¿Cómo entender el auge y el papel de la industria tecnológica estadounidense? En la prensa, las nociones de “tecnofeudalismo”, de “Ilustración oscura” y de “tecnofascismo” se disputan el podio de la irrupción conceptual de moda. Una perspectiva histórica invita a apoyarse en una idea más antigua, pero también más sólida: el imperialismo.
Sébastien Broca (Le Monde Diplomatique), 8 de abril de 2026
Tetsuya Fukushima. — Borders and Stripes
La noción de imperialismo lleva varios meses experimentando una fortuna directamente proporcional a los desórdenes mundiales. El segundo mandato de Donald Trump ha vuelto a poner de moda el término, que reaparece de manera cíclica para criticar la política exterior de Estados Unidos. No obstante, el término “imperialismo” se refería originalmente a algo más concreto: el estrecho vínculo entre Estados y grandes monopolios económicos, así como su expansionismo común en un contexto de rivalidad entre potencias. Este enfoque, desarrollado por varios teóricos a principios del siglo XX, se revela en la actualidad singularmente esclarecedor a la hora de entender la relación de dependencia mutua entre el Estado norteamericano y las grandes tecnológicas.
Tras la relativa estabilidad internacional del periodo posnapoleónico, las décadas que precedieron a la guerra de 1914-1918 se caracterizaron por un impulso colonial y la acentuación de los antagonismos entre grandes potencias. En el ámbito económico, la puesta en práctica de políticas proteccionistas contrastaba con el liberalismo del periodo anterior. En 1902, el economista británico John Hobson llamó “imperialismo” a esta configuración histórica caracterizada por el enfrentamiento entre “imperios rivales, guiados por las mismas aspiraciones a la expansión política y el beneficio comercial” (1).
Años después, varios pensadores marxistas abordaron el asunto: Rudolf Hilferding, Rosa Luxemburgo, Nikolái Bujarin y —el más conocido de ellos— Vladímir Ilich Uliánov, alias Lenin. Aunque sus explicaciones difieren en determinados puntos, todos fundan su enfoque en un análisis de las transformaciones económicas. En lo sucesivo, el capitalismo se caracterizó por la unión del capital industrial y del capital bancario (al que Hilferding llamaba “capital financiero”), así como por la alianza entre las grandes empresas y los Estados de los que estas procedían. Bujarin describió el surgimiento de “trusts capitalistas nacionales” (2). La gran empresa concentrada, que dominaba su mercado nacional, necesitaba a partir de entonces del poder político y militar del Estado con el fin de plantar cara a una competencia a nivel mundial que se había vuelto feroz.
Empresa “too big to fail”
Para los teóricos marxistas, el imperialismo “señala la transición del régimen capitalista a un orden económico y social superior” (3). En este punto, la historia ha tendido a quitarles la razón. Es preciso considerar el imperialismo más bien como un tipo de capitalismo que regresa, de manera cíclica, cuando una potencia hegemónica ve cómo su dominio se resquebraja. La transición del liberalismo al imperialismo entre 1880 y 1914 se explica por el declive industrial del Reino Unido, convertido al proteccionismo para detener el ascenso de sus rivales. ¿Nos encontramos en una época análoga? El debilitamiento de Estados Unidos tiene un corolario: la puesta en entredicho de la globalización y el libre comercio que se ha desarrollado bajo su supervisión, cosa que atestiguan el ascenso de China, la marginación de la Organización Mundial del Comercio (OMC), las nuevas barreras arancelarias y el retroceso del derecho internacional. Algo que también afirmó sin ambages el secretario de Comercio estadounidense Howard Lutnick el pasado 20 de enero en Davos: “La globalización ha fallado a Occidente y a Estados Unidos, es una política fracasada”.
