construir y mantener la hegemonía tiene mucho que ver con la presencia de lo que los sociólogos llaman “instituciones intermedias”. En la Revolución Francesa, estas instituciones incluían la prensa, así como el enorme número de clubes políticos, reuniones regulares y asambleas improvisadas en las que circulaban tanto las clases trabajadoras urbanas como el liderazgo jacobino. En contextos no revolucionarios, incluyen la densa red de instituciones más o menos formales – la prensa, los partidos políticos, las escuelas e iglesias, los sindicatos, las asociaciones culturales y las organizaciones privadas – que se interponen entre los individuos y “el aparato estatal”.10
En cualquier caso, la hegemonía se configura como una forma de poder cuyos canales privilegiados pasan a través de la “sociedad civil”, en lugar de a través del “Estado”.11

El pensamiento básico aquí es que es sobre este terreno asociativo donde se organiza y estabiliza el consentimiento, a medida que los grupos sociales se unen a través de prácticas de educación, edificación moral y cultivo ideológico. En contraste con la “sociedad civil”, el Estado propiamente dicho aparece como el sitio donde la coerción se concentra y codifica, en forma de ley, poder policial y fuerza militar. La hegemonía presupone, por tanto, una autonomía relativa de la sociedad civil con respecto al Estado: es solo donde la vida social no es absorbida inmediatamente por el “mando” político que el “liderazgo” puede ejercerse a través de la persuasión y la cooperación en lugar de mediante la fuerza coercitiva.

Una de las consecuencias más importantes de esta perspectiva es que efectúa un desplazamiento en el campo de la estrategia política. Si el poder político está en cierto sentido “basado en” relaciones de consentimiento organizadas fuera del Estado,12 se deduce que este dominio de relaciones debería ser el objetivo de las intervenciones de los grupos que buscan transformar el orden social o político. En otras palabras, la “lucha de clases” no debe apuntar solo a la toma del poder estatal, sino que también debe insertarse en una serie prolongada de intervenciones dentro de la sociedad civil – lo que Gramsci llamó una “guerra de posición” – donde se forjan alianzas, se consolidan visiones del mundo y la autoridad se vuelve inteligible como sentido común.13 Especialmente en contextos percibidos como no revolucionarios (por ejemplo, “Occidente” durante la mayor parte del siglo pasado), la “guerra de posición” se convierte en una estrategia a través de la cual se puede construir gradualmente la “contrahegemonía”.

Para Anderson, la hegemonía es una forma “genérica” de poder político basada en el consentimiento y anclada en las instituciones de la sociedad civil.

En resumen, el ensayo de 1971 de Anderson desarrolla sistemáticamente un relato de la hegemonía que, para muchos de nosotros, es al menos algo familiar. La hegemonía es una forma “genérica” de poder político basada en el consentimiento y anclada en las instituciones de la sociedad civil.

Esto implica, finalmente, que la hegemonía está profundamente vinculada a la “supremacía cultural” del grupo social “hegemónico” – de modo que lo que aparece como “sentido común” es ampliamente compatible con los intereses “económico-corporativos” de este grupo. Desde esta perspectiva, los “intelectuales” en el sentido más amplio – no solo académicos, periodistas y personalidades de los medios, sino también líderes políticos, culturales y religiosos – juegan un papel clave en la elaboración y mantenimiento de la hegemonía. Como dice Anderson, los intelectuales “median la hegemonía” del grupo que representan sobre otros grupos sociales, “a través de los sistemas ideológicos de los cuales los intelectuales son los agentes organizadores”.14

La imagen resultante de la política privilegia la lucha ideológica en la “sociedad civil” sobre el enfrentamiento abierto con el Estado. Para Anderson, entonces, Gramsci proporciona una base teórica para las estrategias posteriores de gradualismo socialista, expresadas paradigmáticamente en la ola de “eurocomunismo” reformista de la década de 1970. A mediados de esa década, el notable descubrimiento de Anderson fue haber encontrado en Gramsci tanto una anticipación como un andamiaje autoritativo para la Nueva Izquierda postmarxista – que desplazaría la lucha revolucionaria con “intervenciones” de orden fundamentalmente “cultural” y “discursivo”.

Revolución después de la hegemonía

Como recordarán aquellos familiarizados con el ensayo de Anderson, de ninguna manera refleja una celebración de esta imagen de la política. Por el contrario, Anderson trata el hecho de que Gramsci privilegie la lucha ideológica en la sociedad civil como un síntoma de una “confusión” real sobre la naturaleza del “poder de la clase burguesa”.15

