Gaceta Crítica

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La humillante retirada de Estados Unidos e Israel se reinventa como estrategia.

Ranjan Solomon (COUNTERCURRENTS), 8 de Abril de 2026

El «león rugiente» se ha convertido en el «gato aullador» después de que los sueños de Benjamin Netanyahu y Donald Trump se hicieran añicos ante Irán.

El alto el fuego que Washington presenta ahora como fruto de la moderación y la previsión estratégica se inscribe en una larga y conocida tradición de gestión de la narrativa imperial. Cuando el poder se enfrenta a sus propios límites —sobre todo tras proyectar inevitabilidad—, rara vez los reconoce abiertamente. En cambio, construye un lenguaje de control para enmascarar la sensación de restricción. Lo que se presenta como prudencia suele ser coerción; lo que se presenta como elección, con frecuencia, es la ausencia de alternativas viables.

En este caso, la afirmación de que Estados Unidos orquestó una pausa en las hostilidades se desmorona al examinarla detenidamente. Una pausa implica mantener la iniciativa, la capacidad de reanudar el conflicto en condiciones favorables y la confianza en que las vías de escalada permanecen abiertas. Ninguna de estas condiciones parece cumplirse. Lo que ha ocurrido no es una pausa, sino una retirada, moldeada por presiones convergentes que hicieron que la continuación de la escalada fuera impredecible y prohibitivamente costosa.

Para comprender la trascendencia de este momento, es necesario ir más allá del lenguaje de las declaraciones oficiales y examinar las realidades estructurales que lo originaron. Estados Unidos entró en esta confrontación partiendo de la premisa de que sus ventajas de larga data —superioridad militar, dominio de la inteligencia y redes de alianzas— le permitirían gestionar la escalada manteniendo el control sobre los resultados. Esta premisa ha sustentado las intervenciones militares estadounidenses durante décadas, desde la era posterior a la Guerra Fría hasta las más recientes.

Sin embargo, este enfrentamiento ha puesto de manifiesto la creciente fragilidad de esa premisa ante un adversario que no acepta la lógica de la guerra convencional. Irán no actuó de una manera que permitiera a Estados Unidos desplegar su poderío con eficacia. En cambio, transformó las condiciones del conflicto, pasando de un escenario de dominio a uno de contención.

Irán y el cambio estratégico de poder

La conducta de Irán a lo largo de este enfrentamiento refleja una estrategia deliberada y coherente, basada en lo que podría describirse como una inversión estratégica del equilibrio de poder. En lugar de intentar igualar a Estados Unidos en términos militares convencionales —una contienda que inevitablemente perdería—, se centró en socavar precisamente las condiciones que hacen que la superioridad convencional sea decisiva.

Este enfoque se inspira en una evolución más amplia de la guerra asimétrica, donde los actores más débiles no buscan derrotar directamente a los más fuertes, sino involucrarlos en entornos donde sus ventajas se conviertan en desventajas. Irán amplió el alcance del enfrentamiento más allá de los campos de batalla tradicionales, introduciendo capas de complejidad que dificultaron cada vez más un enfrentamiento decisivo.

En este contexto, el tiempo se convirtió en un arma. Cada fase de escalada prolongó el conflicto sin resolución, aumentando la incertidumbre y agravando el riesgo. Estados Unidos, acostumbrado a intervenciones rápidas y decisivas, se encontró operando en un terreno donde los resultados no podían predecirse ni controlarse fácilmente.

Igualmente significativo fue el uso mesurado de la respuesta por parte de Irán. Evitó acciones que pudieran provocar una represalia desproporcionada, asegurándose al mismo tiempo de que cada escalada tuviera un costo. Este equilibrio —entre moderación y represalia— permitió a Irán mantener la presión sin cruzar umbrales que justificaran una guerra a gran escala.

De esto se desprende no una narrativa de victoria en términos convencionales, sino de éxito estratégico. Irán no necesitaba derrotar a Estados Unidos; solo necesitaba asegurarse de que Estados Unidos no pudiera alcanzar sus objetivos. Al hacerlo, transformó la confrontación en un punto muerto que, en última instancia, obligó a Irán a retirarse.

Hormuz y la instrumentalización de la interdependencia

El estrecho de Ormuz representa el eje más crítico a lo largo del cual se produjo esta transformación. Como punto estratégico por donde fluye una parte sustancial del suministro mundial de petróleo, ocupa una posición única dentro del sistema económico global. El control de este espacio no requiere dominio en el sentido militar tradicional; requiere la capacidad de desestabilizar.

