Gaceta Crítica

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Cuba no quiere la guerra, pero no le teme.

Rosa Miriam Elizalde (La Jornada – México -), 27 de Marzo de 2026

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La victoria de Cuba en la invasión de Bahía de Cochinos.

La primera vez que vi un tanque fue en las calles de Sancti Spíritus, la ciudad en el centro de la isla donde nací. Era abril de 1975, y con la caída de Saigón, se celebraba la victoria de Vietnam tras casi 20 años de agresión estadounidense. Mis ojos de niño no recuerdan a aquel coloso de acero de la Segunda Guerra Mundial como una amenaza, sino más bien como una lección temprana de que, en Cuba, incluso los triunfos y las penas de otros pueblos se viven también como una advertencia.

Luego vinieron los desfiles militares, los vehículos blindados, las exhibiciones aéreas, la disciplina de las columnas. Todo eso fue moldeando gradualmente una educación defensiva que con el tiempo se volvió familiar. No porque a los cubanos nos fascinara la guerra, sino porque aprendimos muy pronto que debíamos estar preparados para ella. Desde Bahía de Cochinos, la posibilidad de un ataque estadounidense se convirtió en parte del sentido común nacional, que no es una aceptación pasiva de lo que se da por sentado, sino más bien un análisis cuidadoso de la realidad y sus amenazas.

A finales de la década de 1980, cuando yo estaba en la universidad, esa convicción ya tenía una doctrina, un método y un lenguaje. Nos entrenábamos bajo el concepto de la Guerra del Pueblo Completo. Aprendimos a disparar fusiles AKM en campos de entrenamiento frente al Atlántico. Los ejercicios se multiplicaron, se construyeron refugios, se excavaron túneles y una Habana sin metro comenzó a describirse con una metáfora a la vez humorística y acertada: un queso suizo.

Ese era el contexto para quienes nacimos después del triunfo de la revolución de 1959. Durante más de seis décadas, no ha habido una guerra inminente, pero sí una certeza: la paz nunca puede darse por sentada. Fidel Castro lo resumió claramente en noviembre de 1981: «Cuba no sería revolucionaria si no tuviera la convicción de que puede defenderse».

Esa convicción no surgió únicamente de una decisión política interna. También se basaba en la conciencia, compartida por ambos lados del estrecho de Florida, del alto costo que implicaría una intervención armada. Documentos desclasificados del Pentágono muestran que, durante la Crisis de Octubre de 1962 y en respuesta a una pregunta del presidente John F. Kennedy sobre la viabilidad de una invasión, el general Maxwell Taylor estimó hasta 18.500 bajas estadounidenses en los primeros 10 días de combate, incluso en un escenario no nuclear. La conclusión fue inequívoca: Cuba no era, ni sería jamás, un terreno militar fácil.

Hoy en día, es razonable suponer que tales costos políticos, humanos y estratégicos serían aún mayores, a pesar del indiscutible poderío militar y tecnológico de Estados Unidos. Por esta razón, las recientes declaraciones del viceministro de Relaciones Exteriores cubano, Carlos Fernández de Cossío, en el programa Meet the Press no deben interpretarse como un arrebato o una reacción exagerada. Más bien, expresan una postura que Cuba ha mantenido durante mucho tiempo: ni quiere ni iniciaría una guerra, pero lleva décadas preparándose para defenderse.

En la isla, nadie desea una confrontación militar con Estados Unidos, por mucho que se proclame lo contrario desde Miami. Sería el peor escenario posible en términos humanos, económicos y sociales. La prioridad del gobierno cubano sigue siendo evitar una escalada, preservar la soberanía y mantener la vida cotidiana en medio de una crisis muy grave. Pero ese deseo de paz no implica ingenuidad.

La hostilidad de Washington no es meramente una hipótesis remota, sino que se basa en una política de sanciones, presión diplomática, amenazas de cambio de régimen y, más recientemente, una retórica cada vez más agresiva por parte de la Casa Blanca. En marzo de 2026, las tensiones bilaterales se intensificaron nuevamente debido a la creciente presión estadounidense y a las declaraciones de Donald Trump sobre una posible “toma de control amistosa” de Cuba, una expresión tan ambigua como inquietante. En este contexto, La Habana busca disuadir, no provocar.

Aquellos tanques que vi de niño en Sancti Spíritus me enseñaron, incluso antes de comprenderlo del todo, que la paz en Cuba es más que la mera ausencia temporal de hostilidades. Si alguien se deja llevar de nuevo por la fantasía de una agresión militar contra la isla, es muy probable que se encuentre con un sentido común profundamente arraigado: este país no quiere la guerra, pero tampoco la teme.

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