Lo que Al-Ándalus nos enseña sobre Palestina, Irán y el colapso de la coexistencia.
Kurniawan Arif Maspul (SAVAGE MINDS), 13 de Abril de 2026

El recuerdo de la convivencia se evoca a menudo con nostalgia —una imagen idealizada de las bibliotecas de Córdoba y los traductores de Toledo—, pero su cruda realidad contrasta con el Oriente Medio actual. Nunca fue una armonía perfecta; fue un orden negociado, estructurado, desigual, pero funcional.
Esa distinción cobra importancia ahora, mientras Gaza arde , Cisjordania se fractura y las tensiones regionales se extienden desde el sur del Líbano, incluyendo Beirut, hasta Damasco y, cada vez más, hacia Teherán. Lo que se está desarrollando no es simplemente otro ciclo de violencia, sino el desmoronamiento progresivo de cualquier estructura de coexistencia que aún subsista.
La realidad humanitaria en Gaza exige claridad. Más de dos millones de personas permanecen prácticamente confinadas en una estrecha franja de tierra, donde el acceso al agua, la electricidad, los medicamentos y los alimentos se ha visto drásticamente restringido. Los informes de las Naciones Unidas de marzo de 2026 describen la situación como «catastrófica», con restricciones a la ayuda que provocan un colapso sistémico en los sistemas de salud y saneamiento. Los precios se disparan mientras los productos básicos escasean. No se trata de una emergencia temporal; es la normalización de la privación.
Cuando la infraestructura se convierte en un punto de presión y los civiles en moneda de cambio, la línea que separa la política de seguridad del castigo colectivo se desvanece.
Más allá de Gaza, la fragmentación geográfica se extiende. En Cisjordania, más de 700.000 colonos israelíes conviven con más de dos millones de palestinos bajo un doble régimen jurídico. La ley civil israelí rige a una población, mientras que la ley militar rige a la otra. Informes del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos indican que más de 36.000 palestinos fueron desplazados en un solo año, además de 1.700, sin contar los incidentes de violencia perpetrados por los colonos. Esto no es un desorden fortuito. Refleja un sistema que afianza la separación y hace cada vez más improbable una soberanía efectiva para los palestinos.
Con el tiempo, esta arraigada asimetría legal no solo rige el presente, sino que silenciosamente cierra horizontes políticos enteros, dando forma a un futuro donde la igualdad se vuelve inimaginable y la separación parece estar inscrita de forma permanente.
El impacto regional del conflicto refuerza la sensación de extralimitación estratégica. El sur del Líbano sigue siendo volátil, con intercambios transfronterizos que amenazan con una escalada. En Siria, los repetidos ataques han profundizado la inestabilidad en un Estado ya devastado. Las tensiones con Irán, ya sea a través de enfrentamientos indirectos o señales directas, introducen una capa adicional de riesgo que va mucho más allá del conflicto bilateral.
Oriente Medio ya no es una serie de escenarios aislados; es una red de seguridad interconectada donde las acciones en Gaza tienen repercusiones en Beirut, Damasco y más allá.
En este contexto, la comparación con al-Ándalus no es una mera fantasía, sino una provocación analítica. El sistema de dhimma —a menudo malinterpretado como tolerancia— era, de hecho, un contrato social estructurado. Las comunidades no musulmanas pagaban un impuesto y aceptaban la subordinación política a cambio de la protección de su vida, propiedad y práctica religiosa. Se conservaban iglesias y sinagogas; se mantenía la autonomía comunitaria. Era jerárquico, sin duda, pero generaba incentivos para la estabilidad. Los mercados funcionaban, el saber florecía y múltiples identidades coexistían dentro de un mismo marco político.
Ese modelo no puede trasladarse íntegramente al siglo XXI, ni tampoco debe idealizarse. Sin embargo, su lógica subyacente —que las sociedades plurales requieren garantías exigibles y obligaciones mutuas— es precisamente lo que falta hoy en día. En cambio, el paradigma imperante se ha configurado mediante un nacionalismo excluyente que prioriza el control demográfico y la consolidación territorial. En este marco, la coexistencia no se gestiona; se posterga, a menudo indefinidamente.
En este contexto, la demografía deja de ser una realidad social que debe gobernarse para convertirse en una variable estratégica que debe manipularse, donde la población misma se convierte en política y la identidad se replantea como una cuestión de supervivencia numérica.
Las consecuencias son visibles en la propia estructura jurídica. Mientras que la convivencia se basaba en sistemas paralelos que reconocían la diferencia y mantenían el orden, el sistema actual genera asimetría sin reciprocidad. Los palestinos sufren restricciones a la libertad de movimiento, al acceso a la tierra y a sus derechos políticos, sin que existan restricciones equivalentes en sentido inverso. Las organizaciones internacionales de derechos humanos han descrito cada vez con mayor frecuencia esta situación como una forma de discriminación estructural, si no directamente como un apartheid.
