Gaceta Crítica

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Cuba no está sola

Internacional Progresista, 3 de Abril de 2026

Desde un convoy de ayuda humanitaria hasta un petrolero, la solidaridad se convirtió en una fuerza material y rompió el bloqueo criminal de Trump contra Cuba.

En el octavo Informe de 2026 de la Internacional Progresista, analizamos la conclusión del convoy Nuestra América a Cuba: la ayuda que entregó, las movilizaciones mundiales que inspiró, la represión que desencadenó y el petrolero que finalmente llegó a la isla enferma.

La oscuridad se cierne sobre La Habana como un fantasma.

En un instante, calles enteras quedan sumidas en la más absoluta oscuridad, el resultado previsible de un asedio estadounidense diseñado para castigar al pueblo cubano y someterlo.

Pero la luz está en camino.

En marzo, aviones, barcos y delegaciones de todo el mundo convergieron en la capital cubana. En el aeropuerto José Martí, maletas repletas de antibióticos, medicamentos contra el cáncer y material quirúrgico se apilaban en largas filas en la sala de llegadas. En alta mar, los barcos cruzaron el Caribe, retrasados ​​por el mal tiempo, antes de atracar finalmente en La Habana. A su llegada, se descargaron paneles solares y generadores que se enviaron rápidamente a los hospitales que luchaban por mantener en funcionamiento los servicios esenciales.

Había llegado el Convoy Nuestra América.

Desde Milán hasta Ciudad de México, desde puertos caribeños hasta las calles de La Habana, más de 600 delegados transportaron más de 35 toneladas de ayuda —medicamentos, alimentos y equipos energéticos— a una isla al borde del abismo tras meses de intensa guerra económica. Los suministros llegaron a clínicas y salas que ya racionaban la atención médica. Los médicos recibieron equipos para mantener el suministro eléctrico durante el próximo apagón.

Mientras los delegados se reunían en La Habana el sábado 21 de marzo, más de una docena de ciudades alrededor del mundo se movilizaban en paralelo. Frente a las embajadas estadounidenses y en plazas públicas —Londres, Dublín, Madrid, Ciudad de México, Atenas, Viena, Sídney, Johannesburgo y otras— los manifestantes se congregaron con una demanda común: poner fin al bloqueo.

Al mismo tiempo, el convoy recorrió una distancia mayor que la que podría recorrer cualquier manifestación individual.

En Milán, filas de maletas repletas de medicamentos se extendían por el suelo del aeropuerto, filmadas y compartidas mientras los delegados se preparaban para partir en vuelos chárter. Días después, aparecieron barcos en el horizonte de La Habana, cuya llegada fue captada por las cadenas de televisión y retransmitida mucho más allá de la isla. En toda La Habana —en ruedas de prensa, conciertos y hospitales— las entrevistas con organizadores y participantes se difundieron rápidamente por las redes sociales, llevando la historia a espacios donde Cuba rara vez aparece.

Las imágenes se acumularon.

Durante varios días de marzo, el convoy logró romper el bloqueo informativo que suele aislar a la isla. Analistas en Cuba registraron un aumento significativo en la actividad digital a medida que la noticia se difundía, no solo como una crisis, sino como una acción concreta.

Y no se quedó allí.

Las agencias de noticias difundieron la información a nivel mundial. Associated Press, Reuters y Agence France-Presse informaron sobre la magnitud de la ayuda y la coalición que la respaldaba. Importantes medios de comunicación de Europa, Latinoamérica y Norteamérica siguieron de cerca los barcos, los aviones y su llegada a La Habana. Al regresar a Estados Unidos, las autoridades confiscaron los teléfonos de los delegados e interrogaron a los participantes, una respuesta que reveló cómo se estaba interpretando la misión.

El convoy había supuesto un cambio radical. Durante meses, Cuba había sido retratada como un lugar de colapso —escasez, apagones, crisis—, y las políticas que la originaban se consideraban un mero telón de fondo. El convoy contribuyó a visibilizar esas políticas y a hacerlas cuestionables. Replanteó la situación, no solo como una emergencia humanitaria, sino como una cuestión política: ¿quién mantiene el bloqueo y quién está dispuesto a romperlo?

Días después, esa pregunta pasó de ser retórica a convertirse en realidad.

En el puerto de Matanzas, un petrolero ruso, el Anatoly Kolodkin , atracó con más de 700.000 barriles de crudo, el primer envío importante de combustible que llega a Cuba en meses. Tras semanas en las que la escasez de combustible había paralizado la isla, se permitió el paso del buque.

La explicación de Washington fue cautelosa: se trataba de una excepción humanitaria, no de un cambio de política.

Pero en otros lugares, las implicaciones se expresaron con mayor franqueza. La presidenta Claudia Sheinbaum afirmó que México se reserva el derecho de suministrar combustible a Cuba, ya sea como ayuda humanitaria o mediante acuerdos comerciales habituales. Otros gobiernos manifestaron posturas similares de forma más discreta. La línea que parecía inamovible —«Hay un embargo. No hay petróleo. No hay dinero. No hay nada», había alardeado Trump a bordo del Air Force One el 16 de febrero— comenzó a desdibujarse.

En una rueda de prensa celebrada días antes en La Habana, Jeremy Corbyn había planteado la siguiente pregunta:

“Si Francia, Alemania y Gran Bretaña ordenaran a un petrolero que fuera a Cuba a entregar petróleo, ¿de verdad Estados Unidos bombardearía ese petrolero? ¿De verdad impedirían que el petrolero siguiera su camino?”

En Matanzas, la pregunta no necesitaba respuesta. Un barco había cruzado la frontera. Su carga se estaba descargando en tierra. Los trabajadores se movían por los muelles, con mangueras que iban desde el buque cisterna hasta la terminal, como si se tratara de una entrega ordinaria. En cierto modo, lo era. En otro, era algo completamente distinto: una prueba que no se había detenido.

Nada de esto resuelve la crisis. El envío durará días, no meses. Los hospitales siguen racionando la electricidad. Las farmacias siguen sin tener suficiente stock. La estructura del bloqueo —diseñada, como lo expresó un memorándum estadounidense de 1960, para generar «hambre, desesperación y el derrocamiento del gobierno»— continúa condicionando la vida cotidiana. Pero el panorama ha cambiado.

En La Habana, las luces seguirán apagándose. Pero ahora volverán a encenderse en un clima político diferente, en el que se cuestiona el asedio. La ayuda llega no como caridad, sino como un acto de desafío. Los envíos de combustible ya no son hipotéticos, sino que se han convertido en precedentes. Los gobiernos sopesan sus opciones frente a un ejemplo ya establecido.

En los muelles de Matanzas, el petróleo fluye hacia los tanques de almacenamiento. En los pasillos de los hospitales, los generadores se encienden, fallan y vuelven a encenderse. En los teléfonos —donde no han sido confiscados— siguen circulando videos de maletas, botes y multitudes.

Poco a poco, la sensación de inevitabilidad que sostenía el bloqueo comienza a desvanecerse. Porque, en la práctica, se ha demostrado que es rompible.

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