Por Isaac Saney (Resumen Lationamericano), 4 de mayo de 2026

La creciente agresividad de Trump contra Cuba con un simple trazo de pluma.
Hoy, Día Internacional de los Trabajadores, mientras millones de personas en Cuba marchaban en una celebración desafiante de la soberanía, la dignidad y la justicia social —y del sistema socialista que garantiza estos logros—, el régimen de Donald Trump optó por intensificar su guerra económica contra la heroica nación insular. Esta coincidencia no es casual. Es profundamente simbólica: una declaración imperial emitida el mismo día en que el pueblo cubano reafirma públicamente su compromiso revolucionario ante el mundo.
La nueva orden ejecutiva no representa fortaleza, sino desesperación. Durante más de seis décadas, Estados Unidos ha llevado a cabo una implacable campaña para sofocar la Revolución Cubana en los ámbitos económico, político y social. Sin embargo, Cuba ha resistido. A pesar del intensificado bloqueo de petróleo y combustible, la isla ha demostrado una extraordinaria resiliencia, creatividad e ingenio para mantener su sociedad bajo asedio.
Esta escalada, descrita en la orden ejecutiva del 1 de mayo, debe interpretarse, por lo tanto, como un reconocimiento de fracaso. El objetivo de larga data de Washington —fracturar la unidad de la dirigencia revolucionaria cubana, erosionar el apoyo popular y, en última instancia, hacer colapsar el proyecto socialista— no se ha materializado. En cambio, el compromiso de Cuba con la independencia, la soberanía y la justicia social permanece intacto y profundamente arraigado en su pueblo.
Washington pretende criminalizar la supervivencia mediante la expansión de la guerra económica. La orden ejecutiva amplía drásticamente el alcance de las sanciones, afectando prácticamente a todos los sectores de la economía cubana: energía, finanzas, minería y otros. Además, extiende las medidas punitivas a nivel extraterritorial, amenazando a las instituciones financieras extranjeras que mantienen relaciones comerciales con Cuba. Si bien la extraterritorialidad ya existía en leyes anteriores —por ejemplo, la Ley Helms-Burton de 1996—, la nueva orden ejecutiva de Trump representa una peligrosa escalada del bloqueo económico: no se trata simplemente de un intento de aislar a Cuba, sino de un esfuerzo por imponer el cumplimiento global mediante la coerción. Es la guerra económica en su forma más amplia y punitiva.
Una pregunta que se plantea ahora es si la asistencia humanitaria será objeto de ataques directos. Fundamentalmente, la orden ejecutiva también penaliza el apoyo material, declarando que «se prohíbe realizar o recibir cualquier contribución de fondos, bienes o servicios». Este lenguaje tiene implicaciones de gran alcance. Señala un intento de sofocar no solo las relaciones entre Estados, sino también la asistencia humanitaria y solidaria . Una de las disposiciones más alarmantes se refiere a las donaciones de alimentos, ropa y medicinas. La orden establece explícitamente que dichas donaciones pueden prohibirse si se considera que «perjudican gravemente» los objetivos de la política estadounidense. Esto no equivale a una prohibición general y universal de todas las donaciones humanitarias. Sin embargo, otorga un amplio poder discrecional para prohibirlas en la práctica, especialmente cuando se considera que los receptores están vinculados al Estado cubano o a entidades sancionadas.
En efecto, esto crea una realidad escalofriante: la ayuda humanitaria puede ser bloqueada por motivos políticos, los esfuerzos de solidaridad pueden ser criminalizados y las necesidades básicas —alimentos, medicinas, ropa— se convierten en instrumentos de coerción geopolítica. Esto no es simplemente una política, es la instrumentalización del sufrimiento humano.
La amplitud de la orden ejecutiva plantea una pregunta urgente e inquietante: ¿Se está preparando Washington para atacar directamente al movimiento de solidaridad con Cuba? ¿Es este un nuevo frente en la guerra contra Cuba? El lenguaje en torno al «apoyo material» es lo suficientemente amplio como para implicar potencialmente a organizaciones solidarias, activistas, grupos humanitarios e individuos que envían ayuda o participan en esfuerzos de cooperación.
Dado el creciente apoyo a Cuba —tanto a nivel internacional como dentro de Estados Unidos—, esto quizás no resulte sorprendente, considerando la creciente maldad del imperialismo estadounidense. El movimiento de solidaridad ha puesto de manifiesto el costo humano y la bancarrota moral del bloqueo. En lugar de reconsiderar una política fallida, la respuesta parece ser la escalada, y posiblemente la represión.
Irónicamente, mientras Estados Unidos busca aislar a Cuba, es Washington quien se encuentra cada vez más aislado. La comunidad internacional ha condenado reiteradamente el bloqueo, y muchos países continúan brindando apoyo material y político a Cuba.

1 de mayo – Tribunal Antiimperialista de La Habana foto: Abel Padrón Padilla
Desde acuerdos de cooperación bilateral hasta campañas de solidaridad popular, la resistencia global a la política estadounidense se está expandiendo. Las manifestaciones del 1 de mayo en Cuba, con más de 6 millones de personas en las calles de todas las ciudades y pueblos, contaron con la presencia de 38 delegaciones internacionales; un testimonio visible de esta solidaridad perdurable.
Ante la resiliencia de Cuba y el apoyo global unánime a la isla, la desesperación del imperio ha aumentado, y esta desesperación incrementa el peligro de una escalada militar.
La historia demuestra que las estrategias imperiales fallidas suelen dar paso a formas de agresión más peligrosas. La incapacidad de lograr un cambio de régimen mediante la asfixia económica puede provocar alternativas más temerarias. Esta es la mayor preocupación: que la frustración en los círculos políticos estadounidenses pueda conducir a una agresión militar directa. Tal medida no solo sería catastrófica para Cuba, sino que desestabilizaría la región y pondría aún más de manifiesto las contradicciones de las afirmaciones de Estados Unidos de defender el derecho internacional y la democracia.
En efecto, la resistencia de Cuba ha intensificado la crisis del imperio. La orden ejecutiva del 1 de mayo no es una demostración de poder, sino una manifestación de esta crisis. Refleja un imperio incapaz de aceptar la persistencia de una pequeña nación que se niega a someterse. La resiliencia revolucionaria de Cuba —su capacidad para sobrevivir, adaptarse y seguir afirmando su soberanía— ha hecho ineficaces décadas de política estadounidense. La respuesta, en lugar de una reevaluación, es la escalada: el objetivo de profundizar el sufrimiento humano mediante la guerra económica; la criminalización de la solidaridad global y la amenaza de agresión militar.
En este contexto, la importancia del Primero de Mayo se hace aún más evidente. Mientras Washington emite y celebra órdenes de coerción, el pueblo cubano —y sus compañeros y simpatizantes en todo el mundo— siguen afirmando una visión diferente: una basada en la dignidad, la resistencia y la solidaridad internacional.
La lucha, lejos de extinguirse, se está intensificando, al igual que el reconocimiento mundial de que la resistencia de Cuba no es solo una cuestión de supervivencia, sino un profundo desafío a la lógica del imperio y una inspiración para quienes aspiran a crear un mundo nuevo, mejor y más justo.
Isaac Saney es profesor y especialista en Cuba y Estudios Afroamericanos, con especialización en Estudios de la Diáspora Africana Negra e Historia, en la Universidad de Dalhousie, Halifax, Canadá. También es miembro del comité ejecutivo de la Red Canadiense sobre Cuba.
Deja un comentario