Independientemente de que se acepte o no esa terminología, la realidad empírica es difícil de refutar: la desigualdad está arraigada, no es incidental. Existe además una divergencia ideológica más profunda. La convivencia surgió del pragmatismo imperial: el reconocimiento de que la diversidad podía ser gobernada si se institucionalizaba adecuadamente. El nacionalismo moderno, en cambio, suele considerar la diversidad como una amenaza a la soberanía.
Esto no es exclusivo de Israel; es un patrón global. Pero en Palestina, donde las poblaciones se entrelazan y las historias se superponen, las consecuencias de la exclusión se magnifican. Durante generaciones, antes de que se consolidara el sistema estatal moderno, las comunidades judías convivieron con los árabes palestinos —en ciudades compartidas, a veces incluso en las mismas casas— como parte de un tejido social vivo, aunque imperfecto. Muchos testigos directos han afirmado que se consideran palestinos ante todo, independientemente de su raza o religión, lo que refleja un fracaso más profundo de las políticas israelíes para construir una identidad cívica verdaderamente inclusiva.
Una realidad de un solo Estado sin igualdad de derechos afianza la inestabilidad permanente. Mientras tanto, una solución de dos Estados se aleja cada vez más en el ámbito de la abstracción a medida que los asentamientos se expanden y la continuidad territorial se erosiona.

La dinámica regional se ha visto profundamente afectada, y las políticas de Israel han contribuido a la expansión de lo que antes era un conflicto local hacia una confrontación regional más amplia. La creciente implicación de Irán —a través de la retórica, los grupos interpuestos y el posicionamiento estratégico— refleja este cambio. El frágil equilibrio del Líbano se ve sometido a una tensión renovada con cada escalada, mientras que Siria se ha convertido en un escenario de intereses superpuestos, marcado por ataques y contraataques recurrentes. En este contexto, el dominio militar no conduce a una solución política; en el mejor de los casos, mantiene la disuasión, y en el peor, afianza un ciclo de tensión persistente.
Al otro lado del Golfo, persiste una inquietud latente: cada escalada desde Gaza hasta el sur del Líbano, desde las calles de Damasco hasta las líneas fronterizas con Irán, no solo redibuja los frentes de batalla, sino también el frágil mapa de estabilidad regional sobre el que descansa precariamente su propio futuro.
Desde esta perspectiva, a partir de abril de 2026, España ha asumido un papel inesperadamente importante dentro de la Unión Europea, transformándose de una voz marginal a un actor moral y diplomático atípico dispuesto a afrontar las acciones de Israel no solo en Gaza, sino también en el Líbano, Siria y el creciente arco de tensión con Irán.
Tras su reconocimiento del Estado palestino en 2024, Madrid ha intensificado su postura hasta convertirla en política tangible: imponiendo un embargo de armas jurídicamente vinculante, rebajando las relaciones diplomáticas tras los ataques vinculados a Irán y pidiendo abiertamente la suspensión de los acuerdos entre la UE e Israel, medidas que los dirigentes israelíes han denunciado como una «guerra diplomática».
Sin embargo, bajo esta ruptura subyace algo más ambicioso: un intento de revivir un lenguaje moderno de convivencia —no como nostalgia, sino como estrategia— a través del llamado «Grupo de Madrid», que busca alinear a los actores europeos y árabes en torno a la rendición de cuentas jurídica, la ayuda humanitaria y un marco viable de dos Estados con continuidad territorial y Jerusalén Este como su capital. La reapertura de la embajada española en Teherán, junto con su inusual condena occidental de los ataques contra Irán, señala una reorientación más amplia, que prioriza la desescalada y el derecho internacional sobre los reflejos tradicionales de las alianzas.
Esta postura no ha estado exenta de consecuencias, ya que las tensiones con Israel se agudizan y los enfrentamientos simbólicos se extienden a la vida pública, pero refleja una creciente fractura dentro del propio Occidente: entre aquellos dispuestos a asumir riesgos políticos en defensa de los principios jurídicos y aquellos que siguen aferrados al lenguaje de la inevitabilidad estratégica.
Los responsables políticos internacionales creen que el fracaso persistente del conflicto se debe a una perspectiva limitada. La clásica dicotomía —seguridad frente a derechos, soberanía frente a supervivencia, disuasión frente a diplomacia— se ha consolidado en una inercia política que se reproduce tanto en el Norte como en el Sur.
