Gaceta Crítica

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Orson Welles, Juan Carlos I y 500 millones: la monstruosa fiesta en pleno desierto que marcó el final del sha de Irán

Marcos Pereda (PÚBLICO), 29 de Marzo de 2026

  • En 1971 Irán crecía en lo económico, era aliado de EEUU y gobernado de forma autoritaria por el sha Mohammad Reza Palahví, padre de Reza Korsoh Palahví, quien clama hoy por ser tenido en cuenta de cara al futuro del país.
  • A su gobernante se le ocurrió una idea fatídica: la mayor fiesta que jamás nadie viera, con una ciudad creada ‘ad hoc’ e invitados como Juan Carlos I y Sofía. Fue un derroche y un error de cálculo inmenso. Esta es su historia.
El shah Mohammad Reza Palhavi y su esposa, Farah Diba, en Persépolis en octubre de 1971.
El sha Mohammad Reza Palahví y su esposa, Farah Diba, en Persépolis en octubre de 1971.

Le llamaban Rey de reyes. También Luz de los arios. Le llamaban shahanshah. Le decían, todos, sha. Sha de Persia, sha de Irán.

Entenderán que despegase un poco los pies del suelo.

En 1971 a Mohammad Reza Palahví, el emperador absoluto (absolutísimo) de Irán, nadie quería llevarle la contraria. Así salió el asunto como salió, oigan. ¿Qué? ¿Una fiesta ciclópea en mitad del desierto? Pues claro, qué podría ir mal. Digamos que nuestro sha estuvo siempre pelín picado por cómo había subido al poder. En mitad de la Segunda Guerra Mundial, cuando los aliados forzaron la abdicación de su padre, Reza I, por un quítame allá esas simpatías germanófilas. Así que llega el chico, recién estrenada la veintena, como parche, como medida de transición. Luego le dan un golpe de Estado. Luego hace una coronación oficial al cuarto de siglo, una coronación oficial a la que no acude mucho gobernante extranjero, por decirlo suave. Entre medias, otro casi golpe de Estado.

Ya ven, no tenía buenos recuerdos, el sha.

Así que se le ocurre una idea loquísima, un derroche sin fin, una demostración de eso que llaman lujo asiático. Sin mayor base histórica que… bueno, que la que quieran darle. Porque conmemorar los 2.500 años del Imperio Persa es un salto conceptual bastante gordo, que ya me dirás tú lo que une a Ciro y Alejandro, a Tahmasp o Tamerlán. Si hasta su padre derrocó a la dinastía Kayar, que era corrupta y blandita. Pero explícaselo al Rey de reyes. No, no, montamos la fiesta. Y será en Persépolis, nada menos, en la capital vetusta.

Sucede en 1971.

Pasa que el asunto tiene gestión… complicada. Quiere, Reza, varios días de desfiles, fuegos artificiales, banquetes loquísimos, una muestra de todos los guerreros que alguna vez sirvieron a las ordenes de sus antecesores. Cuentan que algunos de quienes representaron la farsa estuvieron durante meses sin afeitarse las mejillas, por aquello de reproducir pilosidad propia en escitas y asirios. Cuentan que a otros los barbilampiñeaban, se pegaron bolas de algodón sobre la piel. Había setecientos caballos, veinte búfalos, tres carrozas con motor que reproducían grandes barcos de la antigüedad. Eso como ejemplo.

Pero es que hay más. La situación, verbigracia. Persépolis es muy bonita (las ruinas de Persépolis son muy bonitas) y tiene historia para hacer veinte enciclopedias, pero también está justo al borde de un desierto árido, yermo. De un desierto que es todo muerte y angustia. El mismo límite del mundo «humano». La ciudad más cercana, a cincuenta kilómetros. El hotel con dotación mínima más cercano, a quinientos. Hace calor, hay vendavales, escorpiones y serpientes enseñorean la capital antigua y convierten aquello en peligro mortal. Será una fantasía, dice Reza Palahví. Oh, quedará fantástico, majestad, le responden. Todos los problemas se pueden ir acallando con oro.

Con oro negro, concretamente.

