Monique Pinçon-Charlot (Le Monde Diplomatique), 6 de abril de 2026
Generalmente tratado como un suceso, el “caso Jeffrey Epstein” merece ser analizado desde una perspectiva sociológica. Porque los millones de documentos hechos públicos por la justicia no solo informan sobre una excepción criminal: también arrojan luz sobre el modo de actuar de una determinada fracción de la élite, habituada a los barrios acomodados de las grandes ciudades. La socióloga Monique Pinçon-Charlot, exdirectora de investigaciones del Centro Nacional para la Investigación Científica de Francia (CNRS por sus siglas en francés), recorre el universo cerrado de la zona más exclusiva del distrito XVI de París para analizar el funcionamiento de un universo social basado en la endogamia, la cooptación y la protección mutua.
Martin Kippenberger — Nieder mit der Inflation (‘Abajo la inflación’), 1984
Jeffrey Epstein nace en 1953 en el seno de una modesta familia judía de Brooklyn, un barrio popular de Nueva York. Su padre es jardinero municipal y su madre, niñera, pero él pronto se hace sumamente rico gracias a su habilidad para aprovechar contactos cultivados a lo largo de los años (1).
Su relación con Douglas Leese, un traficante de armas británico afincado en Estados Unidos, se revela crucial: Leese lo introduce en la oligarquía de Reino Unido, su hijo Nick le presenta a jóvenes talentos de Wall Street. El multimillonario Leslie Wexner, al que también conoce por entonces, le abre asimismo muchas puertas, sobre todo al confiarle la gestión de parte de su fortuna. En 1987, con tan solo 34 años, Epstein entra en el consejo de administración de la prestigiosa New York Academy of Art, lo que le permite ampliar sus contactos en el mundo del arte y las finanzas. Con numerosos clientes y amigos riquísimos, amasa tal fortuna que no tarda en comprarse un Boeing 727 y, a continuación, una de las Islas Vírgenes de Estados Unidos, Little Saint James, que dispone de un régimen fiscal muy ventajoso. Pronto, vive entre varios países, donde mantiene sólidas redes de contactos.
El éxito de Epstein estriba en gran medida en su habilidad para combinar los ingredientes tradicionales de la ensalada oligárquica. Frecuentar de ese modo a los poderosos le permite enriquecerse muy rápidamente y llevar un tren de vida basado en la apropiación de múltiples recursos —y en la depredación más extrema, incluida la violencia sexual contra mujeres muy jóvenes— con un sentimiento de impunidad.
El jet privado, un medio de transporte cincuenta veces más contaminante que el tren y entre cinco y catorce veces más contaminante que un vuelo comercial, constituye uno de los símbolos más visibles de esa élite que ningunea al “pueblo llano” (2). Al viajar así, los más ricos no corren el menor riesgo de cruzarse con quienes, en palabras del presidente francés Emmanuel Macron, “no son nadie”. Para garantizar su tranquilidad, los superricos disponen de infraestructuras específicas, como el aeropuerto de Le Bourget, cerca de París, o el de Farnborough, en las afueras de Londres. Los controles de seguridad son lo bastante laxos como para evitar toda cola; pueden incluso desplazarse en limusina hasta el pie del avión.
Con capacidad para transportar entre veinte y treinta pasajeros en “modo VIP”, el Boeing 727 de Epstein aterriza en París por primera vez en 1996. Seis años después, el multimillonario compra un apartamento de unos ochocientos metros cuadrados en la capital francesa. Está en el segundo piso de un imponente inmueble de la Avenida Foch, a un paso del Arco del Triunfo; es decir, en la parte más exclusiva del distrito XVI, la correspondiente al código postal 75116 —la del 75016 es considerada tradicionalmente la de los “ricos menos ricos”—. El prestigio radica en ese tipo de detalles.
