Gaceta Crítica

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Carmen Maura se desnuda a los 80 años: “Me caen bien los señores, pero ya no me interesan”

Martín Bianchi (El País), 29 de Marzo de 2026

Tuvo que enfrentarse a su familia y a su clase social para dedicarse a la interpretación. En el proceso, en plena Transición, se convirtió en una estrella y ayudó a crear un nuevo modelo de mujer española. A sus 80 años, sigue rompiendo moldes. En su última película protagoniza el primer desnudo de su carrera.

A sus 80 años, Carmen Maura vuelve al cine con ‘Calle Málaga’. La actriz lleva jersey de Zara y pendientes y collares de Bulgari.Miguel Reveriego

“¿No va a venir nadie a recibirme?”. Una figura menuda pero poderosa irrumpe en el estudio fotográfico. Carmen Maura (Madrid, 80 años) entra en escena. Es pequeña y delgada, pero su voz, una de las más inconfundibles del cine español, es rotunda. No parece estar de muy buen humor. Luego reconocerá que ha tenido que madrugar para esta sesión de fotos y que detesta tener que hacerlo. “Me da mucha pereza levantarme temprano. Es lo que más me cansa de este trabajo. Por eso estoy todo el rato pensando en retirarme”, va a admitir. Ahora preferiría estar en su piso, en el barrio madrileño de Chamberí, con su perrita. “No sabes lo mona que es mi casa. La tengo desordenada y llena de pijadas, pero soy muy feliz ahí. Cada vez me cuesta más salir”.

En días como hoy, en los que tiene que salir pronto de la cama, es cuando más fantasea con dejar de trabajar. No se retira porque se sigue divirtiendo. Le gusta tanto la interpretación que lleva casi 60 años ejerciéndola. Empezó de veinteañera y, desde entonces, ha hecho más de 120 películas, más de 30 obras de teatro y una veintena de programas de televisión.

En realidad, Maura empezó a actuar mucho antes. Ya de niña se pasaba el día interpretando papeles en la casa familiar, no muy lejos de donde vive ahora. “Éramos dos niñas y dos niños. Mis padres se preocupaban por las notas de mis hermanos, querían que sacaran matrículas. A nosotras nos trataban diferente. Nosotras, las mujeres, les importábamos un bledo”, recuerda. Pero ya sabía cómo llamar la atención. “Yo tenía mucho carácter. Me llamaban la gordita cascarrabias”. Fuera de casa, en el colegio, le costaba más. Se moría por actuar en las obras escolares, pero, como era “gordita y morena”, las monjas nunca le daban un papel con parlamento. “Siempre ponían a la rubia de ojos azules y a mí me ponían en el quinto infierno, haciendo de angelito callado”.

Un día, con 16 años, cansada de que la despreciaran, montó su propia producción teatral, una adaptación de Modas, sainete en un acto y en prosa, de Jacinto Benavente. Como la dirigía ella, se dio a sí misma el papel principal. Fue su primer rol como protagonista. La vio un representante teatral y le ofreció formar parte de su compañía. A sus padres, el médico oftalmólogo Salvador García Santa-Cruz y la aristócrata María del Carmen Maura y Arenzana, no les hizo gracia. Le prohibieron cualquier contacto con el teatro. En su familia podía haber duques y condes, pero no actrices.

“Para mis padres, lo de ser actriz era un horror, una tragedia. Para mi hermano mayor, todas las actrices eran putas. La actuación era como un veneno”, explica. Con 20 años se casó con el abogado Francisco Forteza Pujol, miembro de una de las familias más ricas de Baleares. Fue su manera de independizarse. “O eso pensaba yo. En realidad, pasé de la casa de mis padres a la de mi marido”. Tuvo dos hijos, María del Carmen (1967) y Pablo (1970), pero a los cuatro años se divorció. Forteza obtuvo la custodia de los niños y durante 12 años le impidió tener contacto con ellos.

“La primera semana sola fue un poco rara, pero me acostumbré a gran velocidad. Ahora me encanta la soledad. Es más, no solo me encanta, sino que la necesito. Cuando estoy con mis hijos, al cabo de 48 horas necesito estar sola”, confiesa. “La relación con ellos es un poco especial porque me los quitaron cuando eran pequeños. Luché mucho por conseguir la custodia, pero llegó un momento en que dije: no voy a perder la vida así. Se acabó, no hay niños. Hice un lavado mental yo misma diciéndome: las cosas son así, disfruta de lo que tienes”.

