Frédéric Lordon (Le Monde Diplomatique), 6 de abril de 2026
Con cada nueva regulación de las finanzas, el sector maniobra para eludirlas. El filósofo francés Frédéric Lordon, en su día en primera línea de denuncia de la burbuja de las hipotecas subprime, alerta ahora de un nuevo riesgo para la economía global: los fondos de inversión de los créditos privados. La guerra de Washington y Tel Aviv contra Irán podría terminar por incendiar la economía planetaria.
JORGE BALLESTER. — Kopflos, 1986
Regresa y no está nada contenta: la crisis financiera. Se trata de un fenómeno de gran envergadura que causará estragos a su paso. Nos encaminamos hacia acontecimientos del calibre de la crisis de las hipotecas subprime.
Algunos la esperaban desde hacía tiempo, creían verla venir, pero miraban en la dirección equivocada: la burbuja de la IA (inteligencia artificial). Al igual que en el año 2000, en plena burbuja de “Internet”: valoraciones bursátiles descabelladas, embriagadas por alucinantes demostraciones de cash burning —el mundo al revés: cuanto más dinero tira uno por la ventana, más se le tiene en cuenta—, sin perspectivas de beneficios ni siquiera mínimamente consistentes. No era razonable, no podía durar; y no duró. La burbuja acabó estallando. Pero sin grandes daños —digamos, nada que se pueda comparar con lo que siguió a la caída de Lehman Brothers—. En realidad, las caídas en los mercados de valores rara vez tienen consecuencias espectaculares. La de octubre de 1987, que sin embargo vio cómo los índices perdían un 20% en un solo día, fue absorbida con una facilidad desconcertante.
No, las crisis que golpean siempre provienen del mismo sector: el crediticio. Las crisis financieras devastadoras son crisis de la deuda, y —no está de más subrayarlo— de la deuda privada (cuando nos repiten sin cesar las terribles amenazas de la deuda pública). Así fue la crisis de las hipotecas subprime. Así es la crisis que se avecina. Como siempre, derivada en cierto modo de la anterior: la forma de la evasión. ¿Evasión de qué? De la regulación, por supuesto. La propia burbuja de las hipotecas subprime se había formado por la explosión de una “innovación” financiera destinada a eludir las “insoportables” restricciones que pesaban sobre los créditos bancarios. Así surgió la titulización, con sus créditos bancarios agrupados, fraccionados, estructurados y convertidos en negociables en los mercados, para poder sacarlos de los balances de los bancos… y que estos pudieran volver a empezar. Toda una pequeña industria, maravillosamente rentable, que permitía, según el folleto, transformar la basura en oro, es decir, los créditos hipotecarios más dudosos —subprime— en activos altamente rentables, supuestamente líquidos, supuestamente sin riesgo. Por desgracia, todo eso acabó mal; y “acabar mal” significa, en el mundo de las finanzas, hacerlo con una re-regulación. En realidad es poca cosa, pero, como siempre, resulta “insoportable”, así que las cabezas pensantes del sector preparan el siguiente movimiento para eludirla de nuevo. Y en esas estamos.
El mundo encantado del private credit
La titulización ya no gozaba de buena reputación, los tipos de interés se mantenían increíblemente bajos y, en consecuencia, los rendimientos también. Pero la competencia manda: los inversores son exigentes, hay que ofrecerles yield, ‘rentabilidad’. Cambian los medios, pero el método general sigue siendo el mismo: hay que buscar lo arriesgado, porque lo arriesgado es lo que da dinero, ya que precisamente está obligado a remunerar su riesgo; luego se pretende que no lo es y que tiene lo mejor de ambos mundos —la rentabilidad y la seguridad—. He aquí, entonces, lo que hace chiribitas los ojos del público (inversor): el private credit. O cómo buscar en los bajos fondos de la economía a empresas que ya no tienen suficiente acceso al crédito bancario, a las que su tamaño les impide acudir a los mercados de deuda, y ofrecerles aportaciones de financiación, por así decirlo, “de mano en mano”, de acreedor a deudor, en una relación puramente privada y sin intermediación: sin bancos ni mercados (de deuda) de por medio. Sin intermediación, aunque no del todo. Porque las instituciones financieras de gran prestigio, los bancos o los gigantes de la gestión de activos como BlackRock (14 billones de dólares bajo gestión) han tenido, evidentemente, la brillante idea de crear fondos dedicados al private credit basándose en un eslogan que no puede dejar indiferente a ninguna persona honrada: confíenos su dinero, quedará muy satisfecho, nosotros nos encargamos de todo —es decir, de encontrar a las empresas que necesiten financiación, de seleccionar aquellas que acepten pagar tipos de interés, y por tanto rentabilidades para los inversores, sustanciosas pero no exorbitantes, de modo que puedan aguantar hasta el vencimiento (por lo general, de 3 a 7 años). Y, de hecho, la inversión en private credit arroja una rentabilidad media del 10%, algo difícil de rechazar. Por supuesto, se firma el contrato de inversión sin fijarse demasiado en la letra pequeña —que estipula que no se podrá retirar más del 5% de los fondos por trimestre—. Pero ¿qué podría salir mal?
