Gaceta Crítica

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Basta de preguntar si Israel tiene derecho a existir

Rawan Abhari (Jacobin.lat), 7 de Abril de 2026

La pregunta «¿Israel tiene derecho a existir?» no es una indagación real sobre los derechos de las naciones, sino una manipulación del discurso que obliga a los palestinos a ofrecer garantías teóricas antes que sus denuncias puedan ser siquiera escuchadas.

A medida que se despliega el segundo mandato de Donald Trump, su administración adopta un enfoque cada vez más contundente en política exterior: desde amenazar a aliados y perseguir la expansión territorial hasta acciones militares ilegales que se extienden desde el hemisferio occidental y el Caribe hasta el Medio Oriente, culminando en una guerra creciente e ilegal contra Irán, librada junto a Israel. En respuesta, los debates sobre política exterior en los medios masivos giraron sobre todo en torno a dos preguntas existenciales.

La primera es: ¿qué le espera al orden internacional basado en reglas? Quienes la formulan son en su mayoría miembros de la clase dirigente política neoliberal, que argumentan que las acciones de Trump destruyeron la pretensión de que el orden de posguerra sigue funcionando como antes: un reconocimiento que el primer ministro Mark Carney sintetizó en un discurso que fue ampliamente comentado en el Foro Económico Mundial de Davos, en el que declaró que el mundo está experimentando «una ruptura, no una transición». Desde la izquierda, otros señalan que así es como este orden siempre funcionó y estuvo pensado para funcionar, subrayando la continuidad más que una ruptura abrupta.

A medida que el proceso electoral presidencial de Estados Unidos para 2028 empieza a asomar, y las figuras prominentes del Partido Demócrata ensayan mensajes en giras de presentación de libros y apariciones mediáticas, la segunda pregunta que se repite es: ¿Israel tiene derecho a existir? El debate se agudiza no solo por la guerra en curso, sino también por el cambio de sentimiento dentro de la base del partido, donde las encuestas y la retórica pública muestran una conciencia y un apoyo crecientes a la autodeterminación palestina.

El aspirante presidencial Gavin Newsom demostró ser sensible a este clima cuando recientemente calificó a Israel de Estado de apartheid, aunque se retractó rápidamente y expresó su arrepentimiento. Josh Shapiro, en su reciente gira de presentación de libros y en diversas apariciones en medios y podcasts, fue mucho más consistente. Para parafrasear su argumento, la posición de Shapiro es que si uno no cree que Israel tiene derecho a existir, está a favor de la guerra perpetua, mientras que él está por la paz porque apoya una solución de dos Estados.

Del otro lado del pasillo, la derecha transita la línea entre una recién descubierta suspicacia y crítica hacia Israel y el creciente sentimiento antijudío, defendido por figuras como el influencer de extrema derecha Nick Fuentes, quien continúa recibiendo un cálido abrazo parcial por parte de un Partido Republicano en proceso de radicalización.

El periodista Tucker Carlson, por ejemplo, criticó con lucidez el papel que jugó Israel para influir sobre los Estados Unidos en la decisión de atacar a Irán, pero también le abrió polémicamente su tribuna a Fuentes. Carlson mostró una visible frustración durante una entrevista reciente, cuando la directora en jefe de The Economist, Zanny Minton Beddoes, le preguntó repetidamente si creía que Israel tenía «derecho a existir». Carlson insistía en pedir una aclaración: «¿Qué significa eso? ¿De dónde proviene ese derecho? ¿Acaso otros países tienen derecho a existir?»

Para responder a las dos preguntas apremiantes de nuestro momento, debemos reconocer que el orden de posguerra que siguió a la Segunda Guerra Mundial proclamó principios universales al tiempo que producía y protegía arreglos políticos que los violaban desde el principio. Como señala la jurista Aslı Ü. Bâli, la creación del Estado de Israel y el desarrollo del derecho internacional tal como lo conocemos, están entrelazados. «Palestina sigue siendo el único caso que se remonta directamente a la fundación de las Naciones Unidas, un ejemplo que la mayoría de los Estados en la ONU continúan interpretando a través del prisma de una descolonización incompleta». Y agrega: «Israel creó un Estado que es expresión del reconocido derecho a la autodeterminación del pueblo judío, pero se comporta de manera continua esencialmente negándole a los palestinos la posibilidad de alcanzar lo mismo».

El Plan de Partición de Palestina de las Naciones Unidas asignó la mayor parte de la tierra a un Estado judío, aun cuando los judíos eran una minoría de la población y poseían solo una pequeña fracción del territorio. La guerra que siguió, la guerra árabe-israelí de 1948, produjo el desplazamiento masivo y la matanza de palestinos. En ese sentido, la creación de Israel representa una contradicción fundacional: un pecado original dentro del supuesto orden internacional basado en reglas.

Sin embargo, la conversación política raramente discute esa contradicción. En cambio, se fija en la pregunta ritual de si Israel tiene «derecho a existir». En realidad, el derecho internacional no reconoce tal derecho para los Estados; pero sí reconoce el derecho de los pueblos a la autodeterminación y prohíbe la conquista territorial. La pregunta funciona menos como una indagación jurídica que como una prueba de fuego política.

Como argumentó Mohammed El-Kurd, este encuadre obliga a los palestinos y a otros a caer en una trampa retórica. En lugar de abordar el despojo, la ocupación o la desigualdad de derechos, se les exige primero realizar una certificación moral que asegure al mundo que no buscan la violencia, antes de que sus agravios políticos puedan ser siquiera escuchados. El resultado es un debate que sustituye las promesas abstractas por las realidades materiales del gobierno militar, el desplazamiento y la apatridia.

La respuesta a esas dos preguntas fundamentales debería partir del hecho de que el propio orden fue fundado sobre una contradicción inicial que lo predispuso a la hipocresía, y la hipocresía es la vulnerabilidad última. El sistema a la vez creó esta contradicción y es debilitado por ella. Lo que viene a continuación no tiene por qué apoyarse en falsas promesas, sino en acciones arraigadas en la realidad.

El ex secretario de Estado John Kerry formuló célebremente el dilema de Israel: puede ser un Estado democrático o un Estado judío, pero no ambas cosas a la vez. Todo nuevo orden internacional debe enfrentar una elección igualmente tajante: la autodeterminación de todos los pueblos o el afianzamiento del sionismo.

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