Se enfrascó en la actuación. Dice que eso la salvó. Sin apoyo financiero familiar, empezó a trabajar con el apellido materno. Una tía fue a verla y le pidió por favor que se quitara el Maura. “Me dijo: ‘Es que fíjate si te dan un papel de criada’. Yo le respondí: ‘¿Y si es la protagonista?’. No le hice ni puto caso. Me daba igual lo que me dijeran”. Para disgusto de su tía, uno de sus primeros papeles fue de criada, en un montaje de El caballero de Olmedo, de Lope de Vega. Hacía de Ana, la doncella de doña Inés. Una noche, la protagonista no se presentó a la función. Maura, que se sabía todos los parlamentos, se postuló para sustituirla. El director le dijo que no tenía cara de actriz, pero igualmente le hizo una prueba. “Cuando me oyó, me dijo: ‘Vale, serás doña Inés”.

Con 24 años, ya era una rara avis de la España tardofranquista: una mujer divorciada, una madre sin sus hijos, una actriz independiente. También era una presencia incómoda para los de su clase. “Al principio, en mi familia no se hablaba de lo mío. Nos reuníamos en Navidades y todos hacían como si tuviera una enfermedad de la que no se podía hablar”.

Empezó a hacer pequeños papeles en Televisión Española, en series y ciclos como Las doce caras de EvaAventuras y desventuras de MateoTres eran tres o el mítico Estudio 1. Eran intervenciones de una o dos frases con las que no disfrutaba mucho. “Me acuerdo de salir vomitando de la tele de lo mal que se pasaba. Me trataban muy mal. Por eso cuando estoy en un rodaje intento mimar a la gente que está empezando”, dice.

Su suerte empezó a cambiar con la obra El último tango de Rodolfo Valentino y Marilyn Monroe, en 1973. En un principio solo iba a hacer el papel de Marilyn, pero al final terminó dando vida a todos los personajes del show. Cantaba en playback y lo hacía tan bien, con tanto entusiasmo, que le dieron un premio a mejor cantante del café-teatro. El último tango… fue su primer gran éxito de público y de crítica.

Unos años después, en 1977, llegó su primer papel principal en el cine, en Tigres de papelel primer largometraje de Fernando Colomo. “Al principio, mi representante no me dejaba trabajar con Colomo. Consideraba que no era bueno para mi carrera. A mí la carrera me importaba un bledo. Nunca había pensado nada en lo referente a premios, a la fama o al dinero. No unía mi carrera al éxito, así que me dejé llevar”. Hizo bien en dejarse llevar. Tigres de papel, la historia de los conflictos sentimentales e ideológicos de dos jóvenes parejas durante las primeras elecciones de la democracia, se convirtió en una de las películas más representativas de la Transición.

Maura se alzó como modelo de una nueva mujer española. Su forma de hablar, de moverse, de vestir y de relacionarse con los hombres dentro y fuera de la pantalla rompía con la feminidad del pasado. La situación familiar de su personaje en la película y su separación marital y la pérdida de la custodia de sus hijos en la vida real se entremezclaban. A los espectadores de Tigres de papel les costaba distinguir entre realidad y ficción, pero se reconocían en esa actriz divorciada, liberal y progresista.

“Sigo creyendo que la mujer tiene muy pocas ventajas. Da lo mismo que se dedique a cualquier tipo de profesión. Es necesario luchar continuamente si no quiere recibir ningún golpe, que a veces no sabes de dónde vienen”, declaró en una entrevista en esos años. Sin darse cuenta, se convirtió en un icono feminista: “Yo tenía muchos problemas como para pensar si estaba creando un nuevo modelo de mujer. Ahora, cuando lo pienso, reconozco que hice cosas que no eran normales”.

Ha vivido siempre como una mujer feminista y progresista, aunque no se define como ninguna de las dos. No quiere etiquetas. “Sé que se van a meter conmigo cuando diga esto, pero yo me coloco como persona que quiere salir adelante. Lo que quiero es hacer feliz a la gente. El piropo más bonito que me pueden decir es: ‘¡Cómo me he reído contigo!’. Ahí es cuando digo: he nacido para esto”.

