Gaceta Crítica

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“Axis of Empire”: La sombra del imperio sobre Irán

Jack Taylor (sinpermiso), 5 de Abril de 2026

Mientras escribo estas líneas, los misiles norteamericanos están alcanzando objetivos por todo Irán. Tras meses de especulaciones, ha estallado el conflicto no sólo en el Golfo Pérsico, sino en todo Oriente Medio. Se trata de la última —y más profunda— ruptura en las relaciones entre los Estados Unidos e Irán. Aunque Estados Unidos mantiene relaciones tensas con innumerables países de todo el mundo, son pocos aquellos con los que se ha distanciado de forma tan profunda y generalizada como con Irán.

En Axis of Empire, Afshin Matin-Asgari pretende trazar la trayectoria de la relación entre los Estados Unidos e Irán en un único y accesible volumen desde una perspectiva marxista. No es una ambición menor. A pesar de la avalancha de nuevos trabajos académicos bien recibidos —entre ellos America and Iran: A History (2021), de John Ghazvinian, y The Long War on Iran (2025)—, Matin-Asgari es quizás el primero en abordar este panorama histórico, amplio pero vital, explícitamente desde la izquierda, basándose en el canon de la literatura de influencia marxista establecido por Ervand Abrahamian y Homa Katouzian en particular.

Ambiciones imperiales

A los estudiosos de la historia iraní, la línea general del relato de Matin-Asgari les resultará familiar. Antes de la llegada de los agentes de la CIA y las compañías petroleras, la interacción entre los Estados Unidos e Irán se limitaban en gran medida a un círculo de misioneros, personal académico y excéntricos. Cuando los norteamericanos pensaban en Irán, lo hacían como un estado desértico extraño y algo romántico, muy alejado de los Estados Unidos del siglo XX. Incluso entre los responsables políticos, Irán se veía principalmente en términos de la hegemonía británica y la competencia anglo-rusa.

La Segunda Guerra Mundial cambió esto. Irán, punto de paso para abastecer a la URSS y rico en petróleo, cayó bajo ocupación aliada y su economía quedó integrada en el esfuerzo bélico. El impacto interno fue severo: el pueblo iraní se enfrentó a la escasez incluso de alimentos y materiales básicos. El interés norteamericano por Irán se intensificó con el inicio de la Guerra Fría, lo que puso aún más de manifiesto la importancia estratégica de Irán y la incapacidad de Gran Bretaña para frenar el nacionalismo local. Aunque no se alineaba con Moscú, la estrategia de equilibrio negativo del primer ministro Mohammad Mossadegh —negarse a alinearse con ninguna de las superpotencias al tiempo que afirmaba el control nacional sobre los recursos— amenazaba, no obstante, el orden internacional preferido por Washington y fue rápidamente liquidada mediante un golpe de Estado orquestado por la CIA y el MI6 en agosto de 1953. Para evitar nuevos experimentos con el nacionalismo popular, se centralizó el poder bajo la autoridad del Sha Mohammad Reza Pahlavi.

Tal como demuestra Matin-Asgari, lo que siguió fue la creación de la hegemonía norteamericana en el Golfo Pérsico. Al igual que los británicos antes que ellos, el imperialismo norteamericano en Irán se articuló tanto a través del poder corporativo y cultural como de los tratados: alrededor de dos quintas partes del petróleo iraní estaban controladas por empresas norteamericanas; empresas de armamento como Boeing obtuvieron importantes contratos con el floreciente ejército del Sha, y marcas de consumo como Pepsi se afianzaron en el mercado. Una legión de consultores norteamericanos ayudó a establecer estructuras de gobierno en la sombra, asesorando sobre el desarrollo económico y social.

El proyecto norteamericano

Por su parte, el Sha acogió esta evolución con agrado y, bajo la tutela norteamericana, trató de recalibrar la sociedad iraní. Matin-Asgari examina cómo la teoría de la modernización —la creencia en que el desarrollo impulsado por el Estado pudiera impulsar el «progreso» siguiendo el modelo occidental— dio forma a la autoproclamada «Revolución Blanca» del Sha, un programa de arriba abajo de reforma agraria y reestructuración social. Matin-Asgari demuestra que se inspiró selectivamente en ideas desarrollistas de izquierda, al tiempo que se esforzaba por marginar las voces colectivistas.

La paradoja resulta sorprendente: se reutilizaron ideas de orígenes radicales con el fin de estabilizar una monarquía prooccidental. Sin embargo, estas reformas tecnocráticas y nominalmente progresistas tuvieron un efecto desestabilizador. Como parte de un esfuerzo por poner en primer plano las costumbres culturales y educativas occidentales, por ejemplo, un número significativo de estudiantes iraníes viajó a los Estados Unidos y Europa para estudiar. Lejos de crear una clase intelectual subordinada a los intereses extranjeros, estos estudiantes comenzaron a organizarse de forma independiente en el exterior, convirtiéndose en un eje radical de oposición a un Sha cada vez más dictatorial, incluso cuando los grupos de oposición nacionales quedaban marginados.

