Vania Sánchez (CEMEEES -México-), 3 de Marzo 2026

Los países del Sur Global comparten los problemas propios del subdesarrollo económico. Tal y como se reconoció hace 50 años en la Declaración de un Nuevo Orden Económico Internacional por la Asamblea General de las Naciones Unidas “La disparidad entre los países desarrollados y los países en desarrollo continúa aumentando, en un mundo regido por un sistema que […] perpetúa la desigualdad”. Las condiciones de explotación y desigualdad entre países lejos de desaparecer se han profundizado. Por desgracia, la historia reciente de México es un ejemplo brutal de esta realidad.
México tiene la particularidad de ser, entre los países del Sur Global, el geográficamente más próximo a Estados Unidos de Norteamérica con el que comparte una frontera de más de 3 mil km. Esta situación brinda una relevancia geopolítica a México que ha marcado su historia desde que Estados Unidos emergiera como una potencia imperialista hasta nuestros días. Así, la conquista de la independencia política de México del imperio español en 1821, no se tradujo en una plena soberanía sino en un nuevo tipo de dominio más liberal, pero que garantizaba a Estados Unidos, entonces nueva potencia, la explotación de las riquezas naturales y los trabajadores mexicanos. Pero el dominio no se limitaba, ni se limita, a la economía, también interviene en la política a fin de reforzar los lazos de subordinación. En este contexto, hace casi cuatro décadas, aprovechando una crisis de deuda a la que se arrastró a México, se impuso la adopción del modelo neoliberal y la globalización como condición para rescatar financieramente a mi país. Así fue como, México hizo una liberalización radical de su comercio y sus finanzas en unos pocos años.
La globalización neoliberal en México tiene como principal sostén e instrumento el acuerdo de libre comercio T-MEC (Tratado México Estados Unidos y Canadá, USMCA en inglés). La globalización neoliberal y este acuerdo han consolidado un modelo de desarrollo exportador de manufacturas. ¿Qué consecuencias ha traído el modelo? Primero, la distorsión del aparato productivo pues se incentivó la localización de empresas volcadas al mercado exterior, desarticuladas del aparato productivo nacional e insertas en las cadenas globales de valor o suministro, que destruyó una parte del tejido industrial. Hoy, en México, el sector exterior es el componente más dinámico del PIB; las exportaciones y las importaciones en los últimos 25 años crecieron en torno al 6% en promedio anual; pero, solo 10% del valor de las exportaciones se añade en México, por lo que este dinamismo no se tradujo en mayor crecimiento económico ni del empleo, ni del ingreso de los hogares. Segundo, esta distorsión se complementó con la del comercio: en promedio, entre 75% y 80% de las exportaciones anuales mexicanas tienen como destino un solo mercado, el de Estados Unidos.
Por otro lado, este modelo exige retener a los capitales privados afincados en México. Para impedir que se vayan, estos capitales deben tener una rentabilidad competitiva a nivel mundial independientemente de la productividad del trabajo. ¿Cómo se ha conseguido retenerlos en México? No con la introducción de las técnicas más avanzadas de producción, sino mediante la explotación de los trabajadores por encima del promedio mundial. En los últimos 20 años, la productividad laboral, medida por el Índice Global de la Productividad Laboral de la Economía, apenas aumentó 0.5% en promedio cada año.
Probablemente alguno tenga presente que, a raíz del cambio de partido en el gobierno en México, se habla de una transformación radical. En el sexenio pasado, se hicieron reformas sustanciales que han provocado la reconfiguración del poder político en torno a la figura presidencial. No obstante, en el terreno económico el modelo ha permanecido fundamentalmente intacto, al menos por el momento.
Este es el fruto de la globalización neoliberal. La economía mexicana es hoy más vulnerable a los desajustes cíclicos del comercio, de las finanzas, de los precios de los alimentos y materias primas, etc. Y aún más, padece hoy una excesiva dependencia respecto a un solo país y a un solo mercado que urge evitar o remediar.