Durante dos décadas trabajó sin representante. “Si hubiera tenido uno, no me habría dejado hacer algunas cosas. Yo llevaba mi carrera de puta madre”, señala. Al año siguiente de Tigres de papel, repitió con Colomo en ¿Qué hace una chica como tú en un sitio como este? Una vez más, la frontera entre la ficción y la realidad era difusa. En una escena de realismo explícito, su personaje, Rosa, es violada por su exmarido, un policía franquista, mientras ella está inclinada sobre el fregadero de su casa. En 1975, la propia Maura había sido agredida sexualmente en su casa en Madrid. En una escena posterior de la película, Rosa lleva al cantante de un grupo punk a su casa y tiene relaciones íntimas con él. La actriz le revelaría a su biógrafa, Paula Ponga, que, para no quedar traumatizada, luego de ser violada invitó a un amigo íntimo a hacer el amor con ella.

Maura siempre se había visto a sí misma como una actriz de teatro, pero rodar cine le abrió los ojos y nuevos horizontes. “Fue como una epifanía. Cuando vi la cámara, dije: esto es lo mío. En el teatro todos los días son iguales. Es un trabajo monótono y exigente. En cambio, en cine o tele la cámara hace la mitad del trabajo del actor. Si tú respetas a la cámara, ella te respeta. Si trabajas para ella, se pone a tu favor. En ¿Qué he hecho yo para merecer esto?, por ejemplo, yo iba hecha un cristo, pero The New York Times publicó una crítica en la que decían que era the sexy housewife, el ama de casa sexi. Eso fue mérito de la cámara. Pero, ojo, la cámara también puede ser una cabrona. Como no le hagas caso…”.

Siempre se está saliendo del guion. Ahora, con 80 años, no tiene problema en hacer de modelo, como en este reportaje con Bulgari, o en protagonizar su primer desnudo integral en Calle Málaga, película que se estrena el 1 de abril. Cuando la directora marroquí Maryam Touzani le ofreció el papel, le puso dos condiciones: tenía que desnudarse y salir en todas las escenas. Las dos exigencias le parecieron bien. “No me había desnudado antes porque no me lo habían pedido. Me da igual desnudarme”, explica. La idea de un coordinador de intimidad le arranca una carcajada. “Si me desnudo en cámara, exijo que no haya un coordinador de intimidad. No quiero coordinadores en el plató, ya me coordino yo sola”.

En Calle Málaga interpreta a María Ángeles, una anciana desahuciada de su casa por su propia hija. La pelícu­la toca dos crisis que se están cebando sobre miles de personas en España: la de la vivienda para los jóvenes y la de la soledad no deseada de los mayores.

—¿Cómo lleva su soledad?

—¿Yo? De puta madre. Me encanta. Es más, la necesito. Conocí la soledad con 24 años, cuando decidí que me separaba. Fue todo muy dramático. Me acuerdo de que me separé y pasé una semana pensando: joder, ¿ahora qué hago? Pero la sensación solo me duró una semana.

—¿Entonces no echa de menos estar acompañada?

—Para nada. Cumplí 80 años y no hice nada especial. Lo pasé en casa con mi perra. No lo consideré importante. A lo mejor salí a comer con alguien, pero no lo recuerdo.

—En esta película se ve muy bien lo difícil que tienen los jóvenes acceder a una casa.

—Eso es terrible. Tengo una nieta de 22 años. Hace Periodismo y le chifla la radio, pero no puede independizarse. Esto no nos había ocurrido nunca. Yo a su edad ya tenía dos hijos y estaba a punto de divorciarme. También es verdad que yo tuve la suerte de que mis padres tenían un piso y se lo alquilé. Ahora es imposible alquilar.

—Su personaje vuelve a encontrar el amor con 80 años. ¿Le apetecería enamorarse?

—No me apetece nada. Y, desde luego, no volvería a meter a nadie en casa. ¡Ni de coña! Cuando viene mi hija, a los dos días ya quiero que se vaya. Cuando te gusta estar sola y te has acostumbrado a eso, es difícil.

—¿Tiene algún pretendiente?

—¿Me estás preguntando si podría ligar? Si me pusiera a ello, probablemente podría. Pero no me apetece. Me caen bien los señores, pero ya no me interesan. Siendo honesta, la idea de tener que esperar a alguien me pone enferma.

