Rafael Fraguas (Mundo Obrero), 5 de Abril de 2026

Trump y Netanyahu en Jerusalem (mayo 2017) | U.S. Embassy Tel Aviv / CC BY 2.0
Una de las características fundamentales de la geopolítica, disciplina que estudia la relación entre el espacio geográfico en general y el poder político, es su complejidad. Si observemos un mapa nos percataremos de tal evidencia. Complejidad que determina a su vez una competencia, que puede ser de colaboración o de conflicto, derivada de las distintas relaciones establecidas entre los Estados. Estos, 195 y dos observadores, Palestina y la Santa Sede, presentes en la arena internacional, son construcciones políticas diferenciadas por el tamaño y cualidad de su territorio; su lengua; su idea de nación; cultura; economía; religión e historia, que desempeñan el papel de unidades activas en la escena mundial.
Los Estados perciben una especie de identidad o personalidad que se representan con un rango propio al que exigen respeto ajeno, al tiempo que reivindican intereses peculiares distintivos, más otros que necesariamente, por la geografía o la historia, -como un río o una tradición—, comparten en espacios de intersección con otros Estados.
En numerosas ocasiones, los Estados, entendidos como actores racionales, perciben que su integridad o intereses peligran y recurren a la colaboración negociada o bien al conflicto, que puede degenerar en combates armados. Para atajar tal riesgo de deterioro de sus intereses, se adelantan a los Estados rivales y desencadenan así las guerras preventivas.
Las guerras son evitables
Asimismo, los nexos entre Estados, vecinos o no, se rigen inercialmente por un principio de causalidad que determina que toda correlación implica la hegemonía de un Estado sobre el otro. Esta característica no puede ser aceptada como una fatalidad pues admitirla implicaría considerar inevitable, ante cualquier diferendo, la sumisión o la guerra.
Uno de los principales pensadores de todos los tiempos, Emmanuel Kant (Königsberg, Prusia, 1724-1804), en su obra La paz perpetua, tras examinar la pertinaz constancia histórica de las guerras con su oscura estela de destrucción y de muerte, aseguraba que los conflictos bélicos eran sin embargo evitables, por lo que propuso la creación de un sistema de relaciones internacionales basado en normas y leyes que garantizasen, de modo permanente, la paz. Este criterio inspiraría, dos siglos después de su formulación kantiana, la Sociedad de Naciones y su heredera, la Organización de Naciones Unidas. La ONU mantuvo un cierto orden internacional a partir de su creación en 1948, tras la atroz Segunda Guerra Mundial (1939-1945). Desde entonces, mientras centenares de Estados iberoamericanos, árabes, africanos, asiáticos y australes, se atenían al respeto a esas pautas de convivencia, conllevanza y colaboración con otros Estados, Israel y Estados Unidos se dedicaron, durante los pasados 80 años, a torpedear el derecho internacional y la armonía interestatal transgrediéndolos a mansalva. Israel, con su hostigamiento y ocupación de Palestina y Estados Unidos, títere objetivo de los caprichos de Israel, mediante el ejercicio de su derecho de veto en la ONU.
A la naturalización de la política israelí, por la vía del veto estadounidense, hay que añadir la inducción norteamericana de numerosos y sangrientos golpes de Estado en Iberoamérica: Nicaragua, Cuba, Guatemala, Paraguay, Venezuela, Brasil, Argentina, Uruguay, Bolivia, Chile…, así como cruentas guerras en distintos puntos del mapa, desde Vietnam, a Yugoslavia, Libia, Afganistán, Iraq, Siria o Irán, donde hoy la siniestra llamarada de la guerra impuesta por Washington y Tel Aviv incendia todo el Medio Oriente.
Bajo su fuego abrasador e incontrolado emergen todas las contradicciones geopolíticas relativas a la complejidad, conflictividad, la autopercepción de intereses estatales en supuesto peligro, la representación que cada Estado se forma de sí mismo y las guerras preventivas espoleadas por las pulsiones hegemónicas antes descritas.