Por un lado, argumenta, la reducción de la estrategia revolucionaria a una “guerra de posición” corre el riesgo de disolver la política revolucionaria en un programa de transformación cultural y moral – finalmente desvinculándola del objetivo de una verdadera ruptura con las relaciones sociales capitalistas. (En la década siguiente a la publicación de las Antinomias de Anderson, esta preocupación daría frutos en el trabajo de Laclau y Mouffe). Por otro lado, Anderson argumenta que el riesgo más serio es que el marco de Gramsci permita que el núcleo coercitivo del poder capitalista quede fuera de vista. Por densas que sean las redes de la sociedad civil, el Estado burgués sigue siendo, en última instancia, un aparato armado de represión que no puede disolverse solo mediante la persuasión. Desde esta perspectiva, cualquier proyecto revolucionario debe contar con el carácter necesariamente repentino y violento de las situaciones revolucionarias – en las que la velocidad, la audacia y la fragmentación del aparato represivo del Estado se vuelven decisivas.16

Por densas que sean las redes de la sociedad civil, el Estado burgués sigue siendo un aparato armado de represión que no puede disolverse solo mediante la persuasión.

La lectura de Gramsci por parte de Anderson – y su influyente relato de la hegemonía, en particular – actúa en última instancia como una pantalla sobre la cual puede proyectar su propio proyecto político más transparentemente “revolucionario”: la “guerra de posición” nunca podrá eclipsar por completo la “guerra de maniobra”, a menos que el horizonte de la revolución sea definitivamente abandonado. Pero esto plantea una pregunta importante: ¿es el relato de Anderson de la hegemonía tan convincente como se ha asumido? Esta pregunta importa no solo desde la perspectiva relativamente trivial de la exégesis gramsciana – si Anderson acierta con Gramsci – sino porque un relato alternativo de la hegemonía podría revelar posibilidades estratégicas que la lectura “antinómica” de Anderson empuja fuera de la vista.

NdA

1– Perry Anderson, The H-Word, vii, 180.

Perry Anderson, The Antinomies of Antonio Gramsci, 5.

3Peter Thomas, The Gramscian Moment, xvii.

4Anderson, ibid.

Thomas, ibid., xix.

– En lo que sigue, me centro en consentimiento/coerción y sociedad civil/Estado. Aunque interesante por sí misma y extremadamente importante para Gramsci desde la perspectiva de la estrategia revolucionaria, examinar la oposición Occidente/Oriente abriría una lata de gusanos innecesaria. Baste decir que, a todos los efectos prácticos, “Oriente” en este contexto significaba: la Rusia prerrevolucionaria. El relato de Gramsci de la hegemonía debe leerse en el contexto de los debates entre los comunistas de Europa occidental sobre los resultados divergentes de la Revolución de Octubre y los movimientos revolucionarios fallidos que barrieron Europa occidental entre 1917 y 1920.

7– Anderson, ibid., 41, 21.

– Ibid., 7.

– Por su parte, Anderson cuestiona la correspondencia estructural que Gramsci parece establecer entre el proletariado en la lucha contra el capitalismo y el liderazgo jacobino de esa revolución “burguesa” arquetípica – la francesa: “es importante recordar el conocido principio marxista de que la clase obrera bajo el capitalismo es intrínsecamente incapaz de ser la clase culturalmente dominante, porque está estructuralmente expropiada por su posición de clase de algunos de los medios esenciales de producción cultural – educación, tradición, ocio – en contraste con la burguesía de la Ilustración, que podía generar su propia cultura superior dentro del marco del Ancien Régime. … Mientras que la falta de correspondencia estructural entre las posiciones de la clase burguesa dentro de la sociedad feudal y la clase obrera dentro de la sociedad capitalista [no] se registre constantemente, el riesgo de un deslizamiento teórico de uno a otro [está] siempre potencialmente presente en el uso común del término hegemonía por parte de [Gramsci]. La asimilación más que ocasional de las revoluciones burguesas y proletarias en sus escritos sobre el jacobinismo demuestra que Gramsci no era inmune a esta confusión”. Ibid. p. 46.

10 – Ibid., 21-22.

11 – Ibid., 34-35; cf., 10-12.

12 – Ibid., 42.

13 – Ibid., 11-13.

14 – Ibid., 19, 21.

15 Ibi- d., 76.

16 – Ibid., 75.


Marshall Pierce es candidato a doctorado en Teoría Política en la Universidad de Chicago. Su investigación aborda el legado histórico y la resonancia contemporánea de la democracia proletaria y plebeya, con énfasis en la política del trabajo, las dinámicas de la composición de clase y las dialécticas de la derrota y la reinvención política. El proyecto de tesis de Marshall examina el auge y la caída de los consejos obreros revolucionarios en la Europa de principios del siglo XX. Esta investigación reconstruye tanto la promesa como la derrota histórica de los esfuerzos por construir la “democracia obrera”: formas insurgentes de autogobierno que reclamaban autoridad sobre las condiciones de la vida económica y política. En 2024-2025, fue becario de intercambio en la École des Hautes Études en Sciences Sociales (EHESS) en París.Fuente: Blog de Fausto Giudice, 9 de mayo de 2026 (https://faustotounsi.substack.com/p/tras-las-huellas-de-gramsci-de-chicago)

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