Gaceta Crítica

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1 de Mayo en todo el mundo, contra la crisis general del capitalismo.

VIJAY PRASHAD (PEOPLE’S DEMOCRACY), 9 de Mayo de 2026

El Primero de Mayo, las clases trabajadoras del mundo volvieron a salir a las calles, no solo para conmemorar sus luchas pasadas y regodearse en la nostalgia, sino para afrontar las crecientes contradicciones del presente. De Santiago a Estambul, de París a Manila, las banderas rojas ondearon contra un horizonte ensombrecido por la guerra, la inflación y el dominio cada vez mayor del capital sobre la vida. El Primero de Mayo no se desarrolló como un ritual, sino que surgió como una necesidad imperiosa.

En todos los continentes, los trabajadores marcharon con demandas familiares pero urgentes: salarios más altos, por supuesto, pero sobre todo mayor seguridad laboral, mejores condiciones de trabajo, dignidad y paz. En Norteamérica y Europa, epicentro del imperialismo, los sindicatos advirtieron que los trabajadores no debían pagar el precio de las guerras impuestas al mundo por sus gobiernos. La guerra contra Irán sigue manteniendo altos los precios de la energía y erosionando las ya frágiles economías familiares. En África y Asia, las protestas pusieron de relieve la inflación y la ansiedad, mientras que en Latinoamérica las manifestaciones vincularon la crisis económica con la represión estatal. Las calles hablaban un lenguaje común: la crisis es global, la crisis está marcada por el capitalismo y la crisis debe ser afrontada mediante la lucha de la clase trabajadora.

El continente de Haymarket

El Primero de Mayo debe su nombre a la violenta represión de una manifestación obrera en Haymarket Square (Chicago, EE. UU.) en 1886. Para romper el vínculo entre ese evento y los trabajadores estadounidenses, el estado de EE. UU. creó un Día del Trabajo para los trabajadores estadounidenses en septiembre. Esto formaba parte del sentimiento anticomunista en EE. UU. para destruir las raíces de la cultura obrera en el país. Pero, este Primero de Mayo, Shawn Fain, presidente del Sindicato de Trabajadores Automotrices Unidos (UAW), retomó los orígenes de la fecha y miró hacia el futuro con optimismo: «Hoy estamos sentando las bases para recuperar el Primero de Mayo. Para convertirlo en un día en que la clase trabajadora se mantenga firme y luche. Para usar nuestro poder colectivo para conseguir no solo mejores contratos, sino un futuro mejor. Así que que la clase multimillonaria tema. Que los antisindicales, los expertos y los políticos al servicio de los ricos intenten detenernos. Ya hemos visto esto antes. Conocemos su estrategia. Pero esta vez, estamos escribiendo la nuestra». La movilización del Primero de Mayo intentó algo audaz: un ensayo general para la huelga. Miles de personas participaron en una acción coordinada de «ni trabajo, ni escuela, ni compras», que provocó un apagón económico en más de 3.500 eventos. Si bien aún no se trataba de una huelga en el sentido clásico, sí evidenciaba una creciente conciencia entre los trabajadores de que su poder reside no solo en la protesta, sino también en la resistencia: la negativa a reproducir el sistema que los explota.

Las formas de lucha de clases variaron en todo el mundo, pero su contenido convergió. En India, los trabajadores condenaron la extensión de la jornada laboral a 12 horas, un retroceso que habría sido familiar para los militantes obreros del siglo XIX En Turquía, el Estado respondió al Primero de Mayo con represión, desplegando gases lacrimógenos y realizando arrestos para impedir que los trabajadores ocuparan espacios simbólicos como la Plaza Taksim. En Francia, decenas de miles se movilizaron contra las reformas laborales, defendiendo protecciones conquistadas con tanto esfuerzo frente a un implacable ataque neoliberal. En Argentina, Octavio Argüello (líder de la Confederación General del Trabajo) dijo a la multitud al son de los tambores: «Queremos decirle a este gobierno: ¡Basta ya! Nuestra paciencia se ha agotado, señor presidente». Un trabajador en Nairobi, Kenia, declaró: «El precio del pan sube cada mes, pero nuestro salario no. Esta no es una economía para los trabajadores, sino una economía en nuestra contra».

Crisis general

A medida que la clase trabajadora se movilizaba, la magnitud de la crisis se hizo innegable. Estamos viviendo lo que podría denominarse una crisis generalizada de reproducción social. El costo de vida aumenta más rápido que los salarios; la vivienda, la sanidad y la educación se vuelven inaccesibles; y la crisis climática intensifica la precariedad de la vida cotidiana. El Sindicato Internacional de Trabajadores de la Alimentación describió este momento no como una serie de crisis aisladas, sino como una «convergencia de fuerzas» que reconfigura el equilibrio entre el trabajo y el capital. En el centro de esta convergencia se encuentra la reorganización del capitalismo global. Las cadenas de suministro se extienden por todos los continentes, pero los derechos no. El capital se mueve libremente; el trabajo está confinado. La tecnología promete eficiencia, pero genera inseguridad, fragmentando el trabajo en empleos precarios y concentrando la riqueza en manos de unos pocos. El resultado es una paradoja: una productividad sin precedentes junto con una creciente desigualdad.

