Gaceta Crítica

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Por qué fui a Moscú: los rusos están dispuestos a llegar a un acuerdo

Yanis Varoufakis (SINPERMISO), 19 de Abril de 2026

Desde la invasión de Ucrania, Europa no ha tenido más que dos opciones en cuanto a su postura hacia Rusia: guerra sin fin u oferta a Rusia de un pacto sensato de paz y seguridad.

Los líderes europeos eligieron la guerra eterna. Tildaron a Vladimir Putin de nuevo Hitler. Una vez hecho esto, era imposible imaginar acuerdo alguno con él. Al igual que Donald Trump, que había esperado que la estrategia de «conmoción y pavor» contra Teherán desencadenara un golpe de Estado interno o una rebelión que pudiera derrocar a la República Islámica, los líderes europeos apostaron por la posibilidad de que la combinación de duras sanciones a Rusia y envío de armas a Ucrania derrocara a Putin. No fue así.

Cuatro años de sanciones y guerra han logrado el resultado contrario. Han reequilibrado la balanza por cuenta corriente de Rusia, han reactivado fábricas que llevaban inactivas desde el fin de la Unión Soviética, han transferido empresas de propiedad extranjera a oligarcas rusos y han mantenido los beneficios oligárquicos dentro de Rusia. Así, las sanciones se combinaron con el keynesianismo militar para estabilizar el reinado de Putin. Mientras tanto, a pesar de su impresionante resistencia en los campos de batalla, la economía de Ucrania se está debilitando progresivamente, mientras Europa se ve atrapada en un dilema geoestratégico creado por ella misma y en la nueva crisis del petróleo orquestada por Israel y los Estados Unidos.

Al carecer tanto de una estrategia para ganar la guerra como de interés en negociar la paz, los líderes europeos han acabado luchando por encontrar medios cada vez más escasos para prolongar la guerra un poco más, con la vana esperanza de que algún milagro los libere de su vacío estratégico o de que su mandato haya terminado para cuando su locura quede al descubierto a los ojos de todos. Mientras tanto, se amontonan los cadáveres en los campos de muerte de Ucrania y se desangran las economías sociales de Europa.

Dado que la derrota estratégica de Europa es casi una certeza, sólo hay dos formas en que pueda esto desarrollarse. Una es que el presidente Trump ponga sobre la mesa un plan de paz del género del «o lo tomas o lo dejas» que el presidente Zelenski y la Unión Europea tengan que aceptar, o de lo contrario Estados Unidos dejará de compartir inteligencia y de vender armas a los europeos para que estas lleguen a Ucrania. Agotados por su crisis energética, bajo presión fiscal e incapaces incluso de mantener el nivel actual de apoyo a Ucrania, los políticos alemanes, italianos y franceses aceptarán el plan de Trump. Una Europa que los ha dejado en la estacada hará que los ucranianos se sientan abandonados, inseguros y desilusionados. La ignominia será total cuando el gas natural ruso comience a fluir de nuevo hacia Alemania, Italia y el resto de la Unión Europea a través de gasoductos que ahora son, en parte, propiedad de los Estados Unidos, con un Washington que retiene una parte de los ingresos, mientras la Unión Europea corre con la totalidad de los costes de reconstrucción de Ucrania.

La otra posibilidad, la que se materializará si Donald Trump sigue distraído durante el resto de su mandato por su insensata guerra contra Irán, es aún menos apetecible. La apisonadora rusa, impulsada por los ingresos extraordinarios derivados de los elevados precios del petróleo y el gas, va arrasando el resto del Donbás de forma lenta y dolorosa, devorando vidas con una precisión despiadada y mecánica hasta que, en el momento que él elija, Vladimir Putin declare la victoria y anuncie un alto el fuego unilateral. Se desvanecerá entonces por completo cualquier influencia que pudiera haber tenido la Unión Europea para configurar una agenda de paz y seguridad para su vecindad.

¿Y si Europa abandonase para siempre la guerra en favor de su segunda opción, esa senda nunca tomada? ¿Y si ofreciera a Rusia un pacto sensato de paz y seguridad que fuera más allá de resolver la guerra de Ucrania? El mero hecho de plantear la pregunta provocará, sin duda, gritos de traición, acusaciones de apaciguar al nuevo Hitler, reproches por repetir los argumentos de Moscú. Estas son las respuestas naturales por haber tomado, inicialmente, la opción de la guerra eterna, la cual, como ya se ha argumentado, conduce a una amarga traición a Ucrania y a un resultado desastroso para Europa.

