Gaceta Crítica

Un espacio para la información y el debate crítico con el capitalismo en España y el Mundo. Contra la guerra y la opresión social y neocolonial. Por la Democracia y el Socialismo.

Una docilidad muy mal recompensada

Pierre Rimbert y Serge Halimi, (Le Monde Diplomatique) 5 de abril de 2026

Carente de un pretexto serio y de justificación legal, la agresión israeloestadounidense contra Irán subraya la inexistencia de Europa ante una guerra que compromete su seguridad y amenaza su economía. Un mutis tanto más espectacular por cuanto Washington rompió con anterioridad un tratado con Irán negociado por el conjunto de los países europeos.

JPEG - 131.3 KBZARTOSHT RAHIMI. — Unfinished Game (‘Partida inacabada’), 2025

La febrilidad impotente de los dirigentes europeos ante la guerra emprendida el pasado 28 de febrero por Israel y Estados Unidos contra Irán y el derecho internacional traduce el desconcierto de una clase dirigente instruida en la conformidad con un “modelo” estadounidense que se ha vuelto indefendible. En ella se mezclan el pánico ante la idea de contrariar a Donald Trump, el temor a una sequía energética, la pesadilla de una crisis económica, el miedo a una derrota ucraniana debido a un apoyo insuficiente por parte de Washington y, por último, el vértigo de un restablecimiento comercial y diplomático de Rusia.

Hasta ahora, Keir Starmer, Friedrich Merz y Emmanuel Macron, así como la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, han encajado cada acción agresiva del presidente Trump y de su aliado (o tutor) israelí con una reacción en dos fases: primero acatan y después lloran. La coacción por medio de aranceles; la imposición de duplicar el gasto militar; el genocidio perpetrado por Israel en Gaza; los bombardeos de Yemen, el Líbano e Irán; y el secuestro o el asesinato de dirigentes extranjeros como un modo de acción diplomática ordinario han suscitado, uno tras otro, un desganado asentimiento seguido de consternadas reservas del tipo “conforme, pero así no”. Solo la defensa de la causa ucraniana —convertida en la religión secular de las élites europeas— y la amenaza de una invasión de Groenlandia les han arrancado reacciones que van algo más allá del borborigmo.

En cuanto a la guerra ilegal, irracional e imprudente emprendida por la dupla Israel-Estados Unidos contra Irán, ha suscitado el pas de deux de costumbre. Pese a que nadie se toma en serio las justificaciones ofrecidas por Washington —ya sea neutralizar el programa nuclear y la amenaza balística contra Estados Unidos o ayudar a la oposición al régimen iraní—, todas las naciones del Viejo Continente, salvo España, se han puesto dócilmente de parte de los agresores. Unos agresores que tampoco juzgaron necesario advertir a sus “aliados” de un conflicto cuyas devastadoras consecuencias económicas iban a sufrir.

El 1 de marzo, cuando Teherán ya estaba bajo las bombas, París, Berlín y Londres se negaron a condenar la agresión, pero manifestaron en un comunicado conjunto su “consternación ante los indiscriminados y desproporcionados ataques con misiles lanzados por Irán contra países de la región”. También se declararon dispuestos a realizar las “acciones defensivas necesarias y proporcionadas con el fin de destruir en su origen la capacidad de Irán para el lanzamiento de misiles y drones”.

Tan pronto como se anunció el asesinato del ayatolá Alí Jameneí, la portavoz del Gobierno francés manifestó su regocijo: “No podemos sino congratularnos por su desaparición” (RTL, 1 de marzo de 2026). “Apoyamos a Estados Unidos e Israel, que quieren deshacerse de este terrible régimen terrorista”, precisó el canciller alemán (3 de marzo), mientras su ministro de Asuntos Exteriores convocaba al embajador… iraní para instarle a “poner inmediatamente fin a sus ataques”. Frente a unos precios de los hidrocarburos disparados y al fantasma de una deflagración económica, los tres dirigentes se esforzaron, algo más adelante, por minimizar su participación en el conflicto y desmarcarse de un presidente estadounidense cada vez más imprevisible: primero acatar, luego llorar. La claque de la Unión Europea siempre se mostrará audaz a la hora de convertir la menor de sus reservas en un acto de desafío (1).