La razón de ser de esa letra pequeña resulta bastante clara: por su propia naturaleza, los activos subyacentes de los fondos de private credit —es decir, los préstamos concedidos a las distintas empresas que componen su cartera— son completamente ilíquidos: no están titulizados (como antaño los créditos hipotecarios), no son negociables y, por tanto, están destinados a permanecer en el balance del fondo hasta su vencimiento. En estas condiciones de iliquidez por un lado (el lado del activo del fondo), no se puede garantizar la liquidez por el otro lado (el de los inversores-clientes). El liquidity mismatch se resuelve entonces mediante la cláusula que limita los reembolsos al 5% por trimestre. Por lo común, más que suficiente para permitir a los inversores afrontar las fluctuaciones de sus propias necesidades de liquidez. Cuando todo va bien. En tiempos ordinarios.
Es el pecado favorito de las finanzas: construir sus innovaciones más delirantes sobre el supuesto de los “tiempos ordinarios”. Pero siempre llega un momento en que lo “extraordinario” vuelve a resurgir y empieza a devorar lo “ordinario”. Por ejemplo, cuando las tasas de impago de los activos subyacentes de los fondos de private credit empiezan a subir. Lentamente al principio: del 1% a comienzos de 2024 al 4% a finales de 2025. Sin correlación manifiesta con las fluctuaciones del crecimiento. Por el momento no se sabe muy bien a qué atribuirlo: la economía estadounidense no está especialmente en recesión. Por el momento… Pero algunos acontecimientos desagradables han sacudido los ánimos: quiebras. Así empiezan las crisis financieras, con la caída de un desconocido en algún rincón, que, sin embargo, viene a recordarnos que todo podría irse al garete. En este caso, nada espectacular: Tricolor Holdings, un honrado arrendador de coches, y First Brands, un amable fabricante de piezas de recambio (vaya, el sector del automóvil). No son precisamente titanes. Solo lo suficiente para reavivar la sombra de una duda. Y, sin embargo, hay motivos… para dudar.
Si realmente se quieren plantear preguntas, basta con mirar hacia el sector del software, de la programación. Entre el 20% y el 30% de los fondos de private credit están invertidos en él. Se trata, sin duda, de un sector respetable. Por desgracia, abocado a una ruina de grandes proporciones. Porque la inteligencia artificial está llegando. Digan lo que digan, no la habíamos visto venir de verdad. Es decir, en la magnitud de sus consecuencias para el empleo en los sectores susceptibles de automatización. A la cabeza de ellos, precisamente, el software. La toma de conciencia se ha producido de forma muy brusca a comienzos de 2026 y la magnitud del baño de sangre que se avecina empieza a hacerse evidente para todos. En realidad, ya no estamos siquiera en la fase de “preguntas que plantearse”, sino en la de respuestas que chirrían.
El ligero sobresalto que ha sacudido a los inversores en private credit desde hace dos semanas está menos provocado por las desventuras de un fabricante de carburadores que por la anticipación de quiebras —numerosas y sonoras— que prometen un serio hundimiento del lado del software.
La agencia de calificación Fitch anuncia que, en realidad, 2025 terminó con una tasa de impago no del 4%, sino del 5,8%. El banco suizo UBS, por su parte, estima que el 35% de los activos de los fondos de private credit está en peligro debido a la IA. Y prevé una tasa de impago del 15%. La ropa de domingo comienza a ensuciarse.