Estuvo casada una segunda vez. Tardó veinte años en pagar todas las deudas de ese segundo matrimonio. Ahora tiene demasiado trabajo como para ponerse a esperar a nadie. Acaba de terminar de rodar la segunda temporada de la serie Furia, de Félix Sabroso, y próximamente va a estrenar La cuidadora, el nuevo thriller de Álex de la Iglesia. Es su cuarta colaboración con el director vasco (La comunidad800 balas, Las brujas de Zugarramurdi). Maura encarna a una viuda que, tras sufrir un accidente, necesita ayuda. Su nueva cuidadora, interpretada por Blanca Suárez, esconde un secreto. “Para mí eso es como una película de terror. No me apetecería nada tener una cuidadora. No me gustaría tener que depender de nadie. Intentaré morirme antes de que llegue ese momento. Llevo sacándome las castañas desde muy joven”. Por ahora se vale por sí misma. Hace gimnasia a diario y se cuida con las comidas.

Hay muchos giros de guion en la vida de Carmen Maura. En 1977, el año de Tigres de papel, también protagonizó el montaje teatral Las manos sucias, de Sartre. Ahí conoció a Pedro Almodóvar, que tenía un pequeño papel. “A él le gustaba muchísimo yo como actriz. Podía estar horas y horas escuchándome. Me acompañaba todos los días a casa después de la función y en el camino me contaba cosas”, recuerda.

En 1978, hizo un papel en Folle… folle… ¡fólleme, Tim!, primer cortometraje/largometraje experimental del director manchego rodado en formato super-8. “Cuando empecé a trabajar con Pedro, todo el mundo me decía que me equivocaba. Todas mis amigas, incluida Marisa [Paredes], me lo decían. A mí me divertía mucho. Luego, fíjate, todas trabajaron con él”.

Se convirtió en la musa de Almodóvar. Manuel Vicent definió a la dupla como “una mezcla perfecta: una aristócrata desclasada y un ácrata dinamitero”. Durante más de una década fueron inseparables. Maura protagonizó Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón (1980), la primera película comercial del director. Luego vinieron Entre tinieblas (1983), ¿Qué he hecho yo para merecer esto? (1984), Matador (1986) y La ley del deseo (1987). Supo dar vida como nadie a la mujer española de la época. Dio voz a todas esas amas de casa, madres y esposas atrapadas en la dictadura del heteropatriarcado, al límite de sus fuerzas y al borde de un ataque. “Vaya al médico, dígale que es drogadicta y pídale una receta”, le aconseja en un momento la farmacéutica en ¿Qué he hecho yo para merecer esto? “Pues soy drogadicta”, termina admitiendo su personaje, Gloria, antes de argumentar el porqué de su adicción: “Una tiene que trabajar todo el día y no puede con su alma”.

Mujeres al borde de un ataque de nervios (1988) marcó el clímax de la colaboración entre el director y la actriz. Para bien y para mal, fue un antes y un después en la carrera de ambos. Maura ganó su primer Goya a mejor actriz y Almodóvar se llevó el de mejor película, además de recibir sus primeras nominaciones a los Oscar y los Globos de Oro. El filme también fue un punto de inflexión en su amistad o, mejor dicho, un punto y aparte. Según Maura, el rodaje de Mujeres al borde… fue “una tortura”. “Él dice que yo me volví loca”.

Tardaron casi 20 años en trabajar juntos otra vez. Se reencontraron en Volver, en 2006. “Un día vino a casa a verme. Supongo que se lo había pensado mucho antes. Los dos estábamos nerviosos, pero él lo estaba más que yo. Yo soy actriz y sé disimular más. Lo primero que me preguntó fue: ‘¿No te importaría salir hecha un cristo?’. Le respondí: ‘Sabes perfectamente que no me importa nada”. Cada uno hizo su trabajo, pero no volvieron a ser amigos. “No hubo ningún problema durante el rodaje. Tuvimos una relación muy correcta, pero Pedro no tuvo ningún detalle de cariño conmigo. Recuerdo que fue mi cumpleaños y no me regaló ni una rosa. Yo creo que me llamó para Volver porque no vio a otra para hacerlo. Hacer de muerta no es fácil”.

Maura ganó su cuarto Goya haciendo de madre de Penélope Cruz y Almodóvar ganó los de mejor director y mejor película por Volver.

—¿Volvería a rodar con Pedro?

—Yo creo que ni a él ni a mí nos apetece volver a rodar juntos.

—Pero seguramente sabrá que España fantasea con ese reencuentro.

—Sí, me lo dicen un montón. Hemos compartido momentos maravillosos y nos hemos ayudado mucho mutuamente, pero no nos apetece a ninguno de los dos. Yo sé que Pedro habría llegado igual sin mí.

—¿Y usted? ¿Habría llegado igual de lejos sin él?