En este propósito, China, aunque lo nieguen sus enemigos, es un gran ejemplo. Para los pueblos avasallados por el orden mundial encabezado por Estados Unidos, sería un aliciente la construcción de una sociedad socialista con características chinas. Hoy, el vigoroso crecimiento y modernización económicos son un faro para todo el Sur Global. Este desarrollo ha catapultado a China como una pieza clave en el concierto de las naciones en un momento crítico para el orden mundial que ha arrastrado al mundo a una peligrosa escalada belicista. Tanto la operación militar de la OTAN en Ucrania como el avasallamiento de los pueblos de Oriente Medio por parte de Israel, aliado del imperialismo norteamericano, son manifestaciones de una guerra económica no tan soterrada de los países antes todopoderosos contra las economías emergentes, particularmente China y Rusia a las que la OTAN en 2022 clasificó como “peor amenaza” y “desafío”, respectivamente.
Espoleados por las exigencias de su desarrollo, México y China han incrementado sus intercambios. En los últimos años el comercio bilateral se duplicó. China es hoy el segundo socio comercial de México y, a su vez, México es el segundo socio de China en América Latina. China se ha convertido en una fuente de financiamiento para el desarrollo de su contraparte; la inversión proveniente de dicho país en México más que se duplicó cada año en la última década y ha jugado un rol importante en las inversiones del sector público como el metro de la Ciudad de México o el Tren Maya y otras. Con ello, las áreas de intercambio y cooperación de México y China se han multiplicado. Solo por mencionar algunas, destacan, la científico-tecnológica, la agroalimentaria, las energías limpias, la salud y la de protección a la biodiversidad; todas ellas fundamentales para el desarrollo sustentable e incluyente de los pueblos del Sur Global y cruciales para México.
No obstante que se han ahondado las relaciones entre México y China, el gobierno mexicano no es parte de la Iniciativa de la Franja y la Ruta, ni de la comunidad de Futuro Compartido para la Humanidad, dos de las principales iniciativas que China ha propuesto para “construir un nuevo modelo de relaciones internacionales para una cooperación mutuamente beneficiosa”. Incluso se ha relegado la firma de acuerdos fundamentales como el de la protección de las inversiones. Todo ello, a causa de lo que implica sobre su relación con Estados Unidos.
Por otro lado, creo que no está demás destacar también el potencial de esta cooperación en el terreno de la política internacional. México se ha adherido al principio de una sola China desde el principio de las relaciones diplomáticas, así como a la búsqueda de soluciones a los conflictos internacionales por medios pacíficos, y a la exigencia de respeto a la soberanía de pueblos como Cuba y Venezuela, etc. En estas últimas posiciones se ha encontrado con el apoyo fraterno de China. Más recientemente, el gobierno mexicano, en un acierto indiscutible, se negó a secundar las sanciones de Estados Unidos contra Rusia. Esas coincidencias y que, espero serán sostenidas por el nuevo gobierno mexicano, son un campo fértil para la cooperación y la lucha por la paz y la estabilidad mundiales condiciones también fundamentales para el desarrollo.
En los días que vivimos, el destino de los países está inextricablemente ligado. Es impensable que una nación pueda sustraerse del resto mundo y que esto no implique su empobrecimiento económico o cultural. La globalización neoliberal no ha servido al desarrollo de los países atrasados. Necesitamos una globalización de nuevo tipo; que apueste a relaciones basadas en la cooperación y amistad entre países constituye una alternativa y una esperanza de desarrollo para los pueblos del Sur Global. El fortalecimiento del intercambio y la cooperación económicas entre China y México tiene un gran potencial para detonar el desarrollo de ambas partes, a condición de que se asienten en los términos de respeto, equidad y justicia que se requieren.
Vania Sánchez es doctora en Economía por la Universidad Autónoma de Barcelona.
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