Gaceta Crítica

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La extrema derecha europea quiere ser vasalla de Estados Unidos

Jacopo Custodi (JACOBIN.LAT), 30 de Marzo de 2026

Durante mucho tiempo, los partidos de extrema derecha europeos presumían de poner en primer lugar los intereses de sus propios países, pero ahora apoyan servilmente la última guerra de Estados Unidos e Israel. Mientras éstos optan por el vasallaje, las fuerzas antibelicistas resultaron ser las verdaderas defensoras de la soberanía.

Durante años, la extrema derecha en ascenso en Europa se presentó envuelta en el lenguaje de la soberanía, adornándose con la bandera nacional y prometiendo poner en primer lugar los intereses y la identidad de su país. Todo su vocabulario político giraba en torno a la afirmación de que solo ella ponía a su propio país por delante de todo y de todos los demás.

Pero el genocidio en Gaza y la guerra en curso de Estados Unidos e Israel contra Irán y el Líbano pusieron de manifiesto cuán hueca fue siempre esa retórica. En Estados Unidos, la guerra volvió a destruir la ilusión de que el sector de la derecha de Donald Trump era de algún modo menos imperial, menos militarista o más comprometida con la paz que el establishment liberal al que dice oponerse. De manera similar, en Europa, reveló que cuando Washington o Tel Aviv llaman, los autoproclamados soberanistas pierden de repente todo interés en la soberanía.

Esta guerra ya produjo un repugnante saldo de miles de muertos y está incendiando todo Medio Oriente, con consecuencias devastadoras para la región y el mundo. Esto también tiene efectos en cadena sobre los europeos. A causa de la guerra, los precios de la energía se están disparando, la inestabilidad económica se profundiza y un continente ya golpeado por las repercusiones de la guerra en Ucrania se enfrenta ahora a la perspectiva de un segundo conflicto importante cerca de casa, con todo lo que ello implica. Todos los sondeos recientes en Europa dan cuenta de una amplia oposición pública a la guerra.

Si la extrema derecha europea creyera realmente en su propia retórica sobre el interés nacional y la independencia, este sería el momento de demostrarlo. En cambio, hicieron lo contrario, alineándose obedientemente. 

En Italia, esa subordinación adquirió una forma casi tragicómica. Cuando estalló la guerra, Guido Crosetto —el ministro de Defensa del partido Fratelli d’Italia de Giorgia Meloni, afín a Trump— se encontraba en Dubái por razones familiares, según se informó. Desconocía que la guerra estaba a punto de comenzar porque, admitió, Estados Unidos no le había anticipado el inminente ataque. Quedó varado en Dubái, en medio de la represalia iraní y con el espacio aéreo cerrado. La imagen era casi demasiado perfecta: un alto ministro de un gobierno obsesionado con la fortaleza y el prestigio nacionales, atrapado en medio de una guerra regional cuyo momento y escalada habían sido claramente decididos en otro lugar. Ni siquiera esta humillación impidió que el gobierno de extrema derecha de Meloni autorizara el uso de las bases estadounidenses que existen en suelo italiano para la guerra contra Irán, aunque con distinciones vagas y en gran medida cosméticas sobre los límites del apoyo técnico o logístico. Esto ocurrió en los mismos días en que el parlamento italiano aprobó una polémica nueva ley que equipara muchas críticas a Israel con el antisemitismo.

Esto resulta especialmente llamativo dado el propio pasado de Italia. Durante la segunda mitad del siglo XX, a pesar de los límites impuestos por la Guerra Fría, Italia había desarrollado una política exterior basada en el diálogo y la cooperación con Medio Oriente, incluyendo a Palestina e Irán. Ese enfoque le otorgaba un cierto grado de soberanía en política exterior y una posición de cierto peso en la región, cuestiones ambas que hoy se perdieron en el marco de una subordinación cada vez más profunda a Estados Unidos e Israel.

