Salvador López Arnal (Espai Marx), 5 de Abril de 2026
Reseña de Jorge Urdánoz Ganuga, La transición según los espías, Madrid: Foca-Akal, 2025, 141 páginas (prólogo de Josep M. Colomer)

Abre su libro Jorge Urdánoz Ganuga [JUG, a partir de ahora] con estas palabras: «El protagonista de este breve ensayo fue el hombre que más supo [tal vez no fue el que más supo, aunque mucho supo por sus numerosos, importantes e influyentes contactos] de todo aquel confuso y ya remoto tiempo que conocemos como “la Transición”, así con mayúsculas». También es probable que fuera, es una intuición-conjetura de JUG, «el creador del mito de la Transición, la persona que transformó los hechos acaecidos en España entre la muerte de Franco y la elección de Suárez en esa suerte de arquetipo platónico de acceso a la democracia que se elogia urbi et orbi y que se estudia en las Facultades de Ciencias Políticas de todo el mundo». Un hombre que, en opinión de JUG, ni fue un político (¡lo fue, por supuesto que lo fue!), ni fue un periodista, ni fue un académico y que, sin embargo, de alguna manera, fue todas esas cosas y algunas más.
JUG está hablando de Wells Stabler, embajador extraordinario y plenipotenciario de Estados Unidos (es decir, del sindicato Epstein) en España desde 1975 (muerte del general golpista) hasta 1978 (aprobación de la Constitución), un hombre del establishment fallecido en 2009 con tentáculos extendidos por prácticamente todo el espectro político de la España de aquella época (menos, por supuesto, con el PCE-PSUC y las fuerzas de izquierda comunista de aquellos años) y que tenía línea directísima con Henry Kissinger, por aquel entonces Secretario de Estado usamericano (lo fue entre 1973 y 1977), nombrado también como recordamos, una paradoja sangrienta de y para la historia, ¡Premio Nobel de la Paz! Los cables que Stabler envió a su jefe, alma gemela de Nixon («quizá lo más importante de ese libro consista en comunicar a otros investigadores la existencia de esos miles de teletipos»), son la materia fundamental de este ensayo que, desde luego, tiene mucho interés para la ciudadanía interesada en aquellos años decisivos. Y también, claro está, para historiadores, sociólogos y politólogos.
Un breve apunte sobre el autor: Jorge Urdánov Gazuna, activista por el voto igual en España (perspectiva muy presente en sus análisis), es filósofo y ensayista. Colaborador habitual de varios periódicos españoles, es profesor de Filosofía del Derecho en la Universidad Pública de Navarra y de Ciencia Política en la UNED. Sus intereses intelectuales giran en torno a cuestiones de Filosofía Política, Moral y del Derecho, y especialmente en torno a la Teoría de la representación política, el Principio de Mayoría, los Sistemas electorales y la Teoría de la democracia.
El tipo de espías a los que se refiere en el título del ensayo nada tiene que ver con los James Bond o las Mata Hari. Stabler y el embajador alemán en España son sus dos ejemplos de espías.
Un resumen (me apoyo en el autor) del contenido de los cuatro capítulos (el último muy breve, cuatro páginas) y el apéndice («Los cables de Stabler») en los que se divide el ensayo. En el primero, «La leyenda electoral», la información proporcionada por los teletipos del embajador extraordinario nos desvela una nueva tesis «a la hora de explicar el origen del modelo representativo bicameral español», modelo que sigue vigente. En el segundo, «Martirio y mística: la legalización del PCE», JUG usa los cables de Stabler para desmontar las interpretaciones habituales sobre las razones por las que Suárez legalizó en el abril de 1977 al Partido Comunista (Nada adelanto). El tercer capítulo, «La semilla y los injertos», pone énfasis en la trascendencia del año 1976 «y sobre la verdadera medida de las capacidad con la que las élites franquistas dirigieron todo el proceso y condicionaron las estructuras democráticas resultantes». El cuarto y último, «Voces remotas de un espía plenipotenciario», es un breve comentario sobre el potencial alcance del conocimiento que atesoran los miles y miles de cables que Stabler (JUG ha analizado los de 1975, tras la muerte de Franco; 1976 todo completo, especialmente tras el nombramiento de Adolfo Suárez, y 1977, hasta las elecciones de junio) para los estudios sobre nuestro pasado político reciente. El apéndice, «Los cables de Stabler», nos facilita (en letra demasiado pequeña, prácticamente ilegible) los cables del embajador usamericano tras sus conversaciones con Fernando Suárez y Arzalluz, y en torno a la financiación de la UGT (real, muy real, no fue un falso invento de las organizaciones y colectivos comunistas).