Epstein se codea así con otras grandes fortunas, oligarcas rusos y de Oriente Próximo, cerca de las embajadas y las sedes de holdings financieros. Su mayordomo brasileño, a su servicio durante dieciocho años —y fallecido en prisión en 2015, antes del juicio, tras haber intentado vender documentos de Epstein al Federal Bureau of Investigation (FBI)—, también vive en el barrio, cuatro pisos por encima de su empleador. Una placa dorada bien visible en la avenida Foch indica a los transeúntes que la entrada de servicio se encuentra en el número 1 de la calle Chalgrin. Este sistema evita tener que cruzarse con el personal subalterno, a la vez que facilita la circulación discreta de ciertos visitantes, que de ese modo pueden evitar el vestíbulo principal.
Dado que el poder social también es un poder sobre el espacio, no cabe sorprenderse de que la anchura de la avenida Foch supere la de los Campos Elíseos (ciento veinte metros frente a setenta). Esta arteria está flanqueada por dos paseos, inicialmente destinados a los jinetes que deseaban desplazarse con seguridad hasta el límite del Bois de Boulogne, al final de la avenida. Los ricos se arrogan así todo el espacio que consideran que les corresponde, tanto en la ciudad como en la sociedad (3). Barrios exclusivos, jets privados, islas paradisíacas o palacios son algunos de los enclaves que les permiten sustraerse de la vida corriente y desarrollar una sociabilidad y solidaridad mundanas a escala internacional.
Los medios de comunicación dominantes —a menudo propiedad de multimillonarios— han transformado el “caso Epstein” en un suceso escabroso y sensacionalista. Semejante lectura tiende a ocultar el funcionamiento real de una clase social que concentra todo el poder (económico, social, cultural…) y vive al margen del resto de la población, a la que domina y explota a su antojo. Este aislacionismo oligárquico fomenta un sentimiento de superioridad y un clima de impunidad propicio al intercambio de favores. Según correos electrónicos publicados, Epstein le prestó su jet privado a Jack Lang, por entonces presidente del Instituto del Mundo Árabe, para viajar a Marruecos, mientras que el exministro francés ayudó al multimillonario en sus búsquedas inmobiliarias en Marrakech. “El precio es de 5.400.000 euros, offshore”, le explicaba Lang en un mensaje de marzo de 2015, a propósito de un riad en la Palmeraie. Lang conoció al hombre de negocios a principios de la década de 2010, en una cena en honor del director Woody Allen.
La opulencia interviene en esta agregación de semejantes que progresan en las altas esferas. La riqueza de cada uno refuerza la de todos los demás, en un circuito cerrado que excluye todo “goteo” hacia las clases medias o populares. Lejos de tratarse de un mero suceso, el caso Epstein hace visible el funcionamiento de un mundo social normalmente protegido por numerosos secretos: fiscal, bancario, de defensa o incluso, el más reciente, el “secreto comercial”. “Para vivir felices, vivamos escondidos”, nos han repetido a menudo durante nuestras investigaciones en el mundo de la gran burguesía. Esta vida a resguardo de las miradas alimenta un sentimiento de impunidad en estos multimillonarios a los que el sistema capitalista ofrece una libertad casi total, sobre todo la de apropiarse de los seres vivos con fines de lucro y de recreo. Recordemos que, desde la llegada de Macron —antiguo asociado-gerente de la banca Rothschild— al Elíseo en 2017, la fortuna acumulada de los multimillonarios franceses se ha duplicado; en la actualidad, treinta y dos personas acumulan 220.000 millones de euros, o lo que es lo mismo, el equivalente al coste de diez mil puestos docentes durante unos cuatrocientos años (4).
Más que una anomalía, el caso Epstein es el producto lógico del sistema de dominación y explotación inherente al capitalismo globalizado. Si bien impacta por su magnitud y la brutalidad de los crímenes revelados, probablemente no se trata de un caso aislado. Los escándalos que mezclan dinero, poder y violencia sexual recorren la historia reciente de las élites. Las actividades ilegales de la oligarquía a veces salen a la luz, a golpe de “Offshore Leaks”, “SwissLeaks” o “Papeles de Panamá”. Pero un caso reemplaza a otro, sorprendentemente similar, del cual surge el siguiente, sin que se los relacione entre sí (5), como en el poema de Robert Desnos: “El pelícano de Jonathan / Por la mañana, pone un huevo muy blanco / Y sale un pelícano / Sorprendentemente parecido a él / Y este segundo pelícano / pone, a su vez, un huevo muy blanco / Del cual inevitablemente / Sale otro, que hace lo mismo / Esto puede durar mucho tiempo / Si antes no se prepara una tortilla”.
