LEANDRO ROSSI (JACOBIN.LAT), 8 de Abril de 2026
La democracia ante el totalitarismo de mercado y la amenaza posfascista: ¿qué hacer?

El capitalismo del siglo XXI pareciera darle la razón al filósofo presocrático Heráclito de Éfeso (535 a.C. – 470 d.C.) y a su popular locución, precursora del pensamiento dialéctico, panta rei («todo fluye»). Ese devenir constante fue moldeando el perfil de la variante actual del capitalismo a partir de modificaciones internas y cambios externos. Entre las primeras cabe mencionar la centralización y concentración del capital, la creciente internacionalización del capital —con China e India como zonas destacadas—, los diversos procesos de innovación en la esfera productiva y la mayor automatización de la producción y la incesante revolución tecnológica o la heterogeneización de las fuerzas productivas. De entre los segundos, el más significativo sin dudas es el derrumbe de los socialismos burocratizados del este.
Plagado de contradicciones de diversa índole, ese flujo aparentemente caótico fue fabricando una variante del capitalismo completamente nueva cuyos puestos de vanguardia fueron liderados por las finanzas globales bajo un discurso hegemónico en el período que transcurre desde principios de los años setenta hasta la crisis de 2008. La crisis financiera global de 2008, popularmente conocida como la «crisis de las hipotecas de alto riesgo», quebró la hegemonía neoliberal de aproximadamente cuarenta años de dominio absoluto. En ese momento, el neoliberalismo «dejó de fluir»; pero ello no significa que haya terminado.
La crisis de 2008 fue el símbolo ineludible del agotamiento de los fundamentos económicos del neoliberalismo, que había sorteado crisis previas (la del sudeste asiático en 1997 o de las empresas tecnológicas en 2000) a partir de la consolidación de una fase expansiva entre 2002 y 2008 montada sobre la base de la especulación económica. Lentamente, comenzó a consolidarse un escenario de multipolaridad a partir del paulatino pero continuo declive de la hegemonía de Estados Unidos (afectada también por las recurrentes incursiones militares en Afganistán, Irak, Siria o Libia) y la creciente relevancia de China.
Ese marco global en transición multipolar comienza a cristalizar un proceso en dos sentidos opuestos: el proyecto neoliberal globalizador, por un lado, y el resurgimiento de un creciente proyecto nacionalista con vocación proteccionista desglobalizadora, por otro. Estos procesos en pugna se dan en un contexto de agotamiento de los fundamentos económicos del neoliberalismo y las consecuencias materiales para las sociedades son concretas: crecimiento de la desigualdad social y consolidación de una mayor segmentación de la clase obrera, junto con un creciente proceso de precarización laboral de la mano de la economía de plataformas.
Para complementar el panorama global y estructural es necesario destacar el impacto de la tecnología, con el avance de Internet, y el incesante desarrollo de las comunicaciones, cuyo papel en este proceso resulta clave. No es posible entender el proceso actual sin tener en cuenta el impacto de la tecnología aplicada a la comunicación (redes sociales, por ejemplo), impacto que contribuyó a construir un espacio global de intercambio instantáneo de mensajes cuyo rasgo más destacado es la viralización de mensajes de odio, la difusión de noticias falsas y la elucubración de teorías conspirativas de todo tipo.
El correlato ideológico tanto del resquebrajamiento de los mecanismos de dominación política neoliberal como del declive de la posición hegemónica de Estados Unidos en el concierto de naciones configura un nuevo contexto mundial complejo, con un creciente número de tensiones y espacios en disputa.
Radicalización neoliberal
En el plano político e ideológico, montado sobre la potencia de la comunicación a través de los algoritmos, encontramos una confluencia de discursos conservadores, reaccionarios y liberales (principalmente en cuestiones económicas que pretenden «escindirse» de lo político) articulados a partir de la radicalización de la matriz neoliberal inaugurada por Reagan y Thatcher. En esa microesfera pública de las diversas corrientes de la derecha fue desarrollándose una variopinta constelación de ideas vinculada con el individualismo extremo, el asedio a las nociones de igualdad y fraternidad y la promoción de la competitividad en detrimento de la solidaridad. También se produjo una exaltación de las ideas neoliberales de desregulación, de las políticas de austeridad presupuestaria permanentes, de la reducción del gasto público y de las privatizaciones.