La estrategia de Irán en este caso no fue ni temeraria ni teatral. Se basaba en un conocimiento preciso de la interdependencia global. Al demostrar su capacidad para interferir en los flujos marítimos, introdujo un nivel de riesgo sistémico que se extendía mucho más allá del escenario inmediato del conflicto.

Aquí es donde la confrontación pasó del ámbito de la estrategia militar al de la economía política. La posible interrupción del conflicto de Ormuz tiene implicaciones para los precios de la energía, la inflación, las cadenas de suministro y la estabilidad financiera a nivel mundial. Transforma un conflicto regional en una crisis global.

Para Estados Unidos, esto planteó un dilema que no podía resolverse únicamente por la vía militar. La escalada conllevaba el riesgo de desencadenar consecuencias económicas que afectarían no solo a los adversarios, sino también a los aliados, e incluso al propio sistema global. En tales circunstancias, el equilibrio de poder se transforma. La superioridad militar pierde relevancia cuando su aplicación amenaza con desestabilizar el sistema que pretende proteger.

Irán, en efecto, aprovechó la interdependencia como un activo estratégico. Demostró que, en un mundo globalizado, la capacidad de generar disrupción puede ser más importante que la capacidad de dominar.

Israel y la exposición de los límites

En el marco de esta confrontación más amplia, la experiencia de Israel revela otra dimensión de la dinámica cambiante del poder. Si bien durante mucho tiempo se ha considerado que posee uno de los sistemas militares más avanzados y resistentes del mundo, Israel se ha enfrentado, no obstante, a una presión constante que ha puesto a prueba los límites de su arquitectura defensiva.

No se trata de una derrota, sino de una exposición. La activación reiterada de los sistemas defensivos, la persistencia de amenazas multidireccionales y la necesidad de mantener una preparación constante han contribuido a una erosión gradual de la certeza estratégica. La percepción de invulnerabilidad —fundamental para la postura disuasoria de Israel— se ha debilitado progresivamente.

Esta erosión opera en múltiples niveles. Afecta la confianza interna, moldeando la percepción que el Estado tiene de sus propias capacidades. Influye en los adversarios, quienes comienzan a reevaluar los riesgos de un enfrentamiento. Y altera los cálculos de los aliados, quienes deben considerar la fiabilidad de las garantías de seguridad.

En los conflictos modernos, la percepción es inseparable de la capacidad. La exposición de los límites, incluso sin un fracaso catastrófico, conlleva implicaciones a largo plazo que se extienden mucho más allá de la confrontación inmediata.

Para comprender la aplastante derrota de Israel, estas citas ilustran la magnitud de la derrota y sus consecuencias, de las que es difícil recuperarse. El líder de la oposición israelí, Yair Lapid, declaró:  «Nunca ha habido un desastre político como este en toda nuestra historia. Israel ni siquiera estuvo en la mesa de negociaciones cuando se tomaron decisiones que afectaban al núcleo de nuestra seguridad nacional…  Benjamin Netanyahu ha fracasado política y estratégicamente, y no logró ninguno de los objetivos que se propuso. Reparar el daño político y estratégico que Netanyahu causó debido a su arrogancia, negligencia y falta de planificación estratégica llevará años».

“ El ‘león rugiente’ se ha convertido en el ‘gato aullador’ después de que los sueños de Benjamin Netanyahu y Donald Trump se hicieran añicos ante Irán.”

(Avis Ashkenazi, analista militar israelí).

El aislamiento de Estados Unidos y la retirada de Europa por miedo.

Quizás el aspecto más revelador de este episodio ha sido el comportamiento de los aliados de Estados Unidos, sobre todo en Europa. La narrativa dominante ha intentado presentar su reticencia como una muestra de contención basada en principios, sugiriendo un compromiso con la desescalada fundamentado en consideraciones normativas. Esta interpretación no resiste un análisis riguroso.

En cambio, lo que emerge es un patrón de desvinculación impulsado por el miedo: miedo a la perturbación económica, miedo a la escalada y miedo a verse arrastrados a un conflicto cuyas consecuencias no podrían contenerse. Las economías europeas siguen dependiendo profundamente de flujos energéticos estables, y la perspectiva de una interrupción en Ormuz suponía un riesgo existencial para su estabilidad económica. En tales condiciones, alinearse con la escalada estadounidense dejó de ser una opción viable. Los estados europeos no se retiraron por convicción moral; dieron marcha atrás porque los costos se volvieron demasiado altos.

Esta distinción es importante. Revela una transformación en la política de alianzas, donde el apoyo ya no es automático, sino que depende de la evaluación de riesgos. Estados Unidos mantiene alianzas formales, pero la profundidad de estas se ha vuelto condicional.

