Gaceta Crítica

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La madre de las derrotas interminables

James K. Galbraith (PROJECT SYNDICATE), 1 de Abril de 2026

AUSTIN – La estrategia de seguridad nacional publicada en noviembre del año pasado por el gobierno del presidente estadounidense Donald Trump fue un documento notable, de gran alcance y diferente a cualquiera de sus antecesoras desde que George Bush (padre) «ahuyentó» el «síndrome de Vietnam» a principios de los años noventa. En la carta de presentación con su firma, Trump la describe como una «hoja de ruta para garantizar que Estados Unidos siga siendo la nación más grande y exitosa de la historia de la humanidad».

La estrategia de Trump pone los ideales fundacionales de los Estados Unidos como base de su éxito y su grandeza. «En la Declaración de Independencia, los fundadores de los Estados Unidos dejaron sentada una clara preferencia por no intervenir en los asuntos de otras naciones». Pero por desgracia, «nuestras élites calcularon mal lo dispuesto que estaría Estados Unidos a asumir cargas globales interminables en las que el pueblo estadounidense no veía ninguna conexión con el interés nacional». Esas élites «permitieron que aliados y socios delegaran al pueblo estadounidense el costo de su defensa» y «a veces nos arrastraran a conflictos y controversias centrales para sus intereses, pero periféricos o irrelevantes para los nuestros».

Hasta el mes pasado, el objetivo de las políticas de Trump parecía ser desvincularse de Medio Oriente. La estrategia de seguridad nacional lo exponía en forma clara: «Con la derogación o flexibilización de políticas energéticas restrictivas por parte de esta Administración y el incremento de la producción estadounidense de energía, las razones históricas de Estados Unidos para centrar su atención en Medio Oriente irán desapareciendo».

Por supuesto, había salvedades: «Estados Unidos siempre tendrá un interés central en garantizar que los suministros energéticos del Golfo no caigan en manos de un enemigo declarado, que el estrecho de Ormuz permanezca abierto». Pero «podemos y debemos encarar esta amenaza en forma ideológica y militar sin décadas de infructuosas guerras de “construcción de naciones”».

Además, la era en la que «Medio Oriente dominaba la política exterior estadounidense tanto en la planificación a largo plazo como en la ejecución diaria» ha terminado, en parte porque la región «ya no es la irritación constante y la fuente potencial de catástrofe inminente que fue en otros tiempos». Por supuesto que el documento menciona la seguridad de Israel, pero sólo de pasada. En cambio, los autores proclaman que Medio Oriente «se está convirtiendo en un lugar de colaboración, amistad e inversión, una tendencia que hay que aplaudir y fomentar».

Pero a pesar de estas palabras estimulantes, el 28 de febrero Estados Unidos atacó Irán, un país que tiene 4,6 veces el tamaño de Alemania y más de 90 millones de habitantes. Puede que las dos guerras de Irak hayan sido más grandes (hasta ahora), pero fueron contra un adversario bastante endeble. Irán, en cambio, es un estado‑civilización con una gran reserva de misiles, drones y compromiso patriótico y religioso. Atacarlo es iniciar la madre de todas las guerras interminables.

Por supuesto, se podría pensar que la estrategia de seguridad nacional de Trump no es sino otra declaración deshonesta pergeñada para engañar a los estadounidenses (que es lo que hicieron muchos comentaristas). Pero ¿cuál sería el propósito? Si el objetivo era superar la elección intermedia de 2026 reafirmando el compromiso de Trump con las promesas que hizo durante su última campaña, no tiene sentido revelar el fraude apenas tres meses después de la publicación del documento y ocho meses antes de la votación.

Además, la calidad del documento indica que lo redactó gente seria. No es uno de los discursos de campaña o ruedas de prensa informales típicos de Trump. Documentos como este pasan por un proceso de elaboración, revisión, escritura y reescritura; son importantes precisamente porque deben superar la oposición interna antes de que el presidente los firme. Esta estrategia de seguridad nacional articulaba con bastante coherencia una cosmovisión distinta e importante: marcaba un nuevo rumbo para Estados Unidos, con la renuncia a la retórica centrada en la OTAN de gendarme mundial y Pax Americana que han tenido todos los gobiernos estadounidenses desde la caída de la Unión Soviética.

Pero aquí estamos, otra vez en guerra en Medio Oriente. Y no está saliendo según los planes (si es que alguna vez existieron). El estrecho de Ormuz está cerrado al tráfico marítimo estadounidense, europeo, japonés, surcoreano e israelí. El suministro mundial de petróleo se redujo, y habrá una grave escasez de combustible, fertilizantes y, a su debido tiempo, alimentos. Bases estadounidenses en la región del golfo Pérsico han quedado parcialmente destruidas o inutilizables.

En la situación actual, Estados Unidos nunca podrá volver a esas bases, porque Irán no da señales de ceder ante las bombas ni le faltarán drones o misiles. Tampoco hay ninguna posibilidad de que unos pocos miles de marines cambien el rumbo de la guerra. Para decirlo sin rodeos, Estados Unidos ha sido expulsado de una vez por todas del Golfo (aunque quizá todavía no sea evidente para los funcionarios o la opinión pública estadounidenses).

¿Cómo podemos explicar el enorme abismo abierto entre estrategia y gestión? Una posibilidad es que el gobierno estadounidense ya no sea realmente un gobierno, habiéndose vuelto incapaz de idear, anunciar, implementar y ejecutar una estrategia, como se espera de un gobierno real. Una segunda interpretación es que el gobierno estadounidense que había hasta hace tres meses fue sustituido mediante un golpe de estado silencioso por otro régimen, que usa a Trump como figura decorativa. Algo parecido a Venezuela, pero sin los helicópteros.

La tercera posibilidad es que Estados Unidos termine allí donde la estrategia de seguridad nacional de noviembre de 2025 quería que llegara. Es decir, obligado a salir de Medio Oriente, a reconocer los límites y la obsolescencia del poder estadounidense y a respetar la soberanía y la autonomía de otros estados‑nación. No sería el peor resultado. Pero habría sido mucho más fácil llegar a él directamente, sin la humillación de una brutal derrota militar, la eliminación de aliados y el daño duradero a la economía mundial.

James K. Galbraith, professor at the LBJ School of Public Affairs at The University of Texas at Austin, is the co-author (with Jing Chen), most recently, of Entropy Economics: The Living Basis of Value and Production (University of Chicago Press)

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