Entonces, como siempre que empieza a abrirse paso la idea de que los tiempos han dejado de ser ordinarios, cada cual busca la salida. Las dos últimas semanas ya tienen ese olor característico de las estampidas en formación y del sálvese quien pueda que pronto llegará. Cuatro fondos de private credit, y no de los menores, han tenido que hacer frente a solicitudes de retirada muy superiores al límite contractual del 5%. Blackstone: 8%. BlackRock: 9%. Morgan Stanley: 11%. Primer puesto para Cliffwater: 14%. Todos pagan el 5% (Cliffwater el 7%), ni un penique más. Blue Owl, más radical: 0. Evidentemente, aún no hemos visto nada. La estampida, la verdadera —el run—, está por venir.
Run (like hell)
No obstante, no hay que llevarse a engaños. No se trata de un bank run, sino de un fund run. Además, protegido tras el compartimento estanco de los reembolsos limitados. Pero ¿es realmente estanco? Dicho de otro modo: ¿es realmente seguro que este asunto se detendrá simplemente con inversores descontentos por quedarse atrapados viendo cómo sus fondos se esfuman cuando todo se va al traste? Lamentablemente, es de temer que no. Porque se podía contar con los bancos para que se subieran al carro y participaran en la fiesta —mientras la orquesta seguía tocando—. Como era de esperar, los bancos concedieron préstamos —a los fondos—; siempre con la misma idea: apalancar sus inversiones (1) para ayudarles a generar rendimientos aún más suculentos. Sin duda, se trata de multiplicadores de apalancamiento muy lejos de los veinte o treinta que habían marcado la fiesta de las hipotecas subprime; estaríamos más bien en torno al seis. Con la salvedad de que, entretanto, todos los órdenes de magnitud han cambiado. El saldo vivo de las hipotecas subprime era de 700.000 a 800.000 millones de dólares. El del private credit se sitúa entre 1,5 y 2 billones. A lo que hay que sumar el volumen de préstamos bancarios —1,8 billones más— a las non-depository, es decir, a las instituciones financieras no bancarias —el nombre presentable de lo que de otro modo se denomina el shadow banking system (‘sistema bancario en la sombra’), denominación sin duda bastante elocuente en sí misma—, un sistema desarrollado expresamente para acabar de una vez por todas con las “insoportables regulaciones”. Llegados a este punto, ya no debería ser necesario precisar que, en el shadow banking system, el private credit ocupa un lugar preeminente. En resumen, entre unas cosas y otras, empieza a ser un monto considerable de dinero afectado directamente (fondos) o indirectamente (apalancamientos bancarios) por las pequeñas desventuras del private credit.
¿Cómo puede evolucionar todo esto? Veamos, concentrémonos, reflexionemos detenidamente: más bien mal. Acontecimientos como las restricciones a la retirada de fondos causan un daño considerable en el estado de ánimo de la gente. La fund run hará que, en comparación, la apertura de las puertas de unos grandes almacenes en el primer día de rebajas parezca el sueño de un paseante solitario. Lo último que (quizás) podía convencer de mantener la calma, a saber, la coyuntura económica general, yace ahora sepultada bajo las ruinas de Oriente Próximo. Hay que admitir que el comandante en jefe es un bromista empedernido. Si hubiera tenido la intención de que todo saliera lo peor posible, difícilmente lo habría hecho de otra manera. Porque las interacciones entre la crisis financiera, regida por el private credit, y la situación geopolítica marcial son de lo más violentas. Difícilmente se podría haber encontrado un mejor momento para bombardear, y hacer que se bombardeara, todo Oriente Próximo. El Financial Times habla de una “desorganización histórica” del mercado del petróleo, sin contar la dislocación de las cadenas de suministro; porque no solo el petróleo pasa por el estrecho de Ormuz, y sectores enteros se verán pronto paralizados por falta de sus materias primas habituales.
Dado que la geopolítica forma parte ipso facto de la geoeconomía —una evidencia elemental que ya no parece estar al alcance de los braindead [NdlT.: se traduce principalmente como muerte cerebral en contextos médicos, y como descerebrado en los coloquiales] de Washington—, la guerra contra Irán asegura una crisis económica mundial de primer orden. Estupenda idea, precisamente en un momento en el que la incertidumbre que pesa sobre todo el private credit tiene como único objeto la tasa de impago de los activos subyacentes, es decir, de las empresas medianas-grandes (el private credit abarca a empresas que generan entre unas decenas y unos cientos de millones de dólares de EBITDA (2)), no cotizadas y de calidad… desigual, por así decirlo. Paralizar la economía mundial en un momento en que la amenaza de impagos está por todas partes, eso sí que va a venirle muy bien a los private dudosos.
