Gaceta Crítica

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La lucha de clases hoy: fragmentación y crisis de la forma política

Sushovan Dhar (VIENTO SUR), 26 de Abril de 2026

La lucha de clases hoy: fragmentación y crisis de la forma política

Se ha puesto de moda afirmar que la lucha de clases ha quedado relegada al pasado, disuelta por la desindustrialización, dispersada por mercados laborales fragmentados, eclipsada por movimientos identitarios y agotada junto con las instituciones que en su día le dieron forma política. Desde este punto de vista, la clase parece haber perdido su protagonismo y, en el mejor de los casos, sobrevive como una categoría residual de análisis. Sin embargo, este veredicto se basa en una confusión fundamental: entre la visibilidad de la lucha de clases y su necesidad estructural. En lugar de trascender el antagonismo de clases, el capitalismo ha cambiado y reestructurado el campo de batalla. Lo que se ha debilitado no es la relación antagónica entre el capital y el trabajo, sino más bien las formas políticas y organizativas a través de las cuales ese antagonismo se hizo en su día legible, duradero y eficaz. La crisis actual de la política de clases no es, por tanto, una crisis de ausencia, sino de recomposición en condiciones adversas. Para comprender la lucha de clases hoy en día, hay que partir de esta reorganización, en lugar de la nostalgia por las formas perdidas o el repliegue en explicaciones culturales.

El neoliberalismo y la reorganización de las relaciones de clase
El neoliberalismo, a menudo caracterizado erróneamente como la retirada del Estado en favor de los mercados, ha supuesto una profunda reorganización del poder estatal, dirigida a remodelar las relaciones de clase, lo que ha dado lugar a un empleo flexible, sistemas de bienestar diluidos, regímenes migratorios más estrictos, y servicios públicos mercantilizados.  

Lejos de retirarse, el Estado se ha involucrado profundamente en la organización de las bases para la acumulación y la disciplina laboral. Esta reforma ha alterado la forma de la lucha de clases, que se ha dispersado desde el punto de producción a un terreno social más amplio: la vivienda, la deuda, los cuidados, la salud, la educación, las fronteras y la represión policial. 

Insistir en esto no significa negar la importancia que siguen teniendo las luchas en los centros de trabajo, sino reconocer que la explotación y la dominación se organizan ahora en toda la vida social. La cuestión no es si existe la lucha de clases, sino por qué no logra convertirse en una fuerza política duradera.

La informalidad laboral como norma de clase
El trabajo informal se trata a menudo como una condición descriptiva: la ausencia de contratos, regulaciones o seguridad en el mercado laboral aparece bien como un residuo del subdesarrollo en el Sur Global, bien como una erosión circunstancial del empleo anteriormente estable en el Norte Global. Sin embargo, no se trata simplemente de una reestructuración del mercado laboral, sino de un modo de dominio de clase (Breman, 2016). En gran parte del Sur Global, el trabajo informal no es marginal ni transitorio, sino la forma dominante de existencia proletaria. Históricamente, los empleos formales nunca han funcionado como una norma universal capaz de anclar la reproducción social (Banaji, 2010). El empleo ha sido durante mucho tiempo episódico, combinando multiplicidad de trabajos, y entrelazado con estrategias de supervivencia doméstica, pequeña producción de mercancías, migración y endeudamiento. La reestructuración neoliberal no introdujo esta condición, sino que la consolidó. Hoy en día, la informalidad se estructura a través de la política estatal, con regímenes de planificación urbana que penalizan a las y los vendedores ambulantes, al tiempo que los toleran de forma selectiva. Los sistemas de bienestar regulan a la población sin garantizar sus derechos, y el control se ejerce a través de la policía y las normativas, en lugar de la legislación laboral. Los regímenes migratorios crean una mano de obra numerosa y necesaria que permanece en una situación jurídica precaria. Por lo tanto, la informalidad representa una regulación sin protección, más que una falta de regulación. 

