Gaceta Crítica

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TACO: «Trump siempre se acobarda». El «emperador» cede ante el capital.

Pedro Barragán (PÚBLICO), 8 de Abril de 2026

Imagen de archivo del presidente Donald Trump en el Despacho Oval.
Imagen de archivo del presidente Donald Trump en el Despacho Oval.Evan Vucci / REUTERS

En el mundo actual y desde siempre, el poder no se mide sólo en términos militares ni en la capacidad de lanzar amenazas. La ofensiva agresiva de Donald Trump, respaldada por el enorme poderío militar de Estados Unidos, se está viendo contrarrestada, además de por la resistencia inesperada de Irán, por algo aún más determinante como es la reacción de los propios mercados occidentales. Y es precisamente en el mercado de bonos donde esta tensión se hace más visible, reflejando en tiempo real el nivel de confianza -o desconfianza- hacia las decisiones erráticas de Trump. La evolución de los tipos a 10 años desde el inicio de la guerra contra Irán ofrece una lectura muy clara de lo que está ocurriendo. Estamos ante un conflicto internacional pero, sobre todo, estamos ante una creciente desconfianza hacia la gestión política en Estados Unidos y sus aliados, frente a la estabilidad que proyecta China.

El comportamiento de la curva de tipos es especialmente revelador. Tras el inicio del conflicto a finales de febrero, los mercados comenzaron a exigir mayores rentabilidades. Hoy, tras un mes de guerra, esa presión ya tiene cifras concretas. La rentabilidad del bono estadounidense a 10 años ha aumentado en marzo en torno a 0,38 puntos porcentuales hasta situarse en el 4,34 %, mientras que en el Reino Unido el repunte ha sido aún más acusado, alcanzando los 0,7 puntos porcentuales. En paralelo, Alemania se mueve en niveles similares al bloque estadounidense, y Japón también ha experimentado subidas, aunque más contenidas. Frente a este movimiento generalizado en Occidente, China destaca por su estabilidad y la rentabilidad de su bono a 10 años ha descendido ligeramente hasta el 1,81 % desde finales de febrero. Conviene recordar que cuando la rentabilidad de los bonos sube es porque sus precios caen, lo que refleja ventas por parte de los inversores.

Este contraste no responde a factores puramente económicos. No estamos ante una mejora de expectativas de crecimiento en Occidente que justifique mayores tipos, sino ante una prima de riesgo creciente ligada a la incertidumbre política. El mercado está señalando el grave problema económico que la guerra de Trump puede generar.

El estilo político de Trump, basado en la confrontación constante, la amenaza y el anuncio grosero, ha introducido un nivel de imprevisibilidad que los mercados penalizan de forma inmediata. Cada declaración agresiva tiene como efecto casi automático las ventas en el mercado de bonos, el aumento de las rentabilidades y la tensión en el sistema financiero. Pero lo que ha terminado de erosionar la solvencia de Trump tras su agresividad inicial, es el patrón que viene después. En los propios mercados financieros estadounidenses ha surgido un término que resume esta dinámica con bastante precisión: «TACO», siglas de «Trump Always Chickens Out» («Trump siempre se acobarda»). Más que un apodo, se ha convertido en una forma de describir un comportamiento recurrente que los inversores ya descuentan.

El patrón es claro y se repite con una regularidad llamativa. Trump lanza una amenaza contundente, los mercados reaccionan con nerviosismo, los bonos se venden y las rentabilidades suben, y poco después llega el retroceso, el aplazamiento o la reformulación de la medida. El episodio reciente con Irán es casi un ejemplo de manual. El 21 de marzo se anuncia un ultimátum de 48 horas, que apenas dos días después se aplaza cinco días. El 26 de marzo se extiende hasta el 6 de abril, el 30 de marzo se lanza de nuevo un ultimátum inmediato aprovechando un respiro momentáneo en los mercados, el 4 de abril se vuelve a las 48 horas y, apenas un día después, el plazo se desplaza otra vez al 7 de abril. Más que una estrategia, esto es una sucesión de impulsos corregidos sobre la marcha.