Tras los fondos, los bancos
En realidad, el gran pánico ya ha comenzado. En el mundo de los fondos, se intenta dar muestras de buena voluntad y elaborar valoraciones de los activos algo más plausibles. Pero es una tarea titánica. Cuando los productos son valores negociables, aún se puede recurrir a las prácticas denominadas mark-to-market, es decir, la valoración al precio a partir de las últimas transacciones registradas —siempre y cuando estas sigan teniendo sentido, ya que la formación de los precios “de mercado” se convierte a su vez en un auténtico sinsentido cuando se producen las ventas forzadas y la huida de los compartimentos tóxicos. ¿Qué decir entonces de los activos de private credit, que no son ni negociables ni, por consiguiente, líquidos, y hacen que el mark-to-market resulte totalmente imposible? Por no hablar de que —la naturaleza shadow obliga— desde fuera nadie tiene la más mínima idea de lo que hay dentro de la salchicha, una asimetría de información que no contribuye precisamente a una toma de decisiones mesurada.
JORGE BALLESTER. — Caballero con cabeza cubista, 1995
Como era de esperar, la marea negra está destinada a desbordar ampliamente los compartimentos “estancos” de los fondos. JP Morgan ya está devaluando los créditos dirigidos hacia ellos —con la poesía que le caracteriza, su presidente, Jamie Dimon, al observar los contratiempos de algunos, añadió lapidariamente que cuando se ve una cucaracha, probablemente haya otras cerca—. De hecho, el problema podría estar bastante generalizado. Huelga decir que, en las condiciones actuales, los bancos restringirán drásticamente el crédito destinado a los fondos. Justo en el momento en que estos más lo necesitarán, por supuesto —los encantos procíclicos de las finanzas—. Y es que los fondos se ven en la imperiosa necesidad de renovar su financiación habitual en unas condiciones terriblemente adversas, con solicitudes de retirada que ponen en peligro su posición de liquidez. El fondo Apollo presume de tener recursos suficientes para atender al 5% sin ayuda externa durante dos años. Perfecto. Aun así, habrá que ver qué pasa, tanto para su caso como, sobre todo, para el del resto del sector. Que Blue Owl no haya soltado ni un céntimo a los inversores que querían marcharse no es una señal muy alentadora. Tampoco lo es que Blackstone haya tenido que movilizar 400 millones de sus fondos propios para atender las solicitudes de retirada. Digámoslo claro: tal y como están las cosas, la quiebra de un fondo es el acontecimiento lógico que se avecina. O quizá se produzca antes la de un gran inversor institucional cliente, atrapado dentro y necesitado urgentemente de recuperar sus fondos.
¿Qué consecuencias podría tener esto para los bancos? Esa es la cuestión clave. Porque si, más allá de los fondos propios o de las entidades institucionales que son sus clientes, los bancos se ven afectados, todo el canal crediticio podría verse paralizado. Este escenario se vuelve plausible en un momento en que el sector bancario se ve a su vez arrastrado a una crisis de liquidez. Algo que puede ocurrir cuando se materializa un escenario de riesgo sistémico. Un “relativista” —siempre hay alguno en cualquier ocasión— esboza un cálculo de servilleta: supongamos que los bancos tuvieran que aplicar una depreciación (haircut) del 30% a sus créditos a los fondos, sobre un saldo vivo de 1,8 billones de dólares; eso supone, a grandes rasgos, 500.000 millones de dólares de pérdidas que hay que asumir. Una pérdida considerable, desde luego, pero calculada para todo el sector bancario. Ahora bien, prosigue nuestro sereno experto, eso es más o menos lo que el sector tuvo que absorber con motivo de la crisis de 2023, cuando quebraron algunos bancos que se habían involucrado de forma un tanto imprudente en las criptomonedas. El sector se tambaleó, pero luego lo supo digerir. Así que no hay motivos para el pánico.
