Victoria Herrera es historiadora por la UNAM e investigadora del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales, publicado en CEMEES, 2 de Junio de 2025

MEDITACIÓN EN EL UMBRAL
No, no es la solución
tirarse bajo un tren como la Ana de Tolstoi
ni apurar el arsénico de Madame Bovary
ni aguardar en los páramos de Ávila la visita
del ángel con venablo
antes de liarse el manto a la cabeza
y comenzar a actuar.No concluir las leyes geométricas, contando
las vigas de la celda de castigo
como lo hizo Sor Juana. No es la solución
escribir, mientras llegan las visitas,
en la sala de estar de la familia Austen
ni encerrarse en el ático
de alguna residencia de la Nueva Inglaterra
y soñar con la Biblia de los Dickinson
debajo de la almohada de soltera.Debe haber otro modo que no se llame Safo
ni Mesalina ni María Egipcíaca
ni Magdalena ni Clemencia Isaura.Otro modo de ser humano y libre.
Otro modo de ser.
Rosario Castellanos (1972)
Introducción
Alejandra Kollontai y Virginia Woolf no se conocieron ni establecieron diálogo o correspondencia alguna; sin embargo, este ensayo pretende entablar un diálogo post mortem entre ambas, ya que coincidieron tanto en el contexto político y social de principios del siglo XX como en la cultura política feminista de la época, aunque diferían en sus concepciones del feminismo. Por ello, las diferencias entre el feminismo de Kollontai y el de Woolf constituyen el tema central de este ensayo. Además, ambas se interesaron por la representación femenina en la literatura masculina. Aunque su abordaje del problema de la situación de las mujeres en la literatura confluye en el feminismo, marca diferencias esenciales que, hasta la fecha, siguen generando discusión en el quehacer de mujeres y hombres feministas.
Contexto histórico y político
Alejandra Kollontai (1872-1952) nació en San Petersburgo, Rusia, en una familia aristocrática, pero desde joven se interesó por las ideas socialistas. En 1898 viajó a Zurich donde estableció contacto con círculos de estudio marxistas y un años después se unió al Partido Obrero Socialdemócrata Ruso (POSDR). Previo a la revolución de 1905 participó en huelgas y conferencias obreras en Finlandia, Dinamarca, Bélgica e Italia. Se involucró en la Revolución de 1905 defendiendo la lucha obrera y los derechos de las mujeres. Tras la represión zarista, se exilió en Europa, donde se vinculó con líderes socialistas como Rosa Luxemburgo y Clara Zetkin. Fue detenida y expulsada de Dinamarca por su actividad revolucionaria en contra de la guerra. En la Primera Guerra Mundial.
En 1915 Kollontai se unió a los bolcheviques y regresó a Rusia en 1917 donde participó activamente en la Revolución de Octubre. En el nuevo gobierno soviético fue la primera mujer en ocupar un cargo público como Comisaria del Pueblo para la Asistencia Pública. Organizó el primer congreso panrruso de obreras, trabajó en el secretariado internacional de mujeres; en la comisión central encargada de estudiar el problema de la prostitución, en la sección de mujeres del partido bolchevique ruso; en la comisión de propaganda entre las mujeres orientales, y en la segunda conferencia internacional de mujeres.
Alejandra Kollontai criticó duramente las desviaciones del Partido Bolchevique lo que le valió una discreta expulsión de la Unión Soviética, encubierta bajo su nombramiento como embajadora en países como Noruega, México y Suecia. Fue una de las primeras mujeres en ocupar ese cargo.
Paralelamente a su actividad como agitadora política, Kollontai desarrolló una intensa labor teórica en torno a la emancipación femenina desde una perspectiva marxista. En textos como La mujer nueva y la moral sexual (1918), uno de los más influyentes de su producción, abordó temas como el amor libre y la necesidad de una nueva ética sexual.
Virginia Woolf (1882- 1941) nació en el seno de una familia de la alta burguesía intelectual británica. A diferencia de la educación universitaria que recibieron sus hermanos, ella fue educada lejos de las universidades, debido a que las mujeres no tenían acceso a la educación pública y tampoco a los espacios públicos como lo evidenció en sus ensayos. Woolf vivió de cerca la lucha por el voto femenino; sin embargo, criticó la institucionalización del movimiento sufragista.
Woolf se desempeñó pricipalmente como escritora. Formó parte del círculo intelectual conocido como el Grupo de Bloomsbury, cuyos integrantes compartían valores progresistas en oposición a la moral victoriana de la época. Allí pudo desarrollar su pensamiento feminista, pero desde una perspectiva liberal, sesgada por las limitaciones de su propia clase. Su pensamiento feminista está condensado en Una habitación propia (1929) y Tres guineas (1938).
Aunque Woolf simpatizaba con las ideas feministas, nunca formó parte de un movimiento social ni de un partido político. A diferencia de ella, Kollontai no sólo se formó intelectualmente como comunista, sino que también militó activamente en partidos socialistas al lado de las obreras y en defensa de sus derechos.
Diálogo. Las mujeres en la literatura
En La mujer nueva y la moral sexual, Kollontai analiza cómo la literatura europea del siglo XIX representaba a las mujeres. Detecta una contradicción entre la visión masculina de los escritores —que las mostraban como “débiles criaturas engañadas, mujeres abandonadas, esposas ávidas de venganza, seductoras hembras, almas sin voluntad”— y el surgimiento de un nuevo tipo de mujer, producto de las transformaciones materiales de la época. En una Europa ya completamente capitalista, las mujeres —aunque todavía excluidas de la vida pública, como también señala Woolf en Una habitación propia— comenzaban a actuar y pensar de forma distinta al estereotipo anterior, que Kollontai resume en la figura de “la mujer del pasado”.
Para Kollontai, entonces, la literatura masculina decimonónica seguía reproduciendo la imagen tradicional de la mujer, mientras que, en los hechos, las mujeres estaban encarnando una figura radicalmente distinta: una mujer nueva, independiente, autónoma, en ocasiones célibe. Para ejemplificar este nuevo tipo de mujer, se vale de la figura de George Sand, escritora francesa contemporánea de Honoré de Balzac, Gustave Flaubert y Victor Hugo, cuya figura destaca, además, por la apropiación de actitudes consideradas masculinas, como la vestimenta y el nombre que adoptó como autora. Para Kollontai, Sand era el epítome de la mujer moderna, no solo por romper con la imagen de la mujer del pasado, sino sobre todo porque, en pleno siglo XIX, cuando las mujeres tenían coartadas sus libertades, decidió —con la libertad que estaba a su alcance— separarse de su esposo para comenzar otra vida al lado de su amante.
En ese sentido, para Kollontai, “la realidad capitalista contemporánea parece esforzarse en crear un tipo de mujer que, por la formación de su espíritu, se encuentra más cerca del hombre que de la mujer del pasado”. Sin embargo, advierte que el desarrollo de la mujer nueva en el capitalismo no fue exclusivo de los esfuerzos de unas cuantas mujeres individuales, sino que este proceso se dio primero en el medio obrero, en interés de su propia clase. Kollontai acepta que la lucha de las mujeres no concluye con su inserción en el proceso productivo capitalista ni con la relativa independencia de los hombres, sino que las mujeres, dentro del capitalismo, tienen una misión social.
En sus palabras: la clase obrera necesita, para la realización de su misión social, mujeres que no sean esclavas; no quiere mujeres sin personalidad en el matrimonio y en la familia, ni mujeres que posean las virtudes pasivas femeninas. Necesita compañeras con una individualidad capaz de protestar contra toda servidumbre, que puedan ser consideradas como miembros activos, en plena posesión de sus derechos, y que conscientemente sirvan a la colectividad y a su clase.
Mientras Kollontai afirma que las mujeres tienen una misión colectiva, no solo en beneficio de su género sino, sobre todo, de su clase, Virginia Woolf, en Una habitación propia, aunque también parte del reconocimiento de un cambio en la condición femenina, llega a una conclusión distinta.
Woolf en su ensayo se propone responder cuáles eran las condiciones en que vivían las mujeres en la Inglaterra anterior al siglo XX, con el propósito de demostrar las desigualdades históricas respecto a los hombre. Woolf hace un recorrido hisórico desde la época isabelina hasta su contemporaneidad. Muestra que en distintos momentos las mujeres fueron excluidas de las bibliotecas, de las universidades, de la ciencia y las artes, de los libros de historia y, por supuesto, de los negocios y la política. En el seno familiar, durante la época isabelina, los hombres tenían el derecho de violentar a sus esposas e hijas; además, estaban excluidas de las conversaciones.
En el siglo XIX, la mayoría de las mujeres carecía de solvencia económica y, por supuesto, de una habitación propia. De acuerdo con los testimonios de Florence Nightingale, cuando una mujer escribía, tenía que hacerlo en la sala y siempre la interrumpían. “Las mujeres nunca tienen ni media hora para ellas solas”, señala. Esas condiciones son las que, según Woolf, ponían en desventaja a las mujeres respecto a los hombres.
Cuando Woolf llega al mismo punto que Kollontai —la representación de las mujeres en la literatura frente a su realidad—, plantea una idea aparentemente distinta. Ella considera que, a lo largo de la historia de la literatura, las mujeres “han servido como antorchas”, es decir, su figura no se ha limitado a ser la de mujeres débiles, sino todo lo contrario. Recuerda los casos de Clitemnestra, Antígona, Cleopatra, Lady Macbeth, Fedra, Crésida, Rosalinda, Desdémona, Anna Karénina, Emma Bovary, entre otras. Según sus palabras, todas ellas son mujeres con personalidad y carácter. Sin embargo —aclara Woolf—, esa imagen solo aparece en la ficción, porque en la realidad la mujer era encerrada, golpeada y arrastrada por el suelo. Allí mismo advierte que esa ficción era producto de la mirada masculina: la mujer con carácter que ciertos escritores representaron seguía siendo una figura construida por y para los hombres. Esas características de la ficción son precisamente las que tanto Woolf como Kollontai ponen en evidencia: mujeres dependientes en la literatura, cuando en la realidad ya se había gestado la mujer nueva.
Incluso sin denominarla así, Woolf reconoce a la mujer nueva, independiente, con una moral distinta, cuando analiza el caso de la escritora ficticia Mary Carmichael —quizá su alter ego—. También lo hace al estudiar la literatura británica de finales del siglo XVIII, contemporánea de George Sand, en la que mujeres de clase media comenzaron a escribir novelas: Jane Austen y las hermanas Brontë, por mencionar a las más reconocidas.
Woolf reprocha a George Sand (junto a Currer Bell y George Eliot) haberse escondido tras un nombre masculino, pues considera que ese hecho fue un homenaje a la tradición patriarcal. Probablemente, la rabia de Woolf ante la cultura machista de la época la llevó a valorar negativamente a Sand, a diferencia de la postura de Kollontai, quien elogió la actitud de Sand como escritora en un mundo masculinizado. Sin embargo, no parece que Sand ni las otras autoras hayan pretendido con su seudónimo rendir homenaje al sexo masculino. Lo cierto es que ambas vislumbraron que, a finales del siglo XIX, las mujeres estaban transitando hacia una nueva realidad.
Aunque Woolf también considera que el cambio en las circunstancias de las mujeres no se debió a esfuerzos individuales —“sino que es el resultado de un pensamiento colectivo de muchos años y muchas personas”—, concluye que, para que las mujeres puedan expresarse libremente, necesitan dinero y una habitación propia. “La libertad intelectual depende de las posesiones materiales.”
En estricto sentido, eso es cierto; incluso resulta realista su afirmación de que “la literatura está sujeta a cosas puramente materiales como la salud, el dinero y las casas en que vivimos… Una no puede pensar bien, amar bien, dormir bien si no ha cenado bien.” No obstante, su feminismo se reduce a la igualdad en las condiciones de las mujeres con los hombres dentro del capitalismo.
Conclusiones
La propuesta de Virginia Woolf se enmarca dentro de la lógica del feminismo liberal, centrado en la ampliación de derechos, el acceso a oportunidades y recursos individuales, más que en una transformación estructural de la sociedad. Tanto ella como Kollontai, desde culturas políticas distintas, dan cuenta de un mismo fenómeno: la irrupción de una mujer de nuevo tipo, consciente de sí misma y de sus capacidades, autónoma frente a las imposiciones sociales.
No obstante, sus interpretaciones divergen. Para Kollontai, este despertar femenino se expresa como una fuerza colectiva: la lucha organizada de las mujeres trabajadoras —junto a los hombres de su misma clase— por construir una sociedad nueva. Woolf, en cambio, ve en ese surgimiento una batalla por el reconocimiento individual, librada en el campo del pensamiento y la libertad intelectual.
Las diferentes conclusiones a las que llegaron ambas pensadoras sobre el mismo fenómeno obedecen, en buena medida, a los contextos históricos que las formaron. Kollontai creció en una Rusia zarista, marcada por una estructura semifeudal y por el estallido de revoluciones que buscaban derrocar ese orden autoritario. Woolf, por su parte, nació en el Londres de fines del siglo XIX, núcleo del capitalismo más consolidado de la época.
Los feminismos que ambas asumieron responden, por tanto, a circunstancias materiales específicas. Y aunque es cierto que ninguna de ellas fue la fundadora de sus respectivas corrientes —ambas se insertaron en tradiciones previas, como el marxismo en el caso de Kollontai o el feminismo liberal en el de Woolf—, sus obras han sido fundamentales para el desarrollo del pensamiento feminista contemporáneo.
Victoria Herrera es historiadora por la UNAM e investigadora del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales.
Bibliografía
KOLLONTAY, ALEJANDRA, La mujer nueva y la moral sexual, versión española de María Teresa Ediciones Hoy, Madrid, 1931.
WOOLF, VIRGINIA, Una habitación propia, traducción de Catalina Martínez Muñoz, Alianza Editorial, Madrid, 2023 (cuarta edición).
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