En el Norte Global, la informalidad adopta una forma histórica diferente, pero cumple una función similar. Aquí, parece ser un proceso de regresión: cadenas de subcontratación, autoempleo ficticio, contratos de cero horas, trabajos en plataformas y la expansión de los regímenes laborales migratorios y racializados. A menudo descrito como una disrupción tecnológica o flexibilidad del mercado laboral, la realidad es un desmantelamiento deliberado de la norma salarial. Los compromisos institucionales que antaño estabilizaban las relaciones laborales –la negociación colectiva, las prestaciones sociales y la legislación laboral– se han desmantelado, y los costes y riesgos de la reproducción social han vuelto a recaer sobre los hogares y los individuos. Esta estrategia de fragmentación obstaculiza la negociación colectiva y traslada los costos sociales a las comunidades, lo que a su vez socava el poder colectivo de las y los trabajadores. A pesar de la existencia de protestas y movilizaciones locales, éstas carecen de cohesión organizativa. La informalidad fragmenta no solo las relaciones laborales, sino también el tiempo, el espacio y la situación jurídica. El trabajo se vuelve intermitente, disperso entre distintos lugares y, a menudo, criminalizado o semilegal, lo que aumenta los costes y los riesgos de una organización sostenida. En tales condiciones, la acción colectiva se ve obligada a ciclos cortos de movilización, lo que hace que la suma de movilizaciones sea estructuralmente difícil, y no tanto que esté mal orientada políticamente.

Lucha de clases sin norma salarial
Aunque la lucha de clases siempre se extendió más allá del lugar de trabajo, durante gran parte del siglo XX la relación salarial funcionó como su principal eje organizativo. El empleo estable, los empleadores identificables, la negociación colectiva y los sindicatos legalmente reconocidos proporcionaron la base material e institucional sobre la que se podía generalizar el conflicto entre el trabajo y el capital. En la actualidad, las relaciones salariales ya no pueden servir como punto principal de agregación política. Los trabajadores y trabajadoras no se enfrentan a un único empleador, sino a un conjunto disperso de intermediarios, algoritmos, autoridades municipales y centros de servicios sociales. La huelga clásica, aunque persiste, pierde su capacidad de funcionar como arma universal. Esta transformación no despolitiza a las y los trabajadores, sino que desplaza los escenarios de lucha. Este desplazamiento multiplica las zonas de conflicto sin proporcionar un ancla institucional u organizativa común. Las luchas surgen simultáneamente en los ámbitos de la vivienda, el bienestar, los cuidados y el empleo, pero no existe ningún mecanismo capaz de vincular estos frentes en una resistencia unificada. Por lo tanto, el resultado no es la despolitización, sino más bien una dispersión de las energías políticas en frentes inconexos. 

La creciente importancia de las luchas por la reproducción social también se refleja en la expansión de lo que se ha descrito como mano de obra “conectada” en los ámbitos del cuidado, la educación, la salud y los servicios (Vogel 1983; Fraser, 2016). Lejos de representar una esfera aislada del dominio capitalista, esta mano de obra está cada vez más sujeta a los mismos imperativos de control, descualificación y racionalización que transformaron históricamente el trabajo industrial. Ahora, las técnicas de gestión y los sistemas digitales miden, programan y reorganizan sistemáticamente las prácticas de cuidado, compromiso emocional y conexión humana, que durante mucho tiempo se han considerado capacidades informales, feminizadas y naturalizadas. Este cambio no eleva la reproducción por encima del conflicto de clases, sino que lo intensifica. A medida que el capital busca extraer valor del trabajo, que es inseparable de la interacción humana, las luchas en torno a la carga de trabajo, las ratios de personal, el tiempo, y la autonomía profesional se convierten en formas centrales del antagonismo de clases. La politización del cuidado no es, por tanto, un cambio cultural, sino una consecuencia material de la penetración cada vez más profunda de la acumulación en las condiciones de la reproducción social. El trabajo de cuidados es ejemplar más que excepcional. Procesos similares afectan a la educación, la logística, los servicios de plataforma y el trabajo del sector público, ya que en todos ellos se someten cada vez más las capacidades relacionales y temporales a la medición y el control. La expansión de este tipo de trabajo no indica un alejamiento del conflicto de clases, sino la extensión del capital a ámbitos que antes estaban parcialmente protegidos de la creación directa de valor.

Identidad, diferencia y recomposición de clase
La fragmentación de la lucha de clases contemporánea se atribuye a menudo al auge de la política identitaria. Las luchas en torno a la raza, el género, la casta, la migración, la sexualidad o la nacionalidad parecen ser fundamentales, desviando la atención de la explotación y socavando la unidad de clase. Los defensores de la política identitaria tratan la clase como una identidad más entre otras, incapaz ya de proporcionar unidad central para la acción política. Estas posiciones identifican erróneamente el problema al confundir una condición estructural con una supuesta disputa cultural. 