El problema de las estimaciones demasiado generales es precisamente que son… demasiado generales. Ahora bien, la cuestión decisiva no es solo el volumen total de las pérdidas, sino también su distribución. Si se distribuyen de manera uniforme, es posible que el sector pueda absorber las pérdidas. Pero ¿qué ocurre si no es así y se concentran en mayor medida en determinadas entidades? ¿Y si, por este efecto, uno o varios bancos de importancia sistémica llegaran a caer? En 2008, Lehman Brothers por sí solo amenazó con hundir el sistema bancario mundial. Sin embargo, Lehman era, en términos relativos, un banco pequeño, con un balance total de “solo” unos 600.000 millones de dólares. No por ello dejaba de ser, en la red ultradensa de vínculos crediticios o de contrapartida, un punto de riesgo sistémico. Al caer Lehman, el siguiente en la lista era la principal aseguradora estadounidense, AIG, y ahí se cambiaba de dimensión. Porque todo lo demás se derrumbaría detrás. Esa es la cruda definición del riesgo sistémico: un acontecimiento local (como una quiebra) que adquiere, por propagación, un alcance global —una quiebra que desencadena, una tras otra, todas las demás—. ¿Existe algún punto de riesgo sistémico en la red de conexiones interbancarias que una o varias quiebras de fondos de private credit pudieran activar? Por ejemplo, ¿Wells-Fargo, que, con 60.000 millones de dólares, encabeza con holgura la clasificación de compromisos en el private credit? Pronto lo sabremos.
Por no hablar del resto
Y si solo fuera eso… Pero la deuda privada encierra todo un abanico de posibilidades de catástrofe. Por eso resulta tan conveniente hablar solo de la deuda pública. En el caso de los hogares, por ejemplo, la situación tampoco es muy halagüeña. La tasa de morosidad, es decir, la incapacidad de hacer frente a los vencimientos de la deuda con dos meses de retraso, alcanza el 8 % en los créditos para la compra de automóviles. Recordatorio: saldo vivo total de los créditos “para automóviles”: 1,6 billones de dólares. La misma tasa para las tarjetas de crédito, también del 8% —sobre un saldo vivo total de 1,2 billones—. ¿Y la deuda estudiantil? Va bien, gracias. Saldo vivo: 1,6 billones; morosidad (con más de 90 días de retraso): 14%. El director de ServiceNow, una empresa de servicios de IA, no precisamente un enano —en 2025 tenía una valoración bursátil de 200.000 millones de dólares, actualmente de 120.000 millones—, prevé que la IA podría dejar en el paro a un buen tercio de los jóvenes titulados, lo que sin duda les ayudará a saldar su deuda. En el ámbito de los CMBS (commercial mortgage backed securities, es decir, créditos titulizados de hipotecas comerciales sobre propiedades como oficinas, centros comerciales, hoteles o edificios multifamiliares) —con un saldo vivo de 1,8 billones de dólares—, la tasa de morosidad alcanza el 12%, su nivel más alto desde la crisis de 2008. Hace tres años era inferior al 2%.
Si esta ligera avalancha de cifras produce un poco de vértigo, admitamos que estaba pensada para ello. Ya que nos hemos lanzado a hacer un resumen conciso, hay dos cosas que conviene recordar: 1) las tasas de preincumplimiento están aumentando, en algunos casos de forma muy acusada; 2) los volúmenes de crédito pendiente se han vuelto astronómicos (“por debajo de un billón de dólares, no es nada”).
Por caridad cristiana, nos hemos abstenido de incluir la IA en el cuadro. No es que el tema carezca de interés —no por lo que respecta a la burbuja bursátil, sino por el lado, mucho más vertiginoso, de los “capex” (capital expenditure) y de la deuda—. También en este ámbito se manejan cifras del orden de billones de dólares. Es lo mínimo para unas inversiones que, según un análisis del HSBC, podrían no generar beneficios significativos hasta el año 2030. 2030 es el medio plazo —es decir, el equivalente a lo que para Keynes era el largo plazo, cuando, decía, todos estemos muertos—. Parece, por tanto, que tendrá que llegar antes de lo previsto.
Por supuesto, si se pide de manera educada, siempre es posible obtener lo peor de ambos mundos combinados. Porque private credit e IA forman juntos una combinación maravillosa. El Banco de Pagos Internacionales (BPI) estima ya en 200.000 millones de dólares los compromisos del primero en la segunda. El banco Morgan Stanley, por su parte, anticipa inversiones en IA de 2,9 billones de dólares entre 2025 y 2029. De ellos, 800.000 millones procederían del private credit. No se preocupe, es comprensible que sienta vértigo.