A la par, comienza a ponerse en cuestión lentamente la misma idea de democracia, cuestionando su potencial colisión con la (inexpugnable) libertad del capital y de la propiedad privada, al tiempo que se deslegitima la acción colectiva y se legitima la explotación y precarización laboral. El negacionismo climático, por ejemplo, es un elemento recurrente en las narrativas de la derecha: el respeto de los equilibrios ecológicos del planeta no suele compaginarse bien con el apetito voraz del capital.
Este conglomerado de ideas reaccionarias se articula a partir del apelativo a valores tradicionales: ideas relacionadas con la moralidad tradicional o valores patriarcales de autoridad, jerarquía y control sexual. Así, estas nuevas derechas construyen su discurso sobre dos ejes tradicionales de la derecha: defensa a ultranza del mercado y la propiedad privada, en primer lugar, y apelativo a los valores tradicionales de la familia patriarcal, en segunda instancia. A estos dos se agrega un tercero, más «reciente»: la idolatría de la variante neoliberal del capitalismo. De esta manera, las perspectivas reaccionarias se retroalimentan tanto a partir de la narrativa de una «crisis de los valores» como de la apología al mercado en tanto constructo imaginario y rector inexpugnable del orden social cuyo límite no pareciera ser otro que el totalitarismo de mercado o totalitarismo neoliberal.
Este complejo entramado ideológico entraña mucho más que un mero modelo de Estado, de producción o de sociedad: presenta, como apunta Bob Jessop, una vocación profundamente transformadora para consolidar y extender el poder del capital, subsumiendo «áreas cada vez más grandes de la vida social bajo la lógica de la acumulación diferencial. Se convierte en un vector principal de la colonización, la mercantilización y, finalmente, la financiarización de la vida diaria». Este «mercado total», regulador de todas las esferas de la vida social, de todos los vínculos interpersonales, presenta una arista completamente deshumanizante y, obviamente, mercatilizante de las relaciones sociales y de las personas. Todo esto genera tensiones, resistencias y alimenta la perspectiva de nuevas crisis.
El peligro de la violencia: capitalismo o democracia
Los años de la hegemonía neoliberal han sembrado el terreno para que germinen las ideas de la extrema derecha. En los países de América Latina se advierte con claridad cómo el permanente ataque a los derechos sociales conquistados, la férrea oposición a que nuevos colectivos logren nuevos derechos o el desprecio por lo público fue desarticulando los lazos al interior de cada sociedad mientras la mercantilización de la vida y la conversión de los «ciudadanos» (en tanto sujetos políticos) en «consumidores» (individuos solitarios, pasivos, con capacidad de compra o con aspiración a poder comprar en un futuro) constituyó un paso clave en una estrategia para horadar la cultura política participativa y alimentar una cultura antidemocrática desde abajo.
La constelación de ideas de las extremas derechas contienen en su seno una matriz autoritaria que emerge con nuevos bríos de las ruinas del neoliberalismo que entró en crisis en 2008 y que dialoga con las pobres experiencias de gobiernos progresistas que han sido timoratas, impotentes para cambiar las estructuras sociales, la realidad cotidiana de las personas y que tristemente han demostrado genuflexión ante el poder con vistas a perdurar en cargos gubernamentales. Agotados de un statu quo que no mejoró su calidad de vida en los últimos años, los «consumidores» no hicieron más que «comprar» la oferta electoral con pretensiones supuestamente disruptivas de las extremas derechas. Salvando los matices específicos de cada coyuntura local, en América Latina esto ocurrió primero con Bolsonaro en Brasil, luego con Milei en Argentina y recientemente con Kast en Chile.
En este punto es necesario remarcar, una vez más y de manera categórica, el carácter antidemocrático de la nueva derecha y el peligro de que se desarrollen o profundicen estrategias violentas para imponer o sostener a estos movimientos extremos. Friedrich Hayek lo expresaba de manera contundente y con potencia prístina: «lo fundamental es la libre elección de los individuos en el “juego cataláctico”, con la consecuencia de que es perfectamente aceptable disminuir, o hasta suprimir, la libertad política e intelectual para defender el orden espontáneo del mercado».