Al igual que a inicios del siglo XX, la concentración de capitales está creciendo de manera espectacular. En enero de 2026, las siete mayores tecnológicas estadounidenses (Nvidia, Alphabet, Apple, Microsoft, Amazon, Meta y Tesla) suponían un 34% del valor total del índice S&P 500, frente al 12,5% en 2016. En 2025, el crecimiento estadounidense fue en su mayor parte producto de faraónicas inversiones aprobadas por el sector tecnológico para desplegar nuevas infraestructuras de inteligencia artificial (IA) y apoyar a los buques insignia del sector: OpenAI y Anthropic. En 2026, es de prever que aumenten estas inversiones, llegando a los 650.000 millones de dólares solo para Alphabet (Google), Microsoft y Meta (Reuters, 23 de febrero de 2026).
Aunque en el pasado fueron los enormes beneficios de estas empresas los que alimentaron la orgía de capitales, eso ya no basta. OpenAI y Anthropic prevén entrar en bolsa en 2026 con el fin de recaudar fondos suplementarios. El sector también se ve obligado a pedir prestadas sumas cada vez más elevadas a actores financieros no bancarios, como empresas de capital-riesgo, sociedades de gestión de activos o entidades de crédito privadas. Se cree que las deudas de Oracle y CoreWeave —proveedores de infraestructuras para la IA— llegan a los 100.000 millones de dólares. Grandes actores como Amazon, Alphabet y Meta también han recurrido a préstamos por medio de complejos mecanismos financieros (4). De ahí que el sector tecnológico se encuentre hoy más imbricado que nunca con el financiero, por más que las perspectivas de beneficio aún resulten inciertas: OpenAI prevé ser rentable solo en 2029.
Todo esto explica el decisivo papel del Estado norteamericano, que, en la actualidad, se esfuerza en eliminar los riesgos vinculados a esos gastos. El 5 de noviembre de 2025, la directora financiera de OpenAI hablaba en una entrevista con el Wall Street Journal de una “garantía federal” para proteger las inversiones en las infraestructuras de IA. Ante la indignación suscitada, se apresuraron a corregir sus palabras, pero el nuevo mensaje no tuvo menor resonancia que el primero: OpenAI era ya “too big to fail”, demasiado importante como para que el Estado pudiera desinteresarse de sus potenciales dificultades.
Al margen de este caso concreto, lo cierto es que la Administración de Trump está implementando una política industrial: el Estado anima a construir centros de datos, centrales de carbón y centrales nucleares en terrenos de su propiedad y, además, dispensa a estas nuevas instalaciones de llevar a cabo los estudios de impacto medioambiental que normalmente exige la Ley Nacional de Política Ambiental (NEPA, por sus siglas en inglés). Por último, la Casa Blanca le ha pedido al Departamento de Comercio que brinde apoyo financiero (créditos, avales, subvenciones, estímulos fiscales, exenciones arancelarias, etc.) a estos proyectos estratégicos (5), poniendo así de manifiesto —a quien tenga ojos para verlo— que la realidad apenas se parece en nada a un mercado autorregulado.
Hace más de un siglo, Bujarin señalaba que la política del imperialismo estaba tironeada, por un lado, por la internacionalización de la economía y, por otro, por la voluntad de “encajarla en marcos nacionales” (6). La afirmación vuelve a cobrar hoy cierta pertinencia. La globalización neoliberal lleva varias décadas permitiendo a las tecnológicas estadounidenses captar el grueso del valor producido en las cadenas globales apoyándose en numerosos subcontratistas, especialmente del sudeste asiático. Pero esta organización económica se halla en tela de juicio desde el momento en que varios Gobiernos estadounidenses sucesivos se han aplicado a reducir la dependencia estratégica de Estados Unidos y cuentan con la IA para conservar su ascendiente sobre China. De ahí que el mantenimiento del sector tecnológico estadounidense en las estructuras económicas de la globalización se tope con el deseo de Washington de reorganizar las cadenas de valor en función de imperativos de seguridad nacional.
Desde entonces, el intervencionismo económico ha adquirido varias formas. El Estado norteamericano ha entrado en el capital de empresas consideradas estratégicas, desde la explotación minera al sector nuclear, pasando por los semiconductores. También ha negociado con Nvidia un acuerdo que le permite percibir el 25% de los ingresos generados por la venta a China de sus chips H200, antes sometidos a embargo. El diario The Wall Street Journal habla incluso del surgimiento de un nuevo “capitalismo de Estado” (11 de agosto de 2025).