La desigualdad no es abstracta. Se vive en la disminución del poder adquisitivo de los trabajadores, en el agotamiento de las largas jornadas laborales y en la silenciosa desesperación de quienes no pueden imaginar un futuro más allá de la deuda y la inestabilidad. Pero la historia no avanza solo a través del sufrimiento. Avanza a través de la lucha. El año 2026 ya ha sido testigo de una amplia gama de acciones laborales que ilustran los contornos emergentes de la resistencia. Las enfermeras de Nueva York se declararon en huelga por las condiciones laborales inseguras y los salarios insuficientes, forzando un enfrentamiento con la mercantilización de la atención médica. Los maestros de San Francisco se declararon en huelga por primera vez en décadas, recordándonos que la educación pública sigue siendo un terreno de lucha de clases. En Noruega, los trabajadores de la hostelería iniciaron huelgas por salarios y bajas por enfermedad, mientras que en Gabón, los maestros continuaron una larga lucha contra el estancamiento salarial.

Más allá de los conflictos laborales tradicionales, han surgido nuevas formas de protesta. He aquí algunos ejemplos:

  1. Irlanda . Debido al aumento de los costes energéticos, los conductores de este pequeño país europeo organizaron bloqueos de carreteras y piquetes en depósitos, además de realizar movimientos de conducción lenta para atacar redes logísticas y carreteras clave.
  2. Corea del Sur . Los trabajadores del metro recurrieron al cumplimiento parcial de las normas y a la ralentización de los trabajos, en lugar de a huelgas totales, para presionar a las autoridades a fin de obtener una mejor infraestructura urbana y salarios más altos sin perder el apoyo público.
  3. Brasil . Los repartidores continuaron trabajando, pero se negaron colectivamente a cubrir ciertas rutas o zonas de alta demanda, lo que afectó la eficiencia de la plataforma sin sufrir pérdidas totales de ingresos. Estas «huelgas invisibles» revelaron nuevas formas híbridas de resistencia que surgen en condiciones laborales precarias, mediadas por aplicaciones.
  4. India . Los trabajadores de plataformas digitales coordinaron desconexiones masivas de aplicaciones de transporte y reparto, paralizando efectivamente los servicios sin necesidad de realizar piquetes tradicionales. Esta táctica puso al descubierto tanto la vulnerabilidad como el poder latente de los sistemas laborales gestionados algorítmicamente.
  5. Nigeria . Los sindicatos del transporte y los trabajadores del sector informal organizaron paros coordinados y bloqueos de calles en respuesta al aumento de los precios del combustible y las presiones cambiarias, lo que ralentizó la circulación en las principales ciudades como Abuja y Lagos.

Estas luchas aún no están unificadas. Se presentan como fragmentos: sectoriales, nacionales, a menudo defensivas. Pero bajo su diversidad subyace un reconocimiento compartido: que el orden actual no puede sostener la vida de quienes trabajan en él. Lo que falta, sin embargo, es un proyecto político coherente capaz de unir estos fragmentos en una fuerza. Las antiguas instituciones de la clase trabajadora, como los sindicatos, persisten, pero a menudo les cuesta adaptarse a la escala y la velocidad del capitalismo contemporáneo. En muchos lugares, se han debilitado por décadas de reestructuración neoliberal, sus capacidades se han erosionado y sus horizontes se han reducido. Y, sin embargo, la memoria del poder colectivo perdura.

El Primero de Mayo es un testimonio de esa memoria. Nacida de la lucha por la jornada de ocho horas, nos recuerda que cada logro de la clase trabajadora se ha arrebatado al capital mediante la organización y el sacrificio. La pregunta que se nos plantea en 2026 es si esta memoria puede transformarse en una estrategia adecuada a nuestro tiempo. Las señales son contradictorias, pero no carecen de esperanza. El llamado a una huelga general en Estados Unidos en 2028 sugiere la voluntad de ir más allá de las acciones aisladas y buscar una disrupción coordinada (India ha tenido una huelga general anual durante todo nuestro período de liberalización). La persistencia de las huelgas en todos los sectores y regiones indica que los trabajadores no son víctimas pasivas, sino agentes activos que exploran los límites de su poder. Sin embargo, para avanzar se requiere más que espontaneidad. Se requiere internacionalismo; no como un eslogan, sino como una práctica. Las crisis que enfrentan los trabajadores en Santiago, París y Manila están interconectadas, arraigadas en un sistema global que debe ser enfrentado a escala global. También se requiere una revisión de la política misma. La lucha no es solo por mejores salarios o condiciones laborales, sino por una transformación de las estructuras que generan explotación. Sin dicha transformación, cada victoria sigue siendo parcial y vulnerable a ser revertida.

En este Primero de Mayo, la clase trabajadora no solo protestó. Se reveló como una fuerza fragmentada pero con gran potencial, herida pero desafiante, incierta pero indispensable. El futuro, como siempre, dependerá de si esa fuerza logra tomar conciencia de sí misma.

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