Pero el miedo no explica por sí solo tamaña postración. La historia reciente de las relaciones entre Irán y las potencias europeas —en especial con Francia— sugiere otra pista: la de una reconfiguración dentro de la Alianza Atlántica. Animada por una Comisión Europea plagada de “halcones” atlantistas y, más recientemente, por una Alemania en busca de afirmación diplomática y militar, París lleva cerca de quince años empeñada en arrebatar la antorcha de la “lucha por los valores” de manos estadounidenses. “Francia se ha convertido en la mejor alumna de la clase neoconservadora”, señala el ex primer ministro Dominique de Villepin (2). Tanto es así que los dos países que se habían opuesto a la intervención estadounidense en Irak transigen con la de Irán.

Las primeras señales de este vuelco se remontan a la guerra contra Libia, emprendida en 2011 a iniciativa de una Francia por entonces gobernada por Nicolas Sarkozy. Dos años después, París se lamentó de la negativa del presidente Barack Obama a intervenir en contra de Damasco (en esta ocasión, el inquilino del Elíseo se llamaba François Hollande). Al mismo tiempo comenzaron las negociaciones entre Teherán y los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas (ONU) más Alemania, el objetivo de las cuales era controlar el programa iraní de enriquecimiento de uranio a cambio de un levantamiento condicionado y progresivo de las sanciones económicas. También en esta ocasión, Francia se distinguió por su deseo de superar a los estadounidenses.

Durante todas las conversaciones, París no dejó de aumentar las reclamaciones aun a riesgo de impedir que se llegara a un compromiso. Es más: el entonces ministro francés de Asuntos Exteriores, Laurent Fabius, se jactó en sus memorias de haber rechazado en noviembre de 2013 un texto acordado entre Irán y Estados Unidos que París juzgaba “inaceptable” por no ser lo bastante duro con Teherán. Lo mismo ocurrió en marzo de 2015: Fabius acusó al presidente Obama de acceder a “unas concesiones que los franceses hemos juzgado excesivas” (3). Sin embargo, el acuerdo fue aprobado el 14 de julio de 2015 en Viena y, más adelante, el 20 de julio del mismo año, recibió el aval del Consejo de Seguridad por medio de la resolución 2231, adoptada por unanimidad.

Los cenáculos militaristas de Washington y Tel Aviv estaban encantados con Hollande y Fabius, que se presentaban como la vanguardia del occidentalismo. En noviembre de 2015, su más poderoso órgano de prensa, el Wall Street Journal, llegó incluso a cerrar con las siguientes palabras uno de sus editoriales: “En espera de que Estados Unidos elija a un nuevo comandante en jefe, Hollande es el mejor dirigente de Occidente contra el terror” (4). Las monarquías del Golfo, muy hostiles a Irán, también apreciaron la firmeza de París. Francia sacó beneficios de su línea dura en forma de un aluvión de ventas de armas —en especial aviones de combate Rafale— en una región que, hasta entonces, reservaba sus pedidos al proveedor estadounidense.

Tras la firma de los Acuerdos de Viena, Irán respetó sus términos, tal y como sostiene el propio Organismo Internacional de la Energía Atómica, que llevó a cabo múltiples inspecciones sobre el terreno. En consecuencia, se fueron levantando algunas de las sanciones, muy a pesar de Benjamín Netanyahu. El 3 de marzo de 2015, en lo que fue una señal de patente desafío al presidente Obama, Netanyahu había pronunciado una virulenta crítica del acuerdo —todavía en proceso de negociación— en una alocución solemne ante las dos cámaras del Congreso estadounidense. Sus palabras merecieron 28 ovaciones en pie en 47 minutos de discurso.

Pero los requeteneoconservadores europeos no tardaron en toparse con un obstáculo inesperado. Una vez instalado en la Casa Blanca, en 2018 Trump acabó con el logro diplomático del que Obama estaba tan orgulloso, aduciendo el falso pretexto de que Teherán no lo había respetado. Y, de un modo igualmente unilateral, restableció las sanciones económicas contra Irán. En cuanto a la República Islámica, optó por seguir cumpliendo su parte del acuerdo con la esperanza de que los países europeos también se mantuvieran fieles a lo firmado. El Reino Unido, Alemania y Francia se comprometieron a ello. Pero el presidente estadounidense los amenazó entonces con su habitual delicadeza: “Toda nación que ayude a Irán en su intento de hacerse con el arma nuclear se expone a fuertes sanciones por parte de Estados Unidos”. Dicho de otro modo: el país norteamericano estaba dispuesto a castigar a sus aliados europeos si se empeñaban en respetar un deal que, sin embargo, Washington había negociado junto con ellos durante años.