Este comportamiento transmite duda y, en los mercados, la duda se traduce en coste. Cada vez que los inversores perciben incoherencia o falta de dirección, aparece el riesgo de una guerra desbordada para Estados Unidos y exigen una mayor rentabilidad para financiar la deuda o, lo que es lo mismo, venden deuda. Es un mecanismo directo, casi automático, que convierte al mercado de bonos en un auténtico límite al poder político. No hace falta una negociación formal ni una respuesta institucional, basta con que suban los tipos para que el coste de mantener determinadas políticas se vuelva insostenible para Trump.

El problema para Estados Unidos es que este proceso no se queda en el mercado de deuda. Sus efectos se trasladan rápidamente al conjunto del sistema financiero, y especialmente al mercado de valores, que se encuentra en una situación especialmente vulnerable. Durante años, la renta variable -especialmente en Estados Unidos- ha cotizado con valoraciones muy elevadas, sostenidas por un entorno de tipos bajos y abundante liquidez. Ese equilibrio empieza a resquebrajarse cuando los bonos ofrecen mayores rentabilidades.

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El ajuste puede ser peligroso. A medida que suben los tipos, los inversores encuentran alternativas más seguras y rentables fuera de la renta variable, lo que reduce el atractivo relativo de las acciones. Al mismo tiempo, el aumento del coste del dinero obliga a recalcular el valor presente de los beneficios futuros, lo que presiona a la baja las valoraciones. En un mercado que ya parte de niveles sobrevalorados, este doble efecto puede desencadenar movimientos bruscos.

El riesgo, por tanto, no es solo una corrección puntual, sino un ajuste más profundo. Si la tensión en los bonos se mantiene o se intensifica, podría producirse una caída rápida en las valoraciones, salidas de capital y un efecto dominó sobre activos de riesgo. En un entorno marcado por la incertidumbre política y la pérdida de credibilidad, ese tipo de dinámica puede acelerarse con rapidez y derivar en un episodio de corrección severa, incluso en un auténtico crack.

No sería la primera vez que el mercado de bonos actúa como detonador. En abril de 2025 ya se vio con claridad. La decisión de Trump de imponer aranceles superiores al 150% a China, sin que ésta se doblegase, provocó una reacción inmediata de venta masiva de bonos, subida abrupta de las rentabilidades y caídas en los mercados de renta variable. La presión fue tan intensa que no hubo margen para sostener la medida, y la administración Trump tuvo que dar marcha atrás en cuestión de días. Fue un recordatorio muy claro de dónde están realmente los límites.

En paralelo, China refuerza su posición en este entorno. La estabilidad de sus tipos es una señal de previsibilidad que los mercados valoran cada vez más. En un mundo donde la volatilidad es dominante, la capacidad de ofrecer continuidad y control se ha convertido para China en una ventaja estratégica de primer orden.

En conjunto, lo que muestran los mercados es un cambio en el equilibrio global. Occidente, y especialmente Estados Unidos, está siendo penalizado por la incertidumbre política y la falta de coherencia en la toma de decisiones. China, en cambio, se beneficia de una percepción de estabilidad que atrae confianza. Y en el centro de este proceso, el mercado de bonos actúa como un árbitro silencioso pero imparable.

La lección es clara. La política agresiva basada en amenazas constantes genera desconfianza. Y cuando esa desconfianza se traslada a los mercados, el coste es inmediato. En el caso de Trump, ese coste no solo se ha manifestado en forma de tipos más altos, sino en una pérdida progresiva de credibilidad que los propios inversores han resumido con ironía en un acrónimo: «TACO».

Pero detrás de esta ironía hay un diagnóstico serio. Una política errática limita la capacidad de acción de un dictador y puede terminar desestabilizando el sistema financiero en su conjunto. Porque cuando el mercado de bonos deja de confiar, el ajuste se va extendiendo y, entonces, lo que ha empezado como una señal en la curva de tipos puede acabar convirtiéndose en una crisis mucho mayor.

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