Pascual Serrano (Espai Marx), 3 de Abril de 2026


Ya pocas personas pueden discutir que, a día de hoy, Israel ha dilapidado todo su patrimonio de victimismo tras el Holocausto. Son muchas las razones: el genocidio en Gaza, las masacres a civiles en Líbano o Siria, el racismo y la violencia de los colonos en Cisjordania, las declaraciones inhumanas de los dirigentes de Israel sobre los palestinos, el racismo que vemos todos los días en redes de jóvenes y adolescentes judíos contra turistas en Jerusalén o cuando salen de sus países.
Han logrado que la palabra genocidio vaya hoy más asociada a ellos como verdugos que como víctimas. Muchas personas que hubieran deseado visitar con respeto hacía los judíos el museo memorial de Auschwitz, hoy han perdido todo el interés en hacerlo.
El profesor Ilan Pappé, tras tantos análisis pesimistas -es difícil no serlo-, ha dedicado su reciente libro a presentar los indicios de que el final de Israel puede haber comenzado ya. Se titula así, El final de Israel. El debate es quién o qué podría o debería ocupar ese vació inevitable. Pappé advierte de que las dos opciones más radicales, «dos tajantes respuestas emocionales», llama él, son excesivamente simplificadoras. Se refiere a quienes piensan que Israel será reemplazado por una Palestina libre y quienes ven ese fin de Israel como una catástrofe para la población judía de todo el mundo.
Ilan Pappé denuncia cómo, tanto Israel como Estados Unidos, y con la connivencia de la comunidad internacional, han ido poniendo palos en las ruedas de cualquier posible avance hacia la existencia de los dos Estados: «En cualquiera de los momentos en los que se abrieron negociaciones para una solución de dos Estados, lo que se ofrecía a la población palestina siempre habría menguado en el intervalo». En conclusión, «la solución de los dos Estados es una cadáver putrefacto que lleva demasiado tiempo en la morgue».
El autor ya considera una «desintegración inevitable, caótica y violenta del Estado judío». En su opinión hay dos elementos que le han llevado a esa conclusión y, por tanto, a escribir un libro con esa tesis.
Uno, que «estamos presenciando el inicio del fin del proyecto sionista tal y como lo hemos conocido» y dos, la «violación sin precedentes de los derechos de la ciudadanía palestina en Israel». Sin ir más lejos, ahora hemos sabido por los testimonios honestos de algunos periodistas extranjeros, las dificultades que se les pone a los palestinos residentes en Israel para acceder a los refugios durante los bombardeos iraníes.
Augusto Zamora nos explicaba en este mismo blog cómo Israel es irrelevante desde el punto de vista económico, es un Estado artificial que sobrevive -y asesina- conectado al respirador de las potencias occidentales.
Por ejemplo, en 1952 fue firmado el Acuerdo de Luxemburgo, por el cual, además de establecerse relaciones diplomáticas se acordaron los pagos de reparación alemanes a Israel. Desde entonces y hasta 2021 los pagos de Alemania a Israel habían ascendido a más de 80.000 millones de euros. Además de eso, Alemania quedó comprometida a proporcionar asistencia económica y técnica a Israel para fines múltiples, entre ellos -y en plano principal-, fortalecerlos militarmente. Por ejemplo, los submarinos nucleares que posee el Estado sionista han sido todos donados por Alemania
Algunos datos más nos da Zamora: «Israel tiene 26.000 kilómetros cuadrados de extensión, una superficie un poco mayor que la de El Salvador (21.000 km2) y similar a la de Macedonia del Norte (25.713 km2). Bután casi le dobla en tamaño (45.000 km2). Nadie considera, en el continente americano, a El Salvador como potencia mundial», nadie se plantea el peso que tiene en Europa Macedonia del Norte y nadie conoce mucho de Bután.
Israel tiene tan solo 7,5 millones de habitantes judíos. Oficialmente, en la realidad son menos, pues, en el último año, más de medio millón de judíos han retornado a sus países de origen y, supongo, que visto el estrés de la vida en ese país durante las últimas semanas, la emigración seguirá aumentando.
Pero, además, «en su exiguo territorio no hay minerales, apenas se dispone de suficiente tierra fértil, el agua es un bien sumamente escaso y, lo peor, eso lo deben compartir con ocho millones de palestinos». Todo ello lo contaba Augusto Zamora en el libro Réquiem polifónico por Occidente.
A nadie se le escapa que el poder militar de Israel es consecuencia de que Israel es, en Oriente Próximo, el Estado ficticio que pone las tropas que, si no existiera, tendría que desplegar EEUU en esa región.
Desde 1948, Israel ha recibido 330.000 millones de dólares sólo en asistencia militar, de EEUU.
Al apoyar, financiar, armar y, de cualquier forma, sostener la existencia de un Estado ficticio, lo que EEUU hace es sostener y defender a su principal portaaviones terrestre en la región del petróleo y del gas.
Volviendo a El final de Israel, de Ilan Pappé, a su inviabilidad como país sin recursos naturales, población ni territorio, se suma que el nivel de racismo y supremacismo del actual Estado judío es ya totalmente incompatible con la opción de un Estado democrático con derechos iguales para la población israelí como la palestina. Israel es un Estado de apartheid total e inviable.
En conclusión, «el proyecto sionista se cae en pedazos y con él se cae el Estado de Israel entendido como un Estado judío».
Pappé lo ve tan inevitable que cree que lo que corresponde ahora es que «esa caída no dé paso a un vacío caótico» y «resolver el destino de la población judía en Palestina».
Qué paradoja, me imagino a miles de personas creyentes de todas las religiones de todo el mundo, pensado después de leer este libro: «Dios le oiga».
Otros libros de Ilan Pappé, son El lobby sionista, Los diez mitos de Israel, Historia de la Palestina moderna, Los palestinos olvidados y La idea de Israel.
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