Por supuesto, la identidad desempeña un papel crucial en la estratificación del trabajo y la desigualdad en las sociedades capitalistas, más allá de ser un mero constructo ideológico. Contribuye a segregar a las y los trabajadores en función del género, la raza, la casta, la ciudadanía y la legalidad, lo que da lugar a jerarquías que favorecen la acumulación y el control del capital. Por ejemplo, los trabajadores y trabajadoras migrantes pueden ser deportados; el trabajo de las mujeres suele relegarse a tareas de cuidado o puestos flexibles, y las personas afectadas por la discriminación racial o de casta suelen ocupar los puestos de trabajo más peligrosos y marginados. El capitalismo, como totalización de las distintas formas de explotación, absorbe la identidad como mecanismo fundamental de dominio de clase, más que como mero marcador superficial de diferencia (Hall, 1997; Poulantzas, 1978). El problema, por lo tanto, no es la identidad como experiencia vivida o como base de la resistencia, sino como forma política separada de los mecanismos de generalización. Cuando las luchas se limitan a reivindicaciones particulares, resultan comprensibles para el poder precisamente porque no amenazan la organización de la acumulación en su conjunto. 

Las luchas basadas en la identidad son parte integral de las luchas de clases, ya que actúan como respuestas a formas especiales de dominación, como la violencia de género, la vigilancia policial racializada, la opresión de castas y las prácticas de ciudadanía excluyentes. Sin embargo, es útil examinar las formas políticas a través de las cuales se manifiestan estas luchas identitarias. En condiciones neoliberales, estas luchas tienden a individualizarse y a mediarse a través de las ONG y marcos legales, desplazando el foco de la oposición colectiva hacia cuestiones de reconocimiento e inclusión. A pesar del reconocimiento de las diferencias, las estructuras subyacentes que perpetúan la desigualdad permanecen, en gran medida, sin cambios. Esta forma de mediación representa una estrategia de gobernanza deliberada que gestiona el conflicto social al tiempo que mantiene la acumulación existente. La ONGización continúa no solo por ingenuidad política, sino porque se alinea con la lógica despolitizada, basada en proyectos, de la gobernanza neoliberal. Al operar dentro de los marcos de los donantes y los mandatos administrativos, estas formas estabilizan la lógica de la supervivencia al tiempo que neutralizan el antagonismo, sustituyendo en su mayor parte la confrontación por la gestión y el poder colectivo por la representación. 

Al interpretar la dominación estructural como agravios personales o grupales, se limita el potencial de luchas más amplias, convirtiendo la identidad en un marcador de vulnerabilidad en lugar de una base para la fuerza colectiva. Esto conduce a una paradoja en la que, a pesar de la proliferación de luchas identitarias y una mayor visibilidad, las dinámicas de clase permanecen estáticas. La clase trabajadora parece dividida, no por nuevas diferencias, sino por la falta de organización política. Debemos reconocer el papel fundamental que desempeñan los conflictos de identidad en la formación de clases, en lugar de descartarlos como meras distracciones de las cuestiones de clase. Sin un proceso de recomposición, la diferenciación consolida la jerarquía, convirtiendo la identidad en una herramienta para reorganizar la dominación de clase en lugar de un medio para desafiarlo. El protagonismo actual de la identidad de clase media –celebrada en el Sur Global y lamentada en el Norte Global– no debe interpretarse como una prueba de la superación de las clases, sino como una formación inducida políticamente que canaliza la ansiedad por el estatus y la desigualdad lejos del capital y hacia formas fragmentadas, a menudo reaccionarias, de identificación social.

La recomposición como estrategia
Una política de clases renovada no puede resolver este impasse apelando a una unidad abstracta o exigiendo que las luchas particulares se subordinen a una agenda de clases predeterminada. La unidad de clase no es un hecho sociológico, sino un logro político. Debe construirse a partir de posiciones diferenciadas producidas por el propio capitalismo. Esto requiere reconocer las luchas identitarias como diagnóstico –que revela dónde se concentra más la explotación, el despojo y la coacción– e insistir en que su horizonte político no puede limitarse al reconocimiento o la representación. 

La recomposición, en este sentido, no significa borrar las diferencias. Significa organizarse a pesar de las diferencias. Las luchas feministas apuntan hacia la desmercantilización del cuidado y la socialización de la reproducción. Las luchas de las y los migrantes plantean cuestiones relacionadas con las fronteras, la disciplina laboral y las jerarquías imperiales. Los movimientos antirracistas y anticastistas exponen los aparatos coercitivos que gestionan el excedente y el trabajo informal. Cuando se generalizan de esta manera, las luchas identitarias profundizan la política de clases en lugar de fragmentarla.