Para plantearse esta segunda opción —una propuesta europea de pacto de paz y seguridad— hay tres requisitos previos. En primer lugar, hay que abandonar la ilusión de que el pacto ofrecido no debe contener nada que Putin pueda presentar como una victoria. Todos los pactos, acuerdos, tratados de paz, etc., deben ofrecer a cada signatario elementos que puedan presentar como grandes logros ante su propio electorado. ¿Hay algo que Putin pueda presentar a los rusos como digno de sus sacrificios durante esta terrible guerra y con lo que Europa, Ucrania incluida, pueda vivir? Creo que sí. ¿Qué tal si, del mismo modo que los Estados Unidos pueden exclamar un rotundo «¡No!» al derecho de México a desplegar armamento chino en Tijuana, tiene Rusia también derecho a buscar seguridad exigiendo, como lo ha hecho durante tres décadas, que la OTAN se mantenga al margen de Georgia y Ucrania? Una disposición en el Pacto Europeo de Paz y Seguridad propuesto que reconozca esta preocupación rusa no sólo supone un precio particularmente bajo que pagar, sino también un precio que debería Europa anhelar, a la vista de las peligrosas tensiones que generaría un enfrentamiento entre las tropas rusas y de la OTAN en una Ucrania de posguerra, o de hecho, en Georgia.

El segundo requisito previo para un auténtico pacto de paz y seguridad es rechazar la idea de que tenga que implicar una «coalición de voluntarios» anglo-europea; es decir, un ejército de soldados británicos, alemanes y franceses enfrentados a sus homólogos rusos a lo largo de cualquier línea de control que se acuerde. Insistir en un ejército de este tipo equivale a afirmar que Europa ni siquiera está intentando una auténtica distensión, al darla por imposible. Los Estados Unidos hicieron exactamente eso en la península de Corea, dejando atrás un enorme ejército blindado y dotado de armas nucleares para vigilar una línea de control impenetrable. Europa no puede ni debe querer hacer lo mismo en Ucrania. Lo mejor que puede ofrecer la «coalición de voluntarios» de Keir Starmer es un triste contingente que se enfrenta al destino de las fuerzas de paz de la ONU en el sur del Líbano. Basta con unos instantes de lucidez para reconocer que un pacto de paz y seguridad funcional debe implicar la desmilitarización total del territorio en disputa y sus zonas circundantes. A su vez, esto requiere un espíritu de distensión basado en el reconocimiento de que Europa debe proporcionar garantías de seguridad a ambas partes, Ucrania y Rusia.

Por último, el tercer requisito previo es la disposición a ser creativos en cuestiones de soberanía y gobernanza sobre los territorios en disputa, con el fin de evitar el tipo de división hermética que dejó el Imperio Británico en la India, Palestina, Chipre e Irlanda, y que garantiza un conflicto permanente. Hablando de Irlanda, el Acuerdo del Viernes Santo, un esfuerzo loable por romper tanto con la lógica de la partición estricta como con la soberanía westfaliana, es un magnífico ejemplo de cómo se pueden gobernar el Donbás y otras zonas en disputa tras el cese de las hostilidades, como parte de un pacto integral de paz y seguridad.

Una vez expuestas las tres condiciones previas para que Europa dé un giro y pase de la guerra eterna a ofrecer a Rusia un pacto de paz y seguridad, y antes de profundizar en lo que podría contener dicha propuesta, no se puede subestimar la importancia de reconstruir los canales de comunicación con la sociedad rusa. La política de la Unión Europea de mirar con malos ojos, e incluso sancionar, a cualquiera que se atreva a mantener canales de comunicación con la sociedad civil rusa es una forma de autolesión. Por eso acepté una invitación para intervenir en una conferencia sobre inversiones celebrada en Moscú la semana pasada, en la que no participaron representantes gubernamentales, pero sí una amplia audiencia de financieros, tecnólogos, estudiantes y periodistas. Si se quieren reconstruir los canales de comunicación, este es el tipo de público que debe participar.

Mi visita a Moscú no fue algo improvisado. En abril de 2022, dos meses después del inicio de la guerra, el movimiento que ayudé a cofundar, DiEM25 (Movimiento por la Democracia en Europa 2025), presentó una solución de cinco puntos por la que posteriormente hice campaña, lo que condujo a la Declaración de Atenas en nombre de la Internacional Progresista, que pedía una solución a la tragedia ucraniana dentro del marco más amplio de un nuevo Movimiento de Países No Alineados. Ese fue el trasfondo de mi reciente visita a Moscú. Naturalmente, la visita a Moscú de un exministro de Finanzas que fracasó estrepitosamente a la hora de cambiar el rumbo de Europa hace una década no supone ningún tipo de avance, al menos no en sí misma. Sin embargo, lo que sí puede hacer es demostrar de qué modo pueden los europeos empezar a limar asperezas con la sociedad civil rusa.