Oro negro e influencias. Nadaba en dinero Irán, porque tenía unas extracciones petrolíferas brutales. Por su petróleo fue ocupado en la Primera Guerra Mundial, por su petróleo es invadido en la Segunda. Pero decíamos, también, sobre las influencias. Una fundamentalmente, otra más accesoria. La segunda es Israel, porque la Persia del sha era el único país en Oriente Medio que tenía relaciones cordiales con Tel Aviv. Y estaban, sobre todo, los Estados Unidos. Simbiosis, casi codependencia económica. Irán adquiría, cada año, al final del reinado Pahlaví, 10.000 millones de dólares en bienes estadounidenses. Armas, fundamentalmente, con las que alcanzó a regir nuestro sha el quinto ejército más grande del mundo. Hubo un momento, hagan cargo, que Irán tenía más cazas militares que pilotos preparados para ponerlos en el aire… Entre eso y que los yanquis veían al Rey de reyes como garante de tranquilidad en la zona y un aliado preferente pues… a partir piñones.

La organización del evento recae en dos personas. Una es Asadollah Alam, primer ministro, que puede contradecir con límites, dicen, al sha. Otra es Farah Diba, la shahbanou, la emperatriz, que puede contradecir con límites, dicen, al sha. Alam no soporta mucho a Diba (demasiado joven, demasiado tierna), y Diba no se lleva bien con Alam (demasiado recto, y consigue prostitutas a su marido). Interesante dúo, pues.

Pero eso, que meten dinerín a espuertas, porque dinerín es lo que les sobra. Hay que ampliar el aeropuerto de Shiraz para que aterricen allí los Boeing 707 que transportan a las celebridades. Luego 250 Mercedes los llevarían hasta Persépolis. Y en Persépolis… oh, el lujo. Sesenta bungalows prefabricados se transportaron desde Francia hasta Persia a bordo de los C-130 de las Fuerzas Aéreas iraníes. Luego se volvieron a montar en el desierto, claro, una ciudad de jaimas en forma de estrella. Le dijeron Campo del Paño de Oro, que suena sensual y a misterio.  Y que también es un poco plagio, porque imitaba aquel Campo de la Tela de Oro donde Francisco I de Francia y Enrique VIII de Inglaterra decidieron oponerse al Habsburgo. Claro que aquello fue en Calais, y allí hay mucho menos petróleo… Cada una de esas tiendas tenía dos habitaciones, aire acondicionado, arañas de oropel y un pequeño salón con teléfono para llamar a casita. Pululaba, por allí, un ejército de criados, sirvientes y peluqueros, por si hubiese arreglos finales. El salón de banquetes tenía medidas (casi) de campo futbolero, y todo estaba rodeado de bellísimos cipreses y pájaros cantores. Los cipreses importados desde Francia; los pajaritos, hasta 50.000, también de importación. El erial desértico no podía albergar tales asuntos. Las plantas fueron más duras, los pajarillos no aguantaron mucho…

Apunte: nos dice Scott Anderson en su magnífico Rey de Reyes. La Revolución Iraní: una historia de arrogancia, engaño y errores catastróficos (traducción de Àlex Guàrdia, Península, 2026) que un gigantesco camión de cinco toneladas hubo de trasladarse hasta Persépolis. ¿Objetivo? Recoger cadáveres de serpientes y escorpiones que habían muerto por los venenos que había ido echando desde hacía meses, porque matar a tus invitados siempre queda feo, obvio. Iba el tráiler llenito. 

¿Quieren más datos? También había actividades turísticas, como paseos por el desierto a la luz de la luna, espectáculos de música y fuegos artificiales. Más el desfile que dijimos más arriba. Más aguantar al sha hablando directamente al emperador Ciro ante su tumba. Dicen que había mucho aire y que, entonces, la voz de Palahví apenas se llegaba a entender. Dicen, incluso, que un golpe ventoso cubrió al gran líder con arena. «Es buen augurio», se ufanaban los persas, pero colaba regular. Sobre todo porque ni siquiera los grandes pesos del mundo libre habían dicho «sí» a la fiesta. La Reina Isabel II «no está para parrandas multitudinarias», respondió el embajador británico, así que fueron, simbolizando a su Muy Graciosa Majestad, el marido Felipe de Edimburgo y la hija Ana. Tampoco acude el presidente de Estados Unidos, Richard Nixon, que envió hasta allí al vice, Spiro Agnew. Sí estaban Haile Selassie, o Mobutu, o Suharto, incluso Ceauşescu y Tito, por aquello de chinchar un poco a los sóviets, que andaban muy a la gresca con Irán. Balduino de Bélgica, Rainiero de Mónaco e Imelda Marcos no quisieron perdérselo. Tampoco, cómo iba a faltar, Juan Carlos de Borbón, que estuvo por allí acompañado de Sofía. Aun eran príncipe y princesa, aquel octubre de 1971, así que iban en representación del generalísimo.