—Yo creo que habría llegado igual porque tengo a mi ángel de la guarda. Al ángel de la guarda hay que darle bola. Si lo ignoras, te ignora. Pero si le haces caso y le haces publi… El mío es de puta madre. Realmente mi cambiazo profesional fue con la tele, no con Pedro.

Maura es la actriz española con más Premios Goya y una de las más galardonadas del cine europeo. Un fotograma de la película ‘¡Ay Carmela!’ (1990).Alamy / Cordon Press

A comienzos de la década de 1980 la llamaron para presentar un programa en TVE. Buscaban una actriz casi desconocida y natural para conducir Esta noche, un nuevo show de entrevistas a personalidades de la política y la cultura. “Cuando me llegó la oferta, pensé: esto va a durar dos semanas”. Fue un éxito desde la primera emisión. Maura interpretaba a una presentadora ingeniosa y desfachatada que hacía una especie de monólogo-introducción inteligentísimo antes de cada entrevista. En realidad, contaba con un equipo de guionistas que le escribían preguntas increíbles, pero, una vez más, el público no distinguía a la persona del personaje.

Esta noche la convirtió en un icono popular. La actriz se movía con naturalidad entre la alta cultura y el mainstream. En plena eclosión mediática, también se volvió un rostro muy rentable para marcas de todo tipo: colchones, grandes almacenes, bancos, yogures. Ganó mucho dinero haciendo publicidad. Entonces, su exmarido reapareció y le devolvió a sus hijos. “Yo ya me había mentalizado de que no iba a ser madre, pero tuve que volver a serlo”, reconoce. “Cuando te acostumbras a estar sola, es difícil reengancharte. Tuve que hacer un esfuerzo enorme. Por eso no soy una madre normal”.

Sus padres, que se habían opuesto a su carrera, llegaron a verla triunfar en la televisión y la publicidad, pero no vieron su éxito en el cine. “Mi madre estaba muy enferma cuando se estrenó ¡Ay, Carmela! y no llegó a verla”, lamenta. En 1990 ganó su segundo Goya por su papel en el filme de Carlos Saura. Tiempo después murió su padre. Cuando fue a vaciar la casa familiar, descubrió que tenía grabados todos sus programas de televisión y que había guardado los recortes de prensa de todos sus trabajos. “Eso me dio pena. Podría haberme dicho algo cuando estaba vivo”.

Sus padres se perdieron todo lo que consiguió después. Maura ha trabajado con algunos de los mejores directores nacionales e internacionales: Pedro Almodóvar, Carlos Saura, Pilar Miró, Fernando Trueba, Manuel Gutiérrez Aragón, Isabel Coixet, Francis Ford Coppola, André Téchiné. Es la actriz española con más Premios Goya (Verónica Forqué, fallecida en 2021, era la otra con este récord) y una de las más galardonadas del cine europeo.

—¿Hay algún director con el que le gustaría trabajar?

—No sé, no pienso mucho en eso.

—¿Prefiere trabajar con directores o directoras?

—Me da igual si me dirige un hombre o una mujer. Lo que me importa es que quien me dirija sea listo. Siempre he estado convencida de que las mujeres valemos más. Me parece que somos más completas, que tenemos más imaginación y más sentido común. Pero si exageramos mucho, nos van a tomar manía.

—¿Cuál ha sido el papel de su vida?

—El de Esta noche.

—¿Qué papel le gustaría interpretar?

—A mí lo que más me gusta es cuando las películas dan pasta, aunque la pasta no me toque a mí.

—¿Tiene algo pendiente?

—Esto mismo ya me lo preguntaban cuando estaba empezando. Te voy a responder lo que respondía entonces: no espero nada. He tenido suerte en una cosa: nunca me ha preocupado llegar a ningún lado. Nunca tuve un plan.

A sus 80 años, sí tiene un plan. Le gustaría empezar a hacer papeles más cortos. No le faltan ofertas. “Como tengo fama de poder decir cualquier cosa sin quedar mal, me ofrecen un montón de cosas. Me quieren de viejecita diciendo ordinarieces, pero eso no me interesa”. Los días que tiene que madrugar fantasea con jubilarse. “Yo creo que no echaría tanto de menos el trabajo”, dice.

Por la mañana había llegado con un poco de mal humor. Pasado el mediodía, se va feliz del estudio. “Me lo he pasado muy bien. Siempre me pasa lo mismo. Al final, me sigo divirtiendo. Por eso sigo”.

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