En cuanto a la propuesta concreta de una agenda europea integral para la paz y la seguridad, por la que viajé a Moscú para recabar apoyos, consta de seis partes.

En primer lugar, Ucrania se convierte en el siglo XXI en lo que Austria fue durante la Guerra Fría: un país europeo neutral pero armado, cuya integridad territorial y soberanía política están garantizadas conjuntamente por todos los países europeos, además de Rusia, bajo los auspicios y de conformidad con la Carta de las Naciones Unidas.

En segundo lugar, los signatarios de esta Agenda de Paz y Seguridad acordarán la eliminación gradual en toda Europa de determinadas categorías de armas (incluidas las nucleares, las químicas y los drones con inteligencia artificial). En este contexto de distensión, las tropas rusas y ucranianas se retirarán por completo 300 kilómetros a ambos lados de la frontera o línea de control acordada.

En tercer lugar, todos los refugiados de guerra tendrán derecho a regresar a sus hogares anteriores a 2014, y todas las partes se comprometerán a facilitar su regreso en la práctica.

En cuarto lugar, el Donbás y otros territorios en disputa que pasen a estar bajo control ruso deberán desmilitarizarse y gobernarse de la misma manera que Irlanda del Norte en virtud del Acuerdo de Viernes Santo. Al igual que Londres conservó la soberanía sobre el papel, pero, en la práctica, la comparte con Dublín, mientras que las dos comunidades comparten el poder por igual en todos los órganos de gobierno (desde el gobierno local hasta Stormont [parlamento de Irlanda del Norte]), la idea aquí es que la soberanía de las zonas que se concedan a Rusia seguirá perteneciendo formalmente a Rusia, pero se garantizará la libre circulación dentro y fuera de estas regiones, y cada municipio, así como cada óblast, se gobernará sobre la base de la representación equitativa de los hablantes de ruso y de ucraniano. A quien diga que esto es imposible hay que recordarle que, no hace mucho, parecía igualmente imposible imaginar que el Sinn Féin y los unionistas del Ulster compartieran el poder.

En quinto lugar, la Unión Europea descongela los activos de Rusia y levanta todas las sanciones. Mientras tanto, la energía rusa comienza a fluir de nuevo hacia Europa, y una parte de todos los ingresos se destina a un fondo para la reconstrucción de Ucrania.

A medida que las guerras y el miedo a la guerra amplían su ámbito de influencia, un impulso internacional en favor de la paz resulta más pertinente que nunca. La incapacidad para imaginar cómo sería una agenda europea integral de paz y seguridad es, quizá, el mayor obstáculo para su consecución. La propuesta de seis puntos anterior pretende servir de ejemplo de cómo superar este obstáculo, esbozando medidas concretas que podría adoptar Europa para salir del estancamiento y darse una oportunidad de recuperar su relevancia.

Muchos se preguntarán: ¿cómo respondería el gobierno ruso, y Vladimir Putin en particular, a una propuesta de este tipo? Aunque nadie lo sabe hasta que se pone sobre la mesa, mi reciente experiencia en Moscú me dice que la sociedad civil rusa no sólo está dispuesta a acogerla con entusiasmo, sino también a presionar a su Gobierno para que la tome en serio. Ansiosa por volver a conectar con Occidente, pero repugnada por las claras señales de que los líderes de la UE quieren ver a Rusia desgarrada por fuerzas centrífugas, la opinión pública rusa está dispuesta a entablar un diálogo fructífero sobre la base de dicho plan, y en esto se incluyen tanto los opositores como los partidarios del Gobierno de Putin.

Por último, pero no por ello menos importante, muchos de los tecnócratas, estudiantes y periodistas rusos con los que me reuní el sábado pasado en Moscú me comentaron que había una razón por la que se mostraban más receptivos a esta propuesta concreta de agenda europea para la paz y la seguridad: se la había presentado alguien cuya postura sobre la guerra de Ucrania hace cuatro años («Apoyar a Ucrania, pero no con la expansión de la OTAN») la atacaron con igual virulencia tanto por los partidarios del Gobierno ruso como por los defensores acérrimos de la OTAN. Esto puede ayudar a explicar el ambiente festivo improvisado que se creó tras la presentación de la propuesta, al que me rendí con gusto. Reconciliar las diferencias en aras de la paz requiere una serie de pequeños pasos humanos.

Yanis Varoufakis Exministro de Finanzas de Grecia, dirigente del partido MeRA25 y profesor de Economía en la Universidad de Atenas. Su último libro es “Tecnofeudalismo: El sigiloso sucesor del capitalismo” (Ed. Argentina, 2024).

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