Esto generó una forma de aislamiento parcial. Washington fue abandonado por completo y careció del respaldo unificado necesario para sostener la escalada. Se trata de un cambio mucho más sutil, pero igualmente significativo, en la estructura del poder global.

De Europa se puede decir: “Gobiernan idiotas”: Esto se refiere a líderes que son percibidos como incompetentes, necios, imprudentes o no aptos para sus posiciones de poder. Carecen de la previsión, la inteligencia o la integridad necesarias para liderar eficazmente “los ciegos”: Esto describe metafóricamente a la población o a los ciudadanos que son gobernados. Son “ciegos” en el sentido de que están desinformados, son fácilmente manipulables, apáticos o incapaces de ver la incompetencia de sus líderes y la realidad de su situación.

En conjunto, la cita expresa una profunda frustración con una sociedad donde la falta de competencia en el liderazgo se topa con la falta de conciencia pública, creando un círculo vicioso terrible y potencialmente desastroso. El oportunismo europeo y sus prácticas engañosas se acabarán ahora. De rodillas, ahí es donde deben estar hasta que se levanten y firmen los cheques de las reparaciones y las ganancias de dominio.

La resistencia interna y los límites de la autoridad ejecutiva.

La retirada que culminó en el alto el fuego no puede entenderse sin examinar la dinámica interna de Estados Unidos. Contrariamente a la imagen de una toma de decisiones unificada, surgió una resistencia significativa desde dentro del propio sistema. Los líderes militares, los analistas estratégicos y ciertos sectores de la clase política reconocieron los riesgos asociados a una escalada continua.

Esta resistencia interna refleja una conciencia institucional de las limitaciones impuestas por la interdependencia global. La guerra con Irán no podía limitarse a un escenario regional; tenía el potencial de desencadenar efectos en cascada en los sistemas económicos y geopolíticos.

En el centro de esta dinámica se encuentra Donald Trump, cuyo liderazgo se ha caracterizado por una escalada retórica que a menudo excedió la coherencia estratégica. Sus amenazas proyectaban fuerza, pero se vieron repetidamente atenuadas por limitaciones institucionales que impidieron que se convirtieran en acciones concretas.

Junto a él, Jared Kushner representa un problema estructural más profundo: la informalización de la política exterior. Su papel refleja un alejamiento de la experiencia institucional hacia redes personalizadas y procesos de toma de decisiones opacos. En una crisis de esta magnitud, este enfoque pone de manifiesto su propia insuficiencia. No posee habilidades cognitivas complejas ni sentido común básico.

La combinación de exceso retórico y limitaciones estratégicas generó una brecha de credibilidad que fue reconocida tanto a nivel nacional como internacional. Fue dentro de esta brecha que se gestó la retirada.

Alto el fuego como retirada estratégica, no como éxito diplomático.

Analizado en su conjunto, el alto el fuego se revela como el resultado de un punto muerto estratégico. Estados Unidos fue incapaz de obtener una ventaja decisiva, reacio a asumir los riesgos de una mayor escalada y limitado por presiones tanto externas como internas.

Esto no es un éxito diplomático. Es un reconocimiento —implícito pero inequívoco— de que la trayectoria del conflicto había superado los límites manejables.

Estos momentos rara vez se reconocen explícitamente. Se reformulan, se reinterpretan y se integran en narrativas de control. Sin embargo, su significado reside precisamente en lo que revelan: el punto en el que el poder se topa con sus propios límites.

El cierre de las rutas de guerra

Lo que este momento revela, en última instancia, no es simplemente un cambio temporal, sino una transformación estructural en la naturaleza misma del conflicto. Las vías por las que podría producirse una escalada se han puesto a prueba y se ha comprobado que son insostenibles. Los costos —económicos, políticos y estratégicos— han quedado al descubierto de maneras que no pueden ignorarse fácilmente.

Irán no ha logrado la victoria en el sentido convencional. Lo que ha conseguido es imponer límites. Ha demostrado que se puede resistir al poder, no igualándolo, sino transformando las condiciones en las que opera. De forma discreta y sin ostentación, ha puesto fin a la era de la arrogancia occidental. Europa tendrá que encontrar ahora una nueva salida. Por lo tanto, la posibilidad de una nueva guerra a gran escala sigue siendo extremadamente baja. La estructura disuasoria revelada en este enfrentamiento continúa operando con fuerza decisiva. Cualquier intento de reiniciar el conflicto reviviría de inmediato las mismas limitaciones que forzaron la retirada en primer lugar. Al modificar el terreno del conflicto —extendiéndolo a sistemas económicos, puntos estratégicos y estructuras de alianzas—, Irán ha demostrado que incluso el aparato militar más formidable no puede operar aislado del orden global en el que se inserta.

