Gaceta Crítica

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La guerra de Trump

Lola Ballesteros (Blog de la autora – IN FIERI -), 6 de Abril de 2026

A lo largo de la historia se han producido guerras rituales, guerras de conquista clásicas, guerras de objetivos limitados e ilimitados y guerras sin cuartel. Todas ellas han tenido como objetivo matar al mayor número de enemigos posible y disminuir las bajas propias para apropiarse de las riquezas de otro país, quedarse con su territorio, como prestigio personal de sus generales o como cumplimiento de una venganza. Y, la forma de hacer la guerra ha sido siempre amoral, guiada simplemente por la consecución del éxito. 

Aunque hubo casos en que se produjeron protestas por la acción de los ejércitos del propio país, como ocurrió con Catón contra César en la guerra de las Galias, aunque los motivos eran más políticos de enemistad que morales, se consideró que las guerras eran justas si cumplían unos requisitos, que realmente eran mínimos. 

La idea de una guerra justa cambió en el siglo XX en el seno de la opinión pública. Las dos guerras mundiales dejaron un mundo devastado y parecieron actuar como una vacuna para futuras contiendas bélicas que, aunque siguieron reproduciéndose, en ningún momento afectaron a un gran número de países y se limitaron a conflictos regionales de mayor o  menor envergadura. 

La actitud pacifista de la población tuvo su momento más espectacular con la guerra de Vietnam, en la que la crueldad y la matanza alcanzó cotas insuperadas. Fue decisivo que los televidentes de todo el mundo pudieran ver imágenes de cómo se desarrolló un conflicto tan asimétrico y letal que acabó con la retirada estadounidense. Nunca más el Ejército de EEUU permitió que las cámaras circulasen con libertad ni en frente ni en la retaguardia. Los periodistas quedaron incrustados en las propias unidades de combate y al albur de lo que las autoridades militares quisieran contarles, ya fueran hechos ciertos o simple propaganda.

En la guerra de Vietnam, en la de Afganistán y en muchas otras, Estados Unidos justificó su participación en la supuesta necesidad de frenar al comunismo y proteger al llamado “mundo libre”. Ésta es la diferencia principal con lo que está ocurriendo en estos momentos, con la intervención estadounidense e israelí contra Irán. Como ya no pueden vender la idea de un Estado protector y defensor de la democracia en todo el mundo, han optado por dejarse de hipocresías y mostrar a las claras su codicia y su crueldad. Donald Trump, presidente de ese país en decadencia moral, lo ha repetido en múltiples ocasiones: que lo que le interesa es hacerse con el petróleo ajeno como en Venezuela, o el gas, o las tierras raras de Ucrania. 

Si la guerra siempre ha sido una actividad amoral, con Trump ha pasado a ser absolutamente inmoral. Y, además, con desprecio total por las reglas. Su secretario de la Guerra, Peter Hegseth, ha llegado a afirmar, acerca de los crímenes de guerra con los que amenaza su jefe, que esas líneas rojas no son más que tonterías en las que ni va a reparar. Al mismo tiempo, pretende otorgar al conflicto contra Irán un carácter religioso y no en vano lleva tatuada en el pecho la cruz de Jerusalén y en el brazo derecho el lema ‘Deus Veult’, el grito de los cruzados medievales que pretendían imponer el cristianismo en Tierra Santa, hace mil años.

El otro protagonista de esta guerra, y gran beneficiado, es Israel: no sólo está destrozando a su enemigo mortal, Irán, sino que está ocupando el sur del Líbano, donde sigue la misma táctica genocida que en Gaza. Uno no puede dejar de lamentar el cambio experimentado por la sociedad israelí y, en especial por sus dirigentes: cómo es posible que un pueblo que sufrió la tragedia del holocausto a manos de los nazis se estén comportando como ellos, o quizá peor. 

Lo que Trump pensaba que iba a ser un paseo militar con la rendición incondicional de Irán, la entrega de su petróleo y un desarme total, se ha convertido en una trampa para osos. No sabe qué hacer para salir del lío en que él, con la ayuda inestimable de Netanyahu, se ha metido y, furioso y disparatado, escribe tuits delirantes con palabras malsonantes incluidas. Ha perdido el norte, el oremus y todo lo que se puede perder. Quizá es que nunca tuvo nada valioso. Ahora bien, cuando un irracional de este calibre se siente amenazado puede hacer cualquier barbaridad y, puesto que el poder le asiste, sí podría convertir a Irán en un infierno y, como él dice, hacerle regresar a la Edad de Piedra ¿con armas nucleares? Confiemos en que no, pero no lo descartemos. 

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