A pesar de su desmesurada influencia, los norteamericanos se mostraron obstinados en su ignorancia de las realidades de la sociedad iraní. Hasta los diplomáticos más experimentados tendían a dar crédito a las pruebas que confirmaban sus suposiciones, en lugar de llevar a cabo un análisis más riguroso. Es notable que un informe confidencial de la embajada estadounidense identificara al ayatolá Jomeini como la «figura más importante con la que el régimen tiene que lidiar» ya en 1963, pero que a continuación apenas se realizara una valoración sostenida de su atractivo o de su movimiento.

Para cuando Jimmy Carter asumió el cargo, los servicios de inteligencia norteamericanos ya habían sucumbido a su cortedad de miras, recopilando pruebas que respaldaban teorías obsoletas y estrategias irrelevantes. Mientras las historias sobre la generosidad del sha comenzaban a calar en la conciencia pública estadounidense, circulaban ampliamente por Irán las grabaciones en casete de los sermones de Jomeini —que mezclaban retórica islámica y nacionalista—. Con el apoyo de estudiantes y trabajadores, el movimiento de Jomeini alcanzó una popularidad explosiva en 1978 y derrocó al Sha al año siguiente.

Revolución y ruptura

La destitución del Sha y su posterior exilio en los Estados Unidos crearon una ruptura fundamental entre Irán y Occidente. Sin simpatizar en absoluto con el jomeinismo, Matin-Asgari sostiene que la perspectiva de la República Islámica solo puede entenderse como una forma de antiimperialismo de derechas y antimarxista. El régimen de sanciones norteamericano ha contribuido a endurecer la determinación interna y, en algunos aspectos, a reforzar el compromiso del Estado revolucionario con la resistencia.

Al analizar el retroceso del jomeinismo, Matin-Asgari no rehúye criticar ni a la izquierda iraní ni sus errores estratégicos. Sin embargo, tampoco se deja llevar por los mitos sobre la naturaleza de la oposición norteamericana a la República Islámica. Señala, por ejemplo, que cuando se trató de asesinar a marxistas iraníes, la CIA proporcionó de buen grado —y el régimen aceptó sin dudarlo— un apoyo vital en materia de inteligencia. También destaca la desmesurada influencia de Israel en la política norteamericana en lo que toca a la República Islámica e ilustra el papel que organizaciones como el AIPAC [el principal grupo de presión proisraelí] han desempeñado a la hora de obstaculizar la normalización entre ambos países. Así, aunque las relaciones culturales se descongelaron bajo el mandato del primer ministro Jatamí y Madeleine Albright reconoció el papel norteamericano en la destitución de Mosaddeq, no se tendieron ramas de olivo significativas a Teherán.

Axis of Empire se beneficia de un rico material de referencia, que se nutre tanto de fuentes en inglés como en persa. La bibliografía secundaria empleada es amplia y se maneja con cuidado, complementada cuando es necesario con material de archivo. Aunque sería fácil —quizás incluso justificado— recurrir a la polémica, el marco marxista de Matin-Asgari proporciona una lente coherente a través de la cual se pueden entender episodios dispares, desde la colaboración económica hasta la agitación revolucionaria.

Claridad y limitaciones

Hay que elogiar la concisión y el ritmo con que el estudio recorre más de un siglo de compleja historia. Sin embargo, por necesidad, esto implica que sea inevitables algunas lagunas. Tal como reconoce el propio autor, la bibliografía sobre el intercambio cultural, literario y artístico entre Irán y los Estados Unidos se encuentra aún en pañales, y quizá sea imposible en este momento realizar un estudio que no se centre en el Estado. Del mismo modo, un análisis de la diáspora iraní en Estados Unidos —de la que el propio Matin-Asgari forma parte— habría sido una aportación interesante y novedosa.

Aunque señale el autor la oposición al jomeinismo dentro de los Estados Unidos a finales de la década de 1970, el lugar de Irán en el imaginario popular y cultural queda en gran medida sin explorar. Más concretamente, algunos lectores pueden sentirse decepcionados por el capítulo relativamente escueto sobre la relación entre los Estados Unidos e Irán durante las administraciones de Clinton y Bush, períodos de cambio que parecen poco desarrollados en comparación con la profundidad del análisis dedicado a la era prerrevolucionaria.

Estas limitaciones no deben restar mérito a este impresionante estudio. Ya sea al reflexionar sobre las interacciones de Washington con Irán, ya fuera monarquía o república, el análisis de Matin-Asgari es sofisticado y concede la importancia que corresponde tanto a la ciudadanía iraní como a su aparato estatal. A su vez, pone de relieve las complejidades de las relaciones entre Estados Unidos e Irán y el controvertido equilibrio entre el imperialismo y la resistencia en sus múltiples formas. Y lo que es más importante, lo hace sin recurrir a clichés ni exageraciones. Bien escrito, profundamente documentado y de gran actualidad, se trata de una obra de historia que merece ser ampliamente leída tanto en la izquierda como fuera de ella.

Jack Taylor doctor en Historia por el University College de Londres, es investigador y autor de “Oil, Nationalism and British Policy in Iran: The End of Informal Empire, 1941-1953”.

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