Otra iniciativa emblemática es la alianza Pax Silica. Supervisada por el Departamento de Estado y dirigida por el subsecretario de Estado para Asuntos Económicos, Jacob Helberg —antiguo ejecutivo de Google y Palantir conocido por su intransigente postura a propósito de China—, aspira a construir una coalición bajo control estadounidense entre “aliados y socios de confianza” con el fin de proteger la cadena de valor de la IA en su integridad, desde las tierras raras hasta los modelos tecnológicos más avanzados (7). De momento, Pax Silica cuenta con la membresía de Australia, Corea del Sur, los Emiratos Árabes Unidos (EAU), Grecia, la India, Israel, Japón, Qatar, el Reino Unido y Singapur. Cada uno debe contribuir en función de los activos de los que dispone: Australia provee de metales críticos, Qatar y los EAU ofrecen energía barata y capacidad de inversión, Japón y Corea del Sur brindan su experiencia en materia de semiconductores, etc. Estados Unidos conserva el control de los aspectos más críticos del proceso de innovación, a la vez que se garantiza las salidas para sus productos tecnológicos. Pax Silica también supone una respuesta a la política china de autonomía tecnocientífica. Es una iniciativa representativa de un mundo en el que el sector tecnológico estadounidense no puede desplegarse de manera autárquica, pero debe replantearse sus dependencias internacionales a la luz de las nuevas prioridades políticas.
La cuestión militar
Como en toda configuración histórica de tipo imperialista, la cuestión militar ocupa un lugar esencial. En Estados Unidos, la relación de dependencia mutua entre el Estado y el sector tecnológico se establece en torno a consideraciones de defensa y seguridad, como dejó claro el pulso, en febrero, entre Anthropic y el Pentágono: ante la negativa del primero a que se usara su IA Claude para el pilotaje de armas autónomas sin supervisión humana o para vigilar a la población estadounidense, el presidente estadounidense ordenó a las agencias federales la interrupción de toda colaboración con la empresa. El propósito de muchas de las tecnologías bajo el epígrafe de la IA que se desarrollan en la actualidad es el de garantizar la supremacía militar y la preponderancia económica de Estados Unidos. La Casa Blanca aspira a un “dominio tecnológico mundial incontestado e incontestable”. El Pentágono ha llegado incluso a presentar la IA como “el nuevo destino manifiesto de Estados Unidos” (8).
En este contexto, una aplastante mayoría de empresas de Silicon Valley han vencido sus reticencias a trabajar con los militares o los cuerpos de policía: un giro que ha encontrado a uno de sus teóricos en el cofundador de Palantir, Alexander Karp, según el cual el mantenimiento de la supremacía estadounidense pasa por “la unión del Estado y la industria digital” (9). Amazon ofrece desde 2021 —en el marco de un contrato con Alphabet, Microsoft y Oracle— sus servicios de computación en la nube a la Agencia Central de Inteligencia (CIA) y, desde 2022, al Departamento de Defensa. En la actualidad, Meta autoriza el uso militar de su modelo de IA LLaMA, además de haber adquirido Scale AI, toda una joya de la tecnología de defensa de la que procede Michael Kratsios, hoy en día el principal consejero de Trump en materia tecnocientífica. En cuanto a OpenAI, no ha tardado en aprovecharse de la caída en desgracia de Anthropic para ocupar su lugar en el Pentágono. Las puertas giratorias entre las grandes tecnológicas y las instituciones militares abundan (10). Lejos de las fantasías tecnolibertarias que postulaban una autonomía de las grandes empresas tecnológicas con respecto al Estado, existe ya un complejo militar-digital: una simbiosis público-privada que recuerda a la de principios del siglo XX.
