Ángel Viñas (historiador y diplomático), blog del autor, 31 de Marzo de 2026

Probablemente Hitler acudió en ayuda de Franco por diversos motivos pero hay que diferenciarlos en el tiempo. Como se dice frecuentemente, la posibilidad de contribuir al primer puente aéreo de la historia pudo mover a Göring. Sin embargo, hay que tener en cuenta que la incipiente aviación española ya sobrevolaba el Estrecho desde los años de la primera guerra mundial. Los militares alemanes eran conocedores de la operación española de lanzamiento de bombas con gas desde el aire en los primeros años veinte contra las kabilas rebeldes. No ignoraban, pues, lo que era la aviación española en tiempos de la monarquía. La Alta Administración del Tercer Reich también siguió las negociaciones con España en 1935 para surtir a la República de aviones. Que lo supiese Göring no está demostrado, pero tampoco lo contrario.
Las pulsiones del capitalismo monopolista de Estado alemán, interpretación sostenida por los historiadores soviéticos y sus seguidores durante años y que influenciaron a ciertos historiadores occidentales, se desploman, en principio, cuando se identifican los hechos que condujeron a la decisión de Hitler, algo en lo que personalmente he vertido decenas de páginas en, al menos, tres o cuatro ocasiones.
La variante no marxista de lograr acceso a las materias primas esenciales españolas que necesitaba la economía alemana no pudo tener demasiado efecto ya que el acuerdo comercial hispano-alemán se había firmado, a plena satisfacción de ambas partes, pocos meses antes. A no ser que los altos escalones militares y políticos del Tercer Reich no tuvieran ni idea de ello. Algo improbable. Tampoco es posible concebir que, de cara a la entrevista de Bayreuth, no se hubiera preparado a Hitler un expediente para informarle de la situación española y sus relaciones con el Tercer Reich hasta la fecha.
Sobre el tema escribí no solo en 1974 y 2001 sino también un artículo mucho más largo en una revista de economía (ya desaparecida) porque la editorial me recomendó vivamente reducir el texto. ¿Cómo iba a decir no cuando quien me lo propuso fue Javier Pradera? Por lo demás, Franco había espejeado la posibilidad del pago y rápidamente empezó a meter mano en las tenencias de oro propiedad de los particulares residentes en el Protectorado.
La cuestión estaba en línea con lo que los conspiradores monárquicos habían hecho con Mussolini. En pleno temporal político, diplomático y militar, el contrapeso económico también lo suscitó algo más tarde el exembajador republicano, Francisco Agramonte, en sus explicaciones por escrito a Mola. Nadie da nada por nada y mucho menos en materia de armamento.
Lo mismo pensó el Gobierno republicano que no tardó en enviar a Berlín un emisario que prometió a los nazis a principios de agosto pagar en oro el material de aviación que se necesitaba. Se trata de una misión sistemáticamente desvirtuada por los historiadores de derechas y que llegarían al paroxismo con sus cuentos de Caperucita sobre el “oro de Moscú”.
La posibilidad de intensificar la aproximación nazi con la Italia fascista, ya iniciada diplomáticamente y a través de Canaris, parece más plausible.
A un observador próximo de la época que seguía la definición de las grandes líneas de la política exterior del Tercer Reich la decisión le pareció resultado de la posibilidad de rellenar un vacío estratégico que se detectaba en aquel verano de 1936. Algo parecido ocurrió cuatro años más tarde, pero esa es otra historia.
En el marco de su enemistad con Francia, Hitler podría haber pensado en rodearla con una España agradecida al Tercer Reich. Divisarlo ya en julio de 1936 mostraría una penetración estratégica profunda. Más tarde la posibilidad de probar el nuevo material bélico nazi, en especial de aviación, sería verosímilmente del agrado de Göring. Ahora bien, nos situamos ya en, por lo menos, septiembre y la escena internacional, por no decir española, había cambiado radicalmente tras la retracción de las democracias en ayudar a la España republicana. No conviene adelantarse
La discusión entre historiadores ha discurrido con altos y bajos. Varios hemos reconstruido la secuencia de hechos. Se ha enfatizado la alerta inmediata a las autoridades militares republicanas acerca del envío de los aviones solicitados por Franco. También se ha reconstruido, de la mano de los expertos de la Luftwaffe, la acumulación de pequeñas decisiones consistentes en asegurar el feliz desarrollo de una operación todavía minúscula pero que despertó nuevas ambiciones. O el impacto de las noticias, falsas, que los servicios nazis y la prensa internacional daban sobre suministros soviéticos -inexistentes- en los meses de agosto y septiembre. Factores que en Berlín inducirían a ampliar la operación.
Lo que está fuera de toda duda es que el avión postal alemán se incorporó inmediatamente tras regresar a Tetuán al incipiente transporte de tropas por aire. También que llevaba una tonelada de tetraetilato de plomo solicitada a Berlín directamente desde Tetuán. (Lo cual implica un cierto grado de comunicación entre los emisarios y Franco). La estadística militar española de vuelos a la península registra datos de los que es difícil dudar. Ya el 22 de julio se habían iniciado vuelos “regulares” desde Marruecos a la península tras alguno que otro esporádico.
Después del 25 incluido, día de la decisión de Hitler, hasta finales de mes se realizaron diez vuelos de bombardeo y 72 de transporte de tropas con los minúsculos efectivos aéreos reunidos en el Protectorado. Las estadísticas pueden seguirse en el reciente libro de Guillem Martínez Molinos y un servidor (El oro negro de Franco). La inicial acción de guerra de un avión alemán de los primeros enviados, un Junkers 52, tuvo lugar sobre Málaga el 13 de agosto.
El 29 de julio, Franco se mostró generoso y ordenó que se le propusieran recompensas militares para los alemanes que habían participado en el vuelo a Berlín. Se trataba, en nombres españolizados, del capitán Alfredo Henke y de su tripulación: Carlos Rirchoff (sic), Joaquín Regelien y Federico Geisler. Hemos de suponer que todos recibieron sus medallitas. El capitán Arranz Monasterio obtuvo su recompensa dos meses más tarde con un ascenso a comandante. El retraso no se explica en su expediente. Hasta el final de la guerra no ascendió a teniente coronel.
(continuará)
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