Gaceta Crítica

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Después de Habermas

Nancy Fraser (London Review of books), 31 de Marzo de 2026

Nancy Fraser repasa su relación intelectual y política con Jürgen Habermas: la marca decisiva que dejó en su formación, sus límites teóricos y las razones de un distanciamiento culminado por su postura sobre Gaza.

Jürgen Habermas puede ser descrito de diversas maneras: como la conciencia moral de la Alemania de posguerra, el último gran filósofo sistemático, la figura dominante de la segunda generación de la Escuela de Frankfurt y el pensador que llevó esa «escuela» a su fin. Otros pueden y sin duda evaluarán sus contribuciones en esa escala mayor. Lo que yo tengo para ofrecer es más específico: las reflexiones de una integrante norteamericana de izquierda de su círculo sobre lo que aprendió de él y lo que solo pudo aprender mirando hacia otros lados.

Mis vínculos con Habermas tenían múltiples capas. Fue una inspiración y un modelo; un mentor y un antagonista; una figura que me mostró tempranamente cómo practicar una «crítica con intención emancipadora», pero de la que con el tiempo tuve que tomar distancia.

Me encontré por primera vez con el pensamiento de Habermas a mediados de los años setenta, cuando era estudiante de doctorado y una filósofa en formación. Recién salida de la Nueva Izquierda, estaba en busca de un marco intelectual que pudiera anclar mis compromisos políticos y contribuir a las luchas en curso por realizarlos. Había dos figuras de gran peso en la escena: Habermas y Michel Foucault. Al trabajar a través de sus respectivas intuiciones y puntos ciegos, llegué a verme a mí misma como una teórica crítica. Pensé que era bajo el signo de Frankfurt como mejor podía perseguir mi proyecto.

A diferencia de Foucault, Habermas ofrecía la perspectiva de un «materialismo histórico reconstruido». Concebía la sociedad capitalista de posguerra como una totalidad, atravesada por contradicciones y tendencias a la crisis, aun cuando también rechazaba el reduccionismo económico. Al poner en primer plano la «comunicación» en cuanto distinta del «trabajo», y el «mundo de la vida» en cuanto distinto del «sistema», postuló la autonomía relativa de la cultura, las ideas y la política, al tiempo que teorizó su «colonización» por la burocracia. El resultado fue una teoría crítica novedosa del capitalismo del Estado de bienestar, de los peligros que planteaba y de las perspectivas que abría para la emancipación. Síntesis de Marx, Weber y la teoría de los actos de habla, la teoría de Habermas dio consistencia sistemática, por un lado, a las intuiciones de la Nueva Izquierda y, por otro, a las deslumbrantes figuraciones de Foucault.

Otros intelectuales de mi generación también encontraron inspiración en esa síntesis. Pero a mí me interesaba menos que a la mayoría el nivel normativo del edificio habermasiano. Mientras otros abrazaban la «ética del discurso» para fundamentar teorías políticas autónomas de la democracia y del derecho, yo seguía concentrada en la crítica del «capitalismo tardío». Poco conmovida por Facticidad y validez (1992), me debatía en cambio con Historia y crítica de la opinión pública (1962), Problemas de legitimación en el capitalismo tardío (1973) y el capítulo sobre «la colonización interna del mundo de la vida» en Teoría de la acción comunicativa (1981).

Historia y crítica de la opinión pública me enseñó a historizar y problematizar las instituciones que parecían generar el consentimiento de los dominados en la sociedad capitalista. «La colonización interna del mundo de la vida» me enseñó a comprender la sociedad capitalista como un orden social institucionalizado, compuesto por sistemas estatales y económicos, y por mundos de la vida públicos y privados, todos ellos delimitados por fronteras móviles y sujetas a disputa. Problemas de legitimación en el capitalismo tardío me enseñó a identificar formas de crisis capitalista más allá de la económica: crisis de legitimación política, desde luego, pero también, por extrapolación, crisis de reproducción social y ecológica. En esas obras encontré al Habermas que estaba buscando: el que ayudaba a inventar un marxismo democrático heterodoxo para un nuevo tiempo.