Acumulación política y forma política
El análisis anterior apunta a una paradoja que define la coyuntura actual. El antagonismo de clases está muy extendido y a menudo es agudo. La informalidad laboral, el despojo, y la gobernanza coercitiva generan oleadas de luchas recurrentes en el mercado laboral, las comunidades y los territorios. Sin embargo, estas luchas rara vez se acumulan en forma de desafíos duraderos al poder capitalista. La movilización es frecuente, pero la transformación social es poco habitual. Por lo tanto, el problema central al que se enfrenta la izquierda hoy en día no es la ausencia de luchas, sino la ausencia de formas políticas capaces de sumar las diferentes luchas dando un sentido común.

La acumulación política se refiere a la capacidad de preservar las luchas más allá del momento en que estallan, generalizar las reivindicaciones en todos los sectores y mantener la presión a lo largo del tiempo. Se diferencia de la movilización como tal. Sin acumulación, incluso las luchas intensas y repetidas no logran alterar la relación de fuerzas entre las clases. Este problema no puede explicarse por la falta de militancia, conciencia o compromiso moral. Tampoco puede reducirse únicamente a la represión. Tiene sus raíces en las condiciones estructurales, es decir, la fragmentación del trabajo, el desplazamiento de la lucha del lugar de trabajo a múltiples lugares de reproducción y la diferenciación de la clase trabajadora en función de la identidad, la legalidad y el acceso a los recursos. Estas condiciones generan antagonismo y, al mismo tiempo, socavan los mecanismos a través de los cuales se puede generalizar el antagonismo. 

La acumulación política requiere mediación (Bensaid, 1995). Depende de organizaciones e instituciones capaces de vincular las luchas entre sectores, traducir los conflictos locales en demandas generales y mantener la confrontación con el capital y el Estado a lo largo del tiempo. En las condiciones actuales, estas formas de mediación son débiles, inexistentes o están desalineadas políticamente. El resultado es una proliferación de luchas que siguen siendo episódicas, sectoriales o simbólicas. 

Una respuesta a este impasse ha sido el electoralismo. Ante la fragmentación de los movimientos y la disminución de la capacidad organizativa, muchos en la izquierda han considerado el éxito electoral como un atajo hacia el poder, sustituyendo la organización por la representación y las fuerzas sociales por programas políticos. Sin embargo, las estrategias electorales desvinculadas de la organización de clase se enfrentan a un aparato estatal hostil y a un capital organizado, sin capacidad para reestructurar la relación de fuerzas. Cuando se cierran las oportunidades electorales, como suele ocurrir, la debilidad subyacente de la acumulación política queda al descubierto. Esta sustitución es visible incluso en los debates contemporáneos más sofisticados sobre la desalineación política de la clase trabajadora, especialmente en Estados Unidos, donde un extenso trabajo empírico documenta el descenso del apoyo electoral a los partidos socialdemócratas entre los votantes de la clase trabajadora de todas las razas. Aunque estos análisis rechazan acertadamente las explicaciones culturalistas y hacen hincapié en las reivindicaciones materiales, tratan la realineación electoral como el horizonte principal de la política de clases, reduciendo la recomposición a un problema de comunicación, selección de candidatos o ejecución efectiva de políticas. La intensidad de este debate es en sí misma sintomática de un vacío organizativo más profundo: cuando las formas duraderas de organización de clase son débiles o inexistentes, la alineación electoral se convierte en el sustituto a través del cual se interpreta la crisis de acumulación política. 

Una segunda respuesta ha sido el movimientismo, la valorización de la espontaneidad, la horizontalidad y la movilización continua. Esta orientación reconoce correctamente los límites de la política institucional y la importancia de las luchas más allá del centro de trabajo. Pero sin formas duraderas de coordinación y estrategia, tiende a confundir la intensidad con el poder. Las movilizaciones estallan, generan visibilidad y luego se disipan, dejando las capacidades organizativas sin más fuerza que antes. 

Los debates recientes dentro del propio movimiento obrero reflejan este punto muerto. Las propuestas que hacen hincapié en la influencia en los puntos críticos logísticos de las cadenas de suministro –puertos, almacenes, centros de transporte– reconocen implícitamente que el poder capitalista ya no se concentra en un único lugar de trabajo o relación salarial, sino que se dispersa a través de redes de circulación y reproducción. Este cambio dirige útilmente la atención hacia las infraestructuras materiales a través de las cuales se organiza la acumulación en el capitalismo contemporáneo. Sin embargo, la limitación estratégica de estos enfoques no radica en su diagnóstico sobre dónde podrían producirse los paros, sino en su incapacidad para resolver el problema de la acumulación política. La capacidad de movilización, incluso cuando se dirige con precisión, no genera por sí misma una organización duradera ni un poder de clase amplio. Sin formas mediadoras capaces de vincular las movilizaciones episódicas con una estrategia colectiva sostenida, el poder de la movilización en centros logísticos corre el riesgo de reproducir el mismo patrón que aflige a la movilización contemporánea en general: intensidad sin acumulación y confrontación sin recomposición. 

Una tercera forma de mediación es la ONGización, especialmente frecuente en contextos de informalización y retroceso del Estado. Las ONG suelen estabilizar la lógica de supervivencia, prestar asistencia y articular las reivindicaciones en el lenguaje de los derechos y la inclusión. Pero precisamente porque operan dentro de mandatos institucionales limitados, tienden a despolitizar los conflictos. Gestionan la vulnerabilidad en lugar de enfrentarse a la acumulación, traduciendo los antagonismos estructurales en problemas técnicos o casos individuales. 

Estas respuestas difieren políticamente, pero comparten una limitación común: sustituyen el arduo trabajo de recomposición de clase por formas parciales de mediación. Ninguna resuelve el problema de la acumulación porque ninguna reconstruye las capacidades organizativas necesarias para enfrentarse al capital y al Estado como actores de clase.

La debilidad de la forma política no es, por lo tanto, accidental. Refleja la desarticulación histórica del movimiento obrero, la erosión de los partidos arraigados en la organización de clase y la ausencia de nuevas formas capaces de operar en los nuevos regímenes laborales. Cuando estas formas existen, a menudo se limitan a sectores o momentos específicos, sin capacidad de generalizarse. 

Esto no implica que la forma política pueda simplemente reinventarse a voluntad. Las formas surgen de la lucha, pero también dan forma a su trayectoria. El reto actual no es replicar las instituciones heredadas –sindicatos, partidos o frentes– tal y como existían antes, sino desarrollar formas de organización capaces de vincular la producción y la reproducción, el trabajo formal e informal, los ciudadanos y los no ciudadanos, sin reducir estas diferencias a la abstracción. 

Es fundamental resaltar que el Estado no puede ser tratado como un instrumento neutral a la espera de ser tomado. Es un lugar central del poder de clase. Por lo tanto, la acumulación política requiere estrategias que enfrenten al Estado como un terreno de lucha, no sólo como un ámbito de representación. Sin la presión sostenida de las fuerzas sociales organizadas, el poder estatal reproduce las relaciones de clase existentes, independientemente de los resultados electorales. 

La persistencia de una lucha fragmentada junto con una acumulación débil ha generado una frustración generalizada en la izquierda. Esta frustración se expresa a menudo como cinismo hacia la política o como impaciencia con la propia organización. La acumulación política actual exige una recomposición de las relaciones sociales fragmentadas. Requiere formas de organización que puedan operar a múltiples escalas, perdurar más allá de los momentos de movilización y articular un antagonismo general sin borrar las diferencias. Se trata de una tarea exigente, y no hay atajos. Pero sin afrontar directamente el problema de la forma política, la lucha de clases seguirá estallando sin converger, y la movilización seguirá siendo un sustituto del poder real. 

La recomposición debe considerarse como un proceso histórico y no simplemente como un diseño organizativo. Se desarrolla de forma desigual, se caracteriza por el conflicto, el fracaso y los avances parciales, y está influenciada por las relaciones cambiantes entre la producción, la reproducción y el poder estatal. Cualquier política de clase sostenible surgirá de estas contradicciones, y no de soluciones simplistas. No existe un plan definido para esta tarea. Las formas políticas no pueden diseñarse al margen de la lucha, ni pueden improvisarse sin tener en cuenta las condiciones a las que deben enfrentarse. Lo que sí se puede decir es que el problema al que se enfrenta la izquierda hoy en día no es la ausencia de antagonismo de clase, sino la ausencia de fuerzas capaces de organizarlo a gran escala y a lo largo del tiempo.

Sushovan Dhar es activista y sindicalista y militante comunista -La India-

Referencias
Banaji, Jairus (2010) Theory as History: Essaies on Modes of Production and Exploitation (Historical Materialism). Brill. 

Bensaid, Daniel (1995) Marx intempestif. Grandeurs et misères d’une aventure critique (XIXe – XXe siècles). Fayard. 

Fraser, Nancy (2016) “Contradictions of capital and care”. New Left Review, 100. 

Hall, Stuart (1997) “Race, Articulation and Societies Structured on Dominance”, en Gates, N. (ed) Cultural and Literary Critiques of the Concepts of “race”. Garland Publishing, Inc. 

Poulantzas, Nicos [1978] (2025) Estado, poder y socialismo. Bellaterra Edicions. 

Vogel, Lise [1983] (2013) Marxism and the Oppression of Women. Toward a Unitary Theory. Brill. 

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