Mathias Delori (Le Monde Diplomatique), 5 de abril de 2026
“Ataques selectivos”, cazas guiados por satélite, misiles cargados de tecnología… La guerra mediante bombardeos aéreos, en apariencia tan simple y controlada como un videojuego, se supone que permite alcanzar eficazmente objetivos estratégicos preservando la vida de las tropas. Sin embargo, la historia muestra los límites de este método.
por
ZARTOSHT RAHIMI. — De la serie “Calling All Angels” (‘Invocar a todos los ángeles’), 2025
Israel y Estados Unidos afirman perseguir dos objetivos en su guerra aérea contra Irán: destruir el programa nuclear de Teherán y provocar un cambio de régimen. Sin embargo, la historia pone de manifiesto los límites prácticos y éticos de este tipo de estrategia. De hecho, la elección de los bombardeos aéreos responde a menudo no tanto a una reflexión sobre el mejor medio para alcanzar un objetivo como a una preocupación práctica: no exponer a las propias tropas. El razonamiento no es nuevo. En la década de 1910, los ejércitos de países como Francia y el Reino Unido, tras sufrir importantes pérdidas en sus colonias, empezaron a ver en la aviación de bombardeo un medio para “pacificar” esos territorios limitando la exposición de sus combatientes.
Este cálculo no tiene en cuenta un dato esencial: los bombardeos aéreos causan más muertes de inocentes que el despliegue de tropas sobre el terreno. El historiador David E. Omissi relata los dilemas morales de un oficial británico en Irak antes de la Segunda Guerra Mundial: “El desencanto de Lionel Charlton respecto a los bombardeos policiales comenzó cuando fue a Diwaniya, visitó el hospital local y vio a víctimas de los bombarderos británicos recuperándose de sus heridas. […] Atormentado por sus deseos contradictorios de condenar esos métodos […] y de proseguir su carrera en la Fuerza Aérea, […] solicitó un cambio de destino” (1).
Cuando el objetivo es incitar a la población a dejar de apoyar a un grupo o régimen enemigo, o a rebelarse contra él, la “transferencia de riesgo” (2) hacia la población civil constituye no solo un problema ético, sino también estratégico. Así se constató cuando esta estrategia se aplicó contra lo que entonces se denominaba “naciones civilizadas”. Los “bombardeados se unen automáticamente en un odio y un terror comunes hacia el enemigo invisible” (3), observó el psicólogo Eric Benjamin Strauss tras estudiar las reacciones de la población ante los bombardeos italoalemanes sobre Barcelona en marzo de 1938. Lo mismo se pudo constatar tras los ataques nazis durante la batalla de Inglaterra, en 1940 (4).
Esto no impidió que el Reino Unido y los Estados Unidos libraran contra Alemania una guerra aérea de una intensidad más de diez veces superior, tanto en toneladas de bombas como en número de víctimas civiles, a la que había sufrido Inglaterra. Sin embargo, ya en 1943, unos académicos estadounidenses concluyeron en un informe que “ningún elemento permite deducir que los bombardeos británicos y estadounidenses sobre las ciudades alemanas hayan debilitado de manera efectiva el control del Gobierno nazi sobre la población” (5). A pesar de ello, el mando aliado optó por redoblar la apuesta.
Entre 1944 y 1945, sobre las ciudades alemanas cayeron más de un millón de toneladas de bombas, frente a las 250.000 de los tres años anteriores. Sin llevar a los civiles a rebelarse contra el régimen. Peor aún: según constató el economista John K. Galbraith, autor de un informe sobre la cuestión en 1945, “los ataques aéreos ayudaron a [Albert] Speer [el ministro de Armamento]. El estrés generado por los bombardeos le permitió movilizar las energías de la población” (6). A pesar de esta enésima advertencia, Estados Unidos aplicó la misma estrategia en Japón. Si bien, según valora el historiador Sheldon Garon, la destrucción de Tokio y de decenas de otras ciudades durante la primera mitad de 1945 asestó un golpe decisivo a la producción bélica enemiga, otros factores influyeron en la capitulación: el bloqueo naval, la entrada en guerra de la Unión Soviética y, según algunos, las dos explosiones nucleares de agosto de 1945.
