Gaceta Crítica

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Angela Davis: La conciencia social. La mujer luchadora.

A sus 28 años, Angela Davis había pasado ya por dos cárceles, había vivido la violencia policial y política de primera mano y se catapultaba hacia ser una de las voces más importantes de la filosofía de los siglos XX y XXI. Su pensamiento feminista, socialista y antirracista transformó su vida desde su nacimiento en el sur segregado de Estados Unidos. Repasamos la vida de Angela Davis. La repercusión de la lucha de Ángela Davis llegó a todos los rincones del mundo. Y recibió el apoyo de activistas sociales, gobiernos progresistas y también el homenaje y apoyo de artistas como John Lennon (su canción Ángela, contribuyó mucho a su liberación). (Gerardo Del Val. Gaceta Crítica)

Irene Gómez Olano, 7 de Marzo de 2025

Angela Davis en su imagen de búsqueda y captura por el FBI en base a una orden federal emitida el 15 de agosto de 1970 por fugarse para evitar su procesamiento. Imagen de dominio público.

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La colina de la dinamita

Fue en la primavera de 1949 cuando el lado oeste de la Center Street comenzó a conocerse como Dynamite Hill (la colina de la dinamita) por las permanentes explosiones que se daban en ella. Poco antes, una familia negra, un sacerdote y su esposa, llamados Deyabert, se había trasladado al lado de la calle considerado como «territorio blanco». Una tarde de aquella primavera, todo el barrio se estremeció ante un estallido de ruido —el primero de los muchos que llegarían en los años siguientes—, que hizo saltar por los aires la casa de los Deyabert hasta convertirla en ruinas humeantes. Afortunadamente, no hubo víctimas mortales, aunque no se podría decir lo mismo de algunos de los ataques que vendrían.

Al escuchar el estruendo, las puertas de toda la calle se abrieron y todo el mundo salió de sus casas y comenzó a correr. De una de las casas, cercana pero ya en «territorio negro», salió una mujer joven con una niña en brazos. Los ojos de la niña reflejaban el horror y espanto ante la situación. Aquella tarde, multitud de familias se reunieron hasta altas horas de la noche para hablar del «odio blanco» y de la muerte, unas conversaciones que se quedarían grabadas en la niña mucho tiempo. Era Angela Davis y acababa de cumplir cinco años.

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Autobiografía. Angela Davis, con prólogo de Arnaldo Otegui (Capitán Swing).

Unos meses antes, la familia Davis se había trasladado a la calle Center, en la frontera segregadora entre el lado blanco y el negro, experimentando desde el primer momento una enorme hostilidad por sus vecinos. Tal como plantea Davis en su Autobiografía, «éramos la primera familia negra que se instalaba en la zona, y los blancos nos consideraban como la avanzadilla de una invasión masiva»1.

Al poco tiempo de llegar los Davis, los vecinos blancos se reunieron para establecer la famosa «frontera» entre los dos lados de la calle Center, algo que perturbó la vida de la familia Davis: «Mi padre tuvo que esconder unas escopetas en casa y prepararse a vivir en continua vigilancia»2.

Aprender a vivir con un odio incomprensible fue el primer reto al que la niña tuvo que enfrentarse. En el sur segregado de Estados Unidos la vida de los negros estaba sometida a una permanente hostilidad: «A unos cincuenta metros de todo aquel odio se desarrollaba nuestra vida cotidiana»3, lo cual generaba, especialmente en los niños y jóvenes, un odio profundo personalizado en los blancos.

Años más tarde, Angela Davis teorizó que este «odio al blanco» que, a menudo, se personaliza sobre otro trabajador que padece las miserias del capitalismo, es enormemente útil al mismo sistema que oprime y explota a las mayorías. Pese a ello, en su primera infancia no podía evitar sentirlo: «Cada vez que decía ‘señora blanca’ u ‘hombre blanco’ lo decía con ira. Mi madre procuraba combatir aquella ira con razonamientos»4.

Precisamente su madre, Sallye Davis, había participado en movimientos antirracistas y había visto que era posible organizarse con activistas blancos y superar las fronteras raciales, algo que transmitió a todos sus hijos. El antirracismo de Davis plantea que es necesaria la unión entre diferentes sectores sociales para golpear en común contra el racismo y el capitalismo.

De su abuela paterna Davis aprendió lo que había sido la esclavitud, y de un breve a viaje a Nueva York que hizo de niña, antes de empezar a ir al colegio, descubrió que había vida más allá del sur segregado. Esta dicotomía fue el germen de una fuerte conciencia social. En Nueva York, Angela Davis vio que los negros podían viajar en la parte delantera de los autobuses y que su entrada estaba permitida en los cines normales. Este descubrimiento sería determinante cuando, años más tarde, decidiera cursar allí sus estudios universitarios.

En el sur segregado de Estados Unidos, la vida de los negros estaba sometida a una permanente hostilidad: «A unos cincuenta metros de todo aquel odio se desarrollaba nuestra vida cotidiana»

Además de la raza, la clase en la vida de Angela Davis

La escuela Carrie A. Tuggle, donde comenzó Davis su formación, era, más que un colegio, un conjunto de casas abandonadas y reconvertidas en escuela. Se trataba de una «escuela para negros», aunque sus propietarios eran blancos y la dirigían bajo una lógica humanitaria. En la escuela, Davis aprendió, antes que nada, la extrema pobreza a la que se hallaban sometidos muchos de sus compañeros:

«Aquella fue la primera noción que tuve de la diferencia de clases entre los negros. Nosotros no éramos de los más pobres. Antes de ir a la escuela, creía que todo el mundo vivía como nosotros. Siempre comíamos tres veces al día, y bien. Yo tenía ropa de verano y ropa de invierno, prendas de uso diario y algunas para los domingos (…). Hasta que fui a la escuela no me di cuenta del esfuerzo extraordinario que representaba haber alcanzado aquel nivel de vida»5.

Si se comparaba, además, la miseria de sus compañeros con el relativamente alto nivel de vida de los blancos, la diferencia era todavía más sangrante. Ahora bien, el colegio no solo fue un punto de contacto con la miseria, sino también con la historia e identidad del pueblo negro. Angela Davis se aproximó así a referentes políticos y culturales afroamericanos que solían ser invisibilizados en las escuelas para blancos o donde los profesores negros no tenían tanta autonomía de cátedra.

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Angela Davis, de MariaPaola Pesce (autora), Mel Zohar (ilustrador) y Rosa Barbany (traductora). (La otra h).

Esta aproximación a la historia negra era valiosísima, pero, como reconoce la propia Davis, no estaba exenta de contradicciones: «Por una parte, existía una fuerte tendencia a afirmar nuestra identidad negra, tendencia que impregnaba todas las actividades de la escuela. Pero, por otra parte, muchos profesores tendían a inculcarnos la explicación oficial, racista, de nuestra miseria, y nos animaban a tomar un camino individualista, competitivo, para salir de ella. Se nos decía que el objetivo último de la educación que recibíamos era darnos los conocimientos necesarios para que pudiésemos salir algún día, individual y separadamente, con ‘nuestro propio esfuerzo’ de la ciénaga de la pobreza»6.

Se trataba así del mismo discurso meritocrático, condensado en el lema «trabaja y triunfarás», que preponderaba en la clase trabajadora blanca, justificando las desigualdades raciales y de clase, pues se asumía que los negros eran más pobres por su falta de esfuerzo. Davis pronto advirtió que ese discurso individualizaba la desigualdad y tendía a reproducirla, sacando de la ecuación, además, cualquier posibilidad de erradicar el racismo al que se enfrentaba el proletariado negro:

«No me parecía posible que a todos aquellos que no habían sido ‘recompensados’ les faltase el deseo y la voluntad de alcanzar una vida mejor. Si aquello fuese cierto, resultaría que una buena parte de nuestro pueblo, quizá la mayoría, había sido perezoso e indolente, que era lo que decían siempre los blancos»7.

Pese a todo, confiesa Davis, algo de aquel lema había permeado en ella, y se visualizaba estudiando y trabajando duro para llegar a ser médico pediatra. Un objetivo al que sus padres la ayudarían a acercarse, que era una ventaja con la que no podían contar muchos de sus amigos.

El colegio fue un punto de contacto con la historia e identidad del pueblo negro. Angela Davis se aproximó así a referentes políticos y culturales afroamericanos que solían ser invisibilizados en las escuelas para blancos o donde los profesores negros no tenían tanta autonomía de cátedra

¿Quién es el enemigo?

Sus experiencias escolares la hicieron desarrollar un fuerte sentido de la justicia, ligado a un espíritu de rebeldía: «Nada en el mundo me irritaba más que la inactividad, el silencio. La negativa o la incapacidad de hacer o decir algo cuando era necesario me resultaban insoportables. Los simples espectadores, los que se limitaban a asentir con la cabeza, los que se volvían de espaldas, me ponían enferma»8.

Sin duda, Davis no era la única entre sus compañeros en detectar la opresión y la violencia a la que vivían sometidos los negros. El problema, reflexionaba, es que la mayor parte de las veces la única respuesta que se daba era en forma de más violencia hacia los propios hermanos de clase y color: «Me dolía ver cómo nos volvíamos contra nosotros mismos, cómo nos enfrentábamos entre nosotros por no saber aún cómo luchar contra la verdadera causa de nuestras miserias»9. Esa violencia interiorizada y dirigida hacia la propia comunidad provocaba peleas permanentes, hasta el punto de que, al poco de entrar Davis al instituto, vio cómo un estudiante mataba a un compañero a navajazos.

El Instituto Parker se promocionaba como «el más grande del mundo para alumnos de color». En él, Davis profundizó su compromiso político y comenzó a contornear sus coordenadas, gracias al movimiento por los derechos civiles que empezaba a ganar influencia en todo el país. Los boicots a los autobuses segregados, popularizados por el gesto de insurrección de Rosa Parks del 1 de diciembre de 1955, tuvieron impacto sobre los jóvenes de Birmingham, que también protagonizaron diversas insubordinaciones en el transporte público.

Sin embargo, conforme avanzaba el movimiento, se intensificaba la represión estatal. En aquel momento, la Asociación Nacional para el Progreso de las Personas de Color (NAACP por sus siglas en inglés) fue ilegalizada, y sus miembros amenazados con la cárcel. Los padres de Davis, militantes de la asociación, continuaron participando en ella y pagando sus cuotas hasta su disolución meses más tarde. Esto conllevó que la casa de los Davis recibiera amenazas de bomba recurrentes.

Pese a que hacia 1956 Angela Davis solo tenía doce años, su conciencia política la instaba a actuar y participar del movimiento contra el racismo. Eran constantes los ataques que recibía la juventud negra por parte de la policía que tenían por objetivo aterrorizarla y evitar su contacto con los blancos. En el estado de Alabama todavía existía una ley que prohibía cualquier relación, salvo las económicas, entre blancos y negros.

Los boicots a los autobuses segregados, popularizados por el gesto de insurrección de Rosa Parks del 1 de diciembre de 1955, tuvieron impacto sobre los jóvenes de Birmingham, que también protagonizaron diversas insubordinaciones en el transporte público

Entre la intervención política y su carrera profesional

Al momento de escoger su camino universitario, Davis se decantó por solicitar plaza en un instituto preuniversitario en Nueva York, buscando escapar del opresivo y racista sur. En las clases de Historia del Instituto Elisabeth Irwin, Davis entró en contacto por primera vez con las ideas del socialismo: «Se abrió ante mis ojos un mundo nuevo»10. En un país tan fuertemente anticomunista como Estados Unidos, el descubrimiento del socialismo supuso ir contra muchas ideas preestablecidas y ver que millones de personas en el mundo peleaban activamente contra muchos de los problemas que ella misma había identificado, luchando por construir un mundo fraternal, sin opresión ni explotación, donde cada individuo pudiera desarrollarse plenamente.

La lectura del Manifiesto comunista profundizó esta fascinación, porque vio en él que los problemas específicos de la población negra eran parte de un contexto de explotación capitalista a toda la clase trabajadora. Sobre esta lectura, plantea Davis:

«Como un hábil cirujano, aquel documento extirpaba las cataratas de mis ojos. Todo quedaba explicado (…). Lo que me había parecido un odio personal mío, una inexplicable negativa de los blancos a asumir sus propios sentimientos, una estúpida aceptación por parte de los negros, lo vi ahora como resultado inevitable de un sistema despiadado que se mantenía en pie mediante el fomento del rencor, la competitividad y la opresión de un grupo social por otro. El afán de lucro era la clave, el frío y constante motivo de aquellos hechos, de aquellas actividades de desprecio y desesperación de los que yo había sido testigo»11.

Fue en ese momento también en el que la joven Davis entró en contacto por primera vez con el Partido Comunista de los Estados Unidos (PCUSA por sus siglas en inglés) a través de una de sus agrupaciones juveniles, aunque no entró en el partido entonces. Era 1961 y el corazón de Davis se hallaba dividido: por un lado, en Nueva York aspira a formarse y entrar en la universidad y, por otro, en su Birmingham natal acaba de desarrollarse un fuerte movimiento social antisegregación. Esta dicotomía entre la intervención política y su carrera profesional tardaría todavía años en resolverse.

En las clases de Historia del Instituto Elisabeth Irwin, Davis entró en contacto por primera vez con las ideas del socialismo: «Se abrió ante mis ojos un mundo nuevo»

¿Dónde están mis hermanos?

A su entrada a la Universidad de Brandeis, en Nueva York, tras acabar el instituto, Angela Davis trató de aproximarse a sus compañeros negros. Pronto se dio cuenta de que no iba a ser sencillo: «[…] con la beca que me había concedido Brandeis solo se pretendía acallar la mala conciencia de este centro y aumentar en el primer curso el número de alumnos negros, que era solo de dos»12.

Al poco de empezar el primer curso, en octubre de 1962, tuvo lugar la crisis de los misiles de Cuba, lo cual generó una alerta de hallarse a las puertas de una nueva guerra mundial. En las asambleas universitarias que se convocaron por esta cuestión, Angela Davis conoció al novelista estadounidense negro James Baldwin, que estaba en Brandeis para dar una charla, que finalmente canceló para participar en el movimiento y al filósofo alemán Herbert Marcuse. Aunque la amenaza nuclear solo duró trece días, estas primeras asambleas dejaron mella en la joven, que seguiría impulsando el movimiento antibelicista toda su vida.

Poco antes, en julio, Davis había asistido al VIII Festival Internacional de la Juventud y los Estudiantes en Helsinki (Finlandia), un encuentro mundial de jóvenes progresistas, y había tenido la oportunidad de conocer Europa en general y París en particular. Durante los días que pasó en la capital de Francia, pudo ver cómo los argelinos recibían un trato similar al que recibían los negros en Estados Unidos.

La guerra de liberación de Argelia duraba ya ocho años y tenía un fuerte impacto en Francia: «Ser argelino y vivir en París en 1962 equivalía a ser un perseguido»13. Estallaban bombas en las zonas frecuentadas por población argelina y los edificios estaban llenos de pintadas racistas. La conclusión de Davis de este viaje fue clara:

«Los nuevos lugares y las nuevas experiencias que yo esperaba descubrir en mi viaje resultaron ser los lugares de siempre, las experiencias de siempre, y todos llevaban el mismo mensaje: la necesidad de seguir luchando»14.

Durante los días que pasó en París, pudo ver cómo los argelinos recibían un trato similar al que recibían los negros en Estados Unidos

Contacto con la filosofía

En la Universidad de Brandeis, Davis tuvo la oportunidad de asistir a una charla del dirigente político y religioso negro Malcom X. Fue más consciente que nunca de que dentro del movimiento existían muchas perspectivas, y no todas iban en la misma dirección. La visión religiosa de Malcom (musulmana) no le parecía útil para combatir el racismo porque terminaba cayendo en un esencialismo de color que, lejos de disolver la opresión, la consolidaba.

Mientras Davis meditaba sobre el rumbo que debía tomar el movimiento, continuó impulsando su carrera y decidió, inspirada por el viaje a París, especializarse en francés y estudiar un curso en el país europeo, solicitando una plaza en un programa de la Universidad de Hamilton. Se instaló, junto a su grupo de investigación, en noviembre de 1963.

En Francia, Davis descubrió la filosofía, una disciplina por la que se había comenzado a interesar en Estados Unidos gracias a la lectura de novelas existencialistas. Por este motivo, le pidió una entrevista a Herbert Marcuse para solicitarle referencias bibliográficas y poder hacer un estudio más sistemático. Marcuse no solo le concedió la entrevista, sino que se ofreció a ser su tutor en esta disciplina.

Con la firme intención de seguir adentrándose en el pensamiento filosófico, al acabar el curso decidió pasar unas semanas en Frankfurt y asistir a conferencias del filósofo alemán Theodor Adorno. Solicitó otra beca para estudiar allí el curso siguiente y se propuso aprender alemán (francés había aprendido el verano anterior). Pese a su seriedad estudiando, las primeras semanas del curso no entendió una sola palabra de lo que decía Adorno, una dificultad que, como comprobó hablando con sus compañeros alemanes, no se debía tanto a la barrera idiomática como a la dificultad del temario. Durante este curso, Davis conoció a otros filósofos de renombre como Jürgen Habermas o Alfred Schmidt.

Mientras se hallaba en Alemania, en Estados Unidos comenzaba a ponerse en pie un fuerte movimiento contra la invasión de Vietnam y, posteriormente, Los Ángeles se convirtió en el epicentro de la lucha contra el racismo. Davis lamentó encontrarse tan lejos del lugar donde había pasado años esperando a que eclosionase la situación, pero en Frankfurt participó activamente en las protestas que tuvieron lugar por esta cuestión, a las que se estaban incorporando masivamente estudiantes y trabajadores. Sin embargo, cuando más avanzaba la lucha en Estados Unidos, más contradictoria se hacía su estancia en Europa.

Mientras se hallaba en Alemania, en Estados Unidos comenzaba a ponerse en pie un fuerte movimiento contra la invasión de Vietnam y, posteriormente, Los Ángeles se convirtió en el epicentro de la lucha contra el racismo

Debates estratégicos

Angela Davis decidió regresar a Estados Unidos en el verano de 1967. Aprovechó el viaje para hacer escala en Londres (Reino Unido) y participar de una serie de charlas en torno al antirracismo y el poder negro. En ellas, pudo darse cuenta de que el movimiento tenía muchos problemas:

«Me preocupó mucho descubrir que algunos dirigentes negros rechazaban totalmente el marxismo por considerarlo ‘cosa de blancos’. Yo tenía claro desde hacía mucho tiempo que, para garantizar sus objetivos finales, la lucha por la liberación de los negros tendría que formar parte de un movimiento revolucionario que englobase a todos los trabajadores. También me parecía claro que este movimiento debería ir hacia el socialismo. Y sabía que los negros —los obreros negros— tenían un papel importante que jugar en la vanguardia de la lucha general»15.

En otra ocasión, Davis asistió a una asamblea de la Juventud Negra en San Diego, ya en Estados Unidos. La asamblea acabó en un tiroteo entre las organizaciones participantes: «En medio del caos que siguió al tiroteo, leí la propaganda, me acerqué a las mesas de algunos grupos y descubrí que prácticamente la única cosa que teníamos en común era el color de piel. No era de extrañar que la unidad fuese frágil»16. Había grupos concentrados en la lucha cultural, otros que estaban por el exterminio de todos los blancos, grupos africanistas y unos pocos socialistas. La unidad de acción, entendió Davis, debía construirse en torno a principios ideológicos menos difusos.

Angela Davis se acercó al Partido de los Panteras Negras para la Autodefensa (BPPP por sus siglas en inglés) donde rápidamente asumió un papel bastante dirigente. Tuvo que oponerse al machismo de sus propios compañeros, que le decían que las mujeres debían limitarse a asumir tareas auxiliares. Durante esta época, su compromiso político se consolidó y alcanzó ese momento de reflexión al que llegamos muchos militantes que, como ella, consideramos nuestra actividad política sin «vuelta atrás»:

«Para mí, la juventud nunca fue un pasatiempo de juventud, algo esporádico, hasta que llegara el momento de ‘sentar la cabeza’; no fue un club de moda con una jerga de reciente creación, ni tampoco una nueva forma de vida social, emocionante por el riesgo y la lucha que implicaba y atractiva por un estilo de vestir diferente. La revolución es una cosa seria, la más seria en la vida de un revolucionario. Cuando uno se compromete en la lucha, debe ser para siempre»17.

En 1968, Davis dio un paso más y llegó a la conclusión de que no podía ser una «revolucionaria sin partido», motivo por el cual se acercó al PCUSA. Excedería al alcance de esta introducción analizar las contradicciones que tenía, en aquel momento, el PCUSA, que, aunque contaba con una fuerte tradición antirracista, se había ubicado años antes del bando de la Israel sionista y que se había plegado a la política de conciliación de clases del estalinismo, pero valga decir por ahora que, con todos sus límites, fue la opción que Davis tomó por su compromiso abierto con las ideas del marxismo.

Pese a su acercamiento al Partido Comunista, Davis no dejó de intentar dar una batalla por las ideas del marxismo al seno de las Panteras Negras, algo que se oponía al antimarxismo de su dirección. Sin embargo, para Davis el gran problema del que adolecía el BPPP era que la respuesta (contundente, por otro lado) que daban contra los asesinatos racistas y a favor de la solidaridad con los presos políticos carecía de estrategia. Se trataba de una lucha que no se dotaba a sí misma de las herramientas necesarias para vencer.

El movimiento por el movimiento era insuficiente: «Necesitaba camaradas con los que pudiese compartir una ideología común. Estaba cansada de los efímeros grupos que se creaban para llevar a cabo una acción concreta y se disolvían al tropezar con la menor dificultad»18. Davis ingresó así en julio de 1968 en el Club Che-Lumumba, la célula negra del PCUSA en Los Ángeles.

Angela Davis se acercó al Partido de los Panteras Negras para la Autodefensa donde rápidamente asumió un papel bastante dirigente. Tuvo que oponerse al machismo de sus propios compañeros que le decían que las mujeres debían limitarse a asumir tareas auxiliares

Persecución política

Durante el curso siguiente, Davis ingresó como profesora auxiliar de Filosofía en la Universidad de San Diego, California, mientras desempeñaba su trabajo político en Los Ángeles. El Club Che-Lumumba había ingresado también en los Panteras Negras y pusieron en marcha un nuevo local y curso de formación política sobre El Estado y la revolución de Lenin. Un poco más tarde, hubo una fuerte purga en los Panteras porque se descubrieron una serie de infiltraciones policiales. La purga debilitó al movimiento, a la par que se continuaban sucediendo los asesinatos de militantes a mano de la policía.

Simultáneamente, Davis comenzó a dar una serie de peleas políticas dentro de su universidad, relacionadas con la integración de estudiantes obreros negros y blancos. Tras una fuerte movilización contra la administración universitaria, se hizo realidad la Universidad Lumumba-Zapata, un centro que democratizaba el acceso a los estudios superiores y estaba cogobernada por sus estudiantes. Este no era el único caso: el movimiento estudiantil avanzaba por todo el país a través de asambleas masivas.

Varios meses más tarde, Davis decidió visitar Cuba con algunos camaradas. A su vuelta, descubrió que un agente del FBI había publicado en el periódico del campus un artículo que la señalaba directamente como comunista. Unos días más tarde, la Junta de Gobierno universitaria (a órdenes del entonces gobernador y futuro presidente Ronald Reagan) había instado al rector de Los Ángeles a preguntar oficialmente a Davis si era miembro del PCUSA. Aquel proceso inquisitorial sería el comienzo de muchos problemas para Davis.

En los Estatutos de la Junta de Gobierno de la universidad —elaborados en 1949— había todavía una ordenanza que prohibía la contratación de profesores comunistas. Reagan la desenterró para impedir que Davis, que comenzaba a convertirse en una referente del activismo, enseñase en la universidad.

Como respuesta, se desató una gran campaña de solidaridad entre los docentes y estudiantes blancos y negros. Davis, lejos de responder la petición de la Junta de Gobierno ocultando su afiliación política —que habría sido lo más sencillo para no perder su trabajo—, le afirmó al rector su adherencia al PCUSA y denunció la persecución a la que estaba siendo sometida públicamente. La respuesta de la Junta fue un fulminante despido.

La vida de Angela Davis experimentó, a partir de ese momento, un profundo giro. Su departamento en la universidad y la sede del Partido comenzaron a recibir amenazas y tuvo que empezar a ir acompañada de un escolta todo el tiempo. También tuvo que aprender a identificar ella misma la presencia de explosivos debajo de su coche.

Tras la llegada de la primera victoria legal —un mandato judicial que prohibía el despido político—, las amenazas crecieron. Para entonces, el caso había alcanzado un gran alcance y Davis se había convertido en una figura pública del comunismo y la lucha contra la represión y el racismo. Semanas más tarde, las amenazas se desvirtualizaron y el cuñado de Davis, el marido de su hermana Fania, sufrió un atentado a manos de la policía que casi acaba con su vida. Tanto él como Fania Davis fueron arrestados y acusados de intentar asesinar a un agente, un montaje policial que acabó en la absolución de ambos de todos los cargos un año más tarde.

Tras este suceso, la persecución policial a Angela Davis se volvió más constante e imaginativa, llegando a infiltrar provocadores en sus clases. Tal y como planteaba ella misma: «Al pasar el tiempo, fue quedando claro que el intento de expulsarme de mi trabajo era solo una pequeña parte de un plan sistemático para desarmar y aniquilar la lucha por la liberación de los negros y todo el movimiento izquierdista. La defensa de mi trabajo debía ir estrechamente unida a una lucha más amplia por la supervivencia del movimiento»19. Este último punto era clave. Era necesario tratar el despido como un caso de persecución política y que sirviera para reforzar el propio movimiento, no solo para la reinstalación de Davis.

Una mañana del curso, la policía decidió dar un nuevo golpe de efecto sobre el movimiento atacando la sede de los Panteras Negras. Se produjo un fuerte tiroteo a primera hora de la mañana que provocó varios heridos. Los Panteras se negaban a abandonar el edificio si la gente del barrio y los periodistas no estaban presentes: «Sabían que, si no se hubiesen defendido durante unas horas, todos habrían sido asesinados a sangre fría»20.

Gracias al apoyo exterior, todos salieron y no hubo ninguna baja. Tras el desalojo, los estudiantes de institutos cercanos convocaron huelgas y se produjo una gran asamblea de todas las organizaciones negras de la ciudad que, a su vez, convocó una huelga general para dos días más tarde. Davis se puso al frente de este movimiento. Pronto, la movilización concentró sus esfuerzos contra el encarcelamiento indiscriminado de compañeros negros, cada vez más frecuente:

«Había nacido una nueva conciencia. No era solo la conciencia de los que estaban en prisión por razones políticas; se trataba de un fenómeno colectivo. Los presos, en especial los de raza negra, empezaron a reflexionar sobre cómo fueron a parar a la cárcel, sobre qué les llevó a ella. Empezaban a comprender qué era el racismo y los prejuicios de clase. Empezaban a darse cuenta de que, aparte de los detalles específicos de sus casos individuales, la mayoría de ellos estaban en la cárcel por el hecho de ser negros, o mulatos, y pobres»21.

En lo personal, a Davis todavía le quedaban varios ataques por sufrir. Pese a la victoria parcial obtenida aquel curso, al finalizar, la Junta de Gobierno anunció que no contrataría a Davis para el siguiente.

Angela Davis fue perseguida y despedida por su militancia en el Partido Comunista de los Estados Unidos

Angela Davis en prisión

Por una mezcla de casualidad y montaje policial, un arma inscrita a nombre de Angela Davis acabó siendo utilizada en una revuelta en un tribunal que acabó con la muerte de un juez. Durante los meses precedentes, Davis había estado políticamente concentrada en una campaña para liberar a los presos de la cárcel Soledad, en un movimiento que cada vez tomaba más fuerza. Sobre ellos, que acabaron siendo conocidos como los «hermanos de Soledad», recaía una fraudulenta acusación de asesinato. Cuando Davis se enteró de que su arma, previamente confiscada en un piso franco del PCUSA, había sido utilizada en la revuelta, no esperó a que los agentes tocaran a su puerta y huyó a Miami.

La búsqueda se inició el 9 de agosto de 1970 y alcanzó una enorme repercusión, llegando a extenderse hasta Canadá. Davis decidió esconderse en el apartamento de un amigo hasta que se calmaran las aguas y redactó una carta donde declaraba su inocencia y daba a entender que se encontraba fuera del país. Incapaz de mantenerse mucho tiempo lejos de sus camaradas, en octubre volvió a Nueva York y se escondió en un hotel, donde finalmente fue capturada y trasladada a la cárcel de mujeres de Nueva York.

Su primera semana en la cárcel transcurrió en la «sección 4b», reservada a las reclusas con problemas de salud mental. La excusa de las autoridades penitenciarias era preservar su seguridad y protegerla de ataques «anticomunistas» de otras presas, pero, como pronto advirtió, se trataba de lo contrario: evitar que la cárcel se «contaminara de ideas comunistas».

Desde el mismo momento de su encarcelamiento no pararon de sucederse las manifestaciones que clamaban por su libertad y las muestras de apoyo nacional e internacionalmente. Algunas se escuchaban desde la miserable celda de Davis: un cubículo donde no tenía derecho a poseer libros, peines o ropa interior y desde donde tampoco podía comunicarse con el exterior.

En la sección 4b, Davis aprendió cómo era la cárcel en primera persona, pero también el trato inhumano que recibían las enfermas mentales, a las que se tenía permanentemente drogadas con Thorazine y ausentes de la realidad. La medicación no servía para tratar a las enfermas, sino que era una herramienta de disciplinamiento.

Davis discutió con sus camaradas y abogados que la primera pelea que debían dar era su traslado a un módulo de presas ordinarias: «No solo hice lo posible por salir de allí, sino que me convencí cada día más de que había que hacer algo contra aquella sección que pretendía tener finalidades terapéuticas y, en realidad, no era más que el camuflaje de un sistema de encierro de máxima seguridad»22.

Tras una semana de pelea contra la administración de la cárcel, se le concedió el traslado; pero en lugar de ir a una celda ordinaria, se la instaló en una solitaria que habían improvisado para ella, de nuevo alegando la seguridad como pretexto. La respuesta al aislamiento y al maltrato, decidió, sería política y jurídica y comenzó una campaña denunciando el trato dado a los presos políticos. Inició una huelga de hambre que la hizo perder siete kilos y el décimo día de huelga un tribunal falló a su favor y Davis fue, al fin, llevada con las presas ordinarias.

Davis aprendió cómo era la cárcel en primera persona, pero también el trato inhumano que recibían las enfermas mentales, a las que se tenía permanentemente drogadas. La medicación no servía para tratar a las enfermas, sino que era una herramienta de disciplinamiento

Contra las cárceles

Nunca antes como en este momento se desarrolló tanto la certeza de Davis de que las cárceles no son dispositivos relacionados con la justicia, sino absurdos mecanismos de castigo. Pronto descubrió que las actividades y la rutina de la cárcel estaban planificadas para que la existencia de las presas fuera lo más vacía y miserable posible. Ni siquiera las necesidades básicas estaban necesariamente cubiertas, especialmente para las enfermas y las embarazadas, que no tenían acceso a leche fresca o atención médica.

Frente al absurdo de la institucionalidad penitenciaria, Davis descubrió que las reclusas generaban sus propias instituciones de organización social, que servían para hacer frente subjetivamente a la maquinaria kafkiana contra la que se topaban permanentemente. En la cárcel había «familias» y «generaciones» no mediadas por los lazos de sangre y fuertemente vinculadas a la homosexualidad: «A pesar de su carácter ilusorio y escapista, aquel sistema familiar permitía resolver algunos problemas inmediatos. Los deberes y responsabilidades familiares eran la forma institucional que revestía la ayuda mutua»23.

Una vez establecida en su celda, Davis empezó a valorar la posibilidad de impulsar una actividad política colectiva dentro y se le ocurrió que debía estar orientada a cuestionar la existencia misma de las cárceles, que, frente a los penales que encierran a condenados en firme, solo servían como un encierro preventivo para acusados a la espera de juicio. Las cárceles estaban y están sobrepobladas de personas negras y pobres que no pueden pagar las fianzas.

Pero las presas no solo querían escuchar hablar a Davis del sistema carcelario, sino que también la interrogaban sobre el imperialismo y sobre su opinión sobre la relación entre la opresión racial y la económica. Y pese a las represalias que tomaban las funcionarias contra ellas, fueron construyendo un fuerte compañerismo. Fruto de ese esfuerzo, pusieron en pie un grupo de recogida de dinero coordinado con gente en el exterior de la cárcel para que algunas compañeras —elegidas democráticamente por las propias reclusas— salieran de prisión y continuaran en el exterior la recogida de dinero y la campaña política.

Pronto quedó claro que las autoridades carcelarias habían estado en lo cierto al suponer que introducir a Davis con las reclusas comunes les iba a traer problemas: pronto se convocaron movilizaciones a las puertas de la cárcel pidiendo la libertad de Davis y las otras reclusas, que eran acompañadas por protestas dentro utilizando su propia voz desde las ventanas que daban al exterior. Una de estas protestas culminó con el secuestro de Davis por parte de las funcionarias en plena noche y su traslado a otra prisión.

En su celda, Davis empezó a valorar la posibilidad de impulsar una actividad política colectiva dentro y se le ocurrió que debía estar orientada a cuestionar la existencia misma de las cárceles, que, frente a los penales que encierran a condenados en firme, solo servían como un encierro preventivo para acusados a la espera de juicio

Voces de resistencia

El 22 de diciembre de 1970, Davis es trasladada a la cárcel del condado de Marín. Desde aquel momento intensifica el diálogo con sus abogados para tratar su caso en una doble batalla jurídica y política. Junto con compañeros presos escribe un libro titulado If They Come in the Morning… Voices of Resistance (cuya traducción sería algo como «Por si vienen por la mañana… Voces de resistencia» en el que narran su vida en prisión y la irracionalidad del sistema carcelario. El objetivo del libro es que sirviera para la organización y movilización.

Todavía en Marín, Davis recibe una noticia terrible: su camarada y amigo George Jackson había sido asesinado a sangre fría en prisión. Era uno de los «hermanos de Soledad» por cuya defensa había acabado entre rejas. El asesinato de Jackson fue un punto de inflexión en su vida y en el propio movimiento: «George era un símbolo de la voluntad de todos los que estábamos entre rejas»24. Había pasado más tiempo preso que libre y su primer ingreso en prisión fue siendo todavía menor de edad. A Davis la había conocido a través de una relación epistolar que había generado entre ellos un vínculo muy fuerte.

Poco después, su caso dio un giro importante cuando fue abolida la pena de muerte por considerarse anticonstitucional. La imputación de delitos que podían conllevar pena de muerte era el único pretexto que había encontrado el juez para encerrar preventivamente a Davis. Pronto, los abogados presentaron una solicitud y al juez del condado no le quedó otra que dejarla en libertad, lo que la permitió seguir preparando su defensa desde fuera de la cárcel. Además, ocho meses después de la muerte de Jackson, los «hermanos de Soledad» fueron absueltos.

El juicio contra Davis, celebrado poco después, mostró el intenso machismo y racismo de la justicia estadounidense. El fiscal comprendió que la enorme campaña de solidaridad política que se había desplegado hacia Davis impediría llevar por cauces políticos el caso y la acusó de asesinato, secuestro y conspiración por su participación en la campaña de los Soledad, pero por su intenso amor a George Jackson. Tal como señala Davis, el fiscal trataba de mostrar que: «Lo único que yo había pretendido era liberar a un hombre a quien amaba»25.

Davis se defendió invirtiendo la carga de la prueba y señalando que el fiscal trataba de sacar partido de su condición de mujer porque se daba por hecho que las mujeres eran solo movidas por sus emociones y pasiones. Aquellos alegatos de Davis caían bien sobre el sector femenino del jurado que había de juzgarla y, finalmente, fue declarada inocente de todos los cargos. Tras una larga pelea y muchos infortunios, la vida política y filosófica no hacía más que empezar. Tenía 28 años y un futuro por delante que la convertiría en una de la activistas y filósofas más importantes del mundo.

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Retrato de Angela Davis de Bernard Gotfryd en 1974. Imagen de dominio público.

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Angela Davis en la Universidad de Columbia (Nueva York, Estados Unidos). Licencia CC BY 2.0.

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Fotografía en blanco y negro de Irene Gómez-Olano, hecha por Natalia Lago. La fotografía muestra a una persona joven con el pelo negro corto, tipo "mullet", sin que le caiga por los lados. Mira a cámara con las cejas rectas y tiene una sonrisa ambigua en la cara.

Sobre la autora

Irene Gómez-Olano (Madrid, 1996) estudió Filosofía y el Máster de Crítica y Argumentación Filosófica. Trabaja como redactora en FILOSOFÍA&CO y colabora en Izquierda Diario. Ha colaborado y coeditado la reedición del Manifiesto ecosocialista (2022). Su último libro publicado es Crisis climática (2024), publicado en Libros de FILOSOFÍA&CO.

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Notas

  1. Davis, A. (Prólogo de Otegi, A.) (2016) Autobiografía Angela Davis. Madrid: Capitán Swing Libros, p. 101. ↩︎
  2. Íbid, p. 102. ↩︎
  3. Íbidem↩︎
  4. Íbid, p. 103. ↩︎
  5. Íbid, p. 112-113. ↩︎
  6. Íbid, p. 116. ↩︎
  7. Íbid, p. 117. ↩︎
  8. Íbid, p. 118. ↩︎
  9. Íbid, p. 119. ↩︎
  10. Íbid, p. 133. ↩︎
  11. Íbid, p. 134. ↩︎
  12. Íbid, p. 139-140. ↩︎
  13. Íbid, p. 144. ↩︎
  14. Íbidem↩︎
  15. Íbid, p. 172-173. ↩︎
  16. Íbid, p. 181. ↩︎
  17. Íbid, p. 183-184. ↩︎
  18. Íbid, p. 210. ↩︎
  19. Íbid, p. 248-249. ↩︎
  20. Íbid, p. 253. ↩︎
  21. Íbid, p. 270. ↩︎
  22. Íbid, p. 57. ↩︎
  23. Íbid, p. 78. ↩︎
  24. Íbid, p. 336. ↩︎
  25. Íbid, p. 379. ↩︎

GACETA CRÍTICA, 7 de Marzo de 2025

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