Desde entonces, los actos de sumisión europeos se vienen sucediendo uno tras otro. Tras haber consentido ya, algunos años antes, pagar multas colosales por contravenir embargos impuestos por Estados Unidos contra Cuba, Sudán e Irán (en 2014, BNP Paribas aceptó abonar 8.900 millones de dólares en multas) (5), grandes empresas europeas cedieron al diktat de Trump: la danesa Maersk, la alemana Siemens o las francesas PSA y Total plegaron velas en Irán o se retiraron por completo del país. Aunque eran prometedoras, las exportaciones francesas con destino al país persa se desmoronaron.

Ante esta violación de los Acuerdos de Viena por parte de los países occidentales, Irán anunció que proseguir con el embargo que sufría conllevaría la reanudación de su programa de enriquecimiento de uranio. Como anunció el presidente Hasán Rohaní en 2019, o los países occidentales respetaban sus compromisos “o nosotros reduciremos los nuestros”. Obligado a decidir entre el respeto a la palabra dada y la obediencia al amo estadounidense, las dudas de Europa no duraron mucho.

A principios de 2020, Estados Unidos amenazó en secreto a la Unión Europea con infligirle unos aranceles del 25% a sus exportaciones de coches si no imponía una ronda de sanciones contra Irán. El 14 de enero de ese año, París, Londres y Berlín capitularon y emitieron un comunicado de una hipocresía (casi) pasmosa. En él expresaron “sin equívoco [su] pesar y [su] preocupación por la decisión de Estados Unidos” de violar los Acuerdos de Viena, y anunciaron que no les quedaba “otra opción, dadas las medidas adoptadas por Irán”, que proceder a una ronda de sanciones contra Teherán (6). El Departamento de Estado estadounidense se congratuló enseguida de la decisión de “nuestros aliados” europeos de “exponer la conducta fuera de la ley de Teherán”. Cuando el periódico The Washington Post desveló el chantaje comercial estadounidense que estaba en el origen de esta capitulación, un responsable europeo afirmó patéticamente: “Teníamos la intención de hacerlo [imponer sanciones a Irán], pero la amenaza de Trump casi da al traste con todo; hasta tal punto somos sensibles a no parecer los caniches de Washington” (7).

Hoy en día, ¿quién podría imaginar siquiera tal humillación, cuando en América Latina, Palestina, Irán o el Líbano la “autonomía estratégica de Europa” no deja de deslumbrar al mundo?

NECESITAMOS TU APOYO

La prensa libre e independiente está amenazada, es importante para la sociedad garantizar su permanencia y la difusión de sus ideas.¡Suscríbete!¡Haz una donación solidaria!

(1) Cf. Sylvie Kauffmann, “Le non unanime de l’Europe à la guerre”, Le Monde, París, 20 de marzo de 2026.

(2) Dominique de Villepin, “Refuser la vassalisation de la France, c’est mon combat”, La Croix L’Hebdo, París, 21 de marzo de 2026.

(3) Laurent Fabius, 37, quai d’Orsay. Diplomatie française, 2012-2016, Plon, 2016.

(4) “France leads from the front against terror”, The Wall Street Journal, Nueva York, 19 de noviembre de 2015.

(5) Véase Jean-Michel Quatrepoint, “En nombre de la ley…estadounidense”, e Ibrahim Warde, “El ‘diktat’ iraní de Donald Trump”Le Monde diplomatique en español, enero de 2017 y junio de 2018, respectivamente.

(6) Declaración conjunta de los ministros de Asuntos Exteriores de Francia, Alemania y el Reino Unido, 14 de enero de 2020.

(7) Anne Gearan y John Hudson “Trump’s strong-arm foreign policy tactics create tensions with US friends and foes”, The Washington Post, 20 de enero de 2020.

Pierre Rimbert y Serge Halimi

Serge Halimi es Consejero editorial del director de la publicación. Director de Le Monde diplomatique entre 2008 y 2023.

Deja un comentario

Acerca de

Writing on the Wall is a newsletter for freelance writers seeking inspiration, advice, and support on their creative journey.