La mayoría de los especialistas coincide en señalar la ineficacia estratégica de los bombardeos en Corea en la década de 1950. Pero ello no disuadió a los partidarios de esta forma de hacer la guerra de volver a emplearla en Vietnam, Camboya y Laos en las décadas de 1960 y 1970, con un único resultado tangible: la muerte de millones de civiles (7). Hay un elemento que ha contribuido a legitimar la persistencia de las ilusiones que rodean a esta estrategia: la tecnología. A partir de la década de 1990, la generalización de dos nuevos instrumentos —las armas dotadas de sistemas de guía y los programas informáticos de evaluación de daños colaterales— proporcionó argumentos a los defensores de las guerras aéreas. Estas tecnologías se presentan como “morales”, en la medida en que permitirían ajustarse al derecho de la guerra al atacar únicamente objetivos considerados combatientes y garantizar que los “daños colaterales” sean proporcionales al efecto militar buscado. Esta forma de llevar a cabo los combates constituiría un progreso con respecto a lo que el politólogo Martin Shaw denomina la “antigua forma occidental de hacer la guerra” (8): la de los bombardeos masivos. Por citar un ejemplo entre otros, la asociación Airwars estima en unos diez mil el número de civiles iraquíes y sirios muertos por los bombardeos estadounidenses, británicos y franceses contra la Organización del Estado Islámico (OEI) entre 2014 y 2018 (9). En 1944-1945, las incursiones aéreas aliadas contra ciudades medianas causaban este número de víctimas en dos días.
Conviene subrayar, no obstante, que la menor letalidad de las guerras aéreas entre las décadas de 1990 y 2010 no las ha hecho más eficaces a nivel estratégico. Cuando atacaron a grupos que carecían de sistemas de defensa aérea (Al Qaeda y la OEI), estos solo tenían dos opciones: no responder o atacar a los civiles de los países que llevaban a cabo los bombardeos. En este sentido, no se ha producido una, sino dos “transferencias de riesgo”: la primera, de los combatientes de los países atacantes hacia los civiles de los países bombardeados; la segunda, hacia los civiles de los países que bombardean. Los atentados que han ensangrentado Francia a partir de 2015 son un ejemplo de este fenómeno.
Por otra parte, cabe preguntarse si la llegada de la inteligencia artificial (IA) no sería un aterrador paso atrás. En Gaza, en 2023 y 2024, Israel se valió de esta nueva tecnología para identificar el mayor número posible de objetivos considerados “combatientes” (en su mayoría, presuntos militantes de Hamás). El mando militar esgrimió entonces el argumento (jurídico) de que era aceptable matar a decenas de civiles para neutralizar a un militante. De este modo, Tel Aviv ha generado un nivel de violencia comparable al de los mayores bombardeos de la historia (10) al tiempo que revestía esa acción de un barniz liberal, del que sus representantes se han valido ante el Tribunal Internacional de Justicia en la causa, aún en curso, abierta tras la denuncia de Sudáfrica por violación de la Convención para la Prevención del Delito de Genocidio. Los objetivos de Israel y de Estados Unidos en Irán son, a todas luces, distintos, pero ambos países han reconocido el uso de la IA en sus programas informáticos de selección de objetivos para los bombardeos.
(1) David E. Omissi, Air power and colonial control. The Royal Air Force 1919-1939, Saint Martin’s Press, Nueva York, 1990.
(2) Martin Shaw, The New Western way of war. Risk-transfer and its crisis in Irak, Polity Press, Cambridge, 2006.
(3) Eric Benjamin Strauss, “The psychological effects of bombing”, The Royal Services Institution Journal, vol. 84, n.° 534, Londres, 1939.
(4) Ian Burney, “War on fear. Solly Zuckerman and civilian nerve in the Second World War”, History of the Human Sciences, vol. 25, n° 5, Londres, 2021.
(5) Gian P. Gentile, How effective is strategic bombing? Lessons learned from World War II to Kosovo, New York University Press, 2001.
(6) The United States Strategic Bombing Survey (USSBS), The effects of strategic bombing on the German war economy, Washington, D. C., 1945.
(7) Thomas Hippler, Le gouvernement du ciel. Histoire globale des bombardements aériens, Les Prairies ordinaires, París, 2014.
(8) Martin Shaw, The New Western way of war. Risk-transfer and its crisis in Irak, Polity Press, Cambridge, 2006.
(9) “Reported civilian deaths from US-led coalition strikes in Iraq and Syria”, 29 de septiembre de 2022, https://airwars.org
(10) Michael Spagat et al., “Violent and non-violent death tolls for the Gaza conflict”, The Lancet Global Health, vol. 14, n.° 4, Londres, abril de 2026.
Mathias Delori
Politólogo e historiador. Investigador del Centro de Investigaciones Internacionales (CERI), de Sciences Po, adscrito al CNRS; autor de a Guerre contre le terrorisme comme rivalité mimétique (Peter Lang, París/Bruselas, 2025).
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