Esta prepotencia del mercado por sobre la democracia —agregamos conscientemente, liberal burguesa, con todas sus implicancias, características ficcionales y limitaciones— constituye el corazón del proyecto neoliberal radicalizado de nuestros tiempos. El totalitarismo de mercado, incuestionable, inconmensurable, distribuidor de riquezas, capaz de asignar premios y castigos, se presenta con la pretensión de absorber toda la vida social, de inmiscuirse hasta en los rincones más pequeños de las relaciones sociales para imponer su lógica.
En ese intento de control total, la ideología cumple un rol destacado al impregnarse en las diferentes instituciones intermedias entre el Estado y la economía que conforman la sociedad civil. La construcción del proyecto político de las extremas derechas se apoya en la edificación de un consenso social sobre la base de un entramado ideológico reaccionario y a partir de la reproducción de sus mensajes desde los diversos organismos de la sociedad civil. En aquellos países donde ha alcanzado el gobierno, como en la Argentina, cuenta además con la coerción provista por el aparato estatal (que, en palabras de Gramsci, asegura «legalmente» la disciplina de aquellos grupos que no «consienten»), a la vez que está preparado para ser aplicado a toda la sociedad cuando lo considere necesario.
Por ello es que desde la extrema derecha se habla de «batalla cultural»: son conscientes de la relevancia que han adquirido en las sociedades modernas las diferentes instituciones de la sociedad civil en la construcción de una cultura, de determinados valores e ideas, para construir una ideología entendida no solamente como un sistema de ideas sino como «una práctica social auténtica y habitual, que debe abarcar supuestamente las dimensiones inconscientes y no articuladas de la experiencia social además del funcionamiento de las instituciones sociales» (Eagleton, 2005). El avance sobre la construcción de un sentido común es un elemento valioso en la disputa política y constituye un campo de batalla concreto que han sabido trabajar y difundir con la utilización de las redes sociales.
El peligro de esta nueva ola de movimientos y gobiernos de extrema derecha radica en que han logrado tocar la fibra íntima de sociedades agotadas por un capitalismo explotador que poco tiene que ofrecer a cambio. De la república democrática como «mejor envoltura» política de la que puede revestirse el capitalismo (Lenin, 2006) esta oleada de la extrema derecha pareciera intentar construir un Estado autoritario posdemocrático como nueva «mejor envoltura política posible» para la dominación del capital (Jessop, 2017). La crisis de 2008 fue el punto de inflexión para la agudización del autoritarismo y la radicalización neoliberal.
La construcción de un Estado autoritario posdemocrático combina, por un lado, una política de austeridad permanente que es necesario abordarla como una ofensiva estratégica a largo plazo que fue diseñada con el objetivo de «reorganizar la matriz institucional y el equilibrio de fuerzas a favor del capital» (Jessop, 2017) y, por otro, el sustento político de los sectores populares a un proyecto de extrema derecha reaccionario. Si el primer punto ha sido un mantra para el credo neoliberal desde que las derechas produjeron el «giro antiestatista» en la década de 1970 a partir de la hegemonía (cultural, moral e intelectual) que logró Thatcher, para el segundo elemento fue necesaria la construcción de un «sentido común de derecha» a partir de la repetición, paciente, constante y sistemática de esa constelación de ideas y valores que proponen. Una repetición sostenida y amplificada desde las diversas esferas de la sociedad civil, aprovechando las bondades de las redes sociales y las nuevas tecnologías de la comunicación. Una repetición con un mensaje adaptado a cada sector social, a cada grupo, a fin de cuentas, a cada persona.
Aquí entra en juego lo que se denomina «capitalismo de vigilancia» (Zuboff, 2020) que es, probablemente, la columna vertebral del proceso que permitió la transición a la variante actual del capitalismo donde tienen un rol relevante estas extremas derechas:
Esta variante del capitalismo reclama para sí la experiencia humana (vigilancia y recolección de información que se traduce en datos de comportamiento) como materia prima gratuita (una suerte de «acumulación originaria del siglo XXI»). Esta se constituye como necesaria para el desarrollo de las actividades comerciales sobre una relación de tipo parasitario (el excedente de información necesario para fabricar productos predictivos) a partir tanto de la voluntad como de la capacidad de las compañías tecnológicas para imponer relaciones sociales desproporcionadamente asimétricas (de conocimiento y poder) a sus usuarios. De conocer las conductas de las personas, a predecirlas para, finalmente, intervenir sobre ellas y moldearlas a su antojo en vistas de la maximización de ganancias. Este proceso, popularizado como poder instrumentario, constituye la piedra de toque de la arquitectura de medios de modificación conductual del nuevo esquema económico capitalista que empezó a consolidarse durante la pandemia. (Rossi, 2021: 383)
Sobre la base de estos componentes se fue construyendo lentamente la estructura para sostener el Estado autoritario posdemocrático: la crisis del neoliberalismo, el fracaso de las instituciones políticas y de las políticas públicas para solucionar problemas concretos de la ciudadanía, la impotencia e impericia de las alternativas políticas progresistas («neoliberalismo progresista», en palabras de Nancy Fraser) o de izquierda y la utilización de las diversas instituciones de la sociedad civil, pero principalmente de la arquitectura de medios de comunicación del siglo XXI, para difundir las ideas y valores de la extrema derecha.