En el Norte Global, las alianzas estratégicas y los cálculos políticos internos han reducido con demasiada frecuencia el conflicto a una cuestión de estabilidad controlada, donde las crisis periódicas se toleran siempre que no se desborden. En el Sur Global, donde los recuerdos de la partición colonial y las fronteras impuestas siguen muy presentes, el conflicto resuena como un símbolo de la descolonización inconclusa; sin embargo, incluso aquí, las respuestas están fragmentadas y filtradas por las alineaciones geopolíticas contrapuestas y las dependencias económicas.
En las instituciones multilaterales, el lenguaje del derecho internacional persiste, pero su aplicación flaquea, creando una brecha cada vez mayor entre el principio y la práctica. El resultado es un mundo donde la devastación de Gaza es a la vez hipervisible y políticamente paralizante: vista por todos, pero sin solución. Esto no es simplemente un estancamiento regional; es una falta de visión global, donde los marcos heredados se repiten mucho después de que su capacidad explicativa se haya agotado.
Para superar esta parálisis se requiere algo mucho más exigente que la diplomacia gradual; se necesita una reorientación de la concepción misma de la coexistencia en las relaciones internacionales. La lección que se extrae de la convivencia no reside en su barniz romántico, sino en su insistencia en que las sociedades plurales no se estabilizan únicamente mediante la buena voluntad, sino que se construyen a través de garantías exigibles, asimetrías gestionadas mediante la rendición de cuentas y sistemas compartidos que hacen que la interdependencia sea inevitable, no opcional.
Imaginemos una arquitectura política donde la soberanía sobre los recursos sea reemplazada por regímenes de cogobernanza que trasciendan las fronteras, donde los acuíferos, las redes energéticas y los corredores comerciales unan a los adversarios en una alianza a regañadientes; donde la igualdad jurídica no se posponga hasta las negociaciones sobre el estatus final, sino que se integre desde el principio como una base innegociable; donde las potencias regionales, incluidos Irán, Turquía y los estados del Golfo, se integren en un pacto de seguridad que priorice la seguridad humana junto con la integridad territorial.
Este tipo de reflexión debe trascender Oriente Medio, extrayendo lecciones de los meticulosos equilibrios institucionales de Irlanda del Norte, la transición negociada de Sudáfrica e incluso la reinvención de la soberanía por parte de la Unión Europea tras la Segunda Guerra Mundial, concibiéndola como compartida en lugar de absoluta. Sin este nivel de ambición conceptual, las políticas seguirán girando en torno a las mismas opciones trilladas, controlando los síntomas y agravando las causas.
Ese marco debería exigir un mecanismo de aplicación mucho más firme que el de la ONU actual, cuya reiterada incapacidad para imponer consecuencias significativas ha agravado una crisis en la que las violaciones persisten impunemente y la rendición de cuentas sigue estando dolorosamente fuera de alcance. El costo ya no se mide solo en inestabilidad regional, sino en la erosión de un orden global que afirma valorar la dignidad, la igualdad y la frágil posibilidad de convivir sin dominación.
Además, esto requeriría cambios concretos. La igualdad jurídica no puede seguir siendo una aspiración; debe ponerse en práctica. El reparto de recursos, en particular el agua y la tierra, debe estructurarse como una gestión conjunta en lugar de un control unilateral. Los lugares culturales y religiosos deben regirse por acuerdos con garantía internacional que los eximan de la disputa de suma cero. Ninguna de estas ideas es novedosa, pero su abandono sistemático ha tenido un alto coste.
Existe también una dimensión moral ineludible. La ocupación prolongada, el bloqueo y el desplazamiento no solo deterioran la vida de las personas directamente afectadas, sino también la credibilidad del propio sistema internacional. Cuando las normas se aplican de forma selectiva, dejan de ser válidas. Esta pérdida de confianza se extiende mucho más allá de Oriente Medio, influyendo en las percepciones del Sur Global y complicando las alianzas en un orden mundial ya fragmentado.
La historia de al-Ándalus no ofrece un modelo a seguir, sino una advertencia. Incluso su frágil coexistencia acabó colapsando bajo presión, dando paso a la expulsión, la conversión forzada y la homogeneización. La lección no es que el pluralismo esté condenado al fracaso, sino que requiere un refuerzo constante. Sin compromiso institucional y voluntad política, se desmorona.
Hoy nos enfrentamos a una disyuntiva crucial: continuar por un camino marcado por la fragmentación, la escalada del conflicto y la crisis humanitaria, o intentar la tarea mucho más difícil de construir una realidad política compartida basada en los derechos, la rendición de cuentas y el reconocimiento mutuo.
La historia sugiere que la coexistencia es posible. Las condiciones actuales indican que se aleja cada vez más. Cuanto más persista esa brecha, más difícil será superarla.
Deja un comentario