Para evitar que alguien se ponga a cocinar, los poderosos cierran filas en lo que Pierre Bourdieu llamaba la “orquestación sin director de orquesta” (6). Las redes personales de la clase dominante se integran en un conjunto de organizaciones internacionales, clubes privados, clubes de golf, think tanks y, en ocasiones, partidos políticos. Estos círculos de poder se replican de un país a otro y fomentan una solidaridad internacional entre los miembros de las élites.
Un sistema de cooptación social
La publicación en 2026 de millones de documentos de la investigación estadounidense sobre Epstein ha confirmado el alcance internacional de sus redes. Estos archivos revelan una sociabilidad que abarca círculos políticos, financieros, científicos y culturales de varios continentes. Epstein, por ejemplo, según él mismo afirmó en una entrevista con Steve Bannon, debió su ingreso en la Comisión Trilateral a los favores del magnate del petróleo David Rockefeller en la década de 1990. Esta organización privada reúne a grandes dirigentes de las finanzas y la política de las principales potencias occidentales (Estados Unidos, Europa y Japón). En 1975, dos años después de su creación, denunciaba los “excesos de la democracia” que veía reflejados en los movimientos de protesta de la época.
Este universo cerrado se basa en un sistema de cooptación social en el cual los propios ricos eligen a quienes son dignos de “serlo”. Así, cuando Epstein busca el apoyo del aristócrata y abogado Matthieu de Boisséson para facilitar el ingreso de Lang en la Union Interalliée, un prestigioso club del distrito VIII de París, la intentona fracasa: el acceso a esos lugares sigue estando estrictamente controlado. Lo esencial no radica tanto en el intercambio de servicios, la prestación y la contraprestación, como en la certeza de cada miembro del grupo de que, en caso necesario, puede contar con la solidaridad de todos los demás. En esa lógica casi colectivista de las élites, cada uno protege a los demás y mantiene la cohesión del círculo.
“A los ricos —escribe Bourdieu—, el mundo social les brinda lo más precioso: reconocimiento, consideración, sencillamente, una razón de ser” (7). Pero este reconocimiento engendra un sentimiento de superioridad, pues se vive como algo merecido y, por lo tanto, natural, que lleva a perder el sentido de la medida, al punto de percibir las normas y leyes como facultativas. Así, Lang puede aceptar trajes regalados por la marca italiana Francesco Smalto, con un valor estimado de 500.000 euros, y no declararlos ante la Asamblea Nacional. Su abogado hablará de meras “actividades de representación” y la investigación se archivará. Los documentos publicados a principios de 2026 mencionan a Lang y su hija Caroline 673 veces. Descubrimos en ellos, en particular, el rastro de una donación testamentaria de 5 millones de euros a favor de la señora Lang pocos días antes de la muerte de Epstein en prisión en agosto de 2019.
¿Fueron sus orígenes humildes el motivo por el cual Epstein registró cuidadosamente como posibles garantías el conjunto de sus correos electrónicos intercambiados desde Francia, Marruecos, Estados Unidos o Reino Unido? En esos círculos donde la discreción es norma, el archivo sistemático puede convertirse en un arma, una herramienta de chantaje, un medio de presión. Esos rastros escritos socavan la solidaridad tácita que suele proteger a la oligarquía.
Más allá de las derivas individuales de un multimillonario y sus allegados, el “caso Epstein” ilumina el funcionamiento de un universo social basado en la endogamia, la cooptación y la protección mutua. Un mundo en el que la concentración extrema de riqueza y poder genera un sentimiento de impunidad y donde, a veces, un testamento, unos archivos bastan para agrietar el muro de silencio que lo protege.
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