Para abrir su apetito lector (que probablemente ya esté muy abierto): una arista y un vértice esenciales.
La arista: para JUG los elementos fundamentales de la transición política española se deciden en los doce meses inmediatamente posteriores a la muerte de Franco. «Se trata de un año casi exacto: desde el 20 de noviembre de 1975 hasta el 18 de noviembre de 1976». Para él ahí está todo (no es esa mi opinión y creo que de su propia explicación no se infiere lo que defiende): «de la misma manera que se ha dicho que toda la filosofía occidental no es otra cosa que notas a pie de página a la obra de Platón, en la política española lo que venga después no serán más que notas a pie de página a lo decidido allí». No han sido solo notas, han sido apartados enteros en mi opinión.
El vértice: aunque tarda mucho en aparecer (en la última página del ensayo antes del apéndice, si bien el lector/a lo echa a faltar mucho antes), JUG no se olvida del motor esencial de la transición: «Sin embargo, en Stabler no está todo, ni mucho menos. Al rey [al que trata siempre con muchísima generosidad, al tiempo que introduce una expresión, «los hombres del rey», cuyos nombres no explicita] se le concede a menudo el título de piloto de la Transición. Se ha dicho también que Torcuato fue el guionista y Suárez el actor principal». Para JUG se trata de etiquetas que resultan en buena medida ciertas, pero que «dibujan un panorama del todo incompleto»: ignoran la fuerza fundamental que originó todo el proceso. Si la transición, señala, tuvo en términos aristotélicos un primer motor, una dynamis que opuso en marcha toda la energía que aquellos actores y otros más acertaron en canalizar de mejor o peor manera (y en función de sus intereses de clase), ese motor fue la gente, la ciudadanía antifranquista. «Stabler es un micrófono en las salas de mando, pero la calle le llega solo por la prensa». La transición fue la manifestación política de un clamor social que latía cotidiana de la ciudadanía: «en los sindicatos, en las universidades, en las asambleas vecinales, en las reuniones clandestinas de los partidos políticos ilegalizados, en los locales parroquiales facilitados por la Iglesia, incluso -también- en los cuarteles, con la UMD». Fue, concluye JUG, la sociedad española [realmente, la sociedad española antifascista, que no fue desde luego toda la sociedad española] la que obligó a los herederos del franquismo a transitar desde las estructuras propias de una mentalidad dictatorial y caudillista hasta las de (aquí usa el autor terminología política popperiana) una sociedad libre y abierta.
Se olvida JUG, eso sí, de que esa sociedad antifascista aspiraba también a una sociedad justa, igualitaria, solidaria y fuertemente democrática, y que los poderes económicos, las clases dominantes, nacionales e internacionales, no fueron solo espectadores de estos años de lucha y conquistas.
Sin entrar detalladamente en el caçítulo erratas, hay una, llamativa, en la página 99: donde dice 1 de marzo de 1976, debería decir 1 de marzo de 1977. Hay también otra sobre las fuerzas que convocaron la huelga general de diciembre de 1976.
Destaquemos finalmente las páginas 109 y siguientes, donde JUG analiza y critica con agudeza la consideración de la forma política monárquica (no revisable, de hecho) como un derecho fundamental de la democracia, al tiempo que vindica con pasión razonada la idea básica de sufragio igual, arguyendo que en España, a día de hoy, no rige ese sufragio igual.
(El politólogo y activista republicano Vicente Serrano Lobato ha escrito sobre este punto, en absoluto secundario, en su excelente libro El valor real del voto, prólogo de Miguel Candel, El Viejo Topo, 2016).
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