Las reiteradas amenazas de Donald Trump, incluyendo insinuaciones de una escalada extrema, resultaron ser meros gestos superficiales carentes de fundamento. Generaron ruido, alarma y un hedor persistente en el ambiente político, pero carecían de viabilidad estratégica y respaldo institucional. Desde entonces, han sido asimiladas y desestimadas, no solo por sus adversarios, sino también por observadores, analistas y voces dentro de los propios Estados Unidos.

Lo que queda no es una paz frágil ni una pausa temporal, sino el cierre de las vías de escalada. La guerra, en su forma más amplia, no se reanudará, no por buena voluntad ni reconciliación, sino porque el propio sistema ha impuesto límites que no se pueden traspasar sin consecuencias demasiado graves.

Y es en ese reconocimiento, más que en cualquier declaración formal, donde reside el verdadero significado de este momento.

Cuando el poder encuentra sus propios límites

Lo que este momento revela, en última instancia, no es simplemente una interrupción temporal en la trayectoria esperada del poder global, sino un cambio estructural más profundo en la relación entre dominio y posibilidad. Estados Unidos continúa proyectando la imagen de una potencia que define el sistema, pero esta confrontación ha puesto al descubierto hasta qué punto esa proyección está ahora condicionada por limitaciones —económicas, estratégicas y políticas— que no pueden superarse únicamente con la fuerza. En este caso, el poder no colapsó; se topó con una resistencia que no pudo vencer fácilmente ni absorber sin dificultad.

Igualmente revelador ha sido el comportamiento de los aliados y de los actores internos en Estados Unidos. La retirada de Europa, motivada más por el temor a una desestabilización sistémica que por principios, y la resistencia en los círculos estratégicos y militares estadounidenses, evidencian la fragmentación del consenso que antaño permitía una proyección de poder sin restricciones. La imagen de una autoridad unificada y decisiva ha dado paso a una realidad más compleja, en la que el poder debe negociar con las limitaciones en lugar de simplemente ignorarlas.

En este contexto, el alto el fuego no puede entenderse como un frágil interludio previo a una nueva confrontación. Representa el cierre de vías de escalada que ya se han puesto a prueba y cuyas consecuencias son demasiado graves como para arriesgarse. Las estructuras que forzaron la retirada —la interdependencia económica, la incertidumbre estratégica y la cautela institucional— permanecen intactas y operativas. Cualquier intento de reavivar un conflicto a gran escala se toparía de inmediato con las mismas barreras, ahora mejor comprendidas y más difíciles de superar.

Las reiteradas amenazas de Donald Trump acabaron por revelar los límites del poder performativo. Generaron alarma momentánea e intensidad retórica, pero carecieron de la coherencia, el respaldo y la viabilidad estratégica necesarios para su ejecución. Al final, se disolvieron en la misma realidad que pretendían ocultar: que el poder, despojado de sus discursos, debe responder a las condiciones en las que opera.

La respuesta de Irán ha supuesto, en efecto, un rechazo al marco integral estadounidense de diez puntos: una negativa categórica a aceptar el desarme unilateral o las condiciones de seguridad impuestas externamente; una insistencia en el levantamiento total de las sanciones como condición previa, no como concesión; la afirmación de la plena igualdad soberana en cualquier negociación; el rechazo a las agendas de cambio de régimen y la desestabilización encubierta; la exigencia de la retirada de la presencia militar extranjera de la región, incluidas las bases estadounidenses; la negativa a reducir sus alianzas regionales bajo presión externa; la insistencia en que los puntos estratégicos energéticos como el Ormuz no pueden ser dominados militarmente por potencias extranjeras; el rechazo a la coerción económica como herramienta diplomática; la afirmación de que la seguridad regional debe ser moldeada únicamente por los actores regionales; y, sobre todo, el principio de que la disuasión, no la sumisión, definirá su relación con Estados Unidos.

Y es aquí donde reside la lección más profunda de este momento. No en declaraciones, ni en percepciones manipuladas, sino en el reconocimiento silencioso e innegable de que la estructura de la dominación se ha visto obligada a adaptarse a fuerzas que ya no puede controlar por completo.

“Los imperios no caen cuando son desafiados; caen cuando se dan cuenta de que ya no pueden imponer su voluntad y se ven obligados a fingir que la retirada fue una decisión acertada.”

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