Todo este proceso fue articulando una repolitización del malestar social y, paradójicamente, sin abandonar el marco neoliberal existente, sino profundizándolo. En el entramado de la radicalización neoliberal es en donde crece el mensaje de las extremas derechas, en ese intersticio es que su mensaje logra interpelar a individuos aislados, disconformes con el sistema de partidos políticos y con el fracaso recurrente de las políticas públicas. Son esos sujetos los que se re politizan a través del prisma del mensaje de odio, que además son premiados por las redes sociales y sus algoritmos. Por ello es que esta propuesta de derecha no es una ruptura sino una aceleración, una radicalización política afectiva del neoliberalismo.
Esta repolitización del malestar social en clave reaccionaria dentro del marco simbólico de una aceleración del neoliberalismo abrió el debate politológico sobre si estas expresiones de extrema derecha son fascistas, neofascistas o posfascistas. En relación a esta discusión, de tinte algo academicista, consideramos que las extremas derechas o derechas radicales de nuestro tiempo difieren del fascismo «clásico» (de la primera mitad del siglo XX) en tanto, y por el momento, no presentan: ni un «proyecto de regeneración de la nación» en los términos de una comunidad étnica, racial y homogénea (si bien hay algunas referencias en algunos movimientos actuales no es en los mismos términos ni con la rigidez del fascismo clásico); tampoco cuentan con una idea racista de nación, carecen de un imaginario utópico ni tienen ideas del tipo de «hombre nuevo» y, nuevamente, por el momento no han alcanzado el nivel de violencia política de los regímenes fascistas de Mussolini, Franco o Hitler, por ejemplo.
En este punto vale aclarar que algunas acciones recientes (como el ataque de Estados Unidos a Venezuela de los primeros días de enero de 2026 y el secuestro de Nicolás Maduro) reflejan que el regreso del imperialismo en su variante más violenta, un elemento constitutivo del fascismo clásico, vuelve a tomar relevancia. Si bien Trump no ha construido aún un movimiento de esta índole, se acerca a ese grupo de líderes fascistas «clásicos». Entre los elementos en común, además de su recalcitrante visión imperialista con la revitalización de la nefasta Doctrina Monroe, podemos destacar su presentación como «hombre de acción» y no de pensamiento, su férreo machismo y su virilidad agresiva, su verborragia intolerante ante la crítica, su racismo, su supremacismo blanco y xenofobia (Traverso, 2023), además de la violencia policial ilegal contra inmigrantes, estudiantes, opositores y la instalación de políticas persecutorias como el Servicio de Control de Inmigración y Aduanas (ICE), que tiene por objetivo «identificar y capturar a extranjeros removibles».
Por su parte, el neofascismo es un fenómeno residual del fascismo clásico, una suerte de añoranza de aquel modelo al que intenta regenerar. Aunque existen movimientos neofascistas, tampoco se encuadran claramente en el marco característico de las nuevas derechas radicales. Por lo tanto, consideramos que, por lo menos de manera transitoria y a la espera de cómo continúan evolucionando estos movimientos y regímenes de gobierno, es adecuado conceptualizar a la oleada de extrema derecha del siglo XXI, junto con Enzo Traverso, como una era de «posfascismo».