Un foco de irracionalidad
Para comprender y explicar racionalmente tanta complejidad hay que destacar que, en la arena internacional, ha surgido un foco de irracionalidad inquietante. Tiene nombre y apellido, Donald Trump. Mediante el voto de sus connacionales, por segunda vez ha llegado a la Presidencia del país más poderoso del mundo, Estados Unidos, que se fundamenta en un sistema económico basado en el saqueo de la riqueza ajena y la desigualdad social, el capitalismo. Ya que el ansia capitalista por dotarse de altas tasas de beneficio es incesante y depredadora, se agotan las fuentes de riqueza ajena como el trabajo asalariado y, en su alocada búsqueda de ganancia, llega un momento de vértigo: es cuando el sistema percibe que esa posibilidad de expolio de bienes ajenos, humanos y naturales, ha llegado al preludio de su fin, pese a las garantías hegemónicas que le procuraban 850 bases militares a lo largo del mundo.
La obtención de crecientes tasas de beneficio se torna cada vez más difícil lo cual va a generar pulsiones del imperio en decadencia para atajar ese proceso a toda costa
La obtención de crecientes tasas de beneficio se torna pues cada vez más difícil lo cual va a generar pulsiones del imperio en decadencia para atajar ese proceso a toda costa. La crisis se ve acelerada por el desarrollo tecnológico, hoy hegemonizado por China, del cual derivan cambios demográficos, políticos, institucionales y culturales en grado sumo. En esta situación, surge la presencia en la Casa Blanca de un personaje dispuesto a patear las leyes del derecho internacional y los derechos humanos, para así garantizar el saqueo de recursos naturales y energéticos, de minerales y tierras raras, considerados estratégicos, de Venezuela, Canadá, Groenlandia y en todos los enclaves del hemisferio correspondiente a América, así como en otros parajes más alejados, como Ucrania, anteayer, o Irán hoy mismo: dos países henchidos de riquezas cerealeras, minerales y petroleras.
No obstante, todo poder, incluso el poder imperial, necesita de una base legitimadora de su acción ante su propio Estado y ante su contorno estatal para garantizar su propia durabilidad política. Pero la tosquedad con la que Donald Trump la ha emprendido contra toda racionalidad, base ésta de la ley, la moral y el derecho, auguran una vida muy corta a las ventajas a corto plazo que tal comportamiento pueda procurarle a él y a los Estados Unidos. Dice que desea un retorno al capitalismo industrial, una vez arrumbada la versión financiera fracasada que el sistema adoptaba hasta fechas recientes, pero ese retorno a la industrialización no sería viable sin observar unas pautas de distribución de la riqueza con el mundo del trabajo que Trump, capitalista y especulador profesional, no está dispuesto a admitir.
Estados Unidos mantiene en Alemania 35.000 efectivos en 45 instalaciones o bases militares, más 20 bombas nucleares B61-12 en la base de Büchel
Gravísima deriva de von der Layen
En sintonía con las botaratadas criminales de Donald Trump, Úrsula von der Layen, ex ministra alemana de Defensa y presidenta de la Comisión Europea, se adhiere y da por finiquitado un mundo basado en leyes. Gravísima deriva de la líder europea, corregida a todo meter, de cuya conducta afloran todas las contradicciones de una burocrática clase política alemana atrapada, aún, por la culpa del exterminio judío a manos de los nazis —como si aquel execrable genocidio fuera el único en la escena internacional— y sometida a una sujeción, incluso militar, al designio de Washington: Estados Unidos mantiene en Alemania un contingente de 35.000 efectivos en 45 instalaciones o bases militares, más 20 bombas nucleares B61-12 en la base de Büchel.
Israel, de tamaño menor al de Cataluña y 9 millones de habitantes, se enfrenta a 92 millones de iraníes y un país, Irán, tres veces y media más extenso que España
Las promesas de Trump de poner fin a las guerras son ya manifiestas mentiras, como demuestra su apoyo incondicional al genocidio israelí en Palestina y su amparo superpotencial a Benjamín Nethanyahu en su guerra contra Irán. El nuevo ataque israelí-estadounidense contra el régimen iraní y la respuesta persa contra las bases norteamericanas en países árabes vecinos, ha conseguido incendiar el Medio Oriente en busca de la hegemonía política y militar total de Israel en la región. Pretensión ésta que las leyes de la geopolítica descartan como inviable. De tamaño menor al de Cataluña y 9 millones de habitantes, más una sociedad desmoralizada por la agresividad de sus gobernantes, Israel se enfrenta a 92 millones de iraníes y un país, Irán, tres veces y media más extensa que España. En torno suyo, todo un frente de hostilidad arabo-islámica ha sido creado por la arrogancia y el odio de quienes siguen pensado, en Washington y en clave sionista al mando de Israel, que son el pueblo elegido por dios para regir el mundo.
(*) Periodista. Experto en geopolítica
Deja un comentario