Ahora bien, el periodo actual muestra algunos rasgos específicos. Por más que la hegemonía estadounidense esté en crisis, la competencia entre potencias imperialistas sigue siendo mucho más desequilibrada hoy que antes de 1914. Por otro lado, la alianza del Estado y el capital se establece en un contexto en el que la interdependencia de las economías nacionales supera con mucho la que existía a principios del siglo XX. Por consiguiente, el poder político y las élites capitalistas se ven atraídas por tendencias contradictorias. La Administración de Trump está dividida entre los “halcones”, partidarios de una línea dura frente a China, y una tendencia más neoliberal que promueve una suavización de las restricciones tecnológicas y comerciales (11). Una ambivalencia que puede encontrarse también en Silicon Valley: empresas como Nvidia y Oracle no desean de ningún modo renunciar a los intercambios económicos con China, mientras que las pertenecientes al sector de la tecnología de defensa no ven con malos ojos la exacerbación de la rivalidad entre Pekín y Washington.
El giro imperialista del sector tecnológico levanta revuelos dentro de las propias empresas —como en Alphabet, por ejemplo—, entre unos empleados en su mayoría afectos al Partido Demócrata (12). La corrupción, el nepotismo y la prevaricación que caracterizan la alianza de las tecnológicas con la Administración de Trump entrañan el riesgo, además, de ahondar la fractura entre las élites de Silicon Valley y las bases populares del movimiento Make America Great Again (MAGA). Una última incógnita —y no la menor— planea sobre la propia tecnología: algunos expertos interpretan el desarrollo de la IA “cueste lo que cueste” como un error estratégico. Según el investigador Gary Marcus, “es posible que el verdadero ganador acabe siendo el país que no se endeude hasta el punto de arruinarse financieramente, en un esfuerzo insensato por llegar el primero en una carrera que no puede ganarse” (13). Lo cual viene a ser otra forma de decir que los imperios, por regla general, acaban sucumbiendo a su propia desmesura.
(1) John A. Hobson, Estudio del imperialismo, Alianza Editorial, Madrid, 1981.
(2) Nikolái Bujarin, La economía mundial y el imperialismo, Pasado y Presente, 1971.
(3) Vladímir Ilich Uliánov Lenin, El imperialismo, fase superior del capitalismo, Roca, 1974.
(4) Véase Evgeny Morozov, “La soberanía: una mercancía estadounidense”, Le Monde diplomatique en español, noviembre de 2025. Cf. también Advait Arun, “Bubble or nothing: data center project finance”, Center for Public Enterprise, noviembre de 2025, https://publicenterprise.org
(5) Cf. Brian J. Chen, “The big AI state. How the Trump administration is shaping US industrial policy toward ‘global technological dominance’”, 21 de enero de 2026, https://datasociety.net
(6) Nikolái Bujarin, op. cit.
(7) Departamento de Estado de Estados Unidos, “What is Pax Silica”, www.state.gov
(8) “Winning the race. America’s AI action plan”, julio de 2025, www.whitehouse.gov; Departamento de Estado de Estados Unidos, “The war department unleashes AI on new GenAI.mil Platform”, 9 de diciembre de 2025, www.war.gov
(9) Alexander Karp y Nicholas Zamiska, The technological Republic. Hard power, soft belief, and the future of the West, Crown Publishing, Nueva York, 2025.
(10) Véase Francesca Bria, “El golpe de Estado del autoritarismo tecnológico” y Evgeny Morozov, “La soberanía: una mercancía estadounidense”, Le Monde diplomatique en español, noviembre de 2025.
(11) Cf. Mathilde Velliet, “Les trumpistes veulent-ils vraiment faire la guerre à la Chine?”, Instituto Francés de Relaciones Internacionales (IFRI), 3 de febrero de 2026, www.ifri.org
(12) Cf. Kali Hays, “Google staff call for firm to cut ties with ICE”, 6 de febrero de 2026, BBC.
(13) Gary Marcus, “The core misconception that is driving American AI policy”, 14 de diciembre de 2025, https://garymarcus.substack.com
Sébastien Broca Profesor titular de ciencias de la información y la comunicación en la Universidad París VIII. Autor de Pris dans la toile. De l’utopie d’Internet au capitalisme numérique (‘Atrapados en la red. De la utopía de Internet al capitalismo digital’), Seuil, París, 2025.
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