Si bien el posfascismo contempla una bastante amplia variedad de líneas internas, en general todas se han emancipado del fascismo clásico y no reivindican su filiación (diferencia fundamental con neofascismo), aunque aún conservan su matriz autoritaria. Ello hace que no haya una continuidad tan visible en el plano ideológico con el fascismo clásico. En este sentido se advierte una evolución y una adaptación a la nueva coyuntura política del capitalismo y al devenir histórico posterior al derrumbe de los fascismos clásicos. En palabras de Traverso, «lo que caracteriza al posfascismo es un régimen de historicidad específico —el comienzo del siglo XXI— que explica su contenido ideológico fluctuante, inestable, a menudo contradictorio, en el cual se mezclan filosofías políticas antinómicas».
Dentro de las expresiones de la derecha posfascista conviven posturas más nacionalistas, otras más neoliberales, otras más proteccionistas y otras que combinan elementos de todas ellas de manera novedosa. Un análisis minucioso nos revela un discurso ecléctico que por el momento no se erige sobre una ideología fuerte y orgánica (como los discursos militaristas de Hitler, Mussolini o Franco, por ejemplo). Nuevamente, a pesar de su retórica revolucionaria, no hay nada de revolución en el posfascismo: es un fenómeno cobijado al seno de la crisis del neoliberalismo y que pugna por encontrar una salida «huyendo hacia adelante», radicalizando el mismo liberalismo que eclosionó en 2008.
¿El hecho de que la nueva ola de derecha radical no sea igual que el fascismo clásico significa que no hay peligros? Muy por el contrario: vivimos la etapa incipiente de un proceso en pleno desarrollo, que engendra una gran variedad de problemas y amenazas por parte de los movimientos posfascistas. Al ser una etapa transicional, compleja y con expresiones multifacéticas, resulta difícil advertir hacia donde desembocará, pero dado el carácter antidemocrático, antipopular, antiobrero, antifeminista, antiecológico, anticomunista y teniendo en cuenta su constelación de valores reaccionaria y socialmente regresivas, no es descabellado pensar que la amenaza a los regímenes democráticos burgueses liberales que conocemos sea cada vez más fuerte.
La situación pareciera avanzar hacia esa construcción de Estados posdemocráticos autoritarios (o «regímenes híbridos») que incline la balanza para el lado del capitalismo en detrimento de la democracia. El deterioro social e institucional es evidente bajo el cobijo de la idolatría del mercado. Por debajo, el peligro de la violencia crece a medida que el accionar autoritario de los regímenes posfascistas se fortalece y legitima socialmente (activa o pasivamente).
La distopía posfascista de Milei en Argentina
La aparición de Javier Milei en la escena política Argentina ocurre en un contexto histórico específico con las características generales analizadas previamente. Las políticas aplicadas por los gobiernos previos (Cristina Kirchner 2011-2015, Mauricio Macri 2015-2019, Alberto Fernández 2019-2023), no alteraron la estructura productiva del país, no cambiaron el modo de acumulación y tampoco rompieron el canon neoliberal dominante (si bien es cierto que los gobiernos de la «ola rosa» intentaron, con menos éxitos que fracasos, apaciguar la voracidad del capital) y finalmente terminaron agotándose. La impotencia e impericia de las políticas públicas, sumada a la pobre realidad del país —alta inflación, desempleo, pobreza, restricción externa, precariedad laboral, deuda externa creciente e impagable, inestabilidad cambiaria, problemas de vivienda y ausencia de crédito, etc.— sembraron el terreno para la emergencia de un outsider como Milei. Su mensaje contra la «casta política» caló en una sociedad agotada de la decadencia política y de una alternancia de gobiernos que no lograron cambios concretos: la «antipolítica» es el emergente del agotamiento del quehacer político de larga data.
En el nuevo contexto político del siglo XXI de Argentina, la crisis de partidos políticos que vuelve a irrumpir se refleja en lo vacuo de sus corazas ideológicas. Esa maleabilidad pareciera ser algo característico de estos tiempos, a diferencia de los partidos de masas típicos de la Argentina del siglo XX (como la Unión Cívica Radical y el Partido Justicialista). El impacto mediático y social que generó la figura de Milei fue construido a partir de estrategias de comunicación política sobre la base de un fuerte acompañamiento y apoyo concreto de los medios masivos de comunicación y formadores de opinión, y un estilo comunicacional personalista, extremadamente violento y agresivo que arropó con categorías de las ciencias económicas utilizadas con escaso vuelo intelectual.