La gran constricción
La profecía financiera es un ejercicio sumamente arriesgado. Para convertirla en una predicción sólida, habría que disponer en cada momento de un mapa completo de los compromisos cruzados, de sus puntos de concentración o de vulnerabilidad, y, además, en tiempo real. A falta de ello, queda la posibilidad de la “focal larga”, es decir, observar el cuadro general, pero reparando en sus aspectos más inquietantes —y en su número—. En este caso, todos los elementos de una crisis de liquidez de proporciones gigantescas están reunidos.
En principio, desde 2007-2008 ya deberíamos haber entendido en qué consiste tal crisis. Es una alimaña muy venenosa, cuyos efectos se propagan a velocidad de vértigo: una vez que se desata, es imparable. Siendo el resto de las cosas iguales (ceteris paribus), como se dice en Economilandia, el panorama, entre el private credit y todo lo demás, ya está más cargado de lo necesario para que todo esto se dispare como un cohete. Y ahí está, para colmo (por así decirlo), que el resto de las cosas no son iguales, ya que el camarada Donald, de quien uno se pregunta si no será un agente comunista encubierto, ha puesto rumbo decididamente hacia lo peor, de tal manera que la última y pequeña posibilidad de escapar quede completamente aplastada.
La crisis de liquidez es la constricción general del sistema financiero. Nadie quiere prestar a nadie, nadie quiere negociar con nadie, porque la desconfianza está en todas partes. Es muy probable que la otra parte carezca de liquidez. En estas condiciones, prestar supone asumir un riesgo de crédito insoportable —si le presto, ¿me lo devolverá?— y negociar implica un riesgo de contrapartida similar —si le vendo a plazos, ¿me pagará?—. Entonces, ya no circula nada. Cuando sería vital que siguiera circulando —“eso”, el dinero—. Y es que, para no inmovilizar el cash innecesariamente, las posiciones de liquidez están siempre al límite y se sostienen mediante refinanciaciones a muy corto plazo, pero permanentes, por ejemplo en el mercado denominado “repo” (repurchase agreement), donde se obtiene cash a 24 o 48 horas a cambio de respaldar (collateral) con determinados activos (por lo general, títulos de buena calidad, como bonos del Tesoro o títulos privados pero seguros, denominados investment grade). La continuidad de estas refinanciaciones a corto es, por tanto, fundamental. Si se interrumpe, un agente puede encontrarse de repente sin liquidez, incapaz de hacer frente a sus obligaciones de pago. Ahora bien, la sospecha general que se extiende por el mercado hace precisamente que la probabilidad de esa interrupción aumente de forma brusca. Y el mercado queda entonces como fulminado. Solo queda un agente capaz —y dispuesto— a prestar cuando ya nadie quiere hacerlo, un agente fuera del mercado, evidentemente, ya que “el mercado” está totalmente paralizado en su contracción absurda: el banco central. Esperemos a ver cuánto tiempo tardará en enviar los camiones cisterna. Tuvo que transcurrir un año entero para pasar de las primeras sacudidas de Bear Stearns en 2007 al colapso de Lehman en septiembre de 2008. Michael Burry, inmortalizado por The Big Short (distribuida en España con el título La gran apuesta), tuvo que esperar a que sus posiciones cortas acabaran dando sus frutos. El guionista le pone en boca esta famosa réplica: “I may be early but I’m not wrong” (3). Por cierto, el Michael Burry de hoy ha desinvertido masivamente para volver al cash, al igual que Warren Buffet… No tomaremos a los oráculos al pie de la letra, pero hay, digamos, cierto “patrón”.
¿Camiones cisterna, entonces? No cabe duda de que, en caso de una crisis de liquidez a gran escala, constituyen la primera parte de la respuesta a la pregunta de “¿qué hacer al respecto?”. Si realmente queremos proyectarnos hacia el futuro, hay que plantearse, y desde ahora mismo, otra pregunta, más fundamental: no “¿qué hacer al respecto?”, sino más bien: ¿qué hacer con ello? Políticamente. Porque esta vez se tratará de no dejar pasar la oportunidad y, a diferencia de lo que ocurrió tras los acontecimientos de 2008, de “hacer” algo con ello, de verdad.
Continuará.
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