El mismo patrón puede observarse en otros lugares. En los Países Bajos, el líder de extrema derecha Geert Wilders elogió al genocida israelí Benjamin Netanyahu por hacer el mundo más seguro por medio de los bombardeos a Teherán, llegando incluso a reiterar que merece un Premio Nobel de la Paz y a atacar al gobierno holandés por no apoyar a Estados Unidos e Israel con la suficiente diligencia e inmediatez. En Gran Bretaña, el político antiinmigración Nigel Farage acusó al primer ministro Keir Starmer de poner en peligro la «relación especial» con Washington por mostrar cierta hesitación inicial en su apoyo, advirtiendo que sin Estados Unidos, Gran Bretaña quedaría «indefensa». En España, Santiago Abascal, del partido ultranacionalista Vox, lamentó que el gobierno español hubiera «obstaculizado» los bombardeos y enfurecido a Trump. Una y otra vez, los partidos que afirman anteponer la «nación» demostraron ser los más ansiosos por traicionar los intereses de sus propios pueblos con tal de apaciguar a Trump y a Netanyahu.

En todo esto, la extrema derecha se alinea cada vez más estrechamente con el establishment liberal-conservador que gobierna las instituciones europeas. La distancia entre ambos se fue reduciendo de manera sostenida durante años, y esta guerra hizo aún más visible la convergencia.

Desde el estallido de la guerra, la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, condenó repetidamente cada ataque iraní en la región calificándolo de «imprudente», «injustificable» e «indiscriminado». Habla con ligereza como si no se tratara de actos de represalia en respuesta a los ataques de Estados Unidos e Israel, que apenas se mencionan y nunca se condenan. Llegó incluso a celebrar que la guerra ofrezca «renovadas esperanzas para el sufrido pueblo de Irán».

El doble rasero moral de las instituciones de la Unión Europea es imposible de pasar por alto. En respuesta a la invasión rusa de Ucrania, invocaron constantemente el lenguaje del «agresor y el agredido», junto con la sacralidad del derecho internacional. Sin embargo, esa postura fue completamente abandonada primero con el genocidio en Gaza y ahora con la guerra contra Irán.

No obstante, en este sombrío panorama, hubo un destello de defensa de la soberanía. No ha venido de la derecha nacionalista sino de la izquierda. El gobierno socialdemócrata de España encabezado por Pedro Sánchez, en coalición con su socio menor Sumar, fue explícito en su oposición a la guerra y denunció el ataque contra Irán como ilegal e injusto, subrayando los graves costes económicos y políticos que tiene para Europa y negándose a permitir que Estados Unidos utilice las bases españolas para sus operaciones militares. No sorprende que esta postura haya enfurecido a Trump y, con él, a la propia extrema derecha española.

Hay que reconocer, en honor a la verdad, que desde la izquierda también hubo críticas a Sánchez por no extraer todas las conclusiones necesarias de una posición tan pacifista, sobre todo en lo que respecta a la pertenencia de España a la OTAN. Pero también hay que comprender el aislamiento en que España se encuentra actualmente dentro de Europa en cuanto a este asunto. En un momento en que casi todos los grandes gobiernos se han alineado detrás de la guerra, la posición de España es un paso en la dirección correcta, y nos recuerda cómo es una postura verdaderamente soberana: no el nacionalismo teatral, sino la disposición a oponerse a la escalada imperial, incluso bajo una presión inmensa.

Esa es, en definitiva, la lección de este momento. Para la izquierda, la soberanía nunca significó odio a los migrantes, militarismo o fantasías de homogeneidad étnica y cultural. Significa soberanía popular —y, por lo tanto, defender la preferencia de los ciudadanos europeos por la paz— así como soberanía estatal, tanto respecto al propio país como al de los demás, como pilar de la paz, la cooperación y el derecho internacional. Esa es la única soberanía que merece ese nombre.

Estudiante del doctorado en ciencias políticas de la Scuola Normale Superiore (Pisa). Su trabajo se centra en la izquierda radical y la identidad nacional en Italia, España y Portugal.

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