Y eso que el plato fuerte, nunca mejor dicho, fue la comilona. No reparamos en gastos. Como el Maxim’s parisino tiene fama de ser restaurante sin par en todo el mundo pues nos traemos durante dos semanas a todos… A los cocineros, pero también a camareros, sumilleres, lo que sea. Fletamos un avión, y para Persia, que cierren dos lunes. Esos buenos mozos preparan menú de campanillas, a servir en mesa con formas serpentiformes, por aquello de no preponderar a unos sobre otros (salvo al sha, que ese sí). El menú era huevos de codorniz rellenos de trufa, mousse de cangrejo de río, lomo de cordero relleno, sorbete de champán, pavo real y turbante de higos. Había, también, 1.000 kilos de caviar para que se sirvan ustedes todo lo que quieran. Fue lo único que provenía de suelo iraní.

En cuanto a la bebida… pues, a ver… hubo 2.500 botellas de vino añejo (Château Latour y Château Lafite; yo no entiendo, pero dicen que lo mejor de lo mejor), que salen a quince por día y persona, lo que es muchísimo aun para estos saraos. El champán era de 1911. Fueron unos seiscientos invitados, en total. Todo se recoge en un documental dirigido por Orson Welles, nada menos. «Aquí no hay iraníes», dicen que dijo el sha tras visionarlo.

Y es que ese era el gran problema. Que importaron lujo y glamour desde el exterior, agrandando aun más la enorme brecha con su pueblo. Cuentan que si Farah Diba pretendió hacer un congreso artístico, cuentan que si aprovecharon la efeméride para inaugurar no sé cuantas escuelas. Qué importa. Lo que llegaba al pueblo era frivolidad, derroche. El Gobierno iraní declaró que todo había salido por veinte millones de dólares, que serían unos 160 millones hoy, al cambio. Pero eso no se lo tragaba nadie, obviamente. La cosa se fue, según estimaciones, a diez veces más. Algunos hablan, incluso, de 500 millones de dólares. Serían, hoy, algo más de 4.000 millones, dólar arriba o abajo. Es, más o menos, el producto interior bruto de Andorra.

Así que hubo críticas, claro, cómo iba a no haberlas. El ayatolá Jomeini, desde el exilio, dijo que aquello era cosa del diablo. En el interior de Irán tampoco cayó bien que se dispendiara con tanta alegría cuando las clases rurales y las, cada vez mayores en número, bolsas de emigrados a Teherán apenas tenían para vivir. Ni siquiera en Occidente agrada tal desprecio por el buen gusto y el «córtate un poco, tío». Nos cuenta Anderson que The Washington Post se quejaba de que habían enterrado Teherán «bajo un manto de plástico hortera con tintes de oro y plata y aroma persa». Jonathan Randal, en ese mismo periódico, decía que las tiendas del Campo del Paño de Oro tenían «tanto encanto como cualquier habitación de motel». Y un humorista británico acabó definiendo aquello genialmente: “Si no te invitaban no eras nadie, y si acudías después de invitarte tampoco eras nadie”.

Esas cosas.

No pocos ven en esta celebración alocada y megalómana el principio del fin para Mohammad Reza Palahví. O, al menos, una metáfora perfecta de lo que acabaría pasando menos de una década más tarde. Hoy su hijo, Reza Korsoh Palahví, clama por ser tenido en cuenta de cara al futuro de Irán.

Es la Historia que, como siempre, sigue girando.

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