Nunca fue un encaje perfecto. Como ya me había sumado al historicismo radical de Richard Rorty, tenía poca simpatía por los intentos de establecer «fundamentos normativos» para la teoría crítica en las profundidades antropológicas de una supuesta disposición humana a buscar el acuerdo mediante la comunicación. Mi objetivo, más bien, era clarificar la coyuntura históricamente específica que habitábamos y poner de manifiesto las posibilidades de emancipación que contenía. Al escribir sobre la esfera pública, cuestioné el descuido de Habermas respecto de los contrapúblicos transnacionales y «subalternos», al tiempo que examinaba su capacidad para perforar la hegemonía burguesa. En lo relativo a la colonización del mundo de la vida, consideré que, al esencializar la distinción sistema-mundo de la vida, ocultaba formas históricamente específicas de dominación masculina y dejaba escapar el potencial transformador de los movimientos feministas. En ambos casos, busqué reabrir el espacio que él había clausurado para una alternativa democrático-socialista al «capitalismo tardío». Si la primera intervención fue bien recibida, la segunda condujo a una ruptura que duró cinco años.

Mientras tanto, el mundo estaba cambiando. A medida que las «patologías de la juridificación» dejaban paso al caos de la neoliberalización, la crítica también necesitaba desplazarse. La crítica de la crisis, en particular, necesitaba ser reavivada. ¿De qué otro modo comprender disfunciones tan flagrantes del «sistema» como las pandemias globales y el calentamiento planetario, el endeudamiento vertiginoso y los salarios en picada, el repliegue de los servicios públicos y el deterioro de la infraestructura, el endurecimiento de las fronteras y la búsqueda persecutoria de chivos expiatorios, la desdemocratización y la militarización, el genocidio y la guerra abierta? ¿Y de qué otro modo comprenderlas no como males contingentes, sino como resultados no accidentales de las dinámicas capitalistas?

En busca de formas no economicistas de teoría de la crisis, volví a desembocar una vez más en Habermas. Problemas de legitimación en el capitalismo tardío tenía el gran mérito de anclar el desplazamiento de mi generación hacia valores «posmaterialistas» en las transformaciones estructurales e institucionales de la sociedad capitalista. Pero dos de sus tesis principales no me resultaban convincentes. No estaba persuadida ni de que una crisis política de legitimación hubiera desplazado a una crisis económica de acumulación, ni de que los ciudadanos democráticos debieran reemplazar a los subalternos oprimidos como agentes principales de transformación.

Me volqué entonces hacia otros: Gramsci sobre la hegemonía y la contrahegemonía; Althusser sobre la ideología; las teóricas feministas sobre la reproducción social; los ecomarxistas sobre las «naturalezas» del capital; Daniel Bell y Luc Boltanski sobre sus culturas; Rosa Luxemburg y W. E. B. Du Bois sobre el imperialismo racializado; Edward Said y Rashid Khalidi sobre el colonialismo de asentamiento; Karl Polanyi sobre la mercantilización ficticia y la lucha social; David Harvey sobre el neoliberalismo; y Marx sobre la lógica del capital. Y, sin embargo, sentía que Habermas estaba de algún modo conmigo en cada paso.

Habermas iluminó por primera vez mi camino como teórica crítica. Sigo profundamente agradecida por ello. Pero con los años la luz que proyectaba titiló y se fue apagando hasta que, con su postura sobre Gaza, pareció extinguirse. Los historiadores decidirán con el tiempo si esa postura fue una anomalía o la culminación de un largo proceso en el que la teoría crítica de la Escuela de Frankfurt se transformó en una forma de liberalismo demasiado a menudo cómplice del imperialismo estadounidense. Me inclino por dar la razón a quienes sostienen que Habermas, en un principio, revitalizó la teoría crítica pero que, finalmente, acabó con ella. Si así fue, no deja de haber inspirado, por su presencia extraordinaria y la intensidad de su pensamiento, a muchos que siguen comprometidos con un «teorizar críticamente con intención emancipadora» y con los ideales democrático-socialistas asociados a ello. Algunos quizá ya no seamos habermasianos, pero aprendimos de él, con él y contra él lo que significa mantener la fidelidad a la crítica.

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