El discurso conservador, meritocrático, desfachatado y «liberal libertario» que fue construyendo Milei interpeló particularmente a amplios sectores de varones jóvenes que no lograron interactuar de manera adecuada con la ola feminista de los últimos años (en tanto vieron en ella una amenaza a su situación hegemónica). Pero su gobierno, iniciado en 2023, desarrolló una completa arquitectura política en vistas a la construcción de un Estado autoritario posdemocrático. En se marco se advierten:
1) agresiones a opositores, censura a la prensa y utilización de aparatos del Estado como medios de intimidación (desde las fuerzas represivas al aparato de inteligencia secreta);
2) represión a la movilización social (jubilados, estudiantes, movimientos populares y de izquierda);
3) connivencia con un Poder Judicial complaciente y una Corte Suprema de Justicia inmóvil (sobran ejemplos: las causas judiciales por estafa y corrupción que aquejan a Milei y a su hermana, las trabas del sistema judicial para abordar Decretos de Necesidad y Urgencia con escasa legalidad o la aplicación del represivo «protocolo antipiquete»);
4) los continuos ataques a los sectores trabajadores y a sus organizaciones sindicales y gremiales;
5) la implementación de políticas ultra-neoliberales y de ajuste extremo para reorganizar la matriz institucional en favor del capital y desorganizar a las clases subalternas (despidos continuos de la planta de empleados estatales, cierre y vaciamiento de intuiciones públicas vinculadas al desarrollo de conocimiento científico e investigación, desfinanciamiento de la educación en general y de la universitaria en particular, reforma laboral con vistas a una mayor precariedad de la clase obrera);
6) la defensa de la última dictadura cívico-militar genocida y el fuerte retroceso en las políticas de Memoria, Verdad y Justicia (mejor situación carcelaria para represores, trabas en causas judiciales, reivindicación del accionar de la dictadura, etc.);
7) el ataque a minorías y sectores construidos simbólicamente como «enemigos» (movimiento LGTBIQ+, inmigrantes, poblaciones nativas organizadas, colectivos feministas, comunistas e izquierdas en general);
8) la afectación de derechos a sectores vulnerables (discapacitados, adultos mayores, ajuste en programas destinados a los recién nacidos y a patologías específicas);
9) en el plano internacional, un alineamiento extremadamente servil y subordinado a Estados Unidos e Israel (en un aspecto característico del régimen de Milei, su política no deriva de una ideología sino que esta última se «improvisa», se retoca y ajusta, con el objetivo de legitimar una política que se revela «pragmática con ropaje ideológico»);
10) las relaciones que integrantes del gobierno mantienen o mantuvieron con personas vinculadas al narcotráfico, que cobran mayor relevancia a la luz de medidas específicas del gobierno («ley de inocencia fiscal», facilidades para ingresar dinero no declarado al sistema formal, cambio en políticas de seguridad relacionadas a este delito concreto).
El tono agresivo del régimen (del presidente hasta los funcionarios, la prensa afín y el conjunto de la estructura de seguidores en las redes sociales) se sostiene como un rasgo estructural de gobierno de un Milei que nunca pudo confirmar su adhesión a la democracia, quedando en dificultades en una entrevista en 2021 cuando se presentaba como candidato a Diputado Nacional. Este hecho concreto dialoga con el mito de «Argentina granero del mundo» y «potencia del siglo XIX» que Milei suele sostener en cada oportunidad que se le presenta (el detalle de ese dato ficcional e inexacto es la elección de un momento histórico donde había un capitalismo creciente en Argentina, pero lo que no había era democracia).
El régimen de Milei articula, así, elementos propios de un Estado autoritario posdemocrático: un mito ideal capitalista pero no democrático, desvalorización de las instituciones políticas y del Estado, mensaje «antipolítica», desapego por las reglas del juego democrático, amenazas a opositores, violencia creciente, abuso represivo y congelamiento de controles al gobierno por parte de los otros poderes del Estado. El régimen que intenta construir Milei en Argentina, entonces, es una distopía posfascista sostenida en un totalitarismo de mercado a partir de
la desaparición de la política debido a un proceso global de reificación del mundo: un mundo donde todas las relaciones sociales y humanas se tornan puramente mercantiles y donde el mercado modela nuestros comportamientos y nuestros deseos. El totalitarismo de hoy es un modelo social —diría, incluso, un modelo antropológico— en que nuestra mente y nuestro cuerpo se orientan conforme a una «conducta de vida» hecha de individualismo y competición. (Traverso, 2023: 134)
De la melancolía de izquierda al momento catártico
En un contexto en el que las derechas posfascistas han logrado ciertos consensos y en algunos países (y no pocos) han alcanzado legitimidad popular suficiente para acceder al poder, no solo es necesario sino que es obligatorio que los sectores de izquierda reevalúen la situación y repiensen qué hacer ante esta nueva coyuntura.
El eclipse de las utopías y la instalación de la idea del peligro totalitario anexado a cada propuesta de cambio revolucionario constituyen dos pilares firmes sobre los que el imaginario neoliberal se expandió sobre el infundado relato del fin de la historia y el «No hay alternativa» impulsado por Thatcher. Las derechas posfascistas del siglo XXI van un paso más allá: pareciera que ya no cuentan con ataduras psicológicas limitantes sobre su pasado, el cual fue edificado sobre el uso de la fuerza y la violencia. En este juego perverso, «la tensión entre pasado y futuro se convierte en una suerte de dialéctica “negativa”, mutilada» (Traverso, 2022).
Es momento de superar la crisis del Berlín de 1989 y de la caída de la Unión Soviética. Ante el avance del posfascismo, es momento de aprender de los pasos en falso dados en el siglo XX, dejar de «deambular en la oscuridad» (Koselleck, 1993a) y cerrar el viraje epocal que se inició con la ruptura de 1989 para empezar uno nuevo. Es momento de empezar a construir un nuevo relato revolucionario que no esté subsumido a una dimensión totalitaria, en primer lugar, por la falsedad intrínseca de tal asociación diseñada para alimentar la inmovilidad cristalizando derrotas pasadas y, en segundo lugar, porque en frente está el verdadero totalitarismo del siglo XXI: el totalitarismo de mercado y su rostro gubernamental institucionalizado en el Estado autoritario posdemocrático.
En este período signado por el ocaso del neoliberalismo conocido hasta 2008 y del crecimiento de una variante neoliberal que se radicaliza cada vez más, el movimiento feminista ha sido la estocada con alcance global más profunda que se ha asestado a los sectores dominantes en el nuevo siglo. El feminismo ha dado el primer paso marcando el camino para las clases subalternas, al construir un nuevo «espacio de experiencia» compartido e inclusivo y, además, procurando trazar un «horizonte de expectativa» (Koselleck, 1993b) colectivo. Es necesario superar el peso de las utopías del pasado para construir nuevas utopías emancipadoras, las nuestras. Y, para ello, resulta imperioso concebir una nueva construcción política para una intervención subjetiva con potencialidad revolucionaria en el «tiempo del ahora» (Benjamin, 2009).
Detener la marcha de la locomotora que nos conduce rumbo a la catástrofe es posible y necesario, pero los frenos de emergencia deben ser accionados lo antes posible para generar un instante disruptivo que nos permita construir un momento catártico, punto de partida para empezar a salir de la posición defensiva, para poner límite al momento de repliegue y articular estratégicamente el paso a la ofensiva. Bien sabemos, como dijo Gramsci, que en realidad se puede «prever “científicamente” solo la lucha». La solidaridad y fraternidad con cada lucha de cada sector y en cada espacio debe ser tomada como una oportunidad para abrir espacios de diálogo con las interpelaciones popular-democráticas (Laclau, 1986) a fin de contribuir tanto a la profundización de las contradicciones con el bloque hegemónico como a la ampliación del campo de la lucha de clases y a la «creación de un sujeto histórico en el que se condensen socialismo y democracia» (Laclau, 1986: 122).
Marx dijo que «la revolución social del siglo XIX no puede tomar su poesía del pasado, sino únicamente del futuro». De igual manera, la revolución social del siglo XXI debe volver su rostro hacia el pasado solo como acto de aprendizaje para detener el repliegue actual y prepararse para escribir la utopía del nuevo siglo. La poesía del futuro solo puede ser escrita en unidad.
Bibliografía
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Leandro Rossi
Licenciado en Ciencia Política por la Universidad de Buenos Aires, diplomado en estudios avanzados en Cultura y Sociedad y en Política y Economía por la Universidad Nacional de San Martín y miembro del Comité Científico Académico del Centro de Estudios para el Desarrollo Territorial de la Universidad Nacional de Moreno.
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