Joshua Scheer (Consortium News), 24 de abril de 2026
Mientras las conversaciones para un alto el fuego penden de un hilo, las crecientes tensiones en el estrecho de Ormuz revelan una cruda realidad: una escalada podría desencadenar una catástrofe económica mundial, y Estados Unidos podría tener mucho menos control del que afirma.
La ilusión de control se está desmoronando.
La narrativa que se presenta al público es la de un control absoluto: una escalada medida, presión estratégica y una superpotencia que moldea los resultados en una región volátil. La realidad es completamente distinta.
A medida que se acerca la fecha límite para el alto el fuego, Estados Unidos no impone condiciones, sino que reacciona ante ellas. Irán, gracias a su capacidad para restringir o reabrir el estrecho de Ormuz, ejerce una influencia que ninguna retórica puede contrarrestar. El flujo de petróleo, las cadenas de suministro de fertilizantes, las rutas marítimas y los sistemas alimentarios mundiales pasan por este estrecho corredor. Y en este momento, ese corredor es inestable.
Lo que hace que este momento sea especialmente peligroso no es solo el riesgo de guerra, sino también su estructura.
No se trata de un colapso caótico. Es un sistema bajo presión: contradictorias presiones por parte de Israel que impulsan una escalada continua, realidades económicas que exigen una desescalada y un aparato de liderazgo estadounidense que, en ocasiones, parece incapaz o reacio a conciliar ambas. El resultado es un entorno político definido menos por la estrategia que por la contradicción.
En esta conversación, el profesor John Mearsheimer ofrece una evaluación contundente: Estados Unidos no puede ganar una escalada de confrontación con Irán en estas condiciones. Cuanto más se prolongue el conflicto, mayor será el desequilibrio entre Washington y Teherán. Mientras tanto, la economía global, ya debilitada, absorbe el impacto en tiempo real: interrupciones en el suministro energético, escasez de fertilizantes, aumento del precio de los alimentos y la creciente amenaza de un colapso sistémico.

Los objetivos originales de la guerra —eliminar la capacidad nuclear de Irán, debilitar sus alianzas regionales y afirmar su dominio— siguen sin cumplirse. En algunos casos, incluso se han revertido.
Lo que queda es un abanico cada vez más reducido de opciones. La escalada conlleva el riesgo de desencadenar una crisis económica con repercusiones mundiales. La desescalada exige concesiones a las que Washington —y sus aliados— han resistido durante mucho tiempo.
Entre esos dos caminos se encuentra una posibilidad frágil y transitoria: un alto el fuego que se mantiene el tiempo suficiente para retrasar el colapso. La cuestión central ahora es si esa ventana de oportunidad permanecerá abierta, no solo para la región, sino para el sistema global en su conjunto.
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