Geraldina Colotti (Pagine Esteri – Italia -), 13 de Abril de 2026

CUBA 2026: RESISTIENDO EL ASEDIO: EL PLAN DE MARRERO EN NOMBRE DE FIDEL
“Mucha gente no entiende que el estado socialista, ningún estado, ningún sistema puede dar lo que no tiene, y mucho menos lo tendrá si no se produce”.
Este llamamiento de Fidel Castro Ruz abre el Programa Económico y Social 2026 presentado por el Primer Ministro Manuel Marrero, ya disponible en las plataformas de Soberanía y en la página web de la Presidencia cubana. El documento, explicó Marrero (el Primer Ministro cubano, que ostenta el cargo desde el 21 de diciembre de 2019), se elaboró a partir del análisis de más de dos millones de personas de diversos sectores de la sociedad. Este epígrafe no es meramente un homenaje formal, sino el núcleo de una estrategia política: en un sistema socialista, la distribución de la riqueza y la protección de los más vulnerables presuponen la soberanía productiva, que emana de la fuerza del poder popular.
Pero, ¿cómo se puede funcionar bajo un asedio que hoy, en 2026, ha alcanzado niveles de ferocidad quirúrgica? Las noticias de este año están marcadas por una escalada imperialista sin precedentes. La estrategia de Donald Trump, que cristalizó la hostilidad de Washington mediante la grotesca inclusión de Cuba en la lista de «países patrocinadores del terrorismo», ha llegado a un punto crítico. Ya no se trata solo de bloquear las remesas o el turismo; el objetivo es el colapso total del Sistema Energético Nacional (SEN).
Las sanciones contra los buques cisterna y la presión sobre las compañías de seguros marítimos son actos de piratería moderna que buscan apagar literalmente la luz de toda una población para inducir una revuelta por desesperación ante el anhelado «cambio de régimen».
Esta agresión no es un fenómeno aislado. Forma parte de un ataque frontal contra el eje de la resistencia antiimperialista global. Irán, socio estratégico de Cuba en tecnología médica y energía, sufre el mismo chantaje financiero, y ahora también agresión militar. El ataque contra la Venezuela bolivariana, que culminó con el secuestro del presidente Nicolás Maduro y la primera dama Cilia Flores, es un claro ejemplo de lo que el imperialismo reserva para quienes se niegan a someterse. La exclusión de Venezuela de los BRICS en 2024, resultado de maniobras diplomáticas y vetos cruzados orquestados por Washington para aislar a Caracas, ha dañado profundamente el proceso de integración multipolar, que Cuba ahora intenta remediar con su propio intento de bloqueo, buscando alivio financiero fuera de la hegemonía del dólar. La llegada del petrolero ruso, y la promesa de nuevos envíos, es sin duda un soplo de aire fresco que le permite recuperarse y ganar tiempo.
Mientras se realizan esfuerzos diplomáticos a nivel internacional, sobre el terreno se observa un resurgimiento de la agresión mercenaria. El gobierno cubano ha denunciado los intentos de infiltración y sabotaje financiados por agencias estadounidenses, que utilizan grupos irregulares para atacar infraestructuras estratégicas, desde depósitos de combustible hasta redes de telecomunicaciones. Se trata de una recreación tecnológica de la invasión de Playa Girón: una guerra no convencional cuyo objetivo es generar caos interno para justificar el reconocimiento de un «gobierno títere» en el exilio.
Ante esta situación, el Plan 2026 actualiza los protocolos de defensa territorial. La seguridad nacional se entiende no solo en un sentido militar, sino también como soberanía alimentaria y energética. El plan contempla la recuperación de 1400 MW de electricidad y el aumento de las energías renovables, ya ampliamente utilizadas, hasta el 15%, transformando cada municipio en una «trinchera de producción» capaz de resistir de forma autónoma el aislamiento total. La ciberseguridad se ha convertido en la otra gran frontera: defender la psique colectiva de la «guerra cognitiva» que, mediante algoritmos y bots, intenta transformar las dificultades materiales en odio hacia las instituciones revolucionarias.
El documento de Marrero presenta datos que cuestionan la lógica del lucro neoliberal. A pesar del bloqueo, y mientras la tasa regional de mortalidad infantil en América Latina ronda los 13-15 por mil —con picos alarmantes en zonas rurales e indígenas—, Cuba aspira a una cobertura universal que garantice una tasa inferior a 7,5. Este es el reto de un sistema que, a diferencia del modelo neoliberal basado en el acceso estratificado por ingresos, transforma indicadores de excelencia, generalmente reservados para los grupos más ricos del continente, en un derecho masivo garantizado incluso en las zonas más remotas de la isla.
Mantener estas cifras en 2026 es una tarea titánica. La escasez de antibióticos, reactivos para pruebas y repuestos para incubadoras (todos afectados por el confinamiento) pone en peligro estos objetivos a diario. Marrero no cita estas cifras para presumir, sino para indicar que, a pesar de la «retirada estratégica» económica, el gobierno no está dispuesto a renunciar a los pilares de la vida humana. Para sostener estos servicios, el plan de 2026 requiere una estricta disciplina fiscal: reducción del déficit y contención de la liquidez para frenar la inflación.
La Ley de Soberanía y Seguridad Alimentaria (SSAN) es la clave económica: el plan busca incrementar la producción local de cereales, proteínas y hortalizas en un 20%, garantizando una cobertura del 90% de trabajadores sociales en zonas vulnerables. Esto no representa una retirada, sino una reorganización de recursos: el Estado mantiene el control de sectores estratégicos (níquel, biotecnología, energía) al tiempo que fomenta el desarrollo de microempresas (MIPYMES) para impulsar la distribución de servicios y bienes de consumo, evitando la formación de nuevos monopolios privados.
En este escenario de asedio, los convoyes de solidaridad internacional que llegan a la isla representan mucho más que simple ayuda material. Para los delegados y activistas, una visita al Centro Fidel Castro Ruz en La Habana o al Museo de la Revolución es un rito de iniciación indispensable. Allí, rememoran el «antes» y el «después»: la Cuba de 1958, un burdel y casino propiedad de Estados Unidos, y la Cuba revolucionaria que erradicó el analfabetismo y derrotó el apartheid en África en Cuito Cuanavale.
Con aquella batalla en Angola, Cuba cambió la historia mundial. De hecho, fue la intervención de soldados y médicos cubanos en esa ciudad angoleña la que doblegó al ejército del régimen del apartheid sudafricano, obligándolo a retirarse y allanando el camino para la liberación de Nelson Mandela y la independencia de Namibia. Recordar Cuito Cuanavale hoy significa recordar que la resistencia cubana siempre ha sido internacionalista.
Ver los vestigios de agresiones pasadas, los restos de aviones derribados durante los ataques bioquímicos de la década de 1960 o las pruebas de los intentos de asesinato contra Fidel Castro, ayuda a contextualizar el ataque actual de Trump y sus aliados regionales (como Milei, Bukele o los sectores golpistas venezolanos): no se trata de una «crisis de gestión», sino de una guerra de exterminio político que ha durado sesenta años.
Ante la ausencia de relaciones de poder globales que permitan una ruptura violenta con el mercado mundial, Cuba practica la «resistencia creativa». Al celebrar el centenario de Fidel, la isla reafirma que el socialismo no es una reliquia del pasado, sino la única alternativa viable a la barbarie. El reto de 2026 es demostrar que un pueblo organizado puede producir lo que necesita sin vender su alma al imperialismo. El Plan Marrero, con su dureza y su esperanza, es el testamento político de un